Dios preparó al universo entero para la venida de su Hijo a la Tierra.

Un eslabón básico que permitió la encarnación fue su Madre, la santísima Virgen María.

Pero también lo fue anunciando a través de los siglos.

Dos mensajeros fueron centrales: el profeta Isaías y San Juan Bautista.

El profeta Isaías  predicó en el siglo VIII aC y su función en el Plan de Dios fue anunciar la venida del mesías.
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San Juan Bautista fue el primo de Jesús, nació 6 meses antes que él y su función fue señalar al mesías.

Veamos en este artículo como ambos cumplieron la misión que Dios les encomendó.

 

ISAÍAS ANUNCIA AL MESÍAS

Tuvo una grandiosa visión en el año 740 aC.

La visión fue la siguiente:

Dios está en el templo, sentado en un elevado trono; junto a él, los serafines cantan:

“¡Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!”.

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A esta voz, las puertas tiemblan y una humareda inunda el recinto.
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Isaías grita:
“¡Ay de mí, estoy perdido, porque siendo un hombre de labios impuros he visto con mis propios ojos al Señor de los ejércitos!”

Pero uno de los serafines le aplica sobre la boca un carbón encendido, diciendo: 

“Al tocar esto tus labios, desaparece tu culpa y se perdona tu pecado”.

En ese instante oye la voz del Señor que pregunta:

“A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”
“Aquí estoy yo, envíame”–
responde con prontitud.

Dios lo envió, y transmitió con fidelidad la palabra del Altísimo al pueblo elegido y a todas las naciones de la tierra.

 

“APÓSTOL” Y “EVANGELISTA”

Casi nada dice la Escritura sobre la vida de Isaías. Sólo se sabe que era de noble cuna, que se casó y tuvo por lo menos dos hijos, a los que dio nombres llenos de misterio y simbolismo: Sear Iasub (un-resto-volverá) y Maher-Sha-lat- Hash-Baz (pronto-saqueo-próximo-pillaje).

Su nombre hebreo sería Iesayaú, que traducido significa Yavé es ayuda, se siente llamado al profetismo más o menos a los 25 años de su edad y profetizará al Pueblo de Dios durante cuarenta años.

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Su misión fue difícil: debía anunciar a sus compatriotas la huida de Israel y de Judá, en castigo de las infidelidades e idolatrías de su pueblo.

Todo cuanto dicen los demás profetas acerca del reino universal de Dios que debería ser instaurado por el Mesías, está contenido de alguna forma en el libro de Isaías, y con tanta claridad y amplitud que san Cirilo no vacila en darle el calificativo de “apóstol”, como san Jerónimo de “evangelista”.

 

EL TONO DE SU MENSAJE

El profeta Isaías quiere abrir los ojos y el corazón del pueblo a la esperanza en un futuro de libertad y de retorno a la patria, porque se acabó la esclavitud de Babilonia.

La consolación que el profeta anuncia con insistencia no es sólo de palabras, sino con indicaciones para preparar en el desierto un camino al Señor. Dios mismo se hace pastor que reúne el rebaño y lo conduce con amor. Es preciso gritar en voz alta este mensaje de esperanza.

El ambiente político que le tocó vivir fue muy tenso y difícil por la amenaza constante y creciente de Asiria: La superioridad del enemigo es muy clara y, de nuevo, esa claridad ahonda aún más y pone de relieve la pobreza y la limitación del profeta y del pueblo.

Frente a esta situación de incertidumbre se producen dos reacciones entre los judíos creyentes: una, la de los reyes y dirigentes del pueblo que buscan hacer alianzas y pactos con otros pueblos oprimidos para ver la manera de liberarse del invasor.

La otra es la de Isaías y un número reducido de fieles que, partiendo del reconocimiento de su pobreza, ponen su confianza y su fe solamente en el Señor, en la certeza que será Él el único y el auténtico liberador.

Isaías interpreta el peligro y la amenaza extranjera desde su punto de vista profético, y no como lo habría hecho un observador político: Es Dios el que habla y frente a este Dios que se manifiesta, hay que tomar algunas actitudes concretas para purificar nuestra relación con Él y para asumir el camino que el mismo Señor nuestra a su Pueblo.

 

LA PRÉDICA A LA GENTE DE SU TIEMPO

La prédica de Isaías se basó en estos puntos:

sustituir los criterios y las seguridades humanas por los ideales propuestos por Dios; confiar más en el Señor que en las ayudas de salvación que nos puedan venir de los hombres, de las instituciones, de los pactos con los poderosos;

– redescubrir el verdadero rostro del Yaveh, despojarnos del concepto negativo que se tiene de Dios y descubrirlo como el Dios clemente, compasivo, misericordioso, siempre dispuesto a perdonar y comprender;

aceptar nuestra indigencia, nuestra falta de méritos, nuestra pobreza, como punto de partida en la vuelta a Dios; jamás uno que no se sienta indigente, saldrá de sí para pedir ayuda o perdón;

– condiciones para lograr el reencuentro con Dios: la fe incondicional en el Señor; la confianza absoluta en su bondad y en sus promesas de salvación que, aunque hayan estado limitadas por el castigo, este castigo era el correctivo necesario para el pueblo lograra comprender la bondad salvadora de Yaveh.

 

PROFETA MESIÁNICO POR EXCELENCIA

De todos los profetas ninguno hizo el relato completo de la venida del Redentor. Cada cual dejó su contribución parcial a la formación del grandioso conjunto.

Sus oráculos se hicieron oír sobre todo bajo los reyes de Judea y en la época del Cautiverio de Babilonia, pero la obra sólo quedó terminada con Malaquías, el último de los profetas.

Y cuando en el desierto el Precursor le señaló a los judíos “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) se dijo la última palabra: estaba presente el Simbolizado, Jesús de Nazaret; las expresiones simbólicas no tenían ya razón de ser.

Sin embargo, el que más contribuyó a la construcción de ese magnífico edificio profético fue Isaías, al punto que puede considerársele como el profeta mesiánico por excelencia.

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Todo lo bueno que había en la humanidad clamaba a Dios, implorando la venida del Redentor. Isaías expresa ese ardoroso deseo en forma de plegaria:

“Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan la liberación; que la tierra se abra, que brote la salvación y germine a la vez la justicia” (45.8).

Y es él quien declara que Jesús será de la estirpe de David, cuyo padre era Jesé:
“Saldrá un retoño del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces.
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Sobre él reposará el espíritu del Señor […] .
Aquel día, el renuevo de la raíz de Jesé se alzará como estandarte para los pueblos; le buscarán las gentes, y será gloriosa su morada” 
(11, 1-10).

 

RELATO ANTICIPADO DEL EVANGELIO

Cuando el Arcángel Gabriel saludó a la Virgen María en la humilde casa de Nazaret, se cumplió unas de las más importantes profecías de Isaías:

“Una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le llamará Dios con nosotros” (7,14).

Con ocho siglos de anterioridad y en términos poéticos anuncia la llegada del Mesías a este mundo:

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en la tierra de sombras de muerte una luz les ha brillado” (9,1).

Previsión cuyo cumplimiento certifica san Juan en su evangelio, empleando los mismos vocablos:

“La luz resplandece en las tinieblas […] la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,5 y 9).

San Lucas describe cómo confirma al mismo Jesús que en su Persona Divina se cumplían los oráculos del gran profeta:

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura.

Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:

‘El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unión.

Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’.

Y enrollando el libro, se lo dio al servidor y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. E

ntonces comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír’” (Lc 4, 16-21 – Is 61, 1-2).

No menos categóricas son sus previsiones con respecto a la Pasión y Muerte del Salvador:

“Eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban, y nuestras culpas las que lo trituraban […] como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa ni justicia se lo llevaron […] lo enterraron con los malhechores” (53, 5-9).

Al leer todo esto, no se puede menos que concordar con la afirmación de un comentarista “Isaías escribió anticipadamente el Evangelio”.

 

SUS PROFECÍAS SOBRE LA IGLESIA

Sin embargo, las profecías no se limitan a la venida del Hijo de Dios, su Pasión, Muerte y Resurrección, sino que abarcan también la fundación y la expansión de su Iglesia, construida sobre roca firme.

El día de Pentecostés, la Iglesia brilló de tal forma ante los numerosos judíos que se bautizaron tres mil personas en una sola ocasión.

No obstante, debe resplandecer mucho más aún en la tierra entera. A este título, son muy ilustrativos los siguientes trechos de Isaías:

“Sucederá en días futuros que el monte de la Casa del Señor será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas.

Afluirán hacia él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán: Venid, y subamos al monte de Yaveh, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Yaveh.” (2, 2-3).

El profeta se vale de la realidad conocida (el monte del templo, en Jerusalén) como símbolo para expresar la revelación recibida: en la era mesiánica, la montaña del templo del Señor (La Iglesia Católica) se establecerá “en la cima de las montañas”, vale decir, en condiciones de ser vista y reconocida por todos los pueblos de la tierra.

Con el esplendor de su luz atraerá a todos los pueblos hacia sí y les enseñará el camino de la salvación.

Más adelante, un nuevo oráculo muestra el inmenso amor de Dios por su Iglesia, a la que cubrirá con los más preciosos adornos de santidad, simbolizados en la siguiente forma:

“Voy a poner tus cimientos sobre malaquita, y tus bases sobre zafiro; haré de rubíes tus almenas, tus puertas de diamantes, y de piedras preciosas toda tu muralla. A tus hijos los instruirá el Señor” (54, 11-13).

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SAN JUAN BAUTISTA SEÑALA AL MESÍAS

Juan el Bautista anuncia a Cristo no sólo con palabras, como los otros profetas, sino especialmente con una vida análoga a la del Salvador y además indicando quien es.

Juan el Bautista hace aún más concreto el mensaje de Isaías: él mismo prepara el camino al Señor, “predicando un bautismo de conversión”, anunciando la presencia de Uno que puede más que él, que bautizará con Espíritu Santo.

Gracias al anuncio misionero y a la preparación del nuevo camino al Señor “en el desierto”, cambia realmente el panorama espiritual del creyente.

 

SU ITINERARIO

Nace seis meses antes que Él; su nacimiento es vaticinado y notificado por el ángel Gabriel, como el suyo, y causa en las montañas de Judea una conmoción y regocijo semejantes a los que debían tener lugar poco después en las cercanías de Belén.

El sobrenombre de Bautista le proviene de su ministerio.

El nacimiento de San Juan Bautista es un prodigio, porque no fue obstáculo para él la ancianidad y esterilidad de Isabel, como no lo fue a María su purísima virginidad.

En vida oculta y escondida consume los treinta primeros años de su existencia; nadie sabe de él, ni de él nos hablan los evangelistas, como tampoco nos hablan de Jesús en aquel mismo período, en que quedan ambos como eclipsados.

A los treinta años salen ambos: uno de su retiro de Nazaret, otro de sus soledades del Jordán; pero Juan, conforme a su oficio de Precursor, sale antes que Jesús.

Cuando le llega la palabra de Dios el solitario empieza a clamar: anuncia el cumplimiento de las profecías, reprende a los pecadores y los bautiza en las aguas del Jordán, simbolizando en la ablución externa el principio de la ablución interior.

Truena su voz en las márgenes de aquel río, síguenle las turbas, incrépanle los fariseos… Él habla con libertad a los pobres y a los poderosos. Hay quien le cree el Mesías.

Hay quien escucha su voz como la Buena Nueva prometida, cuando en realidad no es más que su prólogo. Bien claro Juan lo afirma:

“Está para venir otro más poderoso que yo, al cual yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.

Pronto se extiende el renombre de su virtud, y aumenta la veneración del pueblo hacia él; los judíos acuden para ser bautizados, enfervorizados por sus palabras. Mientras predica y bautiza anuncia un bautismo perfecto:

“Yo bautizo en el agua y por la penitencia, y el que vendrá, en el Espíritu Santo y el fuego”.

 

EL NACIMIENTO DE JUAN Y LAS ANUNCIACIONES

El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un ángel de pie a la derecha del altar.

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Al verlo se asustó, pero el ángel le dijo:

“No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan.

No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios”.

Pero Zacarías respondió al ángel:

“¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?”.

El ángel le dijo:

“Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva.

Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla”.

Seis meses después, el mismo ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.

Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.

También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó:

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme?

Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo.

¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor”.

Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.

 

LA VIDA DE SAN JUAN BAUTISTA

De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Dios.

Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración.

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Como vestido sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre.
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Solamente le preocupaba el Reino de Dios.
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Cuando Juan tenía más o menos treinta años, se fue a la ribera del Jordán, conducido por el Espíritu Santo, para predicar un bautismo de penitencia.

Juan no conocía a Jesús; pero el Espíritu Santo le dijo que le vería en el Jordán, y le dio esta señal para que lo reconociera:

“Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es”.

Habiendo llegado al Jordán, se puso a predicar a las gentes diciéndoles: Haced frutos dignos de penitencia y no estéis confiados diciendo: Tenemos por padre a Abraham, porque yo os aseguro que Dios es capaz de hacer nacer de estas piedras hijos de Abraham.

Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Y las gentes le preguntaron: “¿Qué es lo que debemos hacer?”. Y contestaba: “El que tenga dos túnicas que reparta con quien no tenga ninguna; y el que tenga alimentos que haga lo mismo”…

“Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia; pero el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y yo no soy digno ni siquiera de soltar la correa de sus sandalias.

Él es el que ha de bautizaros en el Espíritu Santo…”

Los judíos empezaron a sospechar si él era el Cristo que tenía que venir y enviaron a unos sacerdotes a preguntarle

“¿Tú quién eres?”

El confesó claramente:

“Yo no soy el Cristo” 

Insistieron:

“¿Pues cómo bautizas?”.

Respondió Juan, diciendo:

“Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. El es el que ha de venir después de mí…”

Por este tiempo vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan par
a ser bautizado. Juan se resistía a ello diciendo:

“¡Yo debo ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! A lo cual respondió Jesús, diciendo: Déjame hacer esto ahora, así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia”.

Entonces Juan condescendió con El.

Habiendo sido bautizado Jesús, al momento de salir del agua, y mientras hacía oración, se abrieron los cielos y se vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y permaneció sobre El. Y en aquel momento se oyó una voz del cielo que decía:

“Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias”.

Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a su encuentro, y al verlo dijo a los que estaban con él:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo os dije: Detrás de mí vendrá un varón, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”.

Entonces Juan atestiguó, diciendo:

“He visto al Espíritu en forma de paloma descender del cielo y posarse sobre El. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y posa sobre El, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que El es el Hijo de Dios”.

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LA MUERTE DE JUAN EL BAUTISTA

La muerte del Bautista se debió a Herodías que era la mujer de Filipo, hermano de Herodes. Herodías se divorció de su esposo y se casó con Herodes, y entonces Juan fue con él y le recriminó diciendo: “No te es lícito tener por mujer a la que es de tu hermano”; y le echaba en cara las cosas malas que había hecho.

Entonces Herodes, instigado por la adúltera, mandó gente hasta el Jordán para traerlo preso, queriendo matarle, mas no se atrevió sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía, pues estaba muy perplejo y preocupado por lo que le decía.

Herodías le odiaba a muerte y sólo deseaba encontrar la ocasión de quitarlo de en medio, pues tal vez temía que a Herodes le remordiera la conciencia y la despidiera siguiendo el consejo de Juan.

Sin comprenderlo, ella iba a ser la ocasión del primer mártir que murió en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y en contra del divorcio.

Estando Juan en la cárcel y viendo que algunos de sus discípulos tenían dudas respecto a Jesús, los mandó a Él para que Él mismo los fortaleciera en la fe.

Llegando donde Él estaba, le preguntaron diciendo:

“Juan el Bautista nos ha enviado a Ti a preguntarte si eres Tú el que tenía que venir, o esperamos a otro”.

En aquel momento curó Jesús a muchos enfermos. Y, respondiendo, les dijo:

“Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio…”

Así que fueron los discípulos de Juan, empezó Jesús a decir:

“¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? o ¿Qué salisteis a ver?

¿Algún profeta? Si, ciertamente, Yo os lo aseguro; y más que un profeta.

Pues de El es de quien está escrito: Mira que yo te envío mi mensajero delante de Ti para que te prepare el camino.

Por tanto os digo: Entre los nacidos de mujer, nadie ha sido mayor que Juan el Bautista…”

Llegó el cumpleaños de Herodes y celebró un gran banquete, invitando a muchos personajes importantes. Y al final del banquete entró la hija de Herodías y bailó en presencia de todos, de forma que agradó mucho a los invitados y principalmente al propio Herodes.

Entonces el rey juró a la muchacha:

“Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella salió fuera y preguntó a su madre: “¿Qué le pediré?” La adúltera, que vio la ocasión de conseguir al rey lo que tanto ansiaba, le contestó: “Pídele la cabeza de Juan el Bautista”.

La muchacha entró de nuevo y en seguida dijo al rey: “Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

Entonces se dio cuenta el rey de su error, y se pudo muy triste porque temía matar al Bautista; pero a causa del juramento, no quiso desairarla, y, llamando a su guardia personal, ordenó que fuesen a la cárcel, lo decapitasen y le entregaran a la muchacha la cabeza de Juan en la forma que ella lo había solicitado.

 

LAS LECCIONES DE JUAN EL BAUTISTA

Frente a la manifestación de Dios en Jesucristo, nos entrega varias lecciones:

Aceptar y apreciar la grandeza trascendente de Dios y nuestra poquedad, miseria y limitación. Nos enseña a ubicarnos delante de Dios, a asumir nuestro lugar y rol en la salvación que Dios quiere protagonizar en nosotros a través de su Hijo: Conviene que Él crezca…;

Tener sensibilidad ante el paso del Señor; saber descubrir su cercanía. Y cuando no logremos descubrirla, acudir al Señor para que sea Él quien ilumine el camino de nuestra fe y de nuestra experiencia con Él;

Tener una flexible capacidad de conversión, de acomodamiento a los planes de salvación que el Señor tiene para salvarnos, planes que no siempre coinciden con nuestros criterios y categorías.

O más bien, que son siempre distintos y lejanos a los nuestros;

– Nos enseña, por una parte, que es necesario aceptar la humildad de la manifestación divina: ¡Dichoso el que no se escandalizare en mí!
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Y resulta también un admirable ejemplo de pobreza y limitación: Conviene que Él crezca y yo disminuya.
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Para llegar a Dios, Juan Bautista asumió dos actitudes de humildad: aceptó la pobreza de los medios de manifestación de Jesús y experimentó la cercanía de la Salvación, no sólo en forma pasiva en el seno de su madre, sino sobre todo en la aceptación dificultosa de los planes de Dios en su Hijo Jesucristo.

Fuentes:

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