¿Alguna vez te has enfrentado a circunstancias imposibles?

Espero que estas historias te ofrezcan algo de aliento en tu viaje para continuar perseverando.

Y encontrar el amor, el poder y la bondad de nuestro Dios y Creador en medio de la adversidad.

Recuerda que Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
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“Para los hombres es imposible, pero no para Dios; para Dios todo es posible” (Marcos 10:27)

Una de las sanaciones milagrosas que traemos es la que posibilitó la beatificación del cardenal Newman.

Y la otra, se trata de un proceso que requirió perseverancia a instructores del ministerio de sanación y estudiantes de diaconado.

 

EL MILAGRO DE BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL NEWMAN

La beatificación por la Iglesia Católica requiere de un milagro comprobado de intercesión, que es exhaustivamente investigado desde múltiples puntos de vista.

Ese milagro por intercesión del Cardenal Newman fue la curación de Jack Sullivan.

Jack Sullivan, de 71 años, es juez de distrito de Massachusetts. Hombre ca­sado y diácono permanen­te de la Iglesia católica.

Sus problemas de espal­da comenzaron en el año 2000, sus deformaciones provocaban estenosis, no podía caminar.

En ese momento estaba estudiando para convertir­se en diácono de la Iglesia Católica y el hecho de ser incapaz de terminar la formación supuso una conmoción para él.

Un día, encorvado en un sillón de su casa estaba tratando de aceptar su nueva situación.

Y dio casualmente con un documental sobre Newman mientras hacía zapping en la televisión.

Sintió la necesidad de rezar al cardenal y le pidió fuerza para enfrentarse a su problema y de alguna manera superar su discapacidad, de forma que pu­diera convertirse en diácono.

Recordamos que un diácono es un clérigo que ha sido ordenado por la imposición de las manos al servicio de los pobres y del evangelio.

Los diáconos no son sacerdotes.

Hay dos tipos de diácono: el transitorio y el permanente.

El primero se ordena como paso previo hacia el sacerdocio.

El segundo como vocación para toda la vida.

La Iglesia católica ordena diáconos permanen­tes a célibes y a hombres casados.

Este segundo es el caso de Sullivan, un hombre casado.


 

TESTIMONIO DEL DIÁCONO JACK SULLIVAN

En el verano del año 2000, un cirujano del hospital de Bos­ton me informó de que, si no me operaba la columna, inmediatamente quedaría paralítico.

Mi caso era el peor de todos los que se había encontrado en 17 años de profesión.

Me quedé muy abatido, porque estaba realizando con mucho esfuerzo los estudios necesarios para el diaconado.

Y parecía que era imposible continuar; en aquel momento todo lo veía muy negro.

Ese mismo día, viendo la EWTN [un canal internacional de te­levisión católica] vi a dos sacerdotes hablando sobre el Cardenal Newman.

Yo sabía algo acerca de Newman, no mucho.

Sabía que era un converso, un hombre brillante, que predicó y escribió sobre cómo Dios influye en la vida cotidiana de un modo muy sencillo y razonable.

Al final del programa un mensaje apare­ció en la pantalla:

“Si usted recibe un favor por intercesión del Cardenal Newman, por favor escriba al Postulador de la Cau­sa de Canonización Hagley Road, al Oratorio de Birmingham”.

Escribí la dirección pensando que tal vez ésta era la razón por la que estaba viendo el programa.

Y pensé:

Si rezo al Cardenal Newman me ayudará, y le pedí.
.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, no tenía dolor alguno, estaba muy emocionado”.

Permanecí completamente libre de dolor durante la mayor parte del año.

Pero después se produjo un deterioro en mi estado y fui hospitalizado en agosto del 2001.

Durante la intervención quirúrgica hubo problemas.

La duramadre -que rodea la médula espinal- había desaparecido, no había fluido protector alrededor de mi columna vertebral.

Después de la operación me pusieron morfina y Demerol.

Las cosas pintaban muy mal.

Yo estaba ob­sesionado con salir curado lo antes posible

¿Qué pasaría con mis clases?. Comenzaban el 6 de septiembre.

Me dijeron que el pe­ríodo de recuperación sería de 8 a 12 meses; antes de este tiempo era imposible que pudiera caminar.

Si no era capaz de hacer este último año todo estaba perdido.

El 15 de agosto, me dijeron que no podía volver a clase, que no era humanamente posible.

Pensé: “Tengo que salir de esta cama”.

Yo estaba en agonía.

La enfermera me colocó a un lado de mi cama; yo estaba apoyado en ella con mis brazos.

En ese momento le pedí al Cardenal Newman por segunda vez:

“Por favor, Cardenal Newman, ayúdame a caminar para que pueda regresar a clase y pueda ser ordenado”.

Nunca he olvidado nin­gún detalle de aquel hermoso día.

De repente sentí una tremenda sensación de calor, muy, muy cálido y una sensación de hormigueo en todo mi cuerpo. Eso fue muy fuerte y duró mucho tiempo.

También sentí una sensación de alegría y de paz que nunca había experimentado antes en mi vida y un sentido de la presencia de Dios y de su poder sobre mi voluntad.

Yo estaba allí de pie y todas estas cosas estaban ocurriendo en mí.

Yo no tenía ningún control y luego desarrollé un sentido de confianza y determinación de que finalmente podía caminar, sin siquiera dar un solo paso.

La siguiente cosa que hice fue gritarle a la enfermera: “No tengo más dolores”, mientras que justo antes estaba agonizando.

Caminé fuera de la habitación para asombro de todos, recorrien­do los pasillos y la planta del hospital.

Creí que lo que estaba experimentando era el paraíso.

El dolor me abandonó y salí lleno de alegría y con la seguridad de que algo especial me había sucedi­do.

No es que pudiera an­dar, es que me movía tanto que las enfermeras tuvie­ron que decirme más de una vez que me lo tomara con calma.

Estaba disfrutando de andar más de lo que cual­quiera pudiera pensar. Miré por la ventana.

Pude ver las ruinosas viviendas de Mission Hill en Boston y para mí eran como cas­tillos de oro.

Así es como me sentía.

Inmediatamente después me dieron el alta y regresé a mis clases de diaconado ante el asombro de mis compañeros de clase y, sobretodo, de mi esposa Carol.

 

DECLARADO MILAGRO POR LA IGLESIA

Las declaraciones de milagros son escasas y valiosas en la Iglesia Católica.

Requieren una investigación exhaustiva que incluye entrevistas con los testigos y el análisis de todos los documentos médicos pertinentes.

Aunque el caso de Sullivan tardó ocho años en seguir el procedimiento, el hecho de que los médicos estaban completamente desconcertados por la recuperación aceleró el proceso.

El jefe de cirugía de columna del hos­pital New England Baptist de Boston escribió en relación a la mejoría de Sullivan tras rezar a Newman:

“No encuentro expli­cación médica de la ausencia de dolor durante un periodo tan largo de tiempo, a pesar de la estenosis persistente y grave”.

“Los datos objetivos, la tomografía, mielografía y la resonancia magnética demostraron que la patología no sufrió cambio alguno, sin embargo los síntomas [el dolor] mejoraron radicalmente”.

Después de la segunda curación, le dijo a Sullivan que la re­cuperación de su columna vertebral era tan buena que a los 71 años de edad tenía la capacidad de soporte equivalente a la de una columna de 30 años de edad.

“Con el daño que tenía en la meninge duramadre, debería haber estado en un estado mucho peor”, afirma.

“No tengo una explicación médica o científica para este caso. Si desea una respuesta, pídasela a Dios”.

Los médicos que han estudiado mi caso determinaron que había re­cuperado la capacidad de un hombre de 30 años.

Estaban des­concertados por la recuperación y, tras las pruebas finales, en octubre reconocieron que no había una explicación científica.

El Papa emitió el decreto declarando milagro la curación se Sullivan, el 3 de julio de 2009.

 

“¡ESTO ES IMPOSIBLE!”

Durante una reciente conferencia, un estudiante para diácono pidió para recibir oración por su sanación.

Es una experiencia común que las personas reciban la curación en una conferencia de “Sanación de la persona en su totalidad” del John Paul II Healing Center.

¿Qué tiene de particular esto?

De hecho, muchos han recibido curaciones asombrosas en diversos eventos de sanaciones por todo el mundo

Pero lo que relatamos es algo único y puede ser de aliento para todos los que se enfrentan a circunstancias aparentemente imposibles en su vida.

Estamos acostumbrados sobre todo a leer sobre curaciones impresionantes y duraderas como las de Jack Sullivan, pero no a escuchar sobre curaciones que exigen una perseverancia adicional.

Aún el John Paul II Healing Center no tiene las pruebas médicas y debido a eso – y en honor a las enseñanzas de la Iglesia – esto no se declaró oficialmente un milagro.

Vamos a llamar a este candidato a diácono Jim a efectos de la historia.

Jim tenía una movilidad muy limitada en su parte posterior.

Sin embargo, después de recibir oración de sanación sintió que algo cambió dentro de la parte baja de su espalda.

Esto lo comprobó cuando intentó doblar la cintura para ver si tenía algún aumento de movilidad aumentado.

Mientras se inclinaba y llegó a sus manos por debajo de las rodillas, miró con asombro absoluto lo que le sucedió.

Y exclamó con escepticismo: “Esto es imposible”.

Es entendible su respuesta. Es habitual en los que son sanados.

Porque no es humanamente posible ser sanado al instante de una dolencia física.

Sólo el Espíritu Santo puede hacer tal cosa dentro de la vida de una persona.

Lleno de algarabía Jim compartió que su espalda inferior está fusionada con placas metálicas, clavos y tornillos.

Más tarde compartió imágenes de lo que revela los rayos X de la seguridad en el aeropuerto.

El metal en su espalda está colocado de manera intrincada, lo que inmoviliza su espalda.

Por lo tanto, cuando Jim dijo “esto es imposible” lo decía en serio. Realmente era imposible que su espalda se doblara como lo hizo.

Nuevamente Jim se inclinó, y esta vez se tocó los dedos de los pies por primera vez en muchos años.

Y nuevamente exclamó con total asombro, “Esto es imposible”.

Se puso de pie, y con una fe recién descubierta, declaró con temor: “¡Pero con Dios todo es posible!”

Jim estaba profundamente tocado por el Espíritu Santo.

Y Dios había hecho lo imposible ante nuestros propios ojos.

Al día siguiente, Jim informó que tuvo la mejor noche de sueño que había tenido en muchos años.

Por si fuera poco, se inclinó, tocó los dedos de los pies y exclamó una vez más: “Con Dios todo es posible”.

Nos gustaría terminar aquí y decir que esto se terminó ese mismo día. Pero no fue así.

 

RETROCESO Y NUEVO INTENTO

Unos cuatro meses más tarde, el ministerio de oración fue invitado a ministrar a los candidatos al diaconado entrantes dentro de la diócesis de Jim.

Ahí supieron que cuando Jim regresó a su casa, su espalda se había tensado de nuevo.

Hubiera sido fácil desanimarse y cuestionar la validez de la curación.

Sin embargo, debido a los muchos milagros que los sacerdotes del ministerio han visto hacer a Jesús lo largo de los años, decidieron presionar un poco.

En el último día del evento, Dios hizo lo imposible de nuevo.

Su amor y su presencia fueron evidentes para todos.

Estaban enseñando los candidatos al diaconado sobre algunos pasos básicos para orar por sanidad física.

Y preguntaron si alguien quería participar. Jim levantó la mano.

Jim ahora estaba de pie nuevamente delante de sus compañeros, y todos querían que Dios hiciera lo imposible una vez más.

No había riesgo involucrado. ¿Qué pasa si no pasa nada?

No depende de nosotros. Nuestra parte es obedecer a Dios y creer.

Lo que el Espíritu Santo hace o deja de hacer no depende de nosotros.

Se sintió que todos se atrevieron a creer. Nunca es fácil.

La confianza y la fe nos desafían a todos, sin embargo, Dios nos llama a tener fe.

Al orar sobre su espalda con la fe, Jim volvió a sentir que algo cambiaba.

Una vez más, fue a doblar la espalda para ver si estaba curada.

Esta vez, sin embargo, había mejorado algo pero tenía la movilidad muy limitada.

Su espalda, aparentemente no se sanó.

 

¿DECEPCIÓN O PERSEVERANCIA?

Hubiera sido muy fácil llegar a la conclusión de que Jesús no quería curar a Jim.

Podríamos haber evitado fácilmente creer en su curación.

Pero los instructores han visto a Jesús sanar a la gente antes.

Así que decidieron no dar lugar al desaliento y la duda.

Decidieron tomar la palabra de Jesús.

Se atrevieron a presionar más para ver lo que Jesús quería hacer en la espalda de Jim.

Al orar, le preguntaron al Espíritu Santo qué estaba impidiendo la curación de Jim.

Mientras oraban, Jim recordó un acuerdo que había hecho en relación con la enfermedad de su madre cuando él era un niño.

Él simplemente oró: “En el nombre de Jesús renuncio al acuerdo…”

Inmediatamente él sintió que algo cambio dentro de su espalda baja.

Delante de sus compañeros, Jim se inclinó y tocó los dedos de los pies. ¡Fue sanado de forma visible!

Nuestro Dios es un Dios de lo imposible

Fue un momento de gran importancia en la vida de Jim, así como en la vida de todos los presentes.

Y esta curación duró hasta ahora.

Dios es un Dios de lo imposible.

Fuentes:

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