La celebración de la Resurrección de Nuestro Señor continúa en la Iglesia durante ocho días, llamados de la octava de Pascua. 

Cada día de la octava está clasificado como una solemnidad en el calendario litúrgico de la Iglesia, la clasificación más alta de las fiestas litúrgicas. 

jesus resucitado

En las misas durante la Octava de Pascua, como en los domingos, es cantado el Gloria.
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Y al final de cada misa de la octava, la despedida es con el doble Aleluya.

La idea de una octava y una gran fiesta tiene sus raíces en el Antiguo Testamento.

Hay muchas fiestas judías que duraron ocho días, por ejemplo, la fiesta de la Pascua y la fiesta de los Tabernáculos.

En la Iglesia católica, se celebran ocho días en Navidad, así como ocho días de Pascua.

La octava de Pascua termina el segundo domingo de Pascua, el Domingo de la Divina Misericordia.

 

LAS OCTAVAS

Las octavas marcan un nuevo comienzo en la Biblia.
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La octava tiene sus raíces en la creación.
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Después que el Señor Dios descansa de su seis de la creación, el ciclo comienza de nuevo con el día después del sábado, un primer día, que es también el octavo.

Oportunamente, los niños hebreos eran circuncidados en el octavo día.

Los animales primogénitos eran dedicados a Yaveh en el octavo día después del nacimiento.

Aaron entró en el sacerdocio en el octavo día.

Los leprosos, los hombres impuros, las mujeres con flujos de sangre eran limpiados en el octavo día.

La dedicación de un templo culminaba con una asamblea solemne en el octavo día.

La Pascua es en sí misma una octava porque la semana santa comienza el Domingo de Ramos.
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En el Evangelio de Juan, Pascua tiene una octava, ya que la resurrección de Jesús se repite ocho días más tarde, cuando Jesús se aparece a Tomás.
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En algunas tradiciones cristianas, la octava de Pascua es la fiesta de Santo Tomás.

jesus aparece a los discipulos

El encuentro de Tomás con Jesús en la octava de Pascua asegura a los lectores de Juan que la nueva vida del octavo día no se limita a los pocos que vieron a Jesús al comienzo.

Las octavas de los primeros cristianos eran ocho días de celebración de la dedicación de las basílicas de Jerusalén y Tiro en el siglo IV.

Las primeras fiestas en recibir octavas anuales fueron Pascua y Pentecostés, también en el siglo IV.

El número de octavas creció a lo largo de la Edad Media hasta que el Papa San Pío V las redujo en 1568.

Muchas fiestas de santos se celebraban con octavas, incluyendo los SS. Pedro y Pablo, San Lorenzo, San Juan Bautista, San José y Santa Inés.

En la primera mitad de siglo todavía había aproximadamente se celebran 15 octavas, clasificadas en diferentes grupos.

Ciertas octavas adicionales a menudo se celebran a nivel local.

El Papa Pío XII redujo el número de octavas a tres, para Navidad, Pascua y Pentecostés en 1955.

En 1969, bajo el Papa Pablo VI, el número se redujo aún más, a su nivel actual de dos.

Hoy la Iglesia celebra octavas sólo para Navidad y Pascua.

La octava de Navidad contiene muchas fiestas universales, como las fiestas de San Esteban, San Juan y los Santos Inocentes, así como la Fiesta de la Sagrada Familia, y de María la Madre de Dios en el octavo día.

Por el contrario, la única otra fiesta celebrada en la octava de Pascua es Domingo de la Misericordia, que se celebra el octavo Día.

Aunque el calendario litúrgico no está tan lleno de octavas como durante la Edad Media son una parte importante de nuestra historia.

Y las octavas que todavía celebramos ofrecen una maravillosa oportunidad de experimentar más plenamente el nacimiento y la resurrección de Jesús. 

jesus y las mujeres

 

INICIO DE LA OCTAVA DE PASCUA

Cuando, a finales del siglo IV, el significado primitivo de la cincuentena pascual comenzó a decaer, se empezó a celebrar la octava pascual, tanto en Oriente como en Occidente.
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El ciclo antiguo de las siete semanas se desdobló en otro nuevo ciclo de ocho días, con un carácter eminentemente bautismal.

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La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana “el día que hizo el Señor” (Sal 117, 24).

Al principio fueron siete los días bautismales.

El sábado era el momento en que los neófitos se desprendían de los vestidos blancos recibidos en el bautismo.

Más tarde se trasladó este rito al domingo, llamado por esta razón in albis. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo.

La octava se llamó alba o blanca.

Los neófitos o recién bautizados se reunían cada día de esta semana pascual en una basílica diferente.

Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez.

Por la mañana había una misa, y por la tarde se reunían para visitar la pila bautismal.

Un día de la octava, normalmente el lunes, celebraban todos los cristianos el día del aniversario de su bautismo (Pascha annotinum).

De esta reunión nació la idea de recordar el bautismo todos los domingos con el asperges me (fuera del tiempo pascual) o el vidi aquam (en el tiempo pascual).

El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis, denominadas mistagógicas.
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La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.

jesus con agnus dei

 

LOS “AGNUS DEI”

El acto final de esta ceremonia del sábado “in albis” y de la octava pascual, era la entrega a los neófitos del Agnus Dei.

Reliquia que ya en la Misa había sido distribuida por el Papa a los cardenales y dignatarios eclesiásticos, y después de ella, al clero y a los fieles asistentes.

Eran los Agnus Dei unos medallones hechos con la cera sobrante del Cirio pascual del año anterior, bendecidos y ungidos con el santo Crisma por el Papa.
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Y marcados con la efigie del Cordero, símbolo el más expresivo de Jesucristo, Redentor y Salvador del mundo.

Los rituales del siglo XIV describían así la ceremonia de la distribución: Durante el canto del Agnus Dei, el Papa distribuye los Agnus Dei de cera a los cardenales y a los prelados, colocándoselos en sus mitras.

Una vez terminado el Santo Sacrificio, van todos al triclinio y se sientan a comer, y, en tre tanto, preséntase un acólito con una bandeja de plata llena de Agnus Dei, y le dice:

“Señor, éstos son los tiernos corderillos que nos han anunciado el Aleluya; acaban de salir de las fuentes, y están radiantes de claridad, aleluya”.

El clérigo avanza entonces al medio de la sala, y repite el mismo anuncio; luego se acerca más al Pontífice, y, en tono más agudo, repítele por tercera vez y con mayor encarecimiento su mensaje, depositando, por fin, la bandeja sobre la mesa papal.

El Papa entonces distribuye los Agnus Dei a sus familiares, a los sacerdotes, a los capellanes, a los acólitos, y envía algunos como regalo a .los soberanos católicos.”

En realidad, esos “tiernos corderillos” recién salidos de la fuente bautismal y anunciando los regocijos pascuales, eran los neófitos, objeto aquella semana, y especialmente aquel día, de las complacencias del augusto Pastor y de todo el pueblo cristiano.

El origen de los Agnus Dei no es ni pagano ni supersticioso, sino cristiano, y probablemente romano.

No se remonta más allá del siglo IX.

Actualmente, siguiendo un ceremonial del siglo XVI, lo bendice el Papa solemnemente, al principio de su pontificado, y luego cada cinco años.

Pero existe otra fórmula privada con la cual acostumbra a bendecirlos cuando se han agotado, o en cualquiera otra circunstancia que lo estime conveniente.

Su tamaño oscila entre 3 y 23 centímetros, y asimismo el tamaño de la imagen.

Ésta representa al Cordero acostado sobre el libro cerrado con siete sellos, nimbado con la cruz, y ostentando la bandera de la Resurrección.

A su alrededor va escrita la leyenda: Ecce Agnus Dei, etc. En el reverso suele representarse uno o varios Santos, y allí mismo, o en el anverso, se graba el nombre del Papa reinante.

Por la bendición y unciones que se les aplican, los Agnus Dei son considerados como reliquias sagradas, las que en algunas iglesias, como en las benedictinas, se exponen en el altar mayor, el sábado “in albis”

jesus en el camino de emaus

 

LA LITURGIA DE LA OCTAVA DE PASCUA

Todos los días de octava de Pascua para la liturgia constituyen como un solo día con el domingo de resurrección.
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Por ello en el prefacio y en los diversos embolismos de la Plegaria Eucarística en cada uno de los días de esta semana se dice en este día (no en este tiempo) en el que el Señor venció la muerte.

En las perícopas Evangélicas de la Misa de esta octava se van proclamando sucesivamente –sin lectura continuada– diversos fragmentos que representan otras tantas apariciones del resucitado.

Todos los días de esta semana son privilegiados, se equiparan a las solemnidades del Señor, y tienen Misa propia.

Todas las celebraciones del santoral se omiten; de ellas no se hace ni tan solo conmemoración.

Las solemnidades tanto universales, como locales que coincidan en esta semana se trasladan al lunes, día 20; (si se han acumulado más de una, a las ferias siguientes), las fiestas y memorias, en cambio, se omiten.

Durante todos los días de esta semana se usa el Prefacio Pascual I con la expresión en este día (no “en este tiempo”).

Al final de la Misa, y de Laudes y Vísperas presididas por un ministro, a las palabras de despedida “Podéis ir en paz” y a su respuesta se añade “Aleluya, aleluya”.

Conviene celebrar la Eucaristía de esta semana con los mismos signos festivos que se emplean habitualmente los domingos (canto del aleluya antes del Evangelio, del prefacio, vestiduras festivas, etc.).
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La aspersión del agua, en cambio, es exclusiva de los domingos.

En la Misa durante la Semana Pascual se nos invita insistentemente contemplar la gloria de las aspersiones del Resucitado.

En las lecturas evangélicas se proclaman páginas seleccionadas de los cuatro evangelistas que presenta diversas apariciones del Señor.

Fuentes:

 

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