¿Hasta qué punto la Iglesia debe ser activista social? [2012-08-18]
Esta polémica sobre cuál es la función de la iglesia se da dentro y fuera de la Iglesia y es más evidente en los países del tercer mundo, donde los problemas sociales son más acuciantes.
Porque hay que considerar que los sacerdotes católicos son los únicos que pueden impartir los sacramentos y la falta de ellos supone un grave problema para los feligreses que muchas veces no pueden comulgar o confesarse, por ejemplo, con la frecuencia que quisieran.
Pero hay veces que los sacerdotes usan su tiempo, y hasta su imagen, para otras cosas, por ejemplo actividades de extensión social, quitándole tiempo a su labor central que es evangelizar y repartir los sacramentos.
Y esto es un debate de la iglesia, sobre todo en el tercer mundo. Hay quienes ven en la iglesia una especie de ONG, que debe ocuparse básicamente de los más desvalidos, pero otros les responden que si se lee el evangelio podrá verse que la labor central de Jesucristo no fue ocuparse de los más desvalidos, aunque sí lo hizo, sino que vino a dar un mensaje de liberación y envió a sus discípulos a evangelizar.
Pero este debate tiene una clara connotación política. Del lado de quienes privilegian la extensión social al estilo ONG están los católicos ahora llamados liberales y los de la teología de la liberación, además de los agnósticos y ateos que no llegan a comprender la evangelización que debe hacer la iglesia y la ven básicamente como una ONG, lo que se llama el “buenismo”. Y del otro lado están los que hacen una interpretación más tradicional de la doctrina.
En medio de esto llega el caso del sacerdote mexicano Solalinde, a quien su Obispo pidió que regresara a su parroquia en vez de ocuparse centralmente de la labor de extensión, y los medios liberales y ateos atacaron fuertemente al Obispo que hubo de rebajar su planteo, por lo fue criticado por los tradicionales porque puede estar dando un mal mensaje sobre lo que entiende la jerarquía de lo que debe ser la función sacerdotal y con qué fortaleza se defiende.
Alejandro Solalinde Guerra es, quizás, el sacerdote católico más famoso de México. En los últimos años acaparó la atención de la prensa gracias a su trabajo a favor de los migrantes que atraviesan su país en busca de una vida mejor en los Estados Unidos. Esta semana su figura quedó envuelta en una encendida polémica por una supuesta remoción de su cargo y abrió un debate sobre el rol de los curas, ¿hombres de Dios o activistas sociales?
En 2007 Solalinde fundó el albergue “Hermanos en el Camino”. Contrariamente a cuanto pudiera pensarse, ese refugio no se encuentra en la frontera norte sino, más bien, al sur del territorio mexicano. En la localidad de Ixtepec, estado de Oaxaca.
Hoy por hoy todo México es ruta de paso para personas de las nacionalidades más diversas (incluso africanos y asiáticos) que buscan llegar a Estados Unidos. A pié, en tren o en viejos camiones recorren miles de kilómetros antes de alcanzar su objetivo. Un camino peligroso, que los convierte en el blanco preferido no sólo de las bandas criminales sino también de los corruptos agentes de la ley, acostumbrados a la extorsión.
Por su servicio, Solalinde fue integrado a la sección de pastoral de la movilidad humana en la Conferencia del Episcopado Mexicano. Se acercaron a él exponentes históricos de la izquierda mexicana, dentro y fuera de la Iglesia. La prensa comenzó a reverenciarlo y, para algunos, fue útil alimentar su carisma público. Así se convirtió en un “paladín” de los derechos humanos.
De manera repentina, el 7 de agosto, anunció que su obispo y pastor de la diócesis de Tehuantepec, Óscar Armando Campos Contreras, le había pedido dejar su labor en el albergue, supuestamente a causa de su “protagonismo”, y continuar su misión en una parroquia, como todos los presbíteros.
“No me parece muy evangélico. Me dijeron que mi tiempo libre lo dedique a los pobres, pero a los pobres no se les deben dar las sobras. Así que no acepto tomar una parroquia. Yo puedo luchar contra cárteles pero no contra la Iglesia”, señaló.
La noticia corrió como reguero de pólvora. Los primeros en salir en defensa del clérigo fueron activistas, políticos y periodistas. Casualmente los mismos que constantemente critican y denuestan a la Iglesia, con el Papa a la cabeza. Y la polémica llegó hasta la nunciatura apostólica en México a cuyo titular, Christophe Pierre, el equipo del albergue envió una carta en la cual se expresó “consternación”.
Tanta fue la presión pública que el obispo Campos se vio obligado a aclarar que nunca pidió al defensor de los migrantes dejar su puesto y negó haber devaluado su trabajo. Sólo así se aplacó la tormenta mediática.
Así las cosas, el caso abrió un inexorable debate sobre el rol de los sacerdotes católicos. Toda la defensa de Solalinde se basó en una denuncia: “lo pretenden confinar en una parroquia”. En un principio él mismo aceptó dejar el albergue, pero aclaró que no se retiraría de la atención a los migrantes. Y dijo estar dispuesto a perder su estado clerical por eso.
Pero sus detractores consideran incongruente su actitud, una ofensa al resto de los presbíteros. Ninguno se siente “confinado” en una parroquia. No sin razón, sostienen que cualquier feligrés puede ayudar a los migrantes, pero sólo los sacerdotes tienen el poder de impartir los sacramentos. Y Solalinde está dispuesto a renunciar a este don, sacrificar lo más por lo menos. Porque, para el cristiano, no existe mayor tesoro que el cuerpo de Cristo. Ni siquiera los más desfavorecidos de la tierra.
Fuentes: Vatican Insider, Signos de estos Tiempos
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