MENSAJES DE LA VIRGEN DOLOROSA, ESCORIAL, AÑO 1984, PARTE 4.
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, ay…! ¡Ay, Dios…! ¡Ay, ay, Madre! ¡Ay…!
LA VIRGEN:
Hoy va a ser muy corto el mensaje, hija mía; sólo te pido que seas astuta, y que las pruebas empiezan en este momento. Sé fuerte, hija mía, ¡Muy fuerte!….
LUZ AMPARO:
¡Ay…!, no puedo resistir esto que me pasa. ¡Ay, ah…!
LA VIRGEN:
Te advierto, hija mía, y te lo vuelvo a repetir, que ahora es cuando empiezan las pruebas, y estas pruebas serán duras.
LUZ AMPARO:
(Empieza a sollozar). ¿Por qué, por qué van a ser duras?
LA VIRGEN:
Ya lo irás viendo, hija mía, a lo largo de este camino. Pero, no seas cobarde.
LUZ AMPARO:
¡Ay, tengo mucho miedo!
LA VIRGEN:
Aunque te calumnien, aunque te llamen loca, sé fuerte y no niegues el nombre de Cristo; no niegues mi nombre, piensa que están intentando destruir mi Obra.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, ay…! ¿Y qué puedo yo hacer, para que no la destruyan?
LA VIRGEN:
Sé humilde, y sé obediente, hija mía, que la Obra de Dios no podrán destruirla. Esto ha sucedido a lo largo de la Historia, hija mía: han intentado hacer desaparecer mi nombre de muchos lugares.
Lo han conseguido, hija mía, pero ahí está, y de esto cada uno tendrá que ser responsable de sus propios actos.
LUZ AMPARO:
¡No quiero que se destruya! ¡Ay, ay, ay…! ¡Tú haz algo para que no se destruya!
LA VIRGEN:
Sois vosotros, hijos míos, los que tenéis que ser fuertes y tener valor.
LUZ AMPARO:
¡Qué bien!, se dice todo muy bien; pero ¡hay que pasarlo!… Ayúdanos Tú, y con tu ayuda podremos.
LA VIRGEN:
Ésa es la prueba, hija mía.
LUZ AMPARO:
Pues, ¡Vaya una prueba! No quiero esa prueba.
LA VIRGEN:
¡Cuánto han sufrido, hija mía, muchas personas escogidas por mi Hijo! ¡Cuánto han sufrido!, hasta por sus propios hermanos. Sufrieron y han sido fuertes hasta la muerte.
¡Cuántas gracias estoy derramando, hija mía, y qué pocos las recogen! Hoy derramo gracias sobre todos los aquí presentes, porque es un día importante para mí.
LUZ AMPARO:
Pues todos los días son importantes, no sólo hoy.
LA VIRGEN:
Pero es que, por medio del Espíritu Santo, se pueden convertir muchas almas, aun en la agonía, hija mía.
No sufras por estas almas que crees que no se han comunicado con la luz divina, porque el Espíritu Santo, en ese momento, les ha dado la luz para morir en gracia de Dios.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, qué alegría! ¡Ay, ay, pues a mí no me hizo caso!
LA VIRGEN:
El Espíritu Santo está entre vosotros, hijos míos, para prepararos para cuando llegue el tiempo que Cristo venga resplandeciente, en una nube, con su poder y su gran majestad, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ayúdanos a todos!, aunque todos te queremos mucho.
Yo cuento a todos, porque, aunque hay muchos que no te quieren, pero yo los cuento también.
¡Ay, Madre mía! ¡Ay, si supieran lo que hay ahí arriba! ¡Ay, Madre mía! Ni estoy arriba ni estoy abajo. ¡Ay, qué pena de esas almas que no quieren saber nada de Ti! ¡Ay! Pero se salvarán muchos, ¿No?
LA VIRGEN:
En ese momento, hija mía, muchos serán los llamados y pocos los escogidos.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, escoge a muchos! ¡Ay, ay, ay…!
LA VIRGEN:
(Afectada por lo que contempla, Luz Amparo se va lamentando, a la vez que comunica el mensaje de la Virgen).
Verán derrumbarse las montañas y estrellarse los astros sobre la Tierra, y sólo del terror morirán… Ya lo tengo todo dicho, hijos míos: oración y sacrificio, para poder alcanzar las moradas.
Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo…
Por todos los pecados del mundo, hija mía. Por las almas consagradas vuelve a besar el suelo… Este acto de humildad, hija mía, sirve para la salvación de las almas.
LUZ AMPARO:
Pues entonces, ¡Cuántas almas se tienen que salvar por estar todo el día besando el suelo!
¡Ah…, ay! Pero aunque estén en pecado, ¿Se salvan? ¿Reciben la gracia para salvarse?; y sirve esto mucho, ¿Verdad? Pues ya sabes lo que voy a hacer todos los días, aunque que lo estoy haciendo; pero, besar en un sitio más sucio tiene más importancia. No te quiero decir lo que beso…
¿Y se salvan más almas?… ¡Madre mía, qué gloria!… ¡Ay, qué alegría! ¡Ay!, pues les diré a todos que besen mucho el suelo, para que se salven muchas almas; pero para que les dé la luz para confesar, ¿Verdad?; porque, ¿Sabes lo que dicen?: que confiesan sólo, y que comulgan sólo por la salvación de las almas, ¿Verdad?
¡Ay, Madre mía, cuánta gloria! ¡Ay!, pero, ¡Madre mía, qué gloria más grande! ¡Ay!, pues bendícenos. ¿Nos vas a dar la bendición?
LA VIRGEN:
Hijos míos, sed fuertes y no seáis cobardes, pues los cobardes son los que crucificaron a Cristo.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, yo no quiero ser cobarde; yo quiero ser fuerte; yo, con tu ayuda, quiero ser fuerte.
LA VIRGEN:
Lo que os pido, hijos míos, que seáis fuertes cuando veáis las pruebas, porque no habéis probado todavía las pruebas. ¡Ahora empiezan, hija mía!
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pero ¿Qué empieza?, ¿Qué va a empezar?
LA VIRGEN:
La persecución, hija mía. Piensa que a mis discípulos, discípulos de Cristo, también los perseguían por todas las partes, y ¿Quién entregó a Cristo a la muerte? ¿Sabes quién entregó a Cristo a la muerte?
LUZ AMPARO:
Todos, todos.
LA VIRGEN:
Pero especialmente… (Palabras en idioma desconocido).
LUZ AMPARO:
Bueno, pues entonces sí que vamos a salvar bien a las almas; pero fueron ellos y nosotros también. Bueno, yo no, porque no estaba, pero todos los que estaban
sí.
LA VIRGEN:
Pero ellos pusieron el primer voto, para que le crucificasen. Por eso te pido: pide mucho, hija mía, por mis almas consagradas.
Pide que sean puras, humildes y sacrificadas. Y os repito, hijos míos, que seáis fuertes cuando os quiera atacar el enemigo.
Seguid cumpliendo lo que vuestra Madre os ha pedido; seguid rezando el santo Rosario. Que no que pase en este lugar lo que hace muchos años sucedió.
Os voy a bendecir los objetos, hijos míos. Tendrán gracias especiales para la salvación de las almas, aun de los moribundos, hijos míos.
Levantad todos los objetos… Todos han sido bendecidos, hijos míos. Y ahora os voy a dar mi santa bendición a todos vosotros, hijos míos.
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Sé fuerte, hija mía, y sé humilde.
Adiós, hijos míos. ¡Adiós!
MENSAJE DEL DÍA 10 DE JUNIO DE 1984, DOMINGO DE PENTECOSTÉS,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué luz! ¡Ay, qué luz! ¡Ay, qué luz! ¡Ay, qué luz! ¡Ay…! ¿Qué estáis viendo? ¡Ay, lo que estáis viendo…!
LA VIRGEN:
Hijos míos, os voy a pedir humildad desde el principio, y voy a terminar pidiéndoos humildad.
Todos aquéllos que queráis estar los primeros, poneos siempre los últimos, hijos míos.
También quiero que imitéis a los niños; haceos niños, hijos míos, para que podáis entrar en el Reino del Cielo.
Pensad que los últimos serán los primeros. Tú, hija mía, hazte pequeña, pequeña, para que luego seas grande, muy grande.
También te advertí, hija mía, que fueses prudente; piensa que hay lobos forrados con piel de oveja; y lo que es verdad dirán que es mentira, y lo que es mentira dirán que es verdad…
Os pido, hijos míos, que publiquéis el Evangelio por todas las partes del mundo, porque vosotros también sois hijos de Dios.
Y todos, todos tenéis una obligación de publicar el Santo Evangelio.
También te digo, hija mía: hijos míos, sed humildes, muy humildes, porque sin humildad no podéis conseguir el Cielo.
Y tú, hija mía, sé muy prudente, porque por una imprudencia se pueden destruir las cosas de Dios; pero ¡pobre de aquél que destruya mi Obra!
Y haceos niños, hijos míos, porque, haciéndoos niños, conseguiréis llegar a la primera morada.
Que la luz del Espíritu Santo en estos momentos os ilumine a todos los aquí presentes…
¡Todos habéis recibido la luz divina del Espíritu Santo, hijos míos!
Sed fuertes, y cuando el enemigo intente destruir esta Obra, vosotros estad alerta, hijos míos, y haced lo que os pido: seguid viniendo a rezar el santo Rosario.
¡Pobres almas, hija mía! El enemigo les muestra los placeres del mundo, los ha introducido en el mundo, para gozar de esos placeres.
Por eso, hijos míos, os pido que pidáis por las almas consagradas.
¡Pobres almas! Mi Corazón se destroza de dolor por ellas, y ¡Qué mal corresponden muchas de ellas a este amor!
Todos sois responsables, hijos míos, pero las almas consagradas son más responsables, porque están clamando al Cielo venganza, y la venganza será terrible.
LUZ AMPARO:
Yo te pido por ellas. Yo te pido por ellas… ¡Si no lo creen; ellos son los primeros que no lo creen!, pero yo te pido que los perdones.
LA VIRGEN:
¡Ay de aquél que destruya mi Obra! Digo en esto como dijo mi Hijo en otros momentos:
“Todo aquél que dé escándalo, y que dé lugar a escándalo delante de un niño, más le valiera no haber nacido; que le cuelguen una piedra de molino y le arrojen al mar, y que se lo coman los peces”.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, ay…! Yo te pido por todos; es que si los sellas a todos, se salvarán.
Que quiero que algún día digas que los vuelves a sellar, y que vengan todos, pero que no se condenen.
LA VIRGEN:
¡Cuántos gritarán, hija mía, en un momento en el que no haya remedio, que la puerta estrecha esté cerrada, porque les ha gustado irse por los caminos anchos de placeres!
LUZ AMPARO:
Pero Tú los perdonas, porque yo, si quieres, hago lo que Tú quieras; pero para que los perdones.
Y todo esto que Tú dices que lo cumplan, que cojan y vayan por los pueblos publicando el Evangelio. Pero es que las mujeres no pueden ir a publicar el Evangelio, porque tienen que ser los curas.
LA VIRGEN:
No, hija mía, todos sois hijos de Dios, y todo el que es hijo de Dios, puede coger el Libro y predicar el Evangelio por todas las partes del mundo y, cuando el Evangelio esté extendido por todas esas partes que aún no conocen la palabra de Dios, entonces será la tribulación, hija mía, y vendrá el gran Castigo.
LUZ AMPARO:
Pero es que los que van con esa Biblia por los pueblos, también ésos ¡Cómo son! No son de tu religión.
LA VIRGEN:
Yo no os pido que vayáis de dos en dos. Tened cuidado de esos que van de dos en dos y de puerta en puerta; van publicando doctrinas falsas.
LUZ AMPARO:
Pues, ¿De cuántos en cuántos tenemos que ir?
LA VIRGEN:
De grupo en grupo; da lo mismo que sean cinco, que sean seis, pero ir de grupo en grupo, y no tengáis miedo a publicar el Evangelio. Si os echan del pueblo, seguid adelante y no volváis la vista atrás.
LUZ AMPARO:
¡Qué bien!, o sea, ¿Que no les podemos decir a los que nos echen que se salven?
LA VIRGEN:
Os sacudís el polvo, hijos míos.
LUZ AMPARO:
¡Ay! Pues eso no se puede hacer, hay que ayudarlos a todos.
LA VIRGEN:
Pero si no quieren escuchar la palabra de Dios… ¡Pobres almas, hija mía!
LUZ AMPARO:
¡Ay! Haz algo, haz una cosa; yo tengo ganas de que hagas una cosa grande; y para mí ¡Es tan difícil esto!…
Hazlo, para que te vean.
LA VIRGEN:
Te parece poco las gracias que estoy derramando, hija mía.
Mi Corazón Inmaculado está derramando gracias por toda la Humanidad y para toda la Humanidad; pero la Humanidad está vacía.
LUZ AMPARO:
¡Ay, que no está vacía, que muchos te quieren, te quieren mucho! Lo que algunos son… -¡pobrecitos!-, que no tienen quién les hable de Dios.
LA VIRGEN:
No hay condena para los ignorantes, hija mía, para ésos no hay condena, sino para los que conocen a Cristo y lo niegan.
LUZ AMPARO:
Bueno, pues, perdónalos, y otra vez los vuelves a sellar, para darles esa gracia.
LA VIRGEN:
¡Cuántos, cuántos han visto mi imagen en el Sol, hija mía!, y, sin embargo, achacan a un fenómeno que no es, que no es nada natural, a un fenómeno
natural.
No es posible ver la imagen de Cristo y la imagen de vuestra Madre grabada en el Sol, siendo un fenómeno natural, porque es un fenómeno sobrenatural.
Ya te he dicho que ni los grandes científicos podrán descubrir los misterios del Cielo.
LUZ AMPARO:
Bueno, pues yo te pido que los perdones; y yo hago lo que Tú quieras; pero perdónalos a todos, a los sacerdotes también, porque, porque si no los hubieras hecho de carne…, pero son de carne también. ¡Perdónalos!
¿Me prometes que los vas a perdonar?
LA VIRGEN:
Yo les doy la gracia, hija mía, pero el Padre Eterno es el que perdona, porque es el que hará el Juicio Final.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues se lo dices al Padre Eterno, y el Padre Eterno es bueno, y los perdona a todos, en ese momento, cuando llegue el Castigo, pues entonces, ellos, que reciban la luz para pedir perdón.
(Luz Amparo cambia el llanto en gozo ante la visión que se le presenta).
¡Ay, ay, qué bonito! ¡Ay, ése que tiene ese libro! ¡Ay, ay, ay! ¡Ay!, ¿Ése fue también mártir? ¡Ah…!
Pues yo quiero ser mártir, ¿Eh? Para estar con él ahí a tu lado. Y ese libro que lleva, ¿Qué es? ¿Los Evangelios de Cristo?
¡Ah!, yo quiero también publicar los Evangelios, pero no sé, pero de palabra lo publicaré; ¡Te lo prometo!
Pero Tú perdónalos a todos. ¡Ay!, ¿Ése que fue quien le mató?, ¿Y está ahí? Pero si está muerto, ¿Cómo está ahí? ¡Ay, está lleno de luz!
¿San Juan?, pero, ¿Qué san Juan? ¡Ah…!, ¡Ay! ¿También publicó el Evangelio?
Pues entonces todos vamos a empezar a publicarlo, para que nos veamos ahí con ése que está ahí a tu lado. ¡Ay…! ¡Déjame otro poquito, que ni estoy a tu lado ni estoy abajo!
LA VIRGEN:
La luz del Espíritu Santo, hijos míos, os iluminará, para que publiquéis el Evangelio por todas las partes del mundo. Esta luz divina viene de la energía divina de Dios.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues, ¡Qué energía más grande tiene! ¡Ay, qué luz, qué luz…! ¡Ay, qué luz…!
Esa luz tan grande, ¿de dónde viene? ¡Ay, la luz!
LA VIRGEN:
La luz del Espíritu Santo. Todos, hijos míos, habéis recibido la energía divina del Espíritu Santo. Corresponded a esta maravilla, hijos míos.
LUZ AMPARO:
Corresponderemos todos. ¡Te lo prometo yo por todos ellos!
LA VIRGEN:
Besa el suelo, hija mía, por las almas consagradas…
Por las almas consagradas, hija mía, ¡las ama tanto mi Corazón! ¡Pobres almas!, se dejan engañar por el enemigo, para sellarlos y apoderarse de sus almas.
LUZ AMPARO:
Pero, ¡No los selle, que no los selle, no lo permitas Tú que los selle, que sé cuántos números son!
Con esos tres seis, que no. Que no los selle; ten misericordia de todos, Madre mía.
Te lo pido: dales, dales más tiempo; verás cómo son todos buenos, y si Tú hicieras aquí una gran cosa, mejor sería. ¡Perdónalos!
LA VIRGEN:
Todos los ojos no pueden ver, hija mía; ya me verá todo aquél que se haga niño, para poder alcanzar las moradas. Ya me verán resplandeciente en el Cielo.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué bien!, pero es que todos… No creas que es fácil salvarse, ¿Eh?…
¿Otra vez quieres que bese el suelo? Pues, venga, lo voy a besar. Ahora, ¿por quién lo ofrecemos?
LA VIRGEN:
Por todos los pecadores del mundo, por todos, hija mía, sin distinción de razas…
Por todos, hija mía, sin distinción de raza; todos son mis hijos, y una buena madre quiere a todos sus hijos igual, hija mía. Soy vuestra Madre -ya lo sabéis-, mi Hijo lo ha dicho, lo dejó dicho en la Cruz.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pero dilo de otra forma. ¡Ay, yo lo digo también!
LA VIRGEN:
Lo dejó dicho en la Cruz, hijos míos: “Ahí os dejo a mi Madre por Madre vuestra, por Madre de toda la Humanidad”.
LUZ AMPARO:
¡Ay, bueno! Pero lo que tengas que decir, dilo que yo lo pueda entender, y todos los que están aquí lo puedan entender.
LA VIRGEN:
Hay misterios que no se pueden revelar a los humanos.
LUZ AMPARO:
Pues entonces, a ver, a mí tampoco me los digas porque yo no los quiero saber, porque luego, a ver cómo los guardo yo.
LA VIRGEN:
Mi Hijo te da una gran capacidad para no revelar los misterios del Cielo.
LUZ AMPARO:
Pues dímelo como quieras… (Se escuchan unas palabras en idioma desconocido, como si fuera la respuesta de la Virgen).
¡Ay! ¿Tan poco? ¡Ay…! ¿Tan poco tiempo? Aunque yo quiero cuanto antes mejor, ¿Sabes? Pero ya no es por mí; y los que no estén en gracia, ¿Qué? Yo te pido por todos ellos, por todos; así que me lo tienes que conceder, porque yo no quiero que se condenen tantas almas, porque si Dios es misericordioso, ¿Por qué va a hacer esto?
LA VIRGEN:
El Castigo terreno lo podéis evitar con la oración y con el sacrificio, pero el Castigo divino del Cielo, nadie podrá evitarlo, hija mía, ni aun lo sabe el Hijo del Padre, que es Jesucristo; sólo el Padre lo sabe, ni los ángeles del Cielo.
LUZ AMPARO:
Pues ¡vaya!, mira que no decírselo a Jesús. ¡Ay!, si Él no va a decir nada…
LA VIRGEN:
Está escrito: ni el Hijo del Hombre sabrá el Castigo que vendrá sobre la Tierra.
No será agua, hijos míos, esta vez será fuego, y será producido por un astro, que se estrellará sobre la Tierra.
LUZ AMPARO:
Pero, ¿Lo vamos a sentir?
LA VIRGEN:
Todos aquéllos que estén en gracia de Dios, no les afectará absolutamente nada; se quedarán como en un éxtasis, hija mía. Procurad estar a la derecha del Padre, para poder salvar vuestras almas.
LUZ AMPARO:
¡Oy!, pues ya procuraremos estar a la derecha; ya se lo diré yo a todos. Pero es que no me van a hacer caso.
Yo quiero…, ya no te voy a pedir más, porque soy muy pesada, pero te voy a pedir que selles a muchos, a muchos de los que no has sellado antes. ¡Ay!, pero los que están sellados no, pero sella a los otros…
¡Ay! El Ángel va a sellarlos…
¡Ay, qué alegría! ¡Ay, a los que no estaban sellados los ha sellado! Tienen una protección; ¡Ay, qué alegría más grande…! ¡Ay, qué alegría!
Ahora voy a besar yo el suelo, pero para darte las gracias, y de alegría… ¡Ay, qué grande eres Madre mía! ¡Qué grande eres!…
¡Y que los hombres no crean en Ti! ¡Ay, qué pena!, con lo guapa que eres…
¡Ay, qué cosa más guapa! ¡Ay! ¿Me dejas que bese el pie?
No me digas
que voy a ser otra vez pesada; me conformo con besar el primer dedo…
¡Ay, gracias, gracias Madre mía! Te prometo ser mejor cada día, aunque también soy mala, ¿Eh? ¡Ay, qué soberbia soy! ¡Ay! ¡Ay!, ¿nos vas a bendecir?
LA VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos. ¡Adiós!
MENSAJE DEL DÍA 14 DE JUNIO DE 1984
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hija mía, es una fecha muy importante para olvidarla.
No quiero que olvidéis esta fecha tan importante. En esta misma fecha hice mi presencia en este lugar y te pedí, hija mía, que viniesen de todas las partes del mundo a rezar el santo Rosario, y que todo aquél que viniese a este lugar, sería bendecido con una cruz; también sería marcado en la frente; muchos de ellos serían marcados, pero otros serían bendecidos.
También pedí que en este lugar hiciesen una capilla en honor a mi nombre, y que se viniese de todos los lugares del mundo a meditar la Pasión de Cristo.
Está olvidada, hija mía. No quiero que os olvidéis de esta fecha tan importante. Os pido, hijos míos, sacrificio y oración para poder salvar vuestras almas.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué alegría! ¡Ay…! No he olvidado esta fecha; sé que es una fecha muy importante. ¡Ay!
LA VIRGEN:
Sí, hija mía. Seguid rezando el santo Rosario, no seáis cobardes y no os dejéis engañar por la astucia del enemigo.
Llegará un momento en que lleguen a prohibir rezar el santo Rosario, pero yo he dicho en otras ocasiones que, si no me manifiesto dentro, me manifestaré fuera, hijos míos; pero sed fuertes y no dejéis de frecuentar este lugar.
LUZ AMPARO:
(Sollozando). Madre mía, yo vendré aquí, no quiero que lo quiten.
LA VIRGEN:
Tú tienes que ser obediente, hija mía, y tú debes obediencia, pero que nadie, ¡Nadie!, deje de venir a rezar el santo Rosario.
Ya te he dicho que están empezando grandes pruebas, y ahora empiezan, hija mía.
Con humildad y también con sacrificio, hija mía, se alcanzará todo. Yo pondré también mis manos en esa Obra, en esta Obra de mi parte.
Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo… En reparación de todos los pecados del mundo, hija mía.
Piensa que el enemigo quiere destruir mi Obra y en otros lugares ha sido destruida, hija mía, han hecho desaparecer mi nombre.
LUZ AMPARO:
No quiero, pero ayúdanos Tú, ¡Ayúdanos! Aunque me lo prohíban a mí, yo no vengo, pero que vengan los demás.
LA VIRGEN:
Ahora vienen las pruebas duras, hija mía.
LUZ AMPARO:
Madre mía, ayúdanos Tú.
LA VIRGEN:
Te dije, hija mía, que fueses directamente al Obispo.
LUZ AMPARO:
¿Cómo voy a ir, si no puedo? Yo no puedo ir.
LA VIRGEN:
Porque el Obispo, hija mía, es una buena alma consagrada.
LUZ AMPARO:
No puedo, hay otros delante. Ayúdanos Tú; si nos ayudas Tú iremos a todos los sitios; no puedo sola. A mí no me importa sufrir, pero es que yo no puedo hacerlo sola.
Ya sé que hace mucho tiempo que lo has pedido, pero, ¿Qué hago yo?, no puedo nada más que rezar y rezar; Tú tienes que poner lo demás.
Ayúdanos, Madre mía, ayúdanos, y nosotros también te corresponderemos.
¿No puedes quedarte ahí? Yo quiero que me lleves de aquí, ¡Yo quiero que me lleves de aquí, porque no puedo estar sola más! En las moradas ¡Se está tan bien! ¡No puedo más!
LA VIRGEN:
Hija mía, hija mía, el tiempo se aproxima, y tu tiempo también se aproxima.
LUZ AMPARO:
Pero, ¿Cuándo?, ¿Cuándo?, porque yo no puedo más. Yo me encuentro mal; yo quiero ser fuerte, y te ayudaré, pero Tú también ayúdanos a nosotros, porque nosotros no podemos hacer nada sin Ti.
¡No nos des esta prueba!, porque ¡Vaya prueba! ¡Ay, Madre! Se ve no sé qué, ¡Se está tan bien aquí!; pero, ¿Es que no puede ser dejarme aquí para siempre?
Yo no quiero volver a ese sitio más, ¡Ayúdame! ¡No me vuelvas otra vez a ese sitio!… No, no quiero ser soberbia; pero es que Tú no sabes lo que es estar ahí abajo.
LA VIRGEN:
Ya te dije, hija mía, que vendrían las persecuciones, y a los discípulos de Cristo los perseguían por hablar de Cristo, y a Cristo le calumniaban, le llamaban “el vagabundo”, “el endemoniado”.
No seas soberbia, hija mía, porque no es más el discípulo que su Maestro.
LUZ AMPARO:
Yo no quiero ser más que el Señor, pero el Señor es que era Hijo de Dios y yo, ¿De quién soy hija?
Yo soy hija de una persona humana.
LA VIRGEN:
Él también fue Hijo de un ser humano.
LUZ AMPARO:
Sí, pero Él tenía a Dios y yo, ¿A quién tengo, eh? Yo estoy sola.
LA VIRGEN:
Ya te he dicho muchas veces que si está Dios contigo, ¿A quién puedes temer?
LUZ AMPARO:
Sí, claro, pero ahí abajo…
Tú no sabes lo que hay abajo.
Bueno, yo te pido perdón por si he sido soberbia, pero es que yo no puedo mucho, no puedo más. Yo sé que soy soberbia y que soy mala, pero yo no quiero bajar ahí abajo más.
LA VIRGEN:
Tu misión no está cumplida, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues, ¿Hasta cuándo?
LA VIRGEN:
Porque todavía no estás terminada de pulir.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues ¡Ya está bien!, ¿Hasta cuándo voy a estar así?
Bueno, Madre mía, Tú que eres tan buena, ayúdanos a hacer todas las cosas que quieres, porque sin tu ayuda no podemos hacer nada. Ayúdanos.
¡Ay, qué guapa eres! ¿Nos vas a bendecir, eh?
LA VIRGEN:
Es una fecha muy importante para que os olvidéis de Dios.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué alegría!
LA VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
LUZ AMPARO:
¡Ay, bendícenos los objetos! ¡Ay!, pero hazlo, porque es un día muy importante.
¿Vas a bendecirlos todos? ¡Anda, hazlo!, porque sirven para salvar muchas almas; ya sabes Tú que se han salvado muchas almas con estos objetos. ¡Anda, bendícelos!
LA VIRGEN:
También voy a concederte esta gracia, hija mía. Levantad todos los objetos, todos serán bendecidos… Todos han s
ido bendecidos con gracias especiales, hijos míos.
LUZ AMPARO:
¡Ay! ¡Ay, qué maravilla! ¡Ay, qué grande! ¡Ay! ¡Ay! ¡Venga! Todos lo verán; pero, ¡Qué pocos creerán!
LA VIRGEN:
Adiós, hijos míos. ¡Adiós!
MENSAJE DEL DÍA 16 DE JUNIO DE 1984
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hijos míos, voy a empezar por la penitencia, con el sacrificio y con la oración, hijos míos. ¡Cuántos, cuántos de los que estáis aquí presentes todavía no habéis hecho estas tres cosas, hijos míos!
También os pido el sacramento de la Eucaristía; pero antes os pido el sacramento de la Confesión.
No miréis las faltas del sacerdote, porque el sacerdote se quedó en puesto de los Apóstoles.
Mirad a Cristo en ellos; no miréis sus faltas, porque ellos, cuando se presenten ante el Padre, les pedirá cuentas, hijos míos.
Nosotros no tenemos que juzgar a nadie. Por eso os pido que no juzguéis, y así no seréis juzgados, hijos míos.
Pensad que al sacerdote ni aun los ángeles pueden reemplazarle, hijos míos. ¡Ni aun la Madre de Dios!…
(Pausa con llanto de Luz Amparo). Nadie, nadie podrá reemplazar al sacerdote, ni aun vuestra Madre, hijos míos, y ¡La Madre de Dios! Mirad a Cristo en la Misa; no miréis al sacerdote, porque (en) el sacrificio diariamente de la Misa está Cristo.
Por eso os pido, hijos míos, que esas almas que se dejan engañar por la astucia del enemigo, ellos darán cuenta a Dios Padre cuando se presenten ante Él.
También pido, hijos míos, que hagáis un poco de sacrificio; pensad que Cristo murió por vosotros.
Por eso yo creo que podéis hacer un poco sacrificio por Él. También pido, hijos míos, humildad, porque sin humildad no alcanzaréis las moradas.
Os sigo repitiendo que publiquéis el Evangelio por todos los rincones de la Tierra, ¡Por todos! Ésa es la sal del Evangelio.
Y para todos aquéllos que están engañados con la astucia del enemigo, que les hace creer en otras doctrinas que no son la católica de Cristo…
¡Pobres almas, hija mía, pobres almas! Porque yo no pido cuenta a aquél que no me conoce, sino a aquél que me conoce y me desprecia.
Un acto de humildad, hija mía: besa el suelo por la conversión de todos los pecadores…
Por la conversión de todos los pecadores del mundo, hijos míos.
Sacrificio acompañado de la oración. Sed fuertes, hijos míos, porque las pruebas están empezando; pero no reneguéis nunca de la palabra de Cristo.
Pensad que el que niegue a Cristo en la Tierra, el Padre Celestial le negará en el Cielo ante sus ángeles.
Y tú, hija mía: te pido humildad. Piensa que te dio mi Hijo gancho para salvar almas; pero, sin humildad, no podrás salvar las almas.
Tienes que ser ejemplo de humildad. Piensa que la soberbia es el mayor pecado del mundo; el que conduce a todos los pecados de los diez mandamientos, hija mía.
Mi Corazón está triste, muy triste, hija mía, de ver que los hombres no cambian. Mi Corazón quisiera que se salvara toda la Humanidad; pero la salvación no depende de mí; depende de cada uno de vosotros.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, Madre! ¡Ay, qué cara, ay, qué cara más guapa! ¡Ay! Ayúdanos a ser buenos, porque, sin tu ayuda, no podemos hacer nada.
Pídele a tu Hijo, para que tu Hijo le pida al Padre, y para que nos dé gracias para poder arrepentirnos.
LA VIRGEN:
¡Ay de aquéllos que creen que no hay Infierno, hijos míos!
Existen varias partes de Cielo y varias partes de Infierno. Por eso vosotros tenéis que ganaros la morada con vuestros sacrificios, hijos míos.
Pensad que hay que seguir a Cristo, coger la cruz y seguirle; es de la única forma que os salvaréis, hijos míos. Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas.
¡Pobres almas! ¡Las ama tanto mi Corazón! ¡Y qué mal corresponden muchos a ese amor!… Este acto de humildad, hija mía, sirve para la salvación de las almas consagradas.
Haced sacrificio, hijos míos, haced penitencia, pedid por aquéllos que no piden, amad por aquéllos que no aman, y haced penitencia por los que no la hacen.
Pedid al Padre Eterno, que Él os ayudará a salvaros, hijos míos. El Padre Eterno está olvidado.
¡Y pensad que es el Juez que os va a juzgar! Es misericordioso y lleno de amor, hijos míos; pero es un Juez muy severo y os juzgará según vuestras obras.
Mi Corazón sigue rodeado de espinas, hija mía. Estas espinas son por esas almas que no escuchan la palabra de Dios.
Mi Hijo está muy triste cuando ve que desprecian a su Madre.
Ya te he dicho muchas veces que si un hijo bueno quiere mucho a su madre, no le gusta que la maltraten, que la desprecien, que la calumnien.
Por eso mi Hijo va a descargar su ira acompañado del Padre, de un momento a otro. Piensa, hija mía, que vendrá con su gran poder y su gran majestad en una nube.
Os dije hace días que os fijéis en los astros y en la Luna. Cuando la Luna empiece a enrojecer, y los astros dejen su brillo natural será espantoso, hijos míos; el Castigo será espantoso.
Pero esas almas que han cumplido con el Evangelio de Cristo, con los diez mandamientos…, ¡Será un paraíso eterno, hijos míos! Uno de los paraísos que tiene el Padre preparado para vosotros.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué grande es esto! ¡Ay, ay! Pero, ¿Cuántas moradas hay?
LA VIRGEN:
Muchas, hija mía, muchas moradas, porque mi Hijo subió al Padre para preparar las moradas; y ya están casi todas preparadas.
Hijos míos: sacrificio, sacrificio y oración. Y confesad vuestras culpas, hijos míos; no lo dejéis más tiempo, que la muerte llega como el ladrón, sin avisar. Estad preparados, hijos míos.
LUZ AMPARO:
¿Nos bendices? Bendícenos, ¿Y nos bendices los objetos? ¡Ay!
LA VIRGEN:
Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos con gracias especiales, hijos míos, para la salvación de vuestra alma… Todos han sido bendecidos, hijos míos.
Voy a dar mi santa bendición. Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos, ¡adiós!…
(Sigue el rezo del santo Rosario. Terminada la meditación para el quinto misterio, se reproducen los fenómenos solares. Se escucha un constante murmullo entre los asistentes al admirar tales fenómenos. Se suceden, en varios momentos, los lamentos de Luz Amparo, que sigue contemplando diferentes imágenes e intercala comentarios, mientras reza y permanece en una especie de éxtasis; al desconocer cuando termina el mismo, se ha preferido transcribir parte de la grabación disponible).
LUZ AMPARO:
Que todos sois iguales…
Los cuatro…
Los cuatro de aquí… los cuatro caballos…
Ese amarillo, ¿Es el de la muerte?
¿Y el rojo?…, ése que es como amarillo, de cobre.
¡Ay!, ¿Y el negro?
Y ésos que los montan, ¿Quiénes son, de ahí? Ésos son los ángeles del Apoca… Bueno…
Pero hay muchos; ¿Qué son todos ésos?
Los que los ven, ¡Que lo vean todos!
¡Ay, Madre mía!, todo eso…
Pero, si les digo que miren, van a decir que se les quema; pues, ¡Que miren los que quieran!
¡Ay, pero este color es rosa!
Está en rosa este momento, en rosa. ¡Ay!, está dando vueltas en este momento; ¡Ay!, pero es que… ¿Y si se le quema? Que no lo miren… ¡Ay, ahora está azul!
¡Qué bonita! ¡Ay, Madre mía! ¡Está rosa otra vez, rosa!…
Estás Tú de rosa, y en amarillo la otra parte.
Eso no es una cosa de la Tierra; es del Cielo. ¡Ay! ¡Ay, cómo da vueltas, ay! Que parece que se viene para abajo. ¡Ay, ay! ¡Ay, cómo da vueltas!
La parte de la primera morada, ¿Es esa? ¡Ay, cómo da vueltas! Pues, si tenemos que dar nosotros tantas vueltas para llegar allí… ¡Qué rosa! ¡Oy, qué rosa es!
¡Ay, cuántos… caballos y los ángeles!… ¡Azul, azul!… Y están los cuatro caballos en el… (Palabra ininteligible).
El blanco, es el blanco… ¡Blanco! ¡Ay! El blanco, ¿Por dónde se va? ¿El amarillo? ¡Oy, oy, ése es la muerte! ¡La muerte está amarillo! Mirad lo amarillo…
¡Ay, Madre, las cosas…! ¡Ay, ese rayo! Es que viene para acá, para abajo. ¡Ayyy, ay! ¡Ay, ése se baja, el amarillo!…
Y ese azul, ¿Eso qué es? Se puede mirar. ¡Ay, ay, ay…! Es ahora amarillo otra vez… Con la muerte, y venga la muerte. ¡Venga muerte y muerte! ¡Ay, ay, ay…!
Eso es… Están todos… La mitad; más de ellos la mitad… ¡Blancos! ¡
Uf, Madre mía! ¡Pues sí que están bien todos! ¡Ay, los otros son de la derecha! ¡Ay, bueno, pues ya lo hemos visto todo! ¡Ay, ay, ay…! (Emite ayes durante unos instantes).
Pues el que más se destaca es el amarillo, el de la muerte, ¡Anda! Hemos visto todo… Azul, es azul el que está subiendo. Azul. ¿Y el rosa y el azul?; el amarillo es el de la muerte. ¡Ay!, ¿Y ése que parece de oro? ¿Y el negro? ¿Y el blanco? Y el amarillo, ¿Eh? ¡Ay, pero parece que son como leones encima!
Los que lo llevan tienen el cuerpo de persona y la cabeza de león, uno; otro, de águila.
¡Ay, ese caballo! ¡Ay, ése es el más grave! ¡Ay, pero bueno, pues tantas cosas como hay ahí! ¡Huy, el amarillo! ¡Ay, qué grande es el…! Ése es el que más va a coger, ¿No? Ahora está amarillo… (Palabra ininteligible).
Pues, ya lo he visto; ya los he visto, de verdad, todos, ¿Eh? ¡Ay, qué grande! ¡Cuántas cosas hay!, ¿Eh? ¡Ay, bueno! ¡Ay, pero que digan que eso no es del Cielo!
¡Vamos! Se ve la cabeza del león ¡Más grande! ¡Ay, la cabeza de un león! ¡Ay, pues, ¿Qué será eso del león?! ¡Ay! ¡Ay, vaya, otro misterio! ¡Oy, qué patas tiene! ¡Ay, madre! ¡Ay…! Que van debajo, ¿No?
¡Ay! ¿Me han metido a mí aquí el rayo ese? ¡Ayyy…, ay, el rayo! ¡Ay, ay, ay…! ¡Ay, mójame ahí! ¡Ay, ay, ay…! (Durante unos instantes se queja).
¡Ay, que me está quemando el pecho esto! ¡Ay! ¡Ay, qué valor, no dan nada de…! ¡Ay! Dadme algo. ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, me está quemando esto…! ¡Ay, ay, ayyy…! (Así repetidas veces).
¡Ay, pues ya está bien! ¡Anda que… ¿También esto?! ¡Aaay, ay, ayyy…!
¡Que me ha quemado en la parte esta! ¡Ay! Mira lo que me ha “pasao”…, aquí. ¡Ay, ay, míramelo! ¡Ay!, aquí, en esta parte de ahí. ¡Ay, ay, ay…! (Se lamenta así varias veces) ¡Ay, me ha quemado algo! ¡Ay, ay, ay…! ¡No puedo más!
¡Ay, otra cosa más! ¡Anda que…! ¡Ay, otra cosa! ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío, ay! ¡Ay! (Aquí parece que hay un corte en la grabación, que continúa). Que me ha quemado de esta parte. ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, ay! Mírame a ver, anda. Mírame aquí, aquí, aquí. ¡Ay, ay, ay…! ¡Ay, ya me ha quemado de esa parte, eso que me ha salido ahí! ¡Ay, ay, por Dios, ay! ¡Ayyy, ya no sé lo que será, si se me quema esa parte! ¡Ay, ay, ay…! ¡Ay, y que se rían todavía, Dios mío! Pero, ¡bueno! ¡Ay, ay, ay…!
¡Qué cosa más…! Pues esta parte… Aquí atrás también. ¡Ay, ay! Yo no sé lo que quiere ya, ¿Eh? ¡Ay!, tantas cosas ya. ¡Ay, ay, ay, Dios mío, que se me quite esto!… (Le dicen algo y contesta).
No, yo lo que quiero es que se me quite esto. ¡Ay, ay, ay…! ¡Huy, huy! ¡Ay, Dios mío!, pero, ¿También esto?
¡Ah!, ¿qué quiere decir esta cosa? ¡Ay, ay, ay…! Es que parece que se me ha quemado por dentro algo. ¡Ay, ay! ¡Y venga, todavía a reírse encima, anda! ¡Ay, ay, ay…! (Le dicen algo y continúa Luz Amparo).
Ya, déjamelo, niña. A ver, ¿Está mojado…? ¿No es sangre eso? ¡Ay, déjalo, déjalo, porque estoy chorreando por todos los sitios! ¡Ay, ay, ay…! ¡Ay, mira, mírame otra vez! ¡Ah, anda, mírame otra vez! (Dialoga con alguien). No, esta parte, y lo de abajo, ¿Qué?… (Gime llorosa. Continúa la grabación, en la que se escucha a Luz Amparo, aunque ya fuera del éxtasis).
“…de los diez mandamientos”; es decir, “contra los diez mandamientos”.
MENSAJE DEL DÍA 21 DE JUNIO DE 1984
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hijos míos, vengo como Madre y como amiga. Quiero, hijos míos, que estéis unidos, y que todos los que queráis hablar de Dios; y además también os pido que estéis unidos, muy unidos, y que todos estéis hablando… (Palabra ininteligible).
LUZ AMPARO:
Dilo para que lo entiendan; ¡Ay!, que lo entiendan todos.
LA VIRGEN:
Que estéis unidos, y que todos habléis de lo mismo, que no os tapéis unos a otros, hijos míos, porque estáis formando contiendas… y para hablar de Cristo hay que estar muy unidos.
No penséis tanto en las cosas terrenas, pensad que los discípulos de Cristo dejaron todo para seguir su camino. Ayudad a Cristo todos a llevar la Cruz, hijos míos; no os aflijáis cuando Dios os manda la primera prueba.
Humildad es lo que pido, hijos míos, para poder estar unidos. Pensad que todos sois hijos de Dios, pero que Jesús tuvo preferencias por unos; pues lo mismo ha sucedido en esta ocasión.
Todos aquéllos que estáis unidos, seguid a Cristo, y no os excuséis con cosas que no sirven para nada.
Pensad que el discípulo nunca puede ser más que el maestro; estad los últimos, no os pongáis los primeros, porque los primeros no entrarán en el Reino del Cielo; serán los últimos los que entren, hijos míos.
¡Las contiendas que estáis formando por cosas que no tienen importancia! Pensad que el cuerpo, os lo he repetido muchas veces, no va a servir para estiércol, y si ese alma está pura, no tenéis que preocuparos, hijos míos.
Yo estuve amarrada al pie de la Cruz, allí amarrada, viendo morir a mi Hijo, y era inocente, hijos míos, muriendo por toda la Humanidad, porque todos los seres humanos sois culpables, hijos míos, todos tenéis el pecado, no hay ninguno que sea justo en la Tierra, y mi Hijo era puro, e inocente, y murió para redimiros, hijos míos.
Preocupaos más por las cosas de Dios; pensando en las cosas de Dios, no arméis contiendas, hijos míos.
Pensad que nunca será más el discípulo que el maestro; y pensad también que Cristo vino al mundo para servir, no para ser servido, hijos míos.
Imitad a Cristo, veréis cómo alcanzaréis la Gloria. Siendo Rey de Cielos y Tierra, Hijo del Padre, le mandó a redimir al mundo, siendo inocente, hijos míos.
Por eso os pido, que os acerquéis al sacramento de la Confes
ión, porque el Cuerpo de Cristo, lo podéis recibir diariamente; tenéis más suerte que los ángeles, hijos míos, porque los ángeles no pueden recibir a Cristo.
Cristo dejó instituido el sacramento de la Eucaristía para daros fuerza, hijos míos.
No seáis cobardes; fuerza es lo que necesitan los hijos de Dios; no tienen que ser cobardes. Los cobardes son los hijos de las tinieblas.
Estad unidos, hijos míos, todos estad unidos; no os guardéis secretos unos a otros; no seáis fariseos, que delante de Cristo se ponían los primeros para decir las obras que habían hecho; poneos los últimos, que los últimos seréis los primeros; no os creáis amigos, hijos míos, y luego seáis enemigos.
Los fariseos hacían eso: delante ponían la cara de santidad, y detrás ultrajaban a Cristo.
No os critiquéis unos a otros, hijos míos, porque cada uno dará cuenta de lo suyo.
No juzguéis y no seréis juzgados. Vosotros tenéis que estar más unidos que nadie, hijos míos, porque vosotros tenéis que dar testimonio de lo que habéis visto.
Por eso os pido que seáis humildes, que la soberbia conduce al hombre a la perdición, hijos míos.
No os aferréis a las cosas terrenas; las cosas terrenas sirven para condenarse.
LUZ AMPARO:
Tú, pero Tú nos perdonas; aunque seamos soberbios, ¿Tú nos perdonas?
LA VIRGEN:
Dios Padre perdona a todo el que pide perdón; está con los brazos abiertos esperándoos a todos, hijos míos. Acercaos al sacramento de la Confesión.
¡Cuántos estáis aquí presentes, y hace años y años que no os habéis acercado a este sacramento!
Estad preparados, hijos míos, que la muerte llega como el ladrón, y estando preparados, ¿A quién podéis tener miedo?
Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo…
Por la conversión de todos los pecadores del mundo, hija mía.
Haced actos de humildad durante el día, hijos míos; pensad que os he repetido muchas veces que Cristo tenía la cabeza en el suelo, durante días enteros, ofreciéndose al Padre como víctima de reparación.
Vale mucho la humillación, hijos míos, porque el que se humilla será ensalzado, y pensad que Dios, Dios Padre os recompensará ciento por uno, hijos míos.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué alegría, ay! ¡Ay, qué alegría! ¡Ay, qué alegría, ay! ¡Ay, qué buena eres, qué buena eres, Madre mía! ¡Ay…!
LA VIRGEN:
Hijos míos, os aconsejo como Madre y como amiga. Como Madre, porque soy la Madre de Cristo y la Madre de toda la Humanidad; y como amiga, porque no quiero que os condenéis, y porque quiero que os améis unos a otros, y no forméis discordias, hijos míos, por las cosas que no tienen importancia en la Tierra.
Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas…
Por las almas consagradas, hijos míos; pedid por ellas, hijos míos, porque muchas de ellas se dejan engañar por el enemigo; pedid por ellas, hijos míos, y sed humildes; amaos los unos a los otros, como mi Hijo os amó en la Tierra.
Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos… Todos han sido bendecidos, hijos míos.
Te voy a dar una gota del cáliz del dolor, hija mía; queda muy poco de él, pero las últimas gotas son las más amargas. Coge el cáliz…
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué amargo!, ¡Ay, qué amargo está! ¡Ay, ay, qué amargo! ¡Ay, qué amargura siento ahí, ahí en la garganta! ¡Ay, ay, ay!
LA VIRGEN:
Más amargura siente mi Corazón por todas las almas que se precipitan diariamente en el Infierno.
LUZ AMPARO:
¡Ay…! Pero también se salvan, ¿No? No sólo se condenan; también se salvan… ¡Ay, no permitas que se condenen!, ¿Eh?
LA VIRGEN:
¿Qué madre quisiera que su hijo se precipitase en el Infierno? Pues eso me pasa a mí, hija mía, que yo no quiero que ningún hijo se me condene.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues ayúdales, ayúdales, porque es que muchos son muy duros, ¿Eh? Aunque les estés hablando, hablando y hablando, ¡Ay, qué duros son! ¡Ay!, que no creen, ¿Eh?
Por eso Tú puedes ayudarlos, porque yo no quiero que se condenen tampoco, porque yo he sentido las penas del Infierno en mi cuerpo, y por eso no quiero que se condenen.
Ablándales Tú el corazón, ¡Anda! Tú que eres Madre, ¡Anda, conquístatelos!
LA VIRGEN:
Hija mía, tú eres madre, ¿Puedes conquistar a todos tus hijos?
LUZ AMPARO:
¡Ay, no!, pero, pero es que tenía que haber sido antes; ahora ya no puedo, y además que los tengo a casi todos conquistados…, a casi todos; ahora tienes que conquistarlos Tú a los demás.
Yo hago lo que Tú digas, ¿Eh?; pero con tu ayuda, ¿Eh?, y voy a donde sea, fíjate.
¡Ay, ay, cuántas cosas se ven malas! ¡Ay! Pero esos enfermos, ¡Pobrecitos!, ¿Cómo pueden estar así?, todos ésos que hemos visto.
Es que yo pienso muchas veces que cómo Dios puede hacer eso, porque, ¡Pobrecitos! ¡Anda, que te entra una pena en el corazón! ¡Ay!, ¿Tú sabes todos los que he visto? ¡Ay, qué pena!
LA VIRGEN:
Por medio de esas almas se purifican otras.
LUZ AMPARO:
¡Claro, qué gracia! ¡Hala!, unos están enfermos y otros se purifican con los dolores de los otros, ¿Eh? Pues que ellos sufran otro poco.
LA VIRGEN:
Pero mi Hijo coge almas víctimas para la salvación de la Humanidad. ¿Tú no eres un alma víctima?
LUZ AMPARO:
Bueno, según qué víctima digas. ¿Qué clase de víctima, eh?
LA VIRGEN:
Mi Hijo te ha escogido para salvación de las almas. Tú también sufres.
LUZ AMPARO:
Bueno, un poquito, pero con tu ayuda venceré. Es que es tan duro esto…
¡Ay!, pero Tú podías con tu ayuda hacer tantas cosas… ¡Ay!, pero Tú se lo pides a tu Hijo, y luego tu Hijo, ya sabes dónde tiene que ir: al Padre…
Y el Padre nos tiene que perdonar, porque no creo que sea tan cruel, ¿No? ¡Madre, qué pies tenía y qué brazos!; pero la cara, ¿Dónde la tenía?, porque era el Sol lo que se veía en su cara.
¡Madre mía, si tenemos que verle así siempre!, pues no le podemos ver. ¿Cuándo se va a descubrir esa cara? ¡Ay!, para que le veamos.
LA VIRGEN:
Nadie ha podido ver la cara del Padre.
LUZ AMPARO:
Pues, qué gracia, ¡Anda que!… ¡Ay, sólo se le ve el cuerpo y la cara no! Ahí está el misterio, ¿No? Bueno, yo no quiero hablar más de misterios, porque ¡vaya cómo estáis todo lleno de misterios!
¡Ay, ay!, ese Corazón, ¿De quién es? ¡Ay, ay, ay, pero si ése es tu Hijo! ¿El de Jesús? ¡Ay!, déjame que le toque.
¡Ay!, pero ¡También tiene espinas! ¡Vaya, cómo somos de buenos!, ¿Eh? Tú Corazón tiene espinas y el de tu Hijo también.
¿No puedo tocar ninguna? Pues, déjame que le toque sólo un pie… ¡Qué frío estás!, ¿eh?, pues, ¿Dónde estás por ahí? ¡Ah, qué frío! Vaya, v
aya, ¿Dónde estaréis?
Ahora beso el pie tuyo, sólo el dedo gordo, sólo…
¡Ay, qué grande eres, ay! No hay otra cosa tan grande como lo vuestro, ¿Eh?; pero lo que tienes que hacer es quitarnos ya de aquí, porque otro día, y otro día…; además ni arriba ni abajo.
¿Adónde me tienes? Pues quítame de aquí ya, y súbeme ahí. ¡Ay! ¡Ay, yo no quiero irme de aquí, no! ¡Ay, aunque… (palabra ininteligible) nadie, no quiero irme!
¡Ay…, no, no quiero! Porque Tú no sabes lo que hay por ahí abajo, ¿Eh? ¡Ay…, qué malpensadas son!, ¿Verdad? ¡Ay!, pero no digas su nombre, porque yo también lo sé, ¿Eh? Qué malicia, ¿Verdad?
Pero Tú lo sabes todo; pues yo no quiero bajar allí abajo. ¡Ay, ay!, no quiero, ¡Ay…!
Yo quiero estar aquí, déjame aquí, pues otro ratito, ¡Ay…! ¿Quién tuvo la culpa que estuviéramos ahí abajo?, ¡Di!, porque ¡Con lo bien que podíamos estar aquí…!
LA VIRGEN:
¡Cuántos se ríen, hija mía!, pero ¡Pobres almas!
LUZ AMPARO:
Pero hay otros que tampoco se ríen, que les gusta que les digas cosas. ¡Ay!
LA VIRGEN:
Dichosos los ojos que ven y los oídos que oyen.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, no me dejes! ¡Ay, no me mandes para abajo… otra vez! ¡Ay, Tú no sabes qué lucha! Anda que…
¿Y cuándo me puedo yo ganar mi morada?, porque ¡Ya está bien!, ¿Eh?
LA VIRGEN:
Te dije que te estaba puliendo. Todavía te falta que pulir.
LUZ AMPARO:
Pues, anda, que ¡Cuántos años para pulir! ¡Ay!, pues, déjame sin pulir ya y súbeme arriba del todo; no quiero que me termines de pulir.
LA VIRGEN:
Piensa, hija mía, que en el Cielo no entrará carne ni pecado, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡Anda que, entonces, yo también, venga de pecar y pecar!, ¿No? ¡Ay!, pues, es que ¿Por qué no somos de otra forma? ¡Ay!, bueno, ya que no quieres que esté contigo, pues dame fuerza, ¡Dame fuerza!; pero, también a todos los que están siguiendo esto; porque ¡Vaya jaleo muchas veces!, ¿Eh? Tú eres la que tienes que hacerlo, porque, claro, Tú eres Madre.
LA VIRGEN:
No se puede hablar de Dios, y estar en contra de Dios.
LUZ AMPARO:
¡Ay…! ¿Quién está en contra de Dios? Anda, pues Tú dales un toquecito, ¿Verdad? ¡Ah!, con tu gracia; pero ¿Sabes por qué es?, porque no hacen penitencia, ni sacrificio.
Si hicieran penitencia verías cómo se ocupaban sólo de eso.
¡Ay, qué grande eres! Bendícenos con ese Corazón que tienes, con la cruz que Tú haces.
LA VIRGEN:
Os bendigo como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, qué bien se te da hacer esa cruz, ¿Eh? Bendícenos Tú ahora con la cruz que Tú quieras.
LA VIRGEN:
Yo, como Madre de la Iglesia, os haré la cruz de la Iglesia.
LUZ AMPARO:
¡Ay, pues vaya plan!, ¿Eh? ¡Y tu Hijo también es de la Iglesia!
LA VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos. ¡Adiós!
MENSAJE DEL DÍA 23 DE JUNIO DE 1984
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hijos míos, os empiezo diciendo: ¡Penitencia!
Y os acabaré diciendo: ¡Penitencia! En todas mis manifestaciones, hijos míos, es… (Continúa en idioma desconocido).
Esta es mi primera palabra: ¡Penitencia, penitencia!, hijos míos. Para seguir a Cristo no hay que rechazar la cruz; hay que cargarla y seguirle, no pisotearla y ultrajarla.
Cuando Dios os manda una prueba, hijos míos, hay que aceptarla con humildad; porque con esa prueba, si vosotros la lleváis con humildad, hijos míos, podréis alcanzar el Reino de los Cielos.
Seguid a Cristo por el camino del Evangelio. No es fácil seguir a Cristo, hijos míos, porque seguir a Cristo es seguir por el camino del dolor y de la penitencia.
Mira, hija mía, mira todos estos buenos mártires de Cristo, hijos míos. Tú míralos, no fueron uno, ni dos, ni tres: fueron centenares los que murieron por Cristo.
Todos éstos fueron mártires por defender a Cristo, hijos míos. No seáis cobardes, porque cuando os llegue la prueba dura, no vayáis a rechazar la doctrina de Cristo y el nombre de Cristo.
¡Si es preciso morir por Cristo, se muere por Cristo!
Él murió por vosotros, y era inocente; vosotros, si morís por Cristo, sois pecadores, hijos míos; pero alcanzaréis el Reino de Cristo. Todo el que muere por Él, recibirá su gran recompensa: Dios da ciento por uno a cada persona que sigue a Cristo, hijos míos.
Seguid el camino del Evangelio; publicadlo por todas las partes del mundo, por todos los rincones de la Tierra.
Seguir a Cristo no es sólo hablar de Cristo; es imitarle en la pobreza, en la castidad y en la humildad.
Cuando le estaban crucificando y le abofeteaban, Él no volvía la cara. Insultar… para los demás, hijos míos; no insultaba a nadie, lo recibía con humildad todas esas… (Habla en idioma desconocido).
Ya te dije en una ocasión, hija mía, los mismos que estaban crucificando a Cristo… (Luz Amparo continúa llorando mientras transmite el mensaje. Se escuchan algunas palabras ininteligibles).
Por eso os pido, hijos míos: sed humildes, humildad os pido; con humildad podréis alcanzarlo todo. Cristo no devolvió las bofetadas, hija mía; pidió a su Padre que los perdonase, porque no sabían lo que hacían.
Cuando abría su boca, le escupían en ella, hija mía; ¡con qué ojos de caridad los miraba! Tú has visto estas escenas de la Pasión de Cristo.
Cuando piensas en Cristo, lo que sufrió en la Cruz, no eres capaz, hija mía, de cometer ninguna falta. Pensad en Cristo Jesús, pensad en Cristo en la Cruz, veréis cómo no tenéis tiempo para ocuparos de las cosas humanas del mundo, hijos míos.
¡Cómo moría Cristo en la Cruz por los mismos que le estaban crucificando!…
¡Con qué amor los miraba!… No los rechazó en ningún momento, y hubiera tenido motivos para rechazarlos, porque Él tuvo el Corazón… -su boca se secaba-, y se desgarraba su Corazón de dolor, de ver que estaba muriendo por la Humanidad, y la Humanidad no iba a querer salvarse.
No todos van a salvarse, hijos míos; se salvará el que cumpla con los mandamientos de la Ley de Dios.
Publicad el Evangelio, el Santo Evangelio, por todos los rincones de la Tierra. No seáis cobardes.
Yo lo estoy diciendo hace mucho tiempo -intentad, hijos míos-: los discípulos de Cristo iban de pueblo en pueblo; donde los rechazaban seguían adelante, se sacudían el polvo y no miraban atrás; seguían adelante, publicando el Evangelio por todas las partes.
Tú, hija mía, sé humilde; ya sabes que sin humildad no se puede alcanzar el Cielo. Besa el suelo, hija mía, en reparación de tod
os los pecados del mundo…
Por todos los pecados del mundo, hija mía. Este acto de humildad sirve para la reparación de las almas
¡Cuántas almas, hijos míos, están deseando que se hable de su Madre, de su Madre celestial, porque nadie tienen quien les hable de Ella!
Por eso os digo, hijos míos, que hay mucha necesidad en el mundo, en todos los rincones del mundo, en los cuatro ángulos de la Tierra, porque el enemigo está entre esos cuatro ángulos, a ver cuál puede llevarse mayor número.
Por eso os pido que, desde hoy mismo, habléis de Cristo, publicando el Evangelio y la doctrina que Cristo dio a sus discípulos.
No dejéis que el enemigo se apodere de más almas, porque este número de almas, que está sellando, es muy grande, hijos míos.
No dejéis ni un segundo de publicar el Evangelio. Hablad de Cristo, hijos míos, pero imitadle a Cristo también.
Si tenéis dos túnicas -ya os he dicho en otra ocasión-, quedaos con una, y dadle la otra al que lo necesita.
¿De qué le vale al hombre tener todas las riquezas del mundo, si en un segundo va a perder su alma?
No estéis aferrados a las cosas terrenas, hijos míos; sólo Dios puede salvaros, y si seguís su camino, no os defraudará, hijos míos.
Pedid por las almas consagradas -¡Las ama tanto mi Corazón!-; pero ¿Cuántas, cuántas corresponden a ese amor, hijos míos? Pedid para que en ellas también… (Se expresa en idioma desconocido).
Vuelve a besar el suelo por las almas consagradas… Por las almas consagradas; ¡Las ama tanto mi Corazón!…, y ¡Qué mal corresponden a este amor algunas de esas almas!
Penitencia acabo pidiéndoos, hijos míos, penitencia.
En todos los lugares donde me he manifestado, he pedido penitencia y sacrificio. Por eso os pido que con la penitencia y con el sacrificio, podéis seguir a Cristo, hijos míos, porque el enemigo no podrá con vosotros. Tiene mucho poder la penitencia, para que el enemigo no os pueda ante vuestra alma, hijos míos.
LUZ AMPARO:
Déjame que te toque un poquito…
¡Ay, qué cosa siento más grande dentro del pecho!
¡Ay, qué grande eres! ¡Ay, qué grande eres! ¿Hasta cuándo, hasta cuándo me vas a tener aquí?…
¡Yo quiero quedarme! ¡No quiero bajar más para abajo! ¡Ay!, yo te digo que ¿Hasta cuándo? ¡Ay!
LA VIRGEN:
Vas a beber unas gotas del cáliz del dolor.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, sí, ¿también?… ¡Ay, ay, qué amargo está, ay…! ¡Ay, ay, qué amargo! ¡Ay, ay, qué poco queda…! ¡Ayyy…!
LA VIRGEN:
Qué poco queda del cáliz del dolor, hijos míos. Estad preparados; estando preparados no hay que tener miedo a nada.
Cuando el cáliz se acabe, hijos míos, será horrible.
¡Será horrible, hijos míos! Por eso os pido, como Madre de amor y misericordia, que os arrepintáis de vuestros pecados, que confeséis vuestras culpas, y os acerquéis al sacramento de la Eucaristía.
Pero no tengáis miedo, hijos míos; estando con Dios, ¿A quién podéis temer?
Lo mismo te digo a ti, hija mía: no tengas miedo a quien pueda matar tu cuerpo, ten miedo a quien pueda matar tu alma o condenarla para la eternidad, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡No!, ¿me voy a condenar después de tanto tiempo? Pues, que si se están salvando otras almas, ¡No me vas a permitir que me condene yo!
LA VIRGEN:
Si te dijese, hija mía, que estás salvada, tu soberbia, tu soberbia podría más que la humildad, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡Ay, que no, que no, que yo quiero saberlo! Pero te prometo que no tendré soberbia.
LA VIRGEN:
No te lo puedo decir, hija mía.
LUZ AMPARO:
Pues, ¡Vaya!
LA VIRGEN:
Ya sabes que seguir a Cristo es por el camino del dolor; coge la cruz, cárgatela y síguele.
LUZ AMPARO:
Pues eso hago… Bueno, por lo menos, por lo menos nos das un poquito de ánimo. Nos podemos salvar, ¿Verdad?
LA VIRGEN:
Claro que os podéis salvar, hijos míos; depende de vosotros vuestra salvación y vuestra condenación.
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué alegría si estás con nosotros todos los días, aunque no te veamos; pero Tú nos ayudas! ¡Ay!
LA VIRGEN:
Mi Corazón Inmaculado triunfará sobre toda la Humanidad.
LUZ AMPARO:
Pues, ¿Cómo va a triunfar tu Corazón? Ya nos puedes esconder, ¡Eh!, a tu lado. ¡Ah…, Madre mía, qué guapa eres! ¡Ay, ah…, qué hermosura! ¡Ay, qué cosa más guapa! ¡Ay, ah…, ay! ¿Nos vas a bendecir los objetos?
LA VIRGEN:
Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos…
LUZ AMPARO:
¡Ay, qué alegría! ¡Ay, qué buena eres!, ¿Eh? Yo creo que Tú no vas a permitir que nos condenemos, porque Tú si eres nuestra Madre…, no lo vas a permitir, ¿A que no? ¡Ay…!, pero ya lo haremos: el sacrificio y la oración; te ayudaremos a Ti y a tu Hijo, pero Tú tienes que ayudarnos; y te vuelvo a decir que Tú le pidas a tu Hijo, para que tu Hijo le pida al Padre, y el Padre nos perdone a todos.
¡Ah…, ay, sí, nos vamos a acordar mucho del Padre Eterno!
LA VIRGEN:
Está olvidado, hijos míos, el Padre Eterno está olvidado.
LUZ AMPARO:
Pues, yo no lo tengo olvidado. Todos tenemos que acordarnos del Padre Eterno, porque será el que nos juzgue. ¡Ay!, pues todos le queremos. ¡Ah…, bendícenos!
LA VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos. ¡Adiós!












Asunción de la Virgen María
