El ser humano es un ser especialísimo en la creación (Salmos 8,5), está hecho a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1,27).

¿Y qué significa esto?

El catecismo nos ayuda a develar el misterio:

“En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, ‘signo eminente de la imagen divina’”.

El hombre es libre porque tiene intelecto y voluntad.
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A diferencia que con los animales, Dios ha dado su “soplo” al humano (Génesis 2,7).
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El hombre entiende y medita sobre sí mismo y su entorno, por ende decide conscientemente sobre sus acciones, no es un esclavo de sus instintos y/o sentimientos.

Comparado con el resto de la creación vemos que:

  • Las plantas tienen almas nutritivas: se alimentan y se reproducen.
  • Los animales tienen alamas sensitivas: también se alimentan y reproducen, pero además tienen movilidad y sienten.
  • Los humanos tenemos almas racionales: Con todas las anteriores características, pero mediante nuestro intelecto podemos conocer la voz de Dios que nos impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal”.
  • Los ángeles son sólo espíritu puro, no tienen cuerpo, y son inmensamente superiores al hombre en cuanto a inteligencia.

Como vemos, el hombre está en la frontera entre lo material y lo espiritual racional.

No es sólo materia, ni sólo espíritu, sino una unidad con ambos aspectos. Es único en este sentido.

 

EL HOMBRE COMO BUENA CREACIÓN DE DIOS

Dios creo al hombre con ambos, cuerpo y espíritu, y vio Dios muy bueno que así fuera (Génesis 1,27-31).

El catolicismo -a diferencia del budismo u otras creencias- no cree que el cuerpo sea en sí mismo malo, ni que necesitemos “liberar” nuestras almas de la “prisión” de nuestros cuerpos.

Por esto profesamos en el Credo nuestra fe en “la resurrección de la carne” (Romanos 8,11) y en “la vida eterna”.

Dios vino a redimir al hombre completo, alma y cuerpo.

Cristo mismo que es Dios y hombre verdadero, al encarnarse tomó cuerpo y alma humana, no sólo cuerpo, pues en él queda redimido el hombre completo.

Es por esto que en la coronilla de la Divina Misericordia rezamos:

“Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero.”

Al final de los tiempos resucitaremos todos, nuestras almas se reunirán con nuestros cuerpos glorificados para la eternidad (1 Corintios 15,42-49), unos para la vida y otros para la condena (Juan 5,29).

Y… si ni el cuerpo ni el alma son malos en sí mismos ¿de dónde viene la maldad? ¿Dios creo el mal?

 

EL PROBLEMA DEL MAL

El mal no es creado por Dios, de hecho el mal no es “algo”, es en cambio “ausencia de algo”, el mal es la ausencia de bien.

Lo creado por Dios es bueno y por la libertad se puede elegir no optar por esto y así aparece el mal, no como una presencia, sino como ausencia.

El mal es “anti-creación”, de allí que desde siempre se relacione la salvación con “vida” y el pecado con “muerte” ( Romanos 6,23).

En el Jardín del Edén el hombre decidió libremente desobedecer a Dios, engañado por la tentación del Enemigo, esto trajo consecuencias.

El hombre al pecar perdió gracia santificante (contrajo el pecado original: perder el don inmerecido de una eterna relación de amor con Dios) y con esto vino la muerte al mundo”, perdió la inmortalidad, el conocimiento infuso (conocer las cosas sin estudiar) y sus pasiones se desordenaron.

 

¿PASIONES DESORDENADAS?

Vale la pena aclarar que aunque en teología son llamadas pasiones actualmente son lo que entendemos como “emociones”.

Estas son componentes naturales de nuestra mente y cuerpo que aseguran la unión entre nuestros sentidos (vista, oído, gusto, tacto y olfato) y nuestro espíritu (alma racional).

Los humanos somos como magnetos atraídos o repelidos hacia lo que percibimos como bueno o malo respectivamente.
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Las fuerzas de atracción que nos empujan en una u otra dirección son nuestras pasiones.

Las mismas también forman parte del plan de Dios y existieron antes del pecado; desde siempre el hombre desea lo bueno del mundo (Génesis 2,23).

Las pasiones que surgen ante la presencia de un bien o un mal, lo deseable o lo doloroso, son seis, vienen en pares y se llaman pasiones concupiscibles:

Amor y Odio

Deseo y Aversión

Alegría (Gozo) y Tristeza (Dolor)

Y como a veces experimentamos dificultades para alcanzar o huir de lo que percibimos bueno o malo respectivamente, entonces surgen las emociones que nos facilitan esto.

Son cinco y las llamamos pasiones irascibles:

Esperanza y Desesperación

Temor y Audacia

Ira

La ira no tiene pareja pues lo contrario es la calma y la calma no es un movimiento del alma, sino quietud de la misma.

Un ejemplo: Cuando Adán conoció a la mujer la identificó como algo bueno e idóneo y se sintió atraído a ella.

Lo que sentía por ella en cuanto a que la deseó fue amor (pasión concupiscible) y luego lo que sintió para poder conquistarla (porque la amaba) fue audacia (pasión irascible) para exclamar el primer piropo de la historia.

Así es como las pasiones concupiscentes siempre surgen antes y motivan la aparición de las irascibles.

Así “funcionamos” los humanos de acuerdo al diseño de Dios, pero el pecado desordenó nuestras pasiones, ahora podemos sentirnos atraídos a lo malo y repelidos por lo bueno.

Nuestro bautismo borra el pecado original, y podemos iniciar una relación de amor con Dios, ayudados por Espíritu Santo para orientarnos hacia lo bueno, hacia Dios.
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Pero seguimos bajo la influencia de una naturaleza degradada.

San Pablo lo vivió en carne propia y nos lo explicó:

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita en mí.

Así pues, al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza bajo la ley del pecado que está en mis miembros.

¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…?” (Romanos 7,19-24)

Aunque nuestro cuerpo no es malo por sí mismo, con nuestras pasiones desordenadas, tendemos a hacer mal uso de él y sus sensaciones, también de nuestros sentimientos, esta “carnalidad” es una lucha constante para el cristiano (Juan 6,63 ; Mateo 26,41).

Ayudados por el Espíritu Santo debemos luchar por vivir nuestras pasiones ordenadas, para esto es útil entender la estructura del software de nuestra alma y como interacciona con nuestro cuerpo.

 

LA CARROZA DEL AUTODOMINIO

Cualquier persona, sea cristiana o no, puede desarrollar ciertos hábitos que le ayudaran a ser una persona eficiente y ética.

Somos movidos a lo que deseamos, pero debemos saber cómo encaminarnos al bien, aquí entra la analogía de una carroza impulsada por dos caballos.

El conductor representa al intelecto, las riendas son la voluntad, y los caballos son los dos tipos de pasiones que hemos visto.

Si dejamos que los caballos (las pasiones) nos conduzcan salvajemente caeremos en un precipicio.
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Si dirigimos a los caballos con las riendas (voluntad) guiadas por el conductor (intelecto) alcanzaremos nuestras metas eficientemente.

Es curioso como esta analogía también puede ser ubicada en nuestros cuerpos.

Debemos pensar con la cabeza para no dejarnos llevar por nuestros impulsos desbocados.

Esto requiere esfuerzo, san Agustín decía: “Si lo ilícito no fuera deleitable, nadie pecaría.”

 

EL PECADO

Profundizando más, el pecado es una falta (carencia) contra la razón, la verdad, la conciencia recta.

Es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes.

Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

Ha sido definido por san Agustín como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna”.

La sabiduría de la Iglesia previene especialmente contra siete pecados, los pecados o vicios capitales, que son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada.

El término “capital” no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados.







De acuerdo a Santo Tomás de Aquino:

“Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”. 

Cada pecado capital tiene una virtud para ser combatido:

Lujuria-castidad, gula-templanza, avaricia-generosidad, pereza-diligencia, ira-paciencia, envidia-caridad y soberbia-humildad.

Si se cae bajo el mismo pecado recurrentemente se forma un vicio.

Así mismo cada pecado afecta algo en la estructura del alma:

  • El intelecto y la voluntad son envenenados con la soberbia; haciendo al hombre semejante a los demonios, pues ellos no tienen cuerpo y por ende no tienen pasiones, ellos pecan con su intelecto.
  • Las pasiones Irascibles se salen de control con la ira y la pereza, y las concupiscibles con la lujuria, gula, avaricia y envidia. Estos pecados son despreciables pues hacen al hombre semejante a las bestias irracionales.

En ambos casos, tanto como demonios o bestias, se pierde la imagen y semejanza con Dios.

 

VIRTUDES CARDINALES

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien.

Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma.

Ayudar una vez a una anciana a cruzar la calle no es una virtud, es una buena obra.

En cambio tener la costumbre (habito) de siempre ayudar a las ancianas a cruzar la calle sí es una virtud.

Así como la repetición constante de los pecados forman vicios, la repetición constante de las buenas obras generan virtudes.

Seguimos en un plano meramente humano, los hábitos para ser más eficientes y éticos pueden aplicar a cualquiera, estos hábitos son llamados: Virtudes Naturales o Cardinales y son cuatro (Sabiduría 8,7):

1 – Prudencia: Es el hábito de tomar buenas decisiones, discernir el bien y el mal, santo Tomás de Aquino la define como el conocimiento sobre qué buscar y qué evitar.

San Isidoro escribió: “un hombre prudente es aquel que ve desde lejos, porque su vista es aguda, y prevé los eventos inciertos”. La prudencia fortalece el intelecto y la voluntad.

2 – Justicia: Viene del latín “ius” y significa “rectitud”, fortalece la voluntad y se define como “dar a cada quien lo suyo”.

Esto incluye a nuestros familiares, amigos, comunidad, todos. Se peca contra la justicia con el asesinato, la injuria, el robo, el chisme, la venganza, la infidelidad y cuando se maldice a alguien o se le insulta.

3 – Fortaleza: Cicerón la define como “enfrentar deliberadamente al peligro y soportar los deberes”.

Está opuesta tanto a la cobardía como al atrevimiento irresponsable, hay que ser valiente pero no orgulloso.

Santo Tomás de Aquino vio en el martirio el acto más grande de fortaleza pues se supera el miedo a la muerte por el objetivo final de todo hombre, Dios. Esta virtud fortalece las pasiones irascibles.

4 Templanza: Fortalece las pasiones concupiscentes. Aristóteles dice que es la que trata apropiadamente lo relacionado a los deseos y placeres del tacto.

Los pecados contra ella son la gula y emborracharse, y lo relacionado con la lujuria: seducción indebida, violación, adulterio, fornicación, incesto, relaciones sexuales entre personas del mismo sexo y pensamientos impuros.

 

¿CÓMO SER VIRTUOSOS?

Hay que tener en cuenta que toda repetición de actos desembocará ya sea en un vicio o virtud, no hay términos medios.

Hay que controlar pues lo que se repite una y otra vez en el día a día.

A continuación algunos ejemplos:

  • ¿Cómo controlar nuestro temperamento (ira)? Haciendo cosas que no disfrutamos para aprender a ser pacientes.
  • ¿Cómo volverse prudente? Comenzando a tomar pequeñas decisiones prudentes: no dormir en clase, no faltar a misa o comenzar a hacer ejercicio.
  • ¿Cómo ser justo? Nunca mentir, dar las gracias, abrir la puerta a nuestros seres queridos o necesitados, etc.

Se estarán haciendo buenas obras.

Luego con los años se convertirán en buenos hábitos, virtudes, que terminan por fortalecer las facultades humanas naturales.

Este conocimiento ya era practicado por los paganos y puede ser llamado “Preámbulo de la fe” ya que son aquellas cosas que “caminan” o van antes de la Fe.

 

MÁS ALLÁ DE LAS POSIBILIDADES HUMANAS

En lo anterior cualquier persona podría ser virtuosa a un nivel natural, pero hay algo más si nos adentramos a la plenitud del Cristianismo.

“El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios” afirmaba san Gregorio de Nisa.

Y santo Tomás de Aquino decía que “La gracia perfecciona a la naturaleza”.

El hombre puede ser “bueno” (ético) en valores humanos sin creer en Dios.
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Pero no podría serlo sin Dios, crea o no en Él, porque Dios no es “algo bueno”, es el bien en sí mismo, es la fuente y medida para todo lo bueno.

Dios en sus leyes inmutables da fundamento a lo que es bueno, no las opiniones cambiantes del hombre.

En el relato “La Cruz Azul” de Gilbert K. Chesterton se ejemplifica esto:

La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros?

Imagine la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagine que la luna es azul, que es un zafiro elefantino.

Pero no imagine que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia.

En llanuras de ópalo, como en escolleras de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: ‘No robarás’”.

La razón siempre es racional.”

Una afirmación tan simple como “esto está mal” implica admitir que existen exigencias éticas, que no dependen del deseo de cada persona.

Solo una vez que sepamos de dónde, de quién, surgen las exigencias de la ética, podremos examinar cuáles son.

Mientras esa pregunta no tenga respuesta, decir “soy bueno sin Dios” no tiene ningún sentido, son palabras vacías.

Fiódor Dostoyevski resumió la fuerza de este argumento en la frase: “si Dios no existe, todo está permitido”.

Querer decidir arbitrariamente lo que es bueno según la opinión personal fue la primera tentación y causa de la caída de la raza humana (Génesis 3,5).

 

DIOS AL RESCATE DEL HOMBRE

Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral.

Vemos entonces como las virtudes cardinales son “ecos” en el corazón del hombre que intentan conducirlo a lo bueno, hacia Dios y cualquiera puede encaminarse.

Pero ser ético/virtuoso al nivel humanamente posible no es suficiente o equivalente a ser salvo, Dios quiere que seamos santos como Él es santo (1 Pedro 1,16).

El hombre no puede salvarse a sí mismo (Juan 15,5-6), le es imposible atravesar la brecha entre él y Dios, entonces Dios interviene.

“El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios.

La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene:

Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece’” (Filipenses 2, 12-23).

En otras palabras, el don de la salvación por Cristo, por Su sacrificio, nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes.

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (Hebreos 10, 10).

Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (1 Juan 4, 10).

Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (Juan 15, 13), ofrece su vida (Juan 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (Hebreos 9,14), para reparar nuestra desobediencia.

Dios nos “ha escogido —dice san Pablo— desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts 2, 13).

Cada cual debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y guardarse del mal.







 

VIRTUDES TEOLOGALES

Como garantía de la gracia y actuar del Espíritu Santo en nuestras capacidades humanas, Dios nos regala tres virtudes más, las Virtudes Teologales: la fe, la esperanza y la caridad (1 Corintios 13,13).

1 – La fe es fundamento de las cosas que se esperan y prueba de las que no se ven (Hebreos 11,1). Es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma.

Esta verdad revelada a la Iglesia se resume en el Credo de los Apóstoles:

7 artículos sobre Dios

Dios es uno – “Creo en Dios”,

Padre – “Padre todo poderoso”,

Hijo – “Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor”,

Espíritu Santo – “Creo en el Espíritu Santo”,

Naturaleza (Creación) “Creador del cielo y de la tierra”,

Gracia (Redención) “la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados”,

Gloria (Glorificación) “en la resurrección de la carne y en la vida eterna.”

7 artículos sobre la humanidad de Cristo

Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

Nació de santa María virgen,

Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado,

Descendió a los infiernos,

Al tercer día resucitó de entre los muertos,

Subió al cielo,

Y está sentado a la derecha de Dios Padre todo poderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

2 – La esperanza es por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

La esperanza es el fruto de la fe; es cuando aplicamos la fe en nosotros mismos, así “hacemos propia la fe”.

Un ejemplo: Por fe creo que Jesús resucitó de entre los muertos, y esto me da esperanza en que tendré vida eterna en base a sus promesas.

3 – La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Esta virtud es la que hace “real” nuestra fe y nuestra esperanza, ya que las pone en acción, las traduce en frutos, en obras (Santiago 2,14-26).

En el Cielo ya la fe y la esperanza habrán cumplido su cometido pues allí se ve cara a cara lo esperado, se goza de la presencia de Dios, sólo queda el amor, la caridad, y por eso esta virtud es la mayor entre las tres.

Como hemos visto, las virtudes teologales se refieren directamente a Dios.

Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

Las virtudes humanas, las cardinales, adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina.

La fe perfecciona el intelecto, y la esperanza con la caridad perfeccionan la voluntad de los cristianos.

En un ejemplo: si tu empresa comenzara a fracasar tú con la virtud cardinal de la prudencia podrías prever que si despides a tres empleados no perderías ganancias y con el resto de trabajadores podrías cubrir la demanda.

Pero con la virtud teologal de la Fe perfeccionando su prudencia, recapacitarías guiado por el Espíritu Santo, y rebajarías tu propio sueldo para mantener el sustento de tres hombres que han sido fieles trabajadores.

Ya no se estaría en el límite humano del “ojo por ojo” que es simple justicia, sino de “dar la otra mejilla” por amor a Cristo y para seguir su ejemplo, y así ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (Lucas 6,36).

Es así como por el Bautismo, justificados por Nuestro Señor, por Su muerte en la Cruz (Romanos 5), ahora en nuestras vidas somos santificados por el Espíritu (Romanos 6 y 7), y esperamos culminar en la Gloria de Dios Padre (Romanos 8 y 9).

Este es el proceso dinámico de la Salvación.

En que la fe obra por la caridad (Gálatas 5,6).

Finalmente oremos con el salmista:

Señor,
¡Mira! En culpa nací,
y en pecado me concibió mi madre.
Pero Tú amas la verdad más íntima,
y, en lo oculto, me enseñas la sabiduría.
Rocíame con hisopo y quedaré limpio,
lávame y quedaré más blanco que la nieve.
Hazme sentir gozo y alegría,
que exulten los huesos que has quebrado.
Aparta tu rostro de mis pecados
y borra todas mis culpas.
(Salmos 51,7-11)

Fuentes:


Informe Redactado por Marvin Marroquín
Estudios en arquitectura, filosofía, teología y apologética
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