Sucedió el viernes 26 de diciembre de 1586, a las nueve de la mañana.

Después de haber estado más de dos horas en oración, María Ramos oye a una india llamada Isabel que le dijo “Mire, mire”.

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Y vio que la imagen de Nuestra Señora estaba en el suelo, de pie y despedía una luz que llenaba de claridad toda la capilla.
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Llena de asombro dijo en alta voz a María Ramos:
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“Mire, mire señora, que la Madre de Dios se ha bajado de su sitio y está en vuestro asiento y parece que se está quemando”…

La Virgen de Chiquinquirá es patrimonio cultural y religioso de Colombia y Venezuela. Ver el artículo sobre Chiquinquira en Venezuela aquí.

En Colombia la imagen descansa en la Basílica de Chiquinquirá donde acuden miles de peregrinos.
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No solo en el día de su fiesta patronal el 9 de Julio sino todos los domingos donde se celebran las misas y procesiones.

En Venezuela la imagen descansa en la Basílica de Maracaibo.
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Una vez al año, el 18 de noviembre, comienza la Feria de la Chinita (como se le llama) y se realizan misas y procesiones en honor a la Virgen.

 

HISTORIA DE LA APARICIÓN EN COLOMBIA

El 28 de febrero de 1529 llegan a Santa Marta los españoles García de Larma, que viene como gobernador, Antonio de Santana y 19 Frailes Dominicos como misioneros y evangelizadores.

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En 1540, Antonio de Santana viaja al interior de Colombia, estableciéndose en Tunja, y en 1560 es nombrado encomendadero de los asentamientos indígenas de Suta y Chiquinquirá.

Como buen católico y muy devoto del Santo Rosario, hace construir en el caserío de Suta una capilla dedicada a la Virgen del Rosario, encargando al Dominico cooperador Fray Andrés Jadraque, misionero también en estas tierras, que se procurara de una imagen de la Virgen del Rosario.

El fraile acudió al pintor Alonso de Narváez, residente en Tunja y éste pintó en una tela de algodón de 114 cm x 128 cm -con la técnica al temple a base de tinturas extraídas de plantas y tierra de colores.
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En el centro de la tela puso la imagen de Nuestra Señora del Rosario, y al lado derecho a San Antonio de Padua y al lado izquierdo al Apóstol San Andrés.

Una vez terminado el cuadro (1562) fue llevado al caserío de Suta y colocado en la capilla que Antonio de Santana había levantado.

Como ésta había sido construida con bahareque y paja, pronto se deterioró.

De esta manera el cuadro quedó expuesto a las inclemencias del viento, del sol y de la lluvia, generando así un deterioro del mismo, al punto de llegar a perder el color y presentar roturas y agujeros.

En 1578, llega a Suta el doctrinero presbítero Juan Alemán de Leguizamón y ordena retirar de la capilla el cuadro por estar en avanzado estado de deterioro y lo reemplaza con un Cristo en la Cruz; Catalina García de Irlos, esposa de Antonio de Santana, lo traslada al caserío de Chiquinquirá como un utensilio cualquiera.

 

LA LLEGADA DEL LIENZO A CHIQUINQUIRÁ

Chiquinquirá se halla sobre el valle de Saravita, en la zona central de Colombia.

Su nombre significa lugar de adoración a los dioses, aunque también significa, en el idioma muisca, ‘lugar de la niebla’, dada la crudeza del clima y la frecuente y espesa neblina que la cubría.

Se dice que los mismos indígenas lo rechazaban como sitio de habitación, irritados por el frío continuo y extremado.

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En 1584 llega a Tunja Pedro Santana, sobrino de Antonio de Santana.

Un año después llega también su esposa María Ramos con sus dos hijos, su cuñado y una criada, pero al encontrar a su esposo conviviendo con otra mujer, Maria Ramos toma a sus dos hijos y se va a Chiquinquirá donde son acogidos por Catalina García de Irlos ya viuda de Antonio de Santana desde 1582.

Esta María Ramos era fervorosa y deseaba hallar paz a su desasosiego, solicitó a Catalina García le enseñase un lugar en donde orar a su placer, y ésta le señaló la capilla donde el lienzo de la Virgen se hallaba desbaratado y sucio.

María Ramos observa que el cuadro estaba abandonado y que sólo era utilizado para secar trigo, también le conmueve el hecho de que el oratorio estaba en total abandono.
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Entonces se puso a la tarea de recuperarlo y, sabiendo que en aquel lienzo había pintada la imagen de la Virgen, ella misma se dio a componerlo y lo colocarlo en alto sobre el altar.

Esta piadosa mujer se conmovía ya que no podía ver con nitidez ni identificar entre las líneas de la pintura la imagen de la Virgen, a tal punto que en sus oraciones matutinas siempre clamaba diciendo:

¿Hasta cuándo, Rosa del cielo, habéis de estar tan escondida?. ¿Cuándo será el día en que os manifestéis y te dejéis ver al descubierto para que mis ojos se regalen en vuestra soberana hermosura, que llena de gusto y alegría mi alma?.

 

EL MILAGRO DE LA APARICIÓN

El viernes 26 de diciembre de 1586, a las nueve de la mañana, después de haber estado más de dos horas en oración, María Ramos se levantó de su asiento para salir de la capilla.
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En aquel momento pasaba por la puerta de la capilla una india, llamada Isabel, con un niño de la mano llamado Miguel, y el niño dijo “Mire, mire”.

Miró Isabel hacia el altar de la capilla y vio que la imagen de Nuestra Señora estaba en el suelo, de pie y despedía una luz que llenaba de claridad toda la capilla.
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Llena de asombro dijo en alta voz a María Ramos, que iba saliendo del oratorio:
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“Mire, mire señora, que la Madre de Dios se ha bajado de su sitio y está en vuestro asiento y parece que se está quemando”

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María Ramos quedó admirada de ver tan estupendo prodigio, llena de asombro se dirigió llorando hacía el altar y se arrojó a los pies de la Santísima Virgen.

Con mucho temor puso los ojos en ella y vio cumplidos sus deseos, pues estaba patente la imagen de la Madre de Dios -un poco inclinada hacia al altar en el mismo sitio en que la piadosa María Ramos solía estar de rodillas- con una hermosura sin igual y con unos colores muy vivos y despedía de sí grandes resplandores que bañaban de luz a los santos que tenía a los lados y llenaba de claridad toda la capilla.

Tenía el rostro muy encendido. Toda la pintura estaba renovada completamente.

Llegaron a esta altura Juana de Santana, Catalina García de Yrlos y Ana Domínguez, entre todas devolvieron el cuadro a su sitio y corrieron a dar la voz de milagro.

La renovación del lienzo fue testimoniada por todos aquellos que habían tratado con él, y las comisiones enviadas por el arzobispo Zapata de Cárdenas, los padres Juan de Figueredo, de Suta; Gerónimo de Sandoval, de Villa de Leyva, y los funcionarios Diego López de Castiblanco y Andrés Rodríguez ratificaron, el 10 de enero de 1587 y el 12 de septiembre del mismo año, la autenticidad del milagro.







Las pruebas se fueron sumando una a otra hasta no quedar vestigio de duda posible, y se dio comienzo al culto milagroso de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá.

 

CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO

Los indios Cocas construyeron una capilla en paja y bahareque donde empezaron a venerar dicha imagen.
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En vista de las grandes romerías que acudían al lugar el arzobispo de Bogotá, Luís Zapata de Cárdenas ordenó en 1597 construir un templo mayor en el sitio donde se renovó la imagen.

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El 30 de Mayo de 1636, el santuario es entregado a los frailes dominicos, quienes desde entonces vienen manteniendo el culto a la Santísima Virgen de Chiquinquirá.

En 1643 el pintor Acero de la Cruz reprodujo la imagen que se encuentra en la nave lateral del templo que se utiliza en las procesiones.

En vista de que los templos construidos en el lugar donde se renovó la imagen se caían, el arquitecto recomendó construir el templo en la parte alta en piso mas firme.

En Enero de 1796 se inició la construcción de la actual Basílica, donde fue colocada la imagen en 1813.

En 1815 las joyas que los peregrinos habían ofrecido a la Virgen se donaron para auxiliar a las tropas patriotas.

En 1823 el Obispo Lasso de la Vega consagra la Basílica. En 1829 el Papa Pío VIII aprueba el Oficio Divino a Nuestra Señora.

En 1910 el Papa Pío X decretó la coronación que se efectuó el 9 de Julio de 1919 en Bogotá. El 18 de Agosto de 1927 Pío XI declaró el templo Basílica Menor.

El 9 de Julio de 1944 le colocan el cetro que ostenta en la mano la imagen de María.

En 1955 el presidente Gustavo Rojas Pinilla le impuso la cruz de Boyacá que aparece en la parte alta lado izquierdo del cuadro.

En 1960 el Nuncio, Monseñor José Paupini trajo el cirio que envió el Papa Juan XXIII para que ardiera al pie de la imagen implorando el éxito del Concilio Vaticano II.

El 29 de Julio de 1967 un temblor semidestruyó la Basílica, la imagen se trasladó al patio del convento de los dominicos donde permaneció mientras se reconstruyó el templo.

El 9 de Julio de 1969 la imagen vuelve a su trono y le colocan una media luna de plata en sus pies.

El 3 de Julio de 1986 el Papa Juan Pablo II visita el Santuario y oró a los pies de la Virgen María por la paz de Colombia y consagró Colombia a la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

En 1986 el presidente Belisario Betancur ordenó hacer a la imagen un examen radiológico para constatar su autenticidad y antigüedad. Resultado que dio positivo.

El 9 de Julio de 1999 la imagen fue llevada por última vez a Bogotá para presidir la oración por la paz.

 

ROMERÍAS A LA VIRGEN DE CHIQUINQUIRA EN COLOMBIA

La devoción de la gente por esta imagen se evidencia en múltiples acontecimientos, que van desde las tradicionales “romerías” o grandes peregrinaciones hechas al lugar, pasando por la música popular, hasta hechos históricos protagonizados por personajes como virreyes, obispos y políticos.

Comenzando con el mismo Simón Bolívar, quien no sólo recibió para su Campaña Libertadora los tesoros y joyas del cuadro, sino que él mismo fue en varias ocasiones a orar por el éxito de su empresa.

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Se iniciaron en los finales del siglo XVI. En los siglos del coloniaje, las romerías a Chiquinquirá rompieron las barreras locales, e hicieron que los indios peregrinos, en vez de tomar la vía a Guatavita o Sogamoso a adorar sus propios dioses, expresaran su fe cristiana en Chiquinquirá.

En la romería de diciembre, Chiquinquirá recibe la visita de los promeseros de Boyacá y otros departamentos, quienes llegan a rendirle a la Virgen Milagrosa su homenaje de gratitud y fe.

Grupos típicos de promeseros se concentraban en las calles y plazas, y he allí al pueblo en la expresión de su auténtico folklore: tiples y guitarras, torbellinos, coplas y alegría de fiesta.

La romería, para un campesino boyacense, es la meta de esperanza para la solución de sus problemas, de allí la “promesa” o “manda”, es la oportunidad de manifestar sus sentimientos y actitudes religiosas con su familia, amigos y vecinos.

Fuentes:

 

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