Discernimiento de las Reliquias: visiones de Catalina Emmerich

Ana Catalina poseía, en grado excelso, el don de discernir las reliquias verdaderas de las falsas. Al mismo tiempo que autenticaba el hueso de un santo, veía, en éxtasis, a éste, y se desarrollaban al momento, como en una pantalla cinematográfica, sus movimientos, palabras y hechos principales. De este modo pudo relatar, como se ha visto, la biografía de numerosos mártires, varones virtuosos y santas vírgenes, con pormenores familiares preciosos, de los cuales nada nos dice la hagiografía. Discurre la verdad acerca del valor de las reliquias, de los lugares donde yacen, y del abandono negligente en que se las tiene. A veces logra reconstruir la historia completa de un alma heroica, que posee todo el encanto de una novela conmovedora, como la vida del niño de Sachsenhausen y la de aquella doncella suiza que conservaba una cruz con reliquias en la soledad de la selva.

Resulta así mismo admirable lo que nos revela acerca de la preciosísima sangre de Cristo, y de los cabellos, del anillo nupcial y de una carta de María Santísima.

  

1. Cómo reconocer las reliquias.

“Tu has recibido, me dijo el Ángel un día, el don de ver la luz que sale de las reliquias de los santos por la disposición que se te ha dado en orden a la comunidad de los miembros del cuerpo de la Iglesia; pero la fe es la condición de toda disposición para recibir la influencia y la acción segradas”.

Estando despierta veo a veces como un cuerpo luminoso y mil rayos de luz que suben desde la tierra y se hacen una sola cosa con ese cuerpo. Muchas veces uno de los hilos de luz se rompe y vuelve atrás; entonces en ese punto nace una sombra. (Imagen de la comunion de los fieles por las oraciones y obras buenas). Me es difícil explicar claramente estes cosas. Veo la bendición y los efectos de las cosas benditas como cosas que santifican y salvan, como luz que difunde luz. La maldad, la culpa y la maldición las veo oscuras y tenebrosas, produciendo efectos de perdición. Veo la luz y las tinieblas como cosas vivas, que producen respectivamente luz o tinieblas.

Conozco hace mucho tiempo las reliquias verdaderas, y las distingo de las falsas; temiendo que las falsas sean veneradas, he enterrado muchas de ellas. Mi guía me dijo que era gran abuso hacer pasar por verdaderas reliquias los objetos simplemente tocados en ellas. Estando cierta vez preparando hostias en el convento, sentí vivo deseo de acercarme a un armario y como impulsada hacia él. Entonces alcé un relicario con reliquias y no pude descansar hasta que no fueron de nuevo honradas.

(19 de Julio). Se me ha dicho que ninguna persona tuvo jamás el don de discernir las reliquias en el grado que se me ha concedido a mí; y la razón es porque estas cosas están ahora en deplorable decadencia y es necesario remediarlo.

 

2. Reliquias de santos enterrados en varios lugares.

(1er. Domingo de Julio 1819)

He tenido que hacer un gran viaje. Fui conducida por mi guía a los lugares de nuestro país donde están reposando huesos de santos ignorados por los vivientes. Vi cuerpos enteros de santos sobre los cuales se han construído edificios y lugares donde antes ha habido iglesias y conventos. Allí había filas enteras de cadáveres y entre ellos algunos cuerpos de santos. También aquí, en Dülmen, vi enterrados restos sagrados entre la iglesia y la escuela. Los santos a quienes pertenecían acercabanse a mí desde los coros celestiales, y cada uno me decía: “Éstos son mis huesos”.

También vi que estos tesoros, aunque tan poco estimados, traen, sin embargo, salud a los lugares que por esta causa se libraron de graves calamidades, y que otros pueblos más recientes han padecido muchos males, porque no poseen tales tesoros. No puedo decir en cuantos lugares, admirables y desiertos, entre muros, casas y rincones, estuve, donde yacen ocultos y despreciados magníficos tesoros de reliquias. Las honré y pedí a los santos que se dignaran no privar al pueblo de su amor y amparo.

Fui al anfiteatro de Roma y vi la gran multitud de santos que allí padecieron martirio. Estaba presente mi celestial Esposo en forma de un joven de doce años. Los santos, cuyo número es incalculable, estaban divididos en coros y al frente de ellos se veía a los que los habían instruido y dado fortaleza. Tenían en la cabeza una especie de mitra, de la cual salían dos cintas que les caían por la espalda, y vestían largos mantos blancos adornados de cruces. Entre con ellos, en las bóvedas subterráneas, en las que había calles, estancias, espacios circulares en forma de capillas, y donde se reunían; en varios de estos espacios se levantaba una columna que sostenía la bóveda. En los muros habían cavidades rectangulares y con frecuencia huesos en ellos. Mientras los santos me conducían de un lugar a otro, decíanme, ya uno, ya otro, el que hacía de guía en los diferentes lugares: “Mira, aquí vivíamos nosotros en tiempos de persecución; aquí enseñábamos y celebrábamos los misterios de la redención”.

Mostráronme también altares prolongados y cuadrados, de piedras, que salían del muro, y otros redondos con bellos símbolos tallados, donde se habían celebrado los divinos oficios, y me decían: “Entonces vivíamos en la oscuridad, sin pompa exterior; pero la luz y fortaleza de la fe estaban con nosotros”.

De este modo, hablando conmigo algunas palabras, aunque pocas, cada uno de los guías desaparecía con su respectivo coro de los lugares donde habían cumplido su deber. Algunas veces salíamos a la luz y visitábamos otros subterráneos; pero no pude comprender cómo hubieran jardines y palacios sobre el lugar donde estábamos sin que sus habitantes supieran nada de esto, ni como habían sido hechas esas excavaciones.

Finalmente quedaron solos, en mi compañía, un anciano y mi Esposo juvenil. Entramos en un lugar muy amplio cuya forma no puedo determinar, pues no lo dominaba con la vista. En lo alto había esculturas de todo género, y la bóveda descansaba sobre columnas. Bellísimas estatuas, mayores que las de tamaño natural, yacían en el suelo. El espacio se estrechaba por un lado formando ángulo, en el cual había, separado del muro, un altar y detrás de él, estatuas contra la pared. Vi también sepulcros esculpidos en los muros y en ellos huesos que no resplandecían. En los ángulos había pergaminos amontonados, del tamaño de un codo de largo y algo más cortos, gruesos como un rollo de tela. Me figuré que serían libros. Viendo todo esto tan bien conservado y aquel espacio tan limpio, me dije a mi misma: “Aquí vivirías tu muy contenta, visitando estos lugares y ordenando las cosas”. Arriba había murallas, jardines y un gran palacio. Me vino de repente la idea de que aquel subterráneo quizás será descubierto un día por efecto de alguna gran destrucción. Si yo estuviera allí creo que lo hallaría; se puede entrar sin derribar cosa alguna. Aquí no se me dijo nada; solamente hube de ver lo que había, Ignoro la causa. El anciano desapareció. Tenía una mitra semejante a las anteriores y muy larga barba. Después, el joven me llevó a casa.

 

3. Lugares de reliquias olvidadas.

(1820)

Fui de nuevo conducida a innumerables lugares donde reposan reliquias ocultas y enterradas, enteramente ignoradas. Estuve dentro de cuevas, entre polvo y corrupción, en bóvedas de iglesias antiguas, en sacristías y sepulcros, y honré los cuerpos olvidados y dispersos de los santos. Vi que eran resplandecientes, fecundos en bendiciones, y que el olvido de ellos crecía a medida que crecía la decadencia. Vi que las iglesias construidas sobre ellos quedaban desiertas y oscurecidas a medida que dejaban de ser honrados; y que el culto de los Santos y de las reliquias decaía en el mismo grado en que disminuía el culto del Santísimo Sacramento. Vi cuán malo es recibir solo por hábito exterior el Santísimo Sacramento. En expiación de tales olvidos y desprecios hube de padecer graves penas. En la Iglesia espiritual me fueron mostrados el valor y los efectos de las santas reliquias que yacen ahora despreciadas sobre la tierra.

  

4. Una iglesia espiritual donde se juntan las más grandes relíquias.

He visto una iglesia octangular. No había en ella altar; pero en el centro se juntaban, sobre un candelabro de muchos brazos, los tesoros de esta iglesia, como ramilletes de flores que se abrían. Vi que aquellas cosas sagradas eran dispuestas y ordenadas por los mismos santos que las habían reunido, como adornos preciosos que crecían incesantemente en el candelabro. Los santos que traían algún tesoro, ocupaban su lugar en el recinto de la iglesia y muchas veces eran traídos sus propios restos por otro santo que llegaba después. Vi a los discípulos que traían la cabeza de San Juan Bautista; y a la Santísima Virgen trayendo vasos con la sangre de Jesús. Vi estos vasos de cristal y en uno de ellos sangre aún resplandeciente y clara. Todo estaba en preciosos relicarios, semejantes a los que en las iglesias contienen las santas reliquias. Vi hombres y mujeres santas del tiempo de la Santísima Virgen dejar allí reliquias de esta gran Señora en preciosos vasos; eran puestas en lugar preferente, a la derecha, en el centro del relicario. Luego vi una cruz, en la misma forma en que la veo de ordinario, ser introducida en la iglesia por una mujer coronada y quedar suspendida en el centro sobre las reliquias de María. En la cruz estaban hincados los tres clavos y la tabla que sirvió de apoyo a los pies del Señor y la inscripción. Vi alrededor de la cruz todos los instrumentos de la pasión muy bien ordenados: la escalera, la lanza, la esponja, la caña, los azotes, la maza, la columna, las cuerdas, el martillo y otros más. La corona de espinas pendía del centro de la cruz.

Durante la traslación y exposición de éstos objetos sagrados tuve constantemente visiones, fuera de la iglesia, de lugares próximos y remotos, donde había algunos de éstos instrumentos de la pasión y supe con certeza interior que algunas de las cosas que veía estaban bien conservadas y eran veneradas. De la corona de espinas se conserva gran parte, en diversos lugares. Vi que la partícula de la lanza que poseo, es verdaderamente del asta de la sagrada lanza. Vi en innumerables direcciones, en altares, en iglesias, en bóvedas, en muros ruinosos, sobre la tierra o debajo de ella, fragmentos de aquellos santos huesos y reliquias que estaban expuestos en la iglesia espiritual. También vi traer a la iglesia, por Obispos, algunos cálices y copones con hostias consagradas y corporales mojados en la sacratísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Todo esto fué colocado encima de la cruz.

Luego vinieron los huesos de los primeros mártires y de los apóstoles, y fueron puestos al pie de la cruz. Después las reliquias de ejércitos de mártires, de sacerdotes, de confesores, de papas, de vírgenes, de ermitaños, de monjes, etcétera, las cuales fueron expuestas en preciosos vasos, en cajitas muy bien adornadas, en relicarios en forma de torres y en admirables guarniciones de joyas.

Finalmente se formo al pie de la cruz una montana de tesoros y la cruz fue subiendo a medida que crecía la montaña, hasta que llegó a una especie de Calvario resplandeciente. Los portadores de las reliquias eran los que las habían exaltado y venerado en la tierra y las más de las veces aquellos cuyos restos habían de ser luego venerados. Todos aquéllos cuyas reliquias estaban allí presentes, se veían ordenados en coros, según su categoría y estado, y con ellos se llenaba la iglesia cada vez más. Sobre ellos resplandecía el cielo abierto y todo parecía lleno de gloria, pues era la Jerusalén celestial. Las reliquias estaban circundadas por los colores de la gloria de sus respectivos santos. Los santos también resplandecían con tales colores, y de esta suerte se hallaban ellos en admirable relación con sus huesos y sus huesos con ellos.

 

5. Abandono general de las reliquias en nuestros tiempos.

Después vi acercarse a aquella iglesia a muchos hombres espléndidamente vestidos, y circundarla, venerándola, desde la parte exterior. Vi a estos hombres vestidos con trajes de todas las épocas, desde las más remotas hasta las nuestras. Todos honraban rectamente a los santos y a sus reliquias, como a miembros del cuerpo de Jesucristo, vasos santificados de la divina gracia, por Jesús y en Jesús. Vi cuan benéficamente obraron los santos en estos hombres, difundiendo sobre ellos, como rocío del cielo, prosperidades y bendiciones.

Me alegré porque en estos últimos tiempos he visto en algunos lugares a personas, a quienes en parte conozco, que honran con sencillez las santas reliquias. La mayor parte de estas personas eran labradores, que honraban con candor infantil las reliquias que había en la iglesia. Vi con gran alegria, entre ellos, a mi hermano, que veneraba con sencillez las sagradas reliquias de los santos, los cuales hacían descender bendiciones sobre sus campos.

Vi también, bajo el símbolo de una iglesia ruinosa, el estado actual de veneración de las reliquias. Vi las reliquias abandonadas, dispersas, cubiertas de polvo, entre cieno e inmundicias; pero aun así vi que difundían luz y bendición. He visto a la misma iglesia en el mismo estado lamentable que las reliquias. Entraban en ella muchas personas, pero cercadas de oscuridad; solo una que otra sencilla parecía resplandeciente. Los peores eran muchos sacerdotes, que se hallaban circundados de tinieblas sin poder dar siquiera un paso hacia adelante. Parecía que ni siquiera habrían encontrado la puerta, si a pesar de su indignidad no llegasen a ellos algunos tenues rayos que salían de las reliquias y penetraban a través de las tinieblas.

Vi imágenes de la historia de la veneración de las reliquias.

Vi levantarse sobre las reliquias altares, que por la veneración que se les tributaba se convirtieron en capillas e iglesias, las cuales vinieron después a tierra a consecuencia del desprecio en que eran tenidas las mismas reliquias. Vi que en el tiempo en que todo era tinieblas y oscuridad, las reliquias fueron dispersas, y los relicarios de metales preciosos, fundidos y convertidos en dinero. Vi que la dispersión de las reliquias es mayor mal que la enajenación de los relicarios. Las iglesias donde las reliquias fueron dispersas y no recibieron el honor debido, las vi decaer y destruidas muchas de ellas. Estuve en Roma, en Colonia y en Aquisgrán, y vi grandes tesoros tenidos en mucha veneración.

 

6. Reconoce las reliquias verdaderas y explica la relación del alma con el cuerpo de los santos.

Cierta vez que le presentaron unas reliquias, Ana Catalina declaró:

Ya veo lo que usted me da. No puedo describir la impresión que me causa. Veo y no sólo veo, sino siento una luz a modo de fuego fatuo, unas veces más clara, otras más pálida, y siento que esta luz me circunda como llama que se agita a impulsos del viento. Veo también la relación de esta luz con un cuerpo luminoso, y de este cuerpo con un mundo de luz que surge de una luz.

  

7. Reliquias de San Pedro, Lázaro, Martha y Magdalena.

La Hermana Söntgen trajo a Ana Catalina un envoltorio conteniendo reliquias. Tomólo ésta entre las manos y dijo:

Este es un gran tesoro; aquí dentro hay reliquias de San Pedro, de su hijastra Santa Petronila, de San Lázaro, de Martha y de Magdalena. Este tesoro hace tiempo que ha llegado de Roma. Esto sucede con las reliquias que no se encuentran ya en posesión de la Iglesia, sino de personas privadas. Este relicario ha sido heredado, donado, echado en medio de objetos viejos de poco valor, hasta que por acaso llego a maños de la Hermana Söntgen. He de interesarme para que sean dignamente honradas estas reliquias.

A propósito de este asunto narró la vidente que una hebrea había encontrado un pequeño relicario entre varias prendas de vestido compradas. Desde ese momento fué presa de tal inquietud, que determinó hacerlo llegar a manos de Ana Catalina, la cual había visto en visión todo lo sucedido, y sonrió cuando le trajeron el precioso relicario.

  

8. Pruebas con reliquias falsas. La reina Semíramis

Un párroco incrédulo al reconocimiento de las reliquias, hizo llegar a manos de Ana Catalina, por medio de Cristiano Brentano, tres sobres cerrados conteniendo fragmentos de huesos. La vidente tomó uno en sus manos y contó lo siguiente:

He visto en lontananza tumbas oscuras y desiertas, con huesos negros; de sagrado y de santo no he sentido nada absolutamente. He visto al párroco tomar fragmentos de aquellos huesos.

Después me encontré en una capilla oscura sobre una elevación. En torno reinaba frío, niebla y oscuridad. Allí me dejo mi guía y he visto acercarse a mi una figura muy atrayente y benévola. Al principio creí que fuera un ángel; pero bien pronto sentí miedo y fuí presa de un sentimiento de terror. Pregunté a la sombra: “¿Quién eres tú? ….” La aparición me respondió con dos palabras en idioma extranjero. Durante toda la mañana no pude entender el significado y estaba maravillada. Ahora comprendo esas palabras; significan: Destructor de Babilonia, Seductor de Judas. Aquella sombra me dijo también: “Yo soy aquel espíritu que ha elevado a Semíramis babilónica y formado su imperio; soy también aquél que ha dado origen a tu redención, puesto que hice que Judas traicionase e hiciese prender a Aquél …”. 

No nombró a Cristo. Me dijo ambas cosas como queriendo significar que había hecho obras extremadamente buenas. Yo me hice la señal de la cruz en la frente con el leño de la santa cruz. Entonces su aspecto se volvió horrible, y con bramidos de rabia me echó en cara que le había arrebatado una jovencita que él había ganado para sí. Finalmente desapareció profiriendo terribles amenazas.

Cuando pronunció aquellas palabras extranjeras, he visto a la joven Semíramis, como pequeña niña a la sombra de bellos árboles, y he visto a este mismo espíritu delante de ella presentándole toda clase de frutas. La niña lo miraba audazmente a la cara. Yo veía en ella algo que me infundía repugnancia. Era de apariencia bellísima, pero me parecía que sus formas terminaban en garras y como si estuviese toda cubierta de puntas. He visto que él nutría a la niña y la proveía de juguetes y bagatelas. En torno veíase una hermosa comarca: tiendas, bellas praderas, rebaños de elefantes y otros animales guiados por pastores. He visto de una mirada como Semíramis se enfurecía contra aquella estirpe piadosa de gente que Melquisedec condujo fuera de su dominio. He visto cuantas abominaciones cometía Semiramis y como, no obstante, era adorada como una diosa.

Por la segunda palabra que pronunció aquel espíritu vi en cuadro a Jesús en el Monte de los Olivos, la traición de Judas, y la pasión entera de Nuestro Señor. No podia comprender cómo y por qué se me había aparecido este espíritu. Quizás estos huesos sean de algunos paganos y así el enemigo tuvo poder de acercarse a mí. Me fué prohibido severamente por mi guía celestial tocar ni un fragmento de aquellos huesos. “Te lo ordeno, me dijo, en nombre de Jesús. Hay en ello una grave tentación y una traición. Podrías incurrir por esto en graves pérdidas y daños. No se deben arrojar las perlas delante de los puercos; esto es, a aquéllos que no creen. Las perlas deben ser ligadas con oro. Continua en reconocer los huesos, pero sólo aquellos que te son enviados por voluntad de Dios”.

  

9. Reliquias enviadas por un sacerdote de Suiza.

Habiendo recibido ciertas reliquias enviadas por un sacerdote de Suiza, Ana Catalina dijo:

No he visto ningún cuadro preciso acerca de estas reliquias. He visto que el sacerdote que las ha enviado era bueno y piadoso; pero he visto que en su comunidad hay personas que se inclinan a un pietismo falso y no católico. El no las sabe distinguir y las tiene por buenísimas. He visto que estas personas difundían oscuridad y tinieblas: no se atienen a los usos de la iglesia y no los aprecian. Por otra parte, aún no se han revelado en sus sentimientos y todo permanece aún en el secreto de sus corazones. En este momento oí una voz cerca de mi que repetía: “Te olvidas de nosotros”. Era un aviso de los otros huesos. Me fue avisado nuevamente no recibir huesos de extranjeros, sino examinar primero completamente mis antiguas reliquias, y guardarme de recibir reliquias para reconocer, aún cuando me fuesen enviadas por Santos sacerdotes, ya que de esto me podía provenir grandísimo daño.

  

10. Recibe de nuevo reliquias desconocidas.

Esta severa prohibición fue violada por el Peregrino, quien por hacer un favor a un amigo paso en manos de la vidente reliquias que ella creía eran de los relicarios de su armario. Al día siguiente narró lo que sigue:

Mi guía me ha reprendido severamente y me castigó por que, contra su prohibición, he recibido y retenido las reliquias.  He olvidado enteramente lo que al respecto he visto. Me ha  advertido nuevamente que no es ahora el tiempo de reconocer huesos extraños. Esto de recibir sin reflexión reliquias podrá fácilmente confundirme: el distinguir y reconocer reliquias no es cosa que se pueda hacer según capricho. Es una gracia y vendrá el tiempo en que tendré que reconocer otros huesos, además de los que ya tengo en mi poder.

Me dijo, además, que debía pensar en la historia del pequeño envoltorio. Me recordó que yo había visto respecto del párroco… un cuadro en que dicho párroco decía con ligereza que no había nada de cierto en todo lo que se decía de mi, relativo al don de reconocer las reliquias; que debía yo pensar en lo que sucedió por este su modo de proceder. Me dijo que debía por ahora rehusarme a recibir y retener semejantes huesos, fuera de los que me pertenecían.

  

11. Es nuevamente probada en el don de reconocer reliquias.

Un amigo del Peregrino quiso probarla nuevamente, pensando que el don de reconocer reliquias pudiera ser fenómeno de magnetismo. Ana Catalina dijo:

El juicio de su amigo respecto a mi y los fenómenos que se observan en mi persona, es falso. Por esto me ha sido prohibido absolutamente por mi guía recibir cualquier sagrada reliquia, puesto que tal persona no tiene otro intento que hacer tentativas. Me fue dicho que por estas pruebas puedo caer en graves confusiones, pues él habla luego de estas cosas con otras personas pretendiendo demostrar cosas completamente extrañas a la realidad. Las cosas no proceden como él se las imagina relativamente al don y al poder de reconocer las reliquias que me ha sido concedido. Yo veo a fondo su falsa opinión cuando habla y esta opinión es completamente inexacta respecto de mis cosas. Acerca de esto he sido hace tiempo informada y advertida en visión.

  

12. Ve a varios santos y Mártires

(31 de Diciembre de 1818)

que depositó sobre la mesa. Ana Catalina le dijo:

Ah!, tu sacas el tesoro fuera de tu pieza y dejas allí el polvo. He aqui a Ludgario; está aquí. 

Luego hablando con el Peregrino, añadió:

Veía en torno de esas reliquias una apariencia de luz, un esplendor cándido como leche, más luminoso y mucho más intenso que la luz del día. Como un pequeñísimo fragmento cayera al suelo vi que una centella de luz se fué bajo el armario.

El Peregrino explicó: “Yo, pobre ciego, busqué esa partícula, y la encontré. La vidente prosiguió:

Cuando el Peregrino se puso a mirar aquella reliquia, me senti arrebatada en éxtasis y una voz me dijo: “Este es un hueso
de Ludgario”. En seguida he visto al santo Obispo con sus insignias y su bastón pastoral en medio de la comunidad de los santos. Después me fueron mostrados, unos después de otros, muchos Santos, y Santa Escolástica sobre muchas otras monjas; pues en la mesa había un fragmento de sus huesos.

He visto a Afra en medio de las monjas y debajo, un hueso, cerca del Peregrino. Me fué mostrada otra monja en medio de las demás y me fué dicho: “Esta es Emerencia y debajo tienes su hueso”. Me admiré, pues jamás había oído pronunciar este nombre. Después vi a otra monja con una corona de rosas sobre la cabeza, que sostenía delante de sí, con ambas manos, otra corona de rosas. Me fue dicho: “Esta es Rosalía, que tanto ha hecho por los pobres. Tiene en sus manos esta corona de flores como en otro tiempo tenía las limosnas que distribuía, y allí hay un fragmento de sus huesos”. Después he visto a otra monja brillar en medio de la multitud, y me fue dicho: “Esta es Ludovica y allí esta su reliquia. Mira cómo distribuye limosnas”. Tenía el delantal lleno de panes, que distribuía a muchos pobrecitos. He visto a un Obispo y me fué dicho que había vivido en tiempos de Ludgario y que habían obrado de acuerdo y se habían conocido, aunque estaban muy lejos el uno del otro. He visto a una virgen que habia vivido en el mundo, todavía muy joven, con vestidos de la Edad Media, aunque puramente aéreo y espiritual; estaba en medio de otras bienaventuradas vírgenes. Qué maravilla! Su cuerpo había sido hallado entero e incorrupto; su santidad fué reconocida, y sus huesos y reliquias puestos con los otros Santos.

He visto un sepulcro abierto, que había sido anteriormente murado, y algo más allá, en los primeros tiempos del cristianismo, a un jovencito delicado, y junto a él a otros seis con una mujer. Me fue dicho el nombre de Felicitas y me fué mostrada una plaza casi redonda, con muros sostenidos por arcos, y me fué dicho: Allá, en aquellas cavernas, estaban las bestias feroces; y allá abajo, en aquellas cárceles, del otro lado, estaban prisioneros los mártires, atados con cadenas, para ser luego destrozados por las fieras. He visto también gente que venía de noche, cavaba y se llevaba los huesos de los mártires. Me fué dicho: “Esto lo hacen secretamente; son amigos de los mártires, y así estos sagrados huesos han llegado a Roma y más tarde repartidos.

  

13. Presencia martirios en el anfiteatro romano.

Una semana después, el Peregrino presentó las reliquias que aún quedaban en la caja traída por la joven Neuhaus. Ana Catalina dijo:

Veo a Isabel de Turingia con una corona en una mano y una cestilla en la otra. De la cestilla caen rosas de oro sobre un pobre que estaba debajo de ella. He aqíi a Bárbara. La veo con una corona en la cabeza y un caliz con el Sacramento en la mano. Mirando varias reliquias la vidente añadió: Estos son huesos recogidos en Roma donde martirizaban a los cristianos.

Luego se sintió transportada en éxtasis y describió al Peregrino los lugares y los tormentos de los mártires; nombraba las partes de los huesos, las distribuía y entregaba al Peregrino, para luego clasificarlas. Al final de estas visiones preguntó a su guía celestial cómo habían venido esas reliquias. Aquél respondió:

Fueron desenterradas hace mucho de los lugares de los martirios, y pasando de sitio en sitio han venido a parar a Münster; pero aquí fueron postergadas por algunas novedades y al fin fueron arrinconadas completamente. Ana Catalina continúo:

Me encontré de pronto en una ciudad extranjera, maravillosa, sobre la superficie alta de un muro circular que encerraba una plaza redonda. Yo estaba sobre la entrada, desde la cual, a derecha e izquierda, salían escaleras internas; de un lado había prisiones, cuyas puertas se abrían hacia la plaza; del otro lado, ciertos espacios donde encerraban a las bestias. Detrás de ellos había ciertos ángulos donde se arrastraban a los verdugos cuando abrían las puertas a las fieras. Frente a la entrada, cerca del muro se levantaba, en la plaza, un sitial de mármol, al cual se llegaba por dos series de gradas laterales.

Allí sentébase la mujer del impío Emperador y junto a ella, otras dos mujeres de aspecto tiránico. Detrás de esta tribuna, en la parte superior, estaba sentado un hombre que parecía tener potestad y mando; se agitaba de un lado a otro dando órdenes. Fué abierto uno de los antros de las fieras y salió una bestia parecida a un gato descomunal lleno de manchas. Los verdugos estaban detrás de las puertas y se resguardaban en las cavidades; luego subían corriendo las escaleras y se quedaban en lo alto del anfiteatro. Los verdugos habían sacado fuera de las cárceles del frente a una virgen, quitándole los blancos vestidos superiores.

Resplandecía como todos los mártires y estaba tranquila, con los ojos elevados y las manos cruzadas sobre el pecho, sin la menor inquietud, en medio del anfiteatro. La fiera no le hizo daño alguno; antes bien se humillaba delante de ella; luego se levantó, echándose sobre los verdugos, que con piedras y gritos trataban de enfurecerla contra la mártir. Como la fiera no quiso atacar a la virgen, fué retirada; no sé como sucedió esto, pero la bestia fue encerrada. La doncella fué luego conducida a otro lugar destinado a los mártires, rodeado solo de empalizadas. Allí fue puesta sobre una piedra, atada a un palo, con las manos detrás de las espaldas, y decapitada. Había tendido por si misma sus brazos hacia atrás. Tenía los cabellos entrelazados; era sumamente graciosa, y no se descubría en ella señal alguna de angustia o de temor.

Después fué conducido un hombre al anfiteatro; le quitaron el manto, quedando sólo con un vestido que le llegaba a las rodillas. Las bestias no le hicieron daño, y fue también decapitado. Fue, como aquella virgen, echado de un lado a otro con aguzadas varas de hierro. Estos martirios turban de tal manera y causan al mismo tiempo tanta alegría; son tan graves y, con todo, conmueven y excitan tan potentemente que el ánimo se aflige y deplora sin embargo no estar siempre presente en tales escenas. Los verdugos se ven a veces tan poderosamente conmovidos por el comportamiento magnífico de los mártires, que se precipitan hacia ellos y los abrazan, confesando en alta voz a Cristo Jesús; y frecuentemente son atormentados juntamente con los mártires.

He visto a un mártir en el anfiteatro; una leona se echó sobre él, lo arrastró de un lado a otro y luego lo desgarró en pedazos. He visto a muchos perecer quemados dentro de otro anfiteatro, y con uno de los mártires, he visto que las llamas se precipitaron hacia los verdugos y abrazaron a muchos. He visto martirizado a un sacerdote que había asistido secretamente y consolado a muchos mártires; estaba en manos de dos verdugos que, empezando por los pies, le cortaban miembro por miembro, y, mostrándoselos, le preguntaban si quería retractarse. El mártir, aunque era solo un tronco, estaba lleno de gozo y seguía alabando a Dios, hasta que le cortaron la cabeza.

  

14. Curiosas comprobaciones en el reconocimiento de huesos.

(9 de Mayo de 1820)

El doctor Wesener había sacado de un sarcófago pagano un fragmento de cráneo y por medio del Peregrino lo depuso en el lecho de la enferma, que estaba en éxtasis. No dio señal de reconocerlo. Cambiado de lugar varias veces, dijo finalmente: “¿Qué quiere esa vieja Rebeca conmigo?”

El Peregrino aproximó el objeto a su mano y ella la retiró diciendo que la perseguía una vieja morena y salvaje, girando en torno de ella con hijitos desnudos como renacuajos; que sentía horror al mirarlos, porque le infundían miedo; que había visto gente semejante en Egipto, pero que ignoraba lo que querían ahora con ella. Como no retiraran el objeto, ella, siempre en éxtasis, tomó la cajita de sus reliquias, y poniéndola sobre el pecho con ambas manos, dijo: “Ahora esa mujer no me puede hacer daño”. Luego siguió con la cabeza al lugar donde el Peregrino ponía el hueso pagano. Cuando lo hubo alejado dijo que aquella se había escondido por evitar la visita de los santos. El confesor le puso los dedos consagrados delante, y ella los seguía con el movimiento de la cabeza. Preguntada: ¿Qué es eso?, contesto: Es  algo más grande de lo que tú comprendes”.

El Peregrino acercó entonces el hueso de un animal que el doctor Wesener había encontrado en la orilla del rio Lipa. Ella dijo al punto: “Esto puede estar aquí sin inconveniente; no hace ningún mal; es una buena bestia y no ha cometido pecado alguno”. Luego, refiriéndose al objeto anterior, dijo al Peregrino: “Vete con ese objeto; líbrate de esa vieja; está atento con ella; te puede hacer mucho mal”. Esto lo repitió varias veces estando en éxtasis.

Al día siguiente volvió la conversación sobre el tema y dijo al Peregrino que era muy inconveniente presentarle huesos paganos que excitaban en ella impresiones siniestras.

Aquel hueso pagano me repugnó, excitando en mi contrariedad y aversión. No puedo afirmar que esa mujer estuviese condenada; pero sentía en aquel hueso tenebroso, alejado de Dios, propagador de tinieblas, engendrador de oscuridad, precisamente todo lo opuesto al efecto de los huesos de los Santos, que son luminosos, atrayentes y benéficos. He visto a aquella vieja mirar en torno con miedo; me parecía que estuviese ligada con tenebrosas potestades y que podía causar mucho daño. Todo era oscuro en torno de ella. El espacio era como un bosque o una pradera; pero todo era oscuro allí, no como la noche, sino como veo la oscuridad espiritual de malas doctrinas, la ausencia y alejamiento de la luz del mundo por la relación con la zona de las tinieblas. La he visto sola con sus hijos.

En torno había cabañas miserables, de formas variadas, cavadas en la tierra y cubiertas por arriba con una especie de techo; algunas eran redondas y tenían techos de hierbas; otras, cuadradas, con techos de juncos tejidos. He visto algunas casas algo más altas, pocas, de forma aguda, compuestas en orden. Entre estas cabañas he visto caminos de comunicación, cubiertos por fuera.

Esta acción desagradable resultante de huesos malos puede ocasionar daño a la gente si se sirve de ellos como de medio profano y supersticioso; las personas que usan de ellos pueden participar, sin saberlo, de las emanaciones de esos huesos, pues da nacimiento a cierta comunicación entre ellas y los huesos. De la misma manera nece una participación de las bendiciones y de los efectos de la gracia que emana de todo aquello que es redimido y santificado, por la veneracion de los huesos de los santos.

  

15. Visión de reliquias robadas.

(16 de Diciembre de 1820)

He tenido una maravillosa claridad respecto al reconocimiento de reliquias. He visto todas las cosas como si estuviesen en torno mío. He visto muchas iglesias en el Rin y un cuadro donde una carroza fué sorprendida por ladrones, y una cajita conteniendo reliquias fué echada en un campo y encontrada por otros. El propietario, que pasó por aquel lugar, no las pudo encontrar. Esas reliquias quedaron en el país donde fueron encontradas. En esta cajita he visto los huesos que un amigo ha traído junto con otras; pero no me atrevo a nombrarlas ni decir qué reliquias sean. Ese amigo (del Peregrino) debe esperar y, ante todo, cambiar su modo de proceder. El es sorprendentemente largo y alto; también la fe es como su naturaleza, alta y larga, pero muchas veces debe pasar por una pequeña abertura, como la de una llave. El amigo, en cuanto respecta a mi persona y a mi destino, esta aún obstinadamente en el error.

  

16. Anuncia que reconocerá muchas reliquias.

(21 de Diciembre de 1820)

Ana Catalina había anunciado que el día de Santo Tomás reconocería muchas reliquias. El Peregrino la encontró ese día con la caja de las reliquias sobre el lecho. En visión, durante la noche, había distribuido aquellos huesos y recubierto las paredes internas de la caja con pedazos de seda. Había ordenado de modo especial las cinco reliquias de Santiago el Menor, de Simón el Cananeo, de José de Arimatea, de Dionisio Areopagita y de un discípulo de San Juan Evangelista, llamado Eliud.

He tenido una noche luminosa. He sabido el nombre de todas las reliquias que se encuentran aquí y he visto los viajes de los apóstoles y discípulos cuyas reliquias poseo. En cuanto a Santo Tomás he visto un cuadro festivo, muy solemne. He visto también como estas reliquias han llegado aquí a Münster, como un obispo extranjero las reunió y como llegaron a manos del obispo de esta diócesis. Todo lo he visto con sus nombres y sus épocas. Confío en el Señor que todo esto que he visto no se perderá. He obtenido permiso para revelar a mi confesor los nombres de las reliquias que ha traído el amigo y que el confesor se los pueda declarar; pero no me es permitido a mi decir estos nombres. ¡Ah! ¡Yo creía que podría decirle los nombres de todas les reliquias Lo tenía ya en la punta de la lengua para decirlo, cuando salió súbitamente del lado derecho del armario, que está junto a mí, una mano cándida y luminosa que me cerró la boca, y no me dejó decir los nombres. Esto sucedió de modo tan repentino y sorprendente que estuve a punto de reír.

Algunos días mas tarde se renovó una escena semejante:

Tuve de nuevo un gran deseo de nombrar a aquellos santos respecto de cuyos huesos habíase originado tanto disgusto. Pero cuando estaba por hablar, oí golpear en mi armario y me fue imposible pronunciarlos; no los sabía ya. No los puedo decir ni me atrevería. He tenido varias veces la palabra en la punta de la lengua; pero no la puedo pronunciar, y esta imposibilidad no esta en mi voluntad.

Tanto el confesor como el amigo habían oído los golpes en el armario sin podérselos explicar. El confesor dijo: “Creo el que diablo no osará hacer una de las suyas”. Ana Catalina, tomando una reliquia del armario, dijo: “Es aquel santo cuya reliquia ha traído el amigo del Peregrino”.

  

17. Reconoce varias reliquias.

(18 de Enero de 1821)

El confesor le presenta a Ana Catalina un paquetito conteniendo varios objetos.

Quién es esa monjita que yace en un estado tan miserable? El padre confesor nada me dijo sobre ella. Debería ir él junto a ella porque está en un estado más digno de compasión que el mío; yace como en medio de agudas espinas.

La enferma se había visto a sí misma. Después se supo que el paquetito contenía cabellos de Ana Catalina, que el abate Lambert había recogido para mandar a un amigo de París. Reconocida la reliquia de un santo Papa, se habían olvidado los presentes del nombre. Presentada de nuevo, dijo al punto: Es del Papa Bonifacio I.

  

18. Penetra en las catacumbas.

Descendí las catacumbas y vi delante de mí una mesa cubierta de luces, y a muchos hombres y mujeres, de rodillas, rezando. Un sacerdote oraba en alta voz, otro incensaba con un turíbulo. Parecía que todos ofrecían algo, deponiendo la ofrenda en una taza que posaba sobre la mesa. Estas oraciones eran preparatorias de inminentes martirios.

Después he visto a una mujer noble expuesta en el anfiteatro con tres hijas, de dieciséis a veinte años. El juez que presidía, no era el mismo de antes. Muchas fieras eran soltadas y lanzadas contra los mártires; pero no les hacian daño; antes bien lamían amigablemente a la más joven de las vírgenes. Fueron traídas delante del juez y llevadas a otra plaza menor. La mayor de las jóvenes fué primeramente abrasada con antorchas negras bajo los brazos, en los pechos; luego despedazado con tenazas el resto del cuerpo y reconducida delante del juez. Ella ni siquiera le dirigió una mirada, sino que miraba hacia las hermanas que en ese momento eran atormentadas.

Después que todas fueron así atormentadas, fueron decapitadas, estando sentadas, y por último la madre, que había sufrido increíbles tormentos viendo martirizar a sus hijas. Vi también a un Santo pontífice delatado, sacado de las catacumbas y martirizado. Uno de los romanos, el más furibundo de los perseguidores, se declaró partidario de los cristianos y murió también martirizado. Sentí un deseo tan vehemente de martirio que clamé en alta voz invocándolo; pero me fue dicho: “Cada uno tiene su propio camino. Nosotros hemos soportado el martirio una sola vez; tú, en cambio, serás martirizada constantemente. Nosotros hemos tenido un solo enemigo; tú tienes muchos”.

  

19. Sensación a la vista de las reliquias.

Posteriormente el Peregrino le presentó cierto número de reliquias. Ana Catalina las posó, una después de otra, sobre su corazón; separó alguna como no auténtica, y de las demás dijo:

¡Son tan magnificas! ¡No es posible decir cuán bellas son!

Interrogada acerca de su propia sensación a la vista de las reliquias, dijo:

Yo veo y siento la luz. Es como un rayo, como una flecha que me penetra y me lleva consigo; luego siento la dependencia y la correlación de aquel rayo de luz con aquel cuerpo luminoso del cual deriva, y delante de mí se presentan los cuadros de la vida terrena de aquel cuerpo luminoso y su lugar en los coros de la Iglesia triunfante. Hay una maravillosa relación entre el cuerpo y el alma, relación que no cesa ni con la muerte, de tal manera que los espíritus bienaventurados no cesen de obrar sobre los fieles por medio de cada partícula de su cuerpo. En el día del juicio será muy fácil cosa para los ángeles separar a los buenos de los malos, ya que todo será luz y tinieblas.

  

20. Distingue una reliquia de San Ignacio

(31 de Julio de 1821)

Había separado, estando en visión, entre centenares de reliquias, una de San Ignacio de Loyola.

Siento un impulso interno de mirar estas reliquias; tenía un ardiente deseo, me atraían. El reconocerlas y distinguirlas es cosa fácil; ellas difunden luces diversas. Veo pequeños cuadros, como si fuesen retratos de los rostros de las diferentes personas a las cuales pertenecen esas reliquias; de los fragmentos de huesos salen hilitos de luz que se juntan con estos cuadros. No puedo expresarlo, es algo maravilloso; es como si una cosa fuese encerrada dentro de nuestra individualidad y esta cosa quisiera salir fuera. Todo esto cansa muchísimo y al fin cae una exhausta de fuerzas.

  

21. Explica el modo de reconocer las reliquias.

El vicario Hilgenberg le trajo dos largas tiras de género, a las cuales estaban sujetadas varias reliquias. Ana Catalina se conmovió y dijo:

Veo a muchas de estas reliquias ornadas de una aureola de luces de varios colores, despidiendo luces. Me detengo con la mirada. Se presenta en el seno de cada una de ellas, una pequeña figura, que crece, y yo penetro en ella. Veo entonces el semblante, la forma, el vestido y todo el modo de ser y veo la vida, el nombre y la historia de dicho santo.

El nombre, si se trata de santos, lo veo siempre bajo los pies; en las mujeres lo veo situado en el lado derecho. Estos nombres no están enteramente escritos, sino sólo las primeras sílabas. Las otras son pronunciadas o entendidas internamente. Las letras tienen el mismo color de la luz de la reliquia y la aureola del santo al cual pertenecen. Parece que estos nombres sean algo esencial, como si tuviesen sustancia; hay en ello un misterio.

Cuando veo a los Santos, no en relación con la distinción de las reliquias, sino en general, los veo también distribuidos en órdenes y coros, según sus méritos y vestidos, sus grados y condiciones. Estos vestidos son algo esencial con los vestidos de la Iglesia celestial y no con los del tiempo transitorio. Veo entonces a todos los Obispos, a los Papas, a los mártires, a los consagrados y ungidos, a los reyes, a las vírgenes, y a los demás con los vestidos propios del reino de los cielos, siempre con la aureola de la gloria. Los sexos no están separados.

Las vírgenes tienen un grado místico sumamente distinto. Veo a las vírgenes que lo fueron por deseo y voluntad; entre ellas hay mujeres casadas y mártires, a quienes se les hizo violencia por los verdugos. No veo a Magdalena entre las vírgenes, aunque se halla en muy alto grado. Era alta de estatura, bella y tan enérgica, que de no haberse convertido a Jesús, habría sido un monstruo de maldad femenina. Ella obtuvo un gran triunfo sobre sí misma.

A veces no veo en los santos nada más que la cabeza circundada de resplandor; otras veces, hasta el pecho. La luz que difunden es de diferente color. En las vírgenes y en aquellos que han vivido tranquilamente, cuya lucha consistió solo en la paciencia necesaria en las tribulaciones de cada día y en las penas domésticas, este resplandor es blanco como la nieve. Lo mismo es en los jovencitos, a quienes veo muchas veces con lirios en las manos.

Los que han sido martirizados por secretos e íntimos padecimientos por amor a Jesucristo, los veo resplandecer de un rojo pálido. De un rojo fulgurante es la luz de los mártires que lleven una palma. A los doctores y confesores los veo circundados de esplendente luz amarilla y verde, llevando en las manos ramas ondeantes. A los santos mártires los veo con diferente naturaleza de gloria, según el grado de sus tormentos. Entre las reliquias que se encuentran aquí, veo algunos que llegaron a ser mártires por interno martirio del alma, sin efusión de sangre.

 

22. Cuenta cómo ve a los ángeles.

A los ángeles los veo sin aureola. Los veo en forma humana, con semblante y cabellos; pero mucho más esbeltos, nobles y de rostros más finos e inteligentes que las criaturas humanas. Los veo transparentes, todo luz, con diferentes grados unos de los otros. A los seres humanos que han llegado a la celeste beatitud, los veo envueltos en una luz corpórea, más cándida que resplandeciente, y en torno de ellos veo una esfera luminosa, una gloria, una apariencia de santidad de diversos colores, los cuales están en relación con el grado y el género de sus purificaciones. No veo que los ángeles muevan los pies, ni tampoco lo veo en los santos, fuera de los cuadros históricos, donde los veo con vida humana o en su acción entre los hombres. Veo en todas estas apariciones, en su estado perfecto en el cielo, que jamás se comunican por medio de la palabra: los unos se dirigen a los otros y se compenetran íntimamente; así leen en el otro lo que piensa.

Tenía dos fragmentos óseos de Santa Hildegarda, uno mayor que otro. Cierto día se mostró sorprendida, como si alguien se le acercara, y exclamó:

¿Quién es esa que se acerca en largo y cándido manto? Es Hildegarda. Tengo dos huesos de ella; el más grande no viene nunca a mí, el más pequeño viene a menudo. El hueso mayor resplandece menos, porque es de una parte menos noble (*). (Era de un fémur). Los huesos son diversos en su dignidad. Los vestidos que pertenecieron a Santa Magdalena antes de su conversión, resplandecen menos. Los miembros de un santo, perdidos antes de su conversión, son reliquias, como toda la humanidad entera anterior a la venida de Jesucristo, ha sido redimida por Él. Los huesos que han pertenecido a ánimas puras, púdicas y fuertes, son siempre más fuertes y más duros que los huesos de aquéllas que estuvieron abandonadas a las pasiones. Los huesos de los simples tiempos antiguos son más fuertes y producen impresión mas agradable que los huesos de épocas posteriores.

Lo que escribe Ludwig Clarus en su libro Briefe der H. Hildegard (1-24) puede referirse a los demás casos de reconocimiento de reliquias por la vidente: “El cuerpo de Santa Hlldegarda se encuentra aún en Eibingen en su caja. Fueron sacadas diversas partes de su cuerpo. Una partícula semejante poseyó Cristlano Brentano, el cual la entregó a su hermano Clemente que estaba por este tiempo en relación frecuente con la monja Ana Catalina Emmerick, de Dülmen(1824) oyendo y escribiendo las visiones de esta vidente. De una carta de Cristiano Brentano, de principios del año 1851, que tengo a la vista, escrita a una amiga, transcribo los siguientes párrafos: “La monja Emmerick recibió de mí, entregada por Clemente, una reliquia insignis que yo había recibido, sacada del cuerpo de Santa Hlldegarda. Ni a mi hermano Clemente ni a la monja dije de quién fuese esa reliquia. Mi hermano, que había dejado la reliquia durante la noche junto a Ana Catalina, me dijo a la mañana siguiente que tal reliquia debía ser de Santa Hildegarda, pues durante toda la noche había estado la vidente en conversación y vlsiones con esta Santa”.

  

23. Reconoce las reliquias que trae el Peregrino.







El Peregrino le trajo una vez una caja con cincuenta fragmentos de reliquias mezcladas. Apenas las tuvo y contempló, comenzó a separarlas, dando cuenta de quienes eran y a qué parte del cuerpo pertenecían:

Estas estuvieron en el fuego; veo que las buscan en medio de las cenizas. Estas estuvieron en la iglesia de una ciudad; veo que las adornan y purifican. Aquellas otras resplandecen de luz más viva. Estas resplandecen menos, y he aquí una que resplandece con una especial luz dorada. Al decir esto la vidente cayó en éxtasis y dijo: Veo a un viejo oprimido por el reumatismo, que yace sobre una camilla en una plaza pública. Un obispo, de báculo pastoral, se inclina sobre él y apoya la cabeza sobre su espalda. Están presentes hombres que lleven teas.

Ana Catalina dijo luego que el hueso que resplandecía de color dorado era de aquel obispo, llamado Sérvulo. Nombró también a San Quirino, como si su reliquia se encontrase allí presente. Cuando el Peregrino le presentó un paquete de reliquias perteneciente a la casa ducal de los Dülmen, Ana Catalina separó los retazos de paños diciendo:

Esto lo ha llevado un santo; es el fragmento de una estola. Este paño es de un ornamento de Misa que ha tocado cosas santas.

Preguntada cómo lo había reconocido, respondió que en el momento en que el paquete se halló en su pieza había visto junto a ella a cuatro santos revestidos con esos paños, que fueron luego cortados y distribuidos. Preguntada si veía también a Santa Tecla, cuya reliquia estaba allí, dijo:

“Si, la veo en un cuadro cómo espía y escucha atentamente a San Pablo, encerrado en la cárcel. La veo a veces arrastrarse a lo largo de un muro; otras, bajo un arco como quien buscara algo con inquietud.

Al presentarle el Peregrino un pequeño fragmento de leño, dijo:

“Este fragmento es de aquella clase de leño del que fue hecha la cruz y que María tenía consigo en Éfeso; es leño de cedro. Aquel fragmento de seda pertenece a un pequeño manto, con el cual estuvo vestida una estatua de María; es antiquísimo”.

El 6 de noviembre de 1821 encontró entre sus reliquias un fragmento de leño que dio al Peregrino, diciéndole:

“Esto ha sido llevado, hace mucho tiempo, por un ermitaño de la Palestina. Pertenece a un árbol que estaba plantado en el jardín de un antiguo esenio. Sobre este árbol fue conducido Jesús por el tentador al final de su ayuno de 40 días”.

Entregó al Peregrino un pequeño paquete:

Esta es tierra del monte Sinaí. Os veo junto a aquel monte. Luego, tomando otro hueso: Esto pertenece a un santo cuya solemnidad ocurre en el mes de julio. Su nombre empieza con E. Lo he visto encarcelado con otros dos que chupaban los huesos de hambre. Conducido al martirio, por cause de sus maravillosos discursos sobre Dios, lo tuvieron por loco y querían dejarlo libre, Un soldado, empero, dijo: “Veamos si es capaz de llamar a su Dios del cielo, porque entonces es merecedor del martirio como los demás”. Este soldado fue herido por un rayo. He visto luego al santo celebrando un servicio divino en la iglesia y luego lo vi martirizado.

 

24. Historia de una cruz llena de reliquias.

(8 de Noviembre de 1819)

Entrególe el Peregrino una cruz muy antigua, llena de reliquias. Al acercarse a Ana Catalina, esta exclamó:
He aquí que viene una procesión entera de santos. Abriendo la cruz, dijo: Helos aquí a todos. Entre ellos; un Viejo puro y sincero, como el ermitaño de Suiza. El Peregrino le dejó la cruz, y ella contó al día siguiente:

Cuando esta cruz me fué acercada, he visto en fila, precisamente como están dispuestas aquí dentro las reliquias, a todos estos santos en forma de cruz en el aire y debajo de ellos una comarca salvaje, llena de bosques, una espesa cambronera, y a algunas personas, entre las cuales, un hombre semejante al viejo ermitaño de Suiza. Después tuve una visión de aquella cruz.

He visto en un vallecito, cerca de un bosque situado en un país montañoso, no lejos del mar, una ermita donde vivían recogidas seis mujeres que se habían dedicado a la vida solitaria. Eran todas de edad en que podían ayudarse unas a otras. Eran muy recogidas, silenciosas y vivían muy pobremente; no tenían provisiones y pedían limosna.

Tenían una superiora y recitaban las horas canónicas. Llevaban túnica burda y oscura con capuchón. Las vi andar por el jardincito, dispuesto cerca de las celdas, donde cada una podía entrar por su entrada particular. Los jardincitos eran muy lindos, aunque pequeños, y tenían árboles de naranjas. Los cultivaban ellas mismas. Las vi ocupadas en un trabajo para mí desconocido: tenían una máquina, semejante a un telar, de varias cuerdas, con las cuales tejían tapetes rústicos y variopintos, hechos con sumo cuidado. He visto que con cierta paja blanca y sutil tejían un delicado trabajo entrelazado. Sus lechos estaban sobre el suelo desnudo y consistían en una tabla con un mal colchón de paja y una manta. Allí no se cocinaba mucho. Tomaban su comida en común, y en la mesa alta y profunda había ciertas cavidades que les servían de platos.

A derecha e izquierda de estas cavidades había unas tapas que se bajaban sobre las cavidades y las cubrían. Las vi comiendo a todas juntas una oscura sopa de hierbas. En su capilla reinaba la mayor simplicidad. Cuanto había allí de ornamentos consistía en trabajos de paja. Pensé entre mi: “Aquí dentro hay oración de oro con utensilios de paja; así era entonces, ahora se usa oración de paja con utensilios de oro”.

El altar de piedra estaba cubierto de una bella estera de paja entretejida y festoneada, pendiente de los extremos. En el medio había un pequeño tabernáculo y, sobre él, esa cruz que tenía el Peregrino. A diestra y siniestra veíanse dos candelabros de leño y dos urnas o vasos, también de leño, que contenían ramos de flores ordenados en forma de ostensorio. Esta ermita era un edificio cuadrado de piedra, con techo de leña. Los espacios interiores estaban divididos por estacas entrelazadas, de un palmo de largo, de madera semejante a aquella con que fabrican las cajas. Las paredes, hechas con maderas entrelazadas, eran de diversa altura; en la capilla, de la altura superior a un hombre, no llegaban al techo; en las celdas, más bajas. Las religiosas podían verse por encima. Estaban sostenidas por estacas, plantadas y reforzadas contra los muros.

El ingreso del lado del mar llevaba a la cocina, y a ésta seguía el comedor con las extrañas mesas; detrás estaba la capilla. A la derecha y a la izquierda estaban las tres celdas y delante los jardines. Las puertas que daban al jardín tenían forma de arco: eran bajas, pequeñas, y la ventana sobre la puerta estaba colocada de modo que no se podía mirar hacia adentro. Delante de las ventanas había pequeñas cortinas de paja que podían tenerse levantadas con palos a modo de tiendas. Las sillas estaban hechas con estera, sin apoyo y tenían un mango de leño. El piso de la capilla estaba cubierto de un tapete de varios colores, grueso, fabricado por ellas mismas.

No todos los domingos tenían la Misa. Un ermitaño venía a decirles la Misa y a darles la comunión. Tenían, empero, el Santísimo Sacramento en la capilla. Las ví una tarde en oración en su capillita, cuando fueron sorprendidas y asaltadas por los piratas. Estos hallábanse armados de cimitarras cortas y extremidades muy largas; tenían turbantes y hablaban una lengua extraña. Robaban a los hombres para hacerlos esclavos. Eran feroces y como bestias. Su embarcación era grande y estaba anclada a cierta distancia de la playa; habían desembarcado en un bote. Devastaron la ermita y llevaron consigo a aquellas pobres ermitañas. No vi que las ultrajasen.

Una de aquellas vírgenes, joven y fuerte, defendió la reliquia del altar y pidió al Señor ayuda con todo fervor. Antes que los asaltantes llegasen al mar, vinieron a reñir sobre el reparto del botín. En tanto aquella virgen consiguió arrastrarse con las manos y los pies hasta el fondo del bosque e hizo voto de servir al Señor, haciendo vida solitaria en el desierto, si la libraba del peligro. Los piratas la buscaron largo tiempo, y ella vió como al amanecer se hacían a la vela.

Entonces dio gracias a Dios de rodillas delante de esta cruz. La selva virgen se extendía distante de todo camino separada por un precipicio situado entre glaciares. Ningún hombre, ningún cazador penetraba allí. Buscó largo tiempo un lugar conveniente, hasta que lo encontró en lo más profundo del bosque. Era un sitio pequeño, libre y desembarazado, rodeado de árboles y de zarzas, suficiente para erigir allí una pequeña capilla. Por arriba estaba casi cubierto de árboles, y el suelo atravesado por las raíces de los mismos árboles. Decidió servir a Dios allí mismo, aislada completamente de los hombres, sin ayuda ninguna eclesiástica o profana.

Tenía consigo la cruz que plantó sobre un altar edificado por ella misma con piedras, y detrás de él dispuso su lecho. No tenía fuego; lo tenía solamente en el corazón. Durante treinta años no vio siquiera el pan. En aquellas cercanías vi a ciertos animales en lo alto de los montes, semejantes a cabras, que saltaban de un escollo a otro; en torno de esta ermita vi también liebres blancas y pájaros grandes como gallos.

He visto llegar a estos lugares a un cazador con sus perros. Estaba al servicio de un noble, que tenía un castillo en lo alto del monte, a distancia de alguna milla. He visto luego aquel castillo destruido, del que ahora queda solo un fragmento de torre cubierto de hiedra y de plantas salvajes. Aquel cazador vestía túnica gris muy ajustada y en torno al cuerpo un cinturón adornado. Llevaba un pequeño sombrero redondo, de punta, y bajo el brazo, el arco. Sus perros penetraron ladrando en lo espeso de las matas, y el cazador se acercó y vió algo brillante, que era aquella cruz. Se acercó y clamó en alta voz. La ermitaña se había ocultado, y al principio no quiso responder. Finalmente gritó diciendo al cazador que no se espantase de ella si no le veía semblante humano. Entonces él la vio y la vi yo también en visión.

La vi circundada de resplandor. Era alta, cubierta el cuerpo; largos y grises cabellos le pendían por las espaldas y el pecho. Toscos eran sus pies y oscuros sus brazos; caminaba encorvada por el peso de la edad. Con todo, a pesar de esta apariencia, tenía algo de severo y de noble en sus modales. Al principio no quiso decir quién era; pero cuando advirtió que el cazador era hombre piadoso, le dijo: “Veo que tu eres siervo de Dios”. Y le contó cómo había venido a parar a aquél lugar. Rehusó salir de allí con él; y dijo al cazador que volviese dentro de un año con un sacerdote ermitaño. He visto cómo recibió el Santísimo Sacramento. Después quiso permanecer un rato sola y cuando aquellos dos se acercaron de nuevo, la hallaron muerta.

Quisieron llevarse consigo el cuerpo, mas no pudieron moverla. La sepultaron en el mismo lugar y el cazador tomó secretamente la cruz para memoria del hecho. Más tarde, sobre su tumba que estaba en un matorral, se edificó una capilla en honor del santo venerado por ella de un modo especial y que había ella nombrado. De varios lados había entradas que llevaban al interior de aquella capilla.

Aquella virgen había vivido completamente para Dios, en la mayor pobreza. Antes del asalto de los piratas había tenido un sueño en el que vió, como si con violencia, era transportada sobre el mar. También en sueño hizo voto a la Virgen de Einsiedeln de que si era salvada del peligro ayunaría siempre en la soledad. Le había parecido que caía en un canal o curso de agua, donde se arrastró largo tiempo hasta que saliendo llegó a una soledad que más tarde conoció era precisamente aquella donde ahora estaba, y visto en la visión.

Entonces le fue dicho que alli debía quedar. Cuando preguntó de que debía alimentarse, muchos higos y castañas cayeron de los árboles; y mientras ella recogía los frutos, éstos se cambiaron en piedras preciosas, semejando los frutos de las penitencias y mortificaciones. Ella le contó al cazador esta visión suya. Cuando el cazador la encontró en aquella soledad habían pasado treinta años. Le dijo que provenía de la Suiza y que podía informarse allí para convencerse. Le nombró el lugar de su nacimiento, añadiendo que había tenido siempre gran devoción a la Virgen de Einsiedeln.

Desde la primera edad había oido una voz que le decía que debía dejar su patria y debía servir a Dios en la soledad. No había puesto mucha atención a esa voz; pero una vez le pareció que se le acercaba un joven que le dijo: “¿Estas aún aquí? ¿Aún no has partido?…”. Y así diciendo, la había llevado lejos de allí. Había creído que soñaba, mas al despertarse se encontró lejos de su casa, en un país extraño, hasta llegar a la ermita donde fue bien recibida.

El cazador tuvo devoción a la cruz por mucho tiempo; finalmente, por liviandad e inconsideración, la cedió a un habitante de una pequeña ciudad situada al pie del monte. Éste la veneró mucho y oraba siempre delante de ella, y en una tormenta que devastó la comarca quedaron él y su casa preservados del desastre. Después de su muerte pasó la cruz a uno de sus herederos, y así pasó de mano en mano hasta llegar a un campesino, que la vendió juntamente con otros objetos. Perdió, por eso, casa y campos. Después he visto la cruz relegada y despreciada en medio de mil cosas de todo género, en poder de personas que no tenían temor de Dios. A esta gente la compró un extranjero, incrédulo, no por devoción, sino por simple curiosidad, sin conocer el valor del tesoro que poseía, y a pesar de ello aquella cruz le fue de inmenso provecho.

Esta última circunstancia conmovió al Peregrino; él había comprado la cruz en Landshut a un pobre obrero, y desde entonces se sintió mejorado en lo espiritual y en lo material. La vidente no lo podía saber y la historia era tan verdadera como el último episodio de la cruz. A raíz de esto el Peregrino se manifestó preocupado y preguntó a Ana Catalina: “¿Si todo vuelve a verse como sucedió, los pecados cometidos, de los que uno se arrepintió y confesó volverán a verse?” Ella respondió:

Por estos pecados y faltas ha satisfecho el Señor. No existen más. No los puedo ver a no ser que sea un caso como el de David penitente. Aquellos pecados que no fueron expiados, que el hombre lleva consigo y los oculta, esos los veo perfectamente. Los que fueron expiados son como huellas impresas en la arena, que se borran con los pasos siguientes de arrepentimiento y penitencia. La confesión contrita del pecado cancela la culpa.

 

25. Historia del niño mártir de Sachsenhausen.

El Peregrino le había dado una reliquia que Ana Catalina declaró pertenecer a un antigua ermitaño. Varios días después contó al Peregrino el martirio de un niño, pariente del ermitaño.

Tuve la aparición de un niño como de cuatro años, coronado de una aureola roja. Su semblante era en extremo gracioso. Sus palabras fueron muy breves y profundas. Hice con él un largo viaje y me impresionó mucho el verlo tan luminoso, tan serio y tan sabio. Pasamos sobre una ciudad y rápidamente nació en mi el conocimiento del estado moral de ella. Sentí dentro de mí que había allí pecas almas piadosas.

El niño me llevó sobre un puente y me señaló la casa donde había nacido. Era una casa vetusta de ciudadanos de mediana condición, que aún conservaba algo de los tiempos antiguos. Todo estaba silencioso y callado; pero al acercarnos los actuales habitantes pensaban en aquel niño y un débil recuerdo de su historia perduraba en ellos. Entonces tuve la advertencia de que muchas veces el instantáneo recuerde de un difunto, es efecto de su proximidad. El niño me indicó que como la correlación del alma con el cuerpo no cesa jamás hasta la unión de los mismos en la resurrección final, asimismo no cesa jamás la acción de un alma santa sobre aquellas que por vínculos de sangre o de parentesco se encuentran en relación con él. Un beato sigue obrando, ayudando y aprovechando a esa familia según el grado de fe y de temor de Dios que tenga para poder recibir esa ayuda.

Me dijo como él había obrado en favor de la eterna salud de sus parientes y como llegó por medio del martirio a aquella perfección a la cual habría llegado si su vida no hubiese sido interrumpida per la maldad de los demás, y que los méritos de las acciones que habría hecho en el transcurso de su vida, si no hubiese sido muerto a los cuatro años, él podría aplicarlos también, de modo espiritual, en ventaja de los suyos. Cada especie de mal sucede, no por voluntad de Dios, sino por simple permisión de Dios.

Por lo demás, no se quita o cesa el cumplimiento y la perfección del bien obrado por un individuo, por efecto del pecado de los demás, sino que solamente es alterado y mudado, y el delito y pecado, en sus consecuencias efectivas, hiere esencialmente al pecador mismo, mientras al inocente, que es ofendido y dañado, las penas y el martirio le sirven de medio para más rápida perfección. Aunque el pecado cometido contra los demás sea cosa contraria a la voluntad de Dios, con toda esta voluntad de Dios no es impedida en su designio final, puesto que todo lo que el muerto hubiera obrado en el mundo, viene a cumplirse y a completarse, de modo espiritual, por medio de la libertad de la voluntad.

Vi entonces la historia del niño martirizado. Sus padres vivían hace cerca de tres siglos, en Sachsenhausen, junto a Frankfurt, y era éste de muchísima piedad. Tenían un pariente próximo, que vivía en Egipto, como ermitaño, del cual a menudo hablaban, recordándolo con afecto y veneración. Frecuentemente, mirando a su hijito, decían entre si, que se considerarían dichosos si el niño imitase a aquel pariente en género de vida tan feliz, sirviendo a Dios en la soledad. Padres que tienen semejantes deseos sobre un hijo único, que aún no tenía un año de vida, debían ciertamente ser muy piadosos. Éste deseo se renovaba frecuentemente en su ánimo. Cuando el niño hubo cumplido un año, murió uno de sus padres. El que sobrevivió contrajo nuevas nupcias y la conversación sobre el ermitaño y el deseo de que fuese también el niño un ermitaño se renovó con el tiempo en la nueva familia.

El niño se entretenía y divertía a menudo con semejantes conversaciones. Murió el otro de sus progenitores, de modo que el niño quedó huérfano. La tradición del ermitaño había quedo arraigada en la familia, y el niño, ya de cuatro años, tenía vivos deseos de conocer al pariente ermitaño. Me dijo que ciertamente habria resultado algo bueno si hubiera seguido viviendo; quizás se habría hecho también él ermitaño. Me dijo, además, que había sido un buen niño y agraciado, aunque de ninguna manera tan hermoso como lo era al presente. Sus nuevos padres, que veían en él al heredero de la casa, estarían contentes en librarse de su presencia, y conversaban de esto cuando hablaban del lejano ermitaño.

El niño no había cumplido los cuatro años, cuando los parientes le entregaron a ciertos hebreos extranjeros, que debían llevarlo a Egipto al lado del ermitaño. Procedieron así para librarse del niño, y hablaron del viaje a Egipto sólo para ocultar al niño la traición. Aunque el niño llegó a ser mártir por esta causa, con todo no dejó nunca de usar de amor y caridad hacia su familia y su ciudad natal. Me mostró una casa grande, aun no del todo terminada, de estilo moderno, en la cual había una fiesta, al parecer de bodas, donde a menudo se daban tales fiestas. Vi una cantidad de habitaciones iluminadas con lámparas y mucha gente bien vestida y adornada, festejando y bailando. “Esto hacen, me dijo el niño, sobre los huesos de un antepasado, que con su piedad ha establecido el primer fundamento del presente bienestar de la familia”. Me condujo dentro de un sótano amurallado, donde en un doble féretro yacía, en perfecta posición, un esqueleto blanco, bien conservado. La caja interna era de plomo y la externa me pareció de madera oscura.

El niño me dijo que el difunto había sido el fundador de la casa y pariente suyo; hombre muy piadoso, que había ganado grandes riquezas, conservándose siempre buen cristiano. Cuando fue destruida la iglesia donde estaba sepultado, sus hijos llevaron el cadáver al sótano, olvidándose completamente de él y de su cadáver. Penetré per todos los departamentos de la casa. Vi también en la ciudad muchos huesos de santos y de beatos reposando en subterráneos, bajo los fundamentos de las iglesias destruidas y de monasterios, sobre los cuales se habían edificado casas y palacios. El niño me dijo que la ciudad decaería mucho, porque estaba en la cumbre del orgullo.

Hice un gran viaje por mar hacia una comarca arenosa y cálida. El niño me había dejado sola. Pasé luego a una ciudad desierta, donde las casas caían una sobre otra en ruinas, y allí encontré de nuevo al niño, y vi en una cueva, bajo una colina, el lugar de su martirio, y vi su martirio mismo.

Parecía aquél un sitio destinado para el sacrificio de animales. De las paredes pendían ganchos de hierro, en les cuales los judíos sujetaron al niño en forma de un crucificado, haciendo destilar su sangre de cada uno de sus miembros.

Sobre el suelo veianse dispersos muchos huesos luminosos de niños anteriormente martirizados, allí sepultados, y estos huesos resoplan decían como centellas. El martirio de este niño no fue nunca descubierto ni castigado por el brazo secular. Me pareció que allí no había ningún cristiano, fuera de algún ermitaño que del desierto venía a la ciudad.

Posteriormente estuve en el desierto y volví a ver a aquel niño junto a la tumba del ermitaño, su pariente, que fue enterrado donde había vivido. Había muerto antes que el niño fuese sacado de Frankfurt. Sus huesos resplandecían. Había muchos otros sepulcros en aquel deserto. Sobre la blanca arena veianse fragmentes de recipientes rotos; crecían muchas palmas. Allí el niño me dejó de nuevo, y fui transportada por mar a otra remarca; era una colina, en la ciudad donde está el gran anfiteatro (Roma). A un lado de la colina había casas y crecían algunas viñas. Debajo se extendía una gran caverna, sostenida por columnas; la entrada estaba cerrada, llena de escombros. Nadie sospechaba que allí hubiese una caverna.

Cuando llegué, el niño se presentó de nuevo y se puso a mi lado. Allí encontré un gran tesoro de huesos sagrados; toda la caverna resplandecía. Había cuerpos enteros dentro de féretros puestos en las paredes y gran cantidad de huesos menudos encerrados en pequeños sarcófagos. Yo los vaciaba, y trabajé allí abriendo esos sarcófagos. Vi algunos cuerpos en los cuales los paños en los puntos en que tocaban a los cuerpos, quedaban aún intactos, mientras lo demás estaba consumido o putrefacto. Vi que algunos cuerpos disecados se habían vuelto de un color blanco agradable. Vi igualmente varios cuadros referentes a la vida de esos santos, la mayor parte de les cuales pertenecía a los primeros siglos de la Iglesia. Muchos fueron martirizados porque llevaban ofrendas a los sacerdotes cristianos.

Los he visto ir con pequeños volátiles bajo el brazo, y me pareció que fueron denunciados por los paganos. Vi a muchísimos que por el voto de castidad se habían hecho como miembros de una orden religiosa, y he visto también a maridos y mujeres que, por amor de Dios, vivían en continencia. Penetré en todos estos sagrados lugares y entre estos huesos, hasta llegar a una caja grande cuadrangular, no profunda, y hecha de materia sutil. Me sentía atraída hacia aquella caja; me parecía que me pertenecía, puesto que allí estaban los santos de les cuales poseo reliquias. Quería llevármela conmigo; pero el niño me dijo que eso no convenía, y que debía dejarla. Las reliquias estaban allí bien dispuestas, colocadas sobre almohadillas. Como no la pude llevar, la cubrí con un paño azul. El niño me dijo que aquellos huesos fueron escondidos allí desde los tiempos primitivos de la Iglesia; que debían permanecer; pero que serian a su tiempo descubiertos y reconocidos.

 

26. Reliquias de la Iglesia de Münster.

Recibió Ana Catalina pequeños envoltorios que contenían reliquias enviadas en diversas ocasiones por el deán Overberg: estaban mezcladas; unas tenían nombres, otras no. Tuve visiones generales acerca de estas reliquias, y luego particulares de algunos santos.

Cuando recibí las reliquias enviadas por el deán Overberg tuve la visión de la forma en que estas reliquias fueron llevadas de Roma a Münster por obra especialmente de los primeros obispos y de la grandísima reverencia con que eran colocadas en relicarios cerrados y distribuidos a varias iglesias. He visto damas piadosas reunidas para ordenarlas y envolverlas; al hacerlo tenían cuidado de mantenerse puras y santas.

He visto algunos sacerdotes que con ellas distribuían luego esas reliquias. Eran sujetadas a los relicarios, adornadas con ribetes y flores y dispuestas en pirámide. Cuando fueron expuestas por primera vez a la pública veneración, se hizo una gran solemnidad y todo el país se consideró favorecido. Muchas reliquias fueron amuradas a los altares de la iglesia de Ueberwasser. Algunos piadosos canónigos de capítulo, cuando oían hablar de algún santo o beato, procuraban conseguirse alguna reliquia de ellos, que luego veneraban como un gran tesoro.

Vi después que al ampliarse y restaurarse las iglesias y los altares, eran colocados unos sobre otros los huesos de santos de las épocas más diversas. Se hallaron muchos cuerpos sagrados de los cuales algunos miembros fueron extraídos y colocados con las otras reliquias. Así se encontró el cuerpo de una virgen, de la cual poseo un pequeño hueso. Las grandes bendiciones que de tales huesos surgían las he visto disminuir y concluir con el aumento del descuido en que las reliquias eran tenidas. He visto también que, no sin un designio de la Providencia, esas reliquias llegaron a manos del deán Overberg, quien sin conocerlas siquiera, les había asignado un decente lugar para guardarlas.

Otra vez que Ana Catalina tenía en sus manos la caja de reliquias, que llamaba su iglesia, vió a Santo Tomás Apóstol y un cuadro de sus viajes y de su misión en las Indias.

El apóstol anduvo de un rey a otro y obró muchos milagros. Hizo muchas profecías antes de su muerte. He visto que levantaba una piedra grande, muy lejos del mar, le grababa algunas señales, y decía: “Cuando el mar llegue hasta aquí, vendrá otro que propagará la doctrina de Cristo”. Se refería a San Francisco Javier. He visto después al apóstol traspasado por las lanzas y sepultado; como asimismo cuando su cuerpo fué desenterrado y honrado. Creo que entre mis reliquias están también las de los santos Matías y Barsabás, puesto que me fue mostrado un cuadro breve de su elección al apostolado. Matías, aunque delgado y débil, fué preferido por Dios a Barsabás, que era joven y robusto, a causa de la mayor fuerza de su espíritu. He visto a este respecto muchas cosas. Vi también un cuadro referente a Simeón, pariente de Jesús, que después de Santiago fue obispo de Jerusalén, martirizado allí a la edad de cien años. De él debe haber alguna reliquia entre las mías.

Al día siguiente volvió a ver escenas de Santo Tomás apóstol, y dijo:

He visto un cuadro de sus viajes, como si estuviesen señalados en un mapa. Me fueron mostrados los huesos de Simeón y de Judas Tadeo. Vi toda la familia de Santa Ana. Joaquín había muerto antes del nacimiento de Jesús. En esta ocasión pensé en la profetisa Ana, y la vi, como también las habitaciones de todas las viudas y profetisas pertenecientes al templo de Jerusalén. Simón y Judas Tadeo eran hermanos. La primera hija de Santa Ana, es María, mujer de Alfeo.

Esta María, en la época del nacimiento de María Santísima, tenía ya una hija grandecita, que fué luego María, la mujer de Cleofás, del cual tuvo cuatro hijos: Santiago el Menor, Simón, Judas Tadeo y José Barsabás. Tengo conmigo reliquias de estos tres últimos santos. Al tacto de los huesos de Judas Tadeo, como también al de sus hermanos, sentí que él era pariente de Jesús.

Vi en otro cuadro cuando él llegaba junto a Abgar, rey de Edesa. Llevaba en la mano una carta que le había dado Tomás. Cuando estuve dentro, vi la figura luminosa y la aparición del Salvador. El rey, enfermo, se inclinó delante de esa aparición y no vió al apóstol. Este le impuso las manos y en seguida sanó de su enfermedad. Luego el apóstol predicó en aquella ciudad y convirtió al pueblo entero. Vi cuadros relativos a varios santos.

Vi el martirio de San Evodio, que sufrió en Sicilia con Hermógenes, su hermano y con una hermana. Vi también muchos cuadros relativos a una santa monjita vestida de blanco, la cisterciense Catalina de Parcum.

La vi mientras era aún hebrea, puesto que tal había nacido, leer todas las cosas, relativas a Jesús en ciertas envolturas de papel, y sentirse conmovida. Vi que ciertos niños cristianos le contaron cosas de Jesús niño y de María y del pesebre, y que, guiada por ellos, fué a ver secretamente un pesebre; luego, por ello, conoció mejor a Jesús. La he visto ser instruida secretamente, y, luego, a raíz de una aparición de María Santísima, decidida a refugiarse en un monasterio. Vi muchas cosas conmovedoras de ella y de su ardiente deseo de ser despreciada.

La reliquia de esta santa estaba cosida en paño rojo, y cuando se disponía la vidente a envolverla y a escribir el nombre, le fué dicho internamente que alli habia también algunos hilos de paño que habían tocado el santo pesebre y algunos fragmentos del leño de la verdadera cuna del Señor; y un pequeño fragmento de papel en el cual había algo escrito. Le fué dicho que esas cosas eran las que dicha santa mayormente había venerado; que ella, cuando era aún niña, fué movida por la imagen del pesebre y había obtenido la gracia de llevar a menudo en sus brazos al niño Jesús. Ana Catalina contó esto al Peregrino, el cual logro descubrir unos hilos con un trocito de leño y un escrito que decía: “De praesepie Christi”. Cuando lo entrego de nuevo a la vidente, ésta dijo:

“Esto viene de la cuna del Señor; este ha sido venerado por la monjita”.

El Peregrino, conmovido, quiso besar la mano de Ana Catalina, y ella le dijo: “Besa la reliquia de Santa Clara; en ella no hay ya nada terreno. Esta (mi mano) está aún mezclada con la tierra”. El Peregrino se sintió más conmovido, pues tenía precisamente escondida en el pecho una reliquia de Santa Clara, que pensaba mostrar a la vidente más tarde. Cuando Ana Catalina la tuvo, dijo, besándola:

“He aquí que Clara esta delante de mí”. Más tarde añadió:

He visto un pequeño cuadro relativo a la Santa. En la proximidad de su convento ardía una guerra. Estaba muy enferma y con todo se hizo conducir a la puerta del monasterio y así mismo hizo llevar el Santísimo Sacramento. Este estaba encerrado en una píxide de plata revestida de oro; delante de ella se postró de rodillas e imploró al Señor y sintió una voz interna que la consolaba. Al punto vió que los enemigos se alejaban de la ciudad.

 

27. Reconoce reliquias de Afra, Marta y Magdalena.

Un día el Peregrino se aproximaba con una reliquia, cuando la vidente exclamó:

¡Afra! ¿Tenemos nosotros la reliquia de esta santa?… La veo aquí atada de manos y pies a un palo. Las llamas se avivan y se elevan en torno de ella, que vuelve la cabeza y mira a su alrededor.

Diciendo estas palabras, tomó la reliquia, y la besó, honrando a la santa con gran devoción.

En la hora del crepúsculo el Peregrino abrió un pequeño paquete, descubriendo un fragmento de hueso y un trozo de vestido con un escrito. Ana Catalina, que no podia por la oscuridad ver el objeto, exclamó al punto: “No pierda ese escrito. La indicación es verdadera; ese escrito  resplandece”. Cuando tuvo la reliquia, cayó en éxtasis y contó al Peregrino lo siguiente:

He viajado por muchos lugares, lejos de aquí, por Betania, Jerusalén y Francia. El hueso es de Marta. El vestido es de Magdalena y es de color azul, con flores amarillas y algo de verde. Es un resto de su vanidad. Llevaba todavía este vestido debajo de un manto de luto, en Betania, en el momento de la resurrección de Lazaro. Todos estos vestidos quedaron en casa de Lázaro cuando ella pasó a Francia. Ciertos piadosos amigos los tomaron y conservaron fragmentos para memoria. Algunos peregrinos, que habían ido a visitar su tumba en Francia, envolvieron la reliquia en estos paños, creyendo que tanto el hueso como los fragmentos de los vestidos fuesen de Magdalena; pero solamente el vestido es de ella; el hueso es de Marta.

Cuando el Peregrino pudo examinar mejor el escrito interno, encontró la leyenda: Santa María Magdalena. Reconoció también, entre las reliquias enviadas por el deán, un hueso del Papa Sixto octavo y un fragmento del tercer Pontífice, después de Pedro. Se alegró de haber retenido las cifras numéricas latinas; pero al dia siguiente ella le dijo:

“Cuando vi de nuevo el hueso de aquel santo Papa, me fué dicho: “No del tercer Papa, sino del decimotercero y su nombre quiere decir Salvador”.

El Peregrino comprobó que se trataba de San Sotero, que quiere decir en griego Salvador.

 

28. Reliquia de Santa Marcela.

El confesor le entregó un paquete con la inscripción de San Clemente. Ana Catalina recibió la reliquia y al día siguiente dijo que no era de San Clemente, sino de Santa Marcela viuda. Como no se convenciera el confesor, ella declaró:

He visto de nuevo la vida de Santa Marcela. La he visto como viuda, retirada en un vasto palacio construido en el estilo romano, semejante al de Santa Cecilia. Tenía anchos patios, con fuentes y saltos de agua. La vi con San Jerónimo, que desplegaban rollos y leían. La vi distribuyendo sus riquezas a los pobres y prisioneros; y de noche ir a las cárceles, cuyas puertas se abrían delante de ella. Habiendo tenido noticia del género de vida de San Antonio, se puso un velo y tomó un vestido monacal e indujo a hacer lo mismo a otras vírgenes. He visto que en Roma había entrado gente extranjera que saqueaba y robaba. Algunos de ellos se introdujeron en casa de Marcela y la extorsionaban amenazándola con armas para que les diese dinero. Ella había distribuido todo entre los pobres.

Esto es lo que recuerdo haber visto. Cuando la vi por primera vez, la santa me consoló y me animó respecto de mis visiones sobre las Sagradas Escrituras y me dijo algo para mi confesor, que he olvidado enteramente.

 

29. Escenas de la vida de San Marcelo Papa.

Reconoció una reliquia de San Marcelo Papa y narró lo siguiente:

He visto cuadros relativos a este santo. De noche, con muchos otros, iba en busca de cuerpos de santos mártires dispersos y les daba sepultura, escribiendo el nombre sobre su sepulcro. Lo he visto envuelto en su manto, errando de un lado a otro, llevando muchos huesos sagrados. Transportó también huesos a las catacumbas y colocó delante de ellos rótulos con nombres y escrituras y separó unos de otros. Entre estos escritos hay actas de los santos mártires. Creo que en un gran subterráneo, donde vi conservados tantos rótulos, se encuentra una buena parte de los que él había transportado.

En esta ocasión he visto que nosotros poseemos la más preciosa parte de las reliquias  y que entre ellas están muchos cuerpos que él reconoció, escribiendo sus nombres. La piadosa viuda Lucina le rogó que sepultase a dos infelices, muertos de hambre en la cárcel hacía algún tiempo. Lo hicieron de noche, y transportaron el cadáver de un hombre y de una mujer en aquél lugar donde estaba sepultado San Lorenzo. Cuando iban a ponerlos, los huesos de San Lorenzo se apartaron, como si no quisieran tener en su vecindad esos cadáveres; por esto fueron sepultados en otro lugar.

He visto a Marcelo conducido ante el Emperador. Como no quiso sacrificar a los ídolos lo azotaron hasta hacerle brotar sangre, y luego condenado a servir como esclavo en un gran establo. Este establo estaba en círculo alrededor de un patio, y había allí no solo bestias de carga, sino también los encierros de fieras que se usaban contra los mártires. El debía cuidar y alimentar a las bestias, que se mostraban muy mansas con él. Aquí él pudo ser útil a la iglesia secretamente, puesto que con la mediación y los donativos de Lucina a los guardianes, frecuentemente podía salir furtivamente de la cárcel para sepultar mártires, y consolar a los fieles.

Vi también que recibía el Sacramento de otros sacerdotes y que él mismo lo distribuía de noche a otros. Fue sacado del establo y llevado a la cárcel; pero después de haber curado a la mujer de un alto personaje, fue puesto en libertad. Luego vivió en casa de Lucina, que transformó secretamente en iglesia y continuó con sus obras de caridad. Fueron sorprendidos otra vez; el palacio fue usado como establo y él tuvo que guardar de nuevo animales.  Mientras ejercitaba en secreto sus oficios en aquel establo, fue desgarrado del modo mas inhumano, con golpes, en un ángulo del establo y abandonado su cadáver en aquél desolado sitio. Los cristianos sepultaron su sagrado cuerpo.

He visto luego cuadros relativos a Ambrosia, a Liborio y el gobierno de la iglesia bajo San Gregorio. En especial estos cuadros se referían a las relaciones de aquellos santos con las piadosas mujeres, y que a causa de este inocente y piadoso trato eran muy calumniados. Gregorio había fundado muchos monasterios para monjas, y en los días que estaban antes consagrados a las divinidades paganas y a las bacanales, inducía a centenares de aquellas mujeres a orar públicamente con hábitos de penitentes, para expiar así y compensar a la iglesia por los muchos pecados cometidos en otros tiempos en esos mismos días. He visto que obrando de este modo consiguió mucho bien; aquellas festividades del diablo y del pecado disminuyeron en su tiempo. Tuvo que sufrir mucho por causa de su celo.

Luego vi un cuadro del diácono Ciriaco, que padeció innumerables sufrimientos. Una vez estuvo oculto por mucho tiempo en una catacumba situada no lejos del lugar donde ahora se levanta la iglesia de San Pedro. Allí casi se moría de hambre. Fué martirizado. Recuerdo que San Ciriaco había sido consagrado por Marcelo y que él, con otros dos cristianos, Largo y Smaragdo, protegía a los cristianos que debían trabajar en las excavaciones. Él mismo fué condenado a estos trabajos forzados y allí libró del demonio a la hija de un cristiano.

 

30. Plácido y Donato.

He reconocido los huesos de Plácido y de Donato. He visto que Plácido era, en sus modales, semejante a San Francisco de Sales, gentil y amable. Fué muerto en Sicilia con sus hermanos. He visto muchas cosas relativas a su vida. Era el menor de dos hermanos y de una hermana y desde niño era tenido por santo. Lo he visto, aun pequeñito, en los brazos de su madre, tomando rótulos escritos y poner sus deditos en donde estaban los nombres de Jesús y de María, con señales de gran alegría. Le vi generalmente amado; frecuentemente toda una familia se reunía alrededor del niño, que la madre tenía sobre las rodillas. Lo vi con su preceptor dentro de un jardín, donde jugaba dibujando cruces y entrelazándolas con flores y plantas. Le eran muy familiares los pajaritos.

Después fue llevado a otro lugar para estudiar y luego al monasterio de San Benito, que aún tenía pocos discípulos. Lo he visto gentil y delicado; creció rápidamente, como suele acontecer con los niños de alto linaje. Vi luego un cuadro relativo a otro santo que fué educado muy humildemente en una choza y llegó a ser Papa. Vi un cuadro relativo a la vida de ambos. Hablé con Plácido y él me prometió que me ayudaría. Me dijo que yo debía invocarlo.

 

31. Reliquias y episodios de diversos santos.

Estando en conversación con el Peregrino, dijo un día la vidente: “Tenemos una reliquia de Santa Teresa y una de Santa una Catalina de Siena. Helas aquí unidas a muchas otras”. Repitió muchos nombres de santos cuyas reliquias tenía, siempre en el mismo orden.

Veo los nombres, en parte bajo los pies, y en parte al lado del cuerpo y veo los atributos de cada uno de ellos. Veo a Ediltrudes con la corona depuesta; veo a Teresa, Radegunda, Genoveva, Catalina, Foca, María de Cleofás. Esta es de mayor estatura que María Santísima y está vestida de igual manera; es hija de la hermana mayor de María. Veo también a Ambrosio, Urbano y Silvano.

El Peregrino le preguntó: “Dónde esta Pelagia?” Contesto: “Pelagia ya no está junto a mí; está allí” (señaló el pecho del Peregrino). En efecto, el Peregrino había retirado esa reliquia, poniéndola en un bolsillo de su saco, como reliquia ya reconocida que pensaba colocar en un relicario. El mismo Peregrino se disponía a sacar otra del bolsillo, cuando la vidente exclamó: “Veo a Enguelberto. Tenemos quizás una reliquia de él?” El Peregrino mostró la reliquia y Ana Catalina contó lo siguiente:

He reconocido ese hueso como de Enguelberto de Colonia y esta noche he visto muchas cosas de su vida. Enguelberto era hombre principal, ocupado en graves negocios del imperio. Vivía con mucha severidad y justicia, pero no como otros santos, por razón de sus muchas ocupaciones exteriores. Tuvo gran devoción a María Santísima. He visto que él hizo trabajar en el Duomo y reunió muchas preciosas reliquias, que ahora ya no se conocen y las reunió en sarcófagos, que puso debajo de los altares. Esto no fué muy conveniente.

Vi también su muerte. Había sido muy perseguido por un pariente, a quién debía haber castigado. Este lo sorprendió en un viaje y lo maltrató horriblemente. Conté sobre su cuerpo más de setenta heridas. Enguelberto se hizo santo por medio de una seria preparación para la muerte, puesto que poco antes había hecho contrita confesión de los pecados de toda su vida y llevó con indecible paciencia su lenta muerte mientras rogaba por sus asesinos. He visto que la Madre de Dios se le apareció durante su martirio, lo consoló y lo exhortó a sufrir y a morir con paciencia. A la ayuda de la Virgen se debe su santa muerte. He reconocido también la reliquia de San Cuniberto de Colonia. Lo he visto, siendo paje, junto al rey Dagoberto y durmiendo en la cámara del rey.

 

32. Una reliquia de San Lucas.

(2 de Abril de 1821)

Desde hace algún tiempo veo un hermoso fragmento blanco del cráneo de San Lucas, junto a mí. Lo veo muy distintamente y, sin embargo, no acabo de creerlo, ni aun viéndolo en visión, y ahora, por castigo, lo olvido estando despierta. La noche pasada vi la historia que se refiere a esta reliquia. San Gregorio Magno llevó consigo desde Constantinopla a Roma la calavera de San Lucas y un brazo de San Andrés, y obtuvo de ello tan feliz resultado que por medio de estas reliquias hizo mucho bien a los pobres. Fueron colocados en su monasterio de San Andrés. Algún fragmento de la calavera y del brazo llegaron hasta Colonia. He visto la gran alegría del obispo de aquella ciudad cuando le llegó tal reliquia. Después, aquellos sagrados fragmentos pasaron a Maguncia; luego a Paderborn, y finalmente a Münster. Ahora ambos se encuentran aquí, en mi relicario. La reliquia de San Andrés está encerrada en una cápsula. El hueso de San Lucas debe encontrarse en un ángulo, envuelto en un pañito; ahora no recuerdo el lugar preciso.

Rogada por el Peregrino para que buscase la reliquia, la vidente reconoció un fragmento del cráneo del santo y contó lo siguiente:

Un santo obispo; luego a Tréveris, a Maguncia, a Paderborn y a Munster; creo que llegaron hasta aquí bajo un obispo que pertenecía a la noble familia de los Fürstenberg.

 

33. Supuestos cabellos de María.

Ana Catalina había recibido cierta cantidad de cabellos conservados como reliquias en el monasterio de Notteln; se decía que eran cabellos de la Virgen, traídos por San Ludgario. Cuando los tomó en sus manos, tuvo la siguiente visión:

A la derecha, al pie de mi lecho, se me presentó una virgencita de extraordinaria belleza. Llevaba una vestidura blanca y luminosa, con un velo amarillo, que descendía hasta los ojos, y a través de él he visto los cabellos, de un color rubio muy delicado. Todo el espacio de ella era luminoso, de una luz muy diversa a la del día: parecían más bien rayos de sol. Su aspecto, su gracia y su amabilidad me recordaban a la Madre de Dios. Mientras pensaba en esto, oí unas palabras semejantes a éstas:

“Ah! Estoy muy lejos de ser María… Soy, empero, de su estirpe, y he vivido treinta o cuarenta años después de su época.  Nací en las cercanías del lugar donde ella nació; pero no la he conocido, y no estuve en los lugares consagrados por su presencia y sus dolores, para no dar a conocer que era cristiana, por ser tiempos de grandes persecuciones. Entre los míos se conservaba la memoria del Señor y de su Santísima Madre con tal ardor y vivacidad que yo me esforzaba de todos modos en imitar sus virtudes: seguía en mi alma las huellas del Señor y en el lugar donde vivía meditaba, como lo hacían los cristianos, recorriendo las estaciones del Vía crucis. Obtuve la gracia de probar los íntimos y secretos dolores de María, y esto constituyó mi martirio. Un sucesor de los apóstoles, un sacerdote, era mi amigo y guia.”

La aparición pronunció el nombre, que ahora no recuerdo. No era nombre de apóstol ni otro que figure en las letanías de los santos: era un nombre antiguo y extranjero, aunque me parece haberlo oído otras veces. “Por este sacerdote se llego a saber de mí; de otro modo hubiera sido del todo desconocida. El mandó parte de mis cabellos a Roma. Un obispo de tu país obtuvo algunos y los trajo con otros muchos. Todo esto quedo enteramente olvidado. Fueron llevadas también a Roma muchas reliquias y restos de mi época, aunque no pertenecen a mártires.”

Esto es lo que supe de la aparición. El modo en que se reciben estas noticias, es inefable. Cuanto se le dice a uno es extremadamente breve: de una sola palabra entiendo más cosas que de treinta otras de explicaciones. Se descubre la idea y el concepto de aquél que habla y no se ve todo esto con los ojos, aunque todo aparece claro y distinto, más que con impresiones naturales de los sentidos. Tales comunicaciones se reciben con gozo exquisito, como una brisa suave, en día de calor intenso.

 

34. Cosas bendecidas y consagradas.

No veo nunca resplandecer una imagen milagrosa. Veo, en cambio, delante de ella un sol de luz, del cual recibe la imagen los rayos de luz que caen sobre los que rezan delante de ella. No he visto nunca el Crucifijo de Koesfeld resplandecer; pero veo resplandecer la verdadera reliquia de la Cruz cuando estaba escondida en la parte superior de la cruz de Koesfeld. He visto descender rayos de luz sobre los que rezaban hincados delante de ella. Creo que toda imagen, representación de Dios o instrumento de Dios, puede llegar a ser milagrosa, con pleno triunfo de la fé sobre la debilidad humana, en fuerza de la plegaria común, llena de confianza, de los que rezan.

Cierta vez el Peregrino puso ante sus ojos un AGNUS DEI. Ella lo tomó en sus manos y dijo:

Va bien. Esto es bendito; esto es bueno; estuvo en contacto con la fuerza; en estas reliquias encuentro que hay fuerza.

Con motivo de una cruz bendita, dijo:

La bendición resplandece como una estrella. Tenedla en mucho honor. Pero los dedos consagrados del sacerdote (añadió volviéndose al confesor), son mucho mejores. En esta cruz la bendición puede llegar a faltar; pero la consagración de los dedos as indeleble y eterna. Ni la muerte ni el infierno mismo pueden hacerla desaparecer. Aparecerá distinta y visible también en el cielo. Esta consagración proviene del mismo Jesús, que nos ha salvado.

A alguien que le trajo una pequeña imagen de la Virgen, le dijo:

Está bendecida. Conservadla bien, y no la dejéis entre cosas no santas. Aquél que honra y venera a la Madre de Dios será protegido por Ella delante de su Hijo Divino. Ayuda mucho el estrechar cosas benditas contra el corazón, durante el asalto de las tentaciones. Conservadla bien.

Le llevaron una pequeña imagen y dijo, poniéndosela sobre el pecho.

¡Oh, la poderosa Señora! Esta pequeña imagen estuvo en contacto con una imagen milagrosa.

 

35. Una moneda de San Benito y otras reliquias.

El Peregrino le presentó un vaso de cristal, donde había una moneda cosida a un pañito de felpa. Ella dijo:

También el pañito está bendecido. Esta es una moneda consagrada a San Benito. Es una consagración que San Benito dejó a su orden religiosa y está relacionada con el milagro que sucedió cuando aquellos monjes le dieron veneno, y él hizo la señal de la cruz y se quebró el vaso, cayendo en tierra los fragmentos

Esta bendición preserva de la peste, del veneno, de los engaños y de los asaltos del demonio. El paño colorado al cual se halla cosida la moneda, estuvo sobre la tumba de San Wilibaldo y de Santa Valburga. Proviene de aquél lugar donde destila un aceite milagroso el sepulcro de Santa Valburga. He visto a los eclesiásticos que fueron descalzos para tocarlo en aquella tumba, y lo cortaron así para ponerlo debajo de esta moneda, que fue bendecida en aquel monasterio.

El Peregrino puso en sus maños una imagen de Santa Rita de Cascia, que había sido tocada con una gota de la sangre de los estigmas de la santa. Ana Catalina dijo:

Veo una santa monjita, que parece sin huesos ni carne. No la puedo tocar. 

En otra ocasión puso en sus manos un libro abierto, una de cuyas páginas había sido bañada con la sangre de sus propios estigmas. Sonriendo, dijo:

¿Qué es esta florecilla tan graciosa, estriada de rojo y de blanco, que sale del libro y viene al medio de mis maños?

Otro día que el Peregrino le presento la misma página, preguntándole si había tocado algo sagrado, contestó:

Si; tocó las llagas de Jesucristo.

Una dama de París le había enviado una imagen que había estado en contacto con los huesos de San Bobadilla. Ella se la puso sobre la frente. El santo se le apareció y le prestó ayuda en sus dolores. Ella vio todo su martirio.

El Peregrino le dió un anillo roto que había estado en contacto con la tumba de San Nicolás de Flue. Ana Catalina dijo al punto:

He visto que el hermano Nicolás se separó de su familia y cómo, porque estaba casado, no ponía allí sino solo lo corporal, lo espiritual se reforzaba y se volvía más potente. He visto la rotura de la unión carnal, de un modo particular, como la rotura de un anillo, y tuve en esta ocasión una enseñanza sobre el matrimonio carnal y el espiritual. El anillo bendecido en la tumba de San Nicolás fue el motivo para que yo tuviese esta visión. El anillo había sido bendecido en honor del hermano Nicolás.







Fuente: extraído de “La Dolorosa pasión de Nuestro Señor Jesucristo”
 
 

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