Este día confluyen la Presentación del Señor, el Encuentro con Simeón y Ana (encuentro del Señor con su pueblo), la Purificación ritual de la Virgen María, y se celebra con la Fiesta de las Candelas o Luces y se festeja además la aparición de la Virgen de la Candelaria.

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Con ella se cierran las solemnidades de la Encarnación. La Sagrada Familia va a presentar a su Hijo en el Templo y la Virgen María va a purificarse luego del nacimiento

 

LA PURIFICACIÓN Y PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO

Cuando Dios dio la ley, ordenó que las mujeres se abstuviesen de entrar en el templo, y de tocar cosa alguna consagrada al culto por algún tiempo después del parto.

Este tiempo se limitó a cuarenta días si era hijo lo que pariesen, y a ochenta siendo hija.

Pasado este término, la madre se presentaría en el templo y ofrecería al Señor en holocausto un tierno cordero en acción de gracias por su feliz alumbramiento, y un pichón ó una tórtola para expiación del pecado, es decir, de la impureza legal; pero que, si la recién parida fuese pobre, en lugar del corderillo ofrecería otra tórtola ú otro pichón, con los que ofrecidos al Señor por el sacerdote quedaría purificada.

La parte más importante del rito consistía en la oblación de dos sacrificios. Uno que se denominaba “sacrificio por el pecado”, cuya materia siempre era una tórtola o un pichón, y otro “sacrificio de holocausto”, cuya víctima exigida era, para los ricos era un cordero de un año, y para los pobres un pichón o una tórtola.

simeon y ana en el templo

La purificación de las madres tenía lugar por la mañana. Entraría María por el atrio llamado de las mujeres, se colocaría en la grada más alta y allí sería rociada con el agua lustral por el sacerdote de turno, que a la vez recitaría sobre ella unas preces.

Además de la ley que hablaba de la purificación de la madre, había otra que particularmente se entendía del hijo primogénito.

Si el primer fruto del vientre de la madre fuere hijo, dice la Escritura, le separaréis para el Señor y se le consagraréis. (Exod., 13).

Por esta ley, todos los primogénitos de los hijos de Israel debían ser dedicados al ministerio de los altares; pero porque Dios había escogido para este empleo a los hijos de la tribu de Leví, ordenó que los primogénitos de las otras tribus, no debiendo servir en el templo, fuesen presentados al Señor como primicias que se le debían, y que después fuesen rescatados a precio de dinero.

No era necesario llevar a Jerusalén al infante. Bastaba con que el padre pagase el impuesto al sacerdote de turno, no antes de los treinta y un días después del nacimiento, para cumplir religiosamente con lo estatuido en la ley.

Lo dice San Lucas (2,24), y, además, históricamente imaginamos que San José compraría un par de palomas o tórtolas al administrador del templo o a alguno de los mercaderes.

El sacerdote cortará el cuello del ave y sin separarlo del cuerpo derramará la sangre al pie del altar. La paloma que sirvió para el holocausto será quemada sobre las ascuas del altar de bronce.

 

LAS PROFECÍAS DE SIMEÓN Y ANA

El relato del hecho lo podemos leer en San Lucas, Capítulo 2, vs. 22-39. La Ley de Moisés mandaba que a los 40 días de nacido un niño fuera presentado en el templo. Y el dos de febrero se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre, fecha en la que celebramos el nacimiento de Jesús.

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En la puerta del templo estaba un sacerdote, el cual recibía a los padres y al niño y hacía la oración de presentación del pequeño infante al Señor.

En aquel momento hizo su aparición un personaje muy especial. Su nombre era Simeón. Era un hombre inspirado en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo había prometido a Simeón que no se moriría sin ver al Salvador del mundo, y ahora al llegar esta pareja de jóvenes esposos con su hijito al templo, el Espíritu Santo le hizo saber al profeta que aquel pequeño niño era el Salvador y Redentor.

Simeón emocionado pidió a la Santísima Virgen que le dejara tomar por unos momentos al Niño Jesús en sus brazos y levantándolo hacia el cielo proclamó en voz alta dos noticias: una buena y otra triste.

  • La noticia buena fue la siguiente: que este Niño será iluminador de todas las naciones y que muchísimos se irán en favor de él, como en una batalla los soldados fieles en favor de su bandera.

  • La noticia triste fue: que muchos rechazarán a Jesús (como en una batalla los enemigos atacan la bandera del adversario) y que la Virgen Santísima tendría que sufrir de tal manera por causa de Jesús, como si una espada afilada le atravesara el corazón. Ya pronto comenzarán esos sufrimientos con la huida a Egipto. Después vendrá el sufrimiento de la pérdida del niño a los 12 años, y más tarde en el Calvario la Virgen padecerá el atroz martirio de ver morir a su hijo.

Mientras aquel hombre inspirado habla así de la dignidad del Salvador y del misterio de nuestra redención, una santa viuda, de edad de ochenta y cuatro años, llamada Ana, hija de Fanuel, célebre por el don de profecía y por la santa vida que constantemente observaba después de la muerte de su marido, con quien había vivido siete años, entró en el templo, que frecuentaba mucho, y arrebatada del mismo espíritu y de los mismos ímpetus de gozo que Simeón, comenzó a alabar a Dios y contar lo que sabía de aquel divino Niño cuantos esperaban la redención y la salud de Israel.

 

EL ORIGEN DE LA FIESTA EN LA IGLESIA

La fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen es una de las más antiguas que celebra la Iglesia. El año de 642, en tiempo del emperador Justiniano, se celebraba el día 2 de Febrero, en que se cumplen puntualmente los cuarenta desde el nacimiento del Niño Dios.

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Llamaron los griegos a esta fiesta Hypapante, que quiere decir Encuentro, por el que tuvieron el viejo San Simeón y Santa Ana profetisa, hallándose en el templo al mismo tiempo que concurrieron en él el Hijo de Dios y su Santísima Madre.

San Gelasio I (492-496), Papa que gobernaba la Iglesia treinta años antes que Justiniano I (527-565) fuese emperador, había ya instituido en Roma esta fiesta, cuando, para desterrar la de las Lupercales ó purificaciones profanas, que celebraban los gentiles en el día 13 ó 14 de este mes, instituyó la de la Purificación de la Virgen con la ceremonia de las Candelas en sustitución de las impías ceremonias alrededor de sus templos, a las cuales daban el nombre de Lustraciones.

Creen algunos que el papa San Gelasio I sólo dio mayor solemnidad a esta fiesta, pretendiendo que, por lo demás, ya se celebraba en la Iglesia en el tercer siglo.

Lo cierto es que Surio, que vivía en el año de 430, habla de una fiesta muy célebre de la Virgen, que se solemnizaba entonces con gran devoción: había una fiesta en honra de la Virgen Madre de Dios, y, como era muy solemne, era grande la concurrencia de los fieles a celebrarla. Tanta verdad es que la devoción a la Santísima Virgen fue desde los primeros siglos de la Iglesia la devoción favorecida de los fieles, así como lo es el día de hoy de todos los predestinados.

Unas iglesias le dieron a esta fiesta un marcado carácter cristológico y otras liturgias resaltaron más el carácter mariano.

Hasta el Concilio Vaticano II se celebraba como fiesta principalmente mariana, pero desde entonces ha pasado a ser en primer lugar Cristológica, ya que el principal misterio que se conmemora es la Presentación de Jesús en el Templo y su manifestación o encuentro con Simeón.

 

FIESTA DE LAS LUCES O CANDELARIAS

A mediados del siglo V esta fiesta se conocía como “La Candelaria” o “Fiesta de las Luces”. La Virgen María purificada ha dado luz a la Luz del Mundo, Jesucristo y en esta fiesta Él se manifiesta a Simeón y Ana.

bendicion de las candelas

Se llevan candelas o velas a bendecir, las cuales simbolizan a Jesús como luz de todos los hombres.

Su nombre proviene del verbo latino candere, que significa brillar por su blancura, estar blanco o brillante por el calor, arder, abrasar, se forma en español la palabra candela; y del griego pyr, que significa fuego (comparese con “pira”), procede la palabra latina purus /pura, que contiene también la idea de seleccionar, de elegir. Ambos nombres, pues, encierran la sugestiva idea de fuego.

No se sabe con certeza cuando empezó a celebrarse la Procesión en este día. Parece ser que en el siglo X ya se celebraba con solemnidad esta Procesión y ya empezó a llamarse a la fiesta como Purificación de la Virgen María. Durante mucho tiempo se dio gran importancia a los cirios encendidos y después de usados en la procesión eran llevados a las casas y allí se encendían en algunas necesidades.

El Papa, el clero y el pueblo, con los pies descalzos, salmodiando y cantando antífonas y llevando en sus manos candelas encendidas, se dirigían desde la iglesia de San Adrian hasta la estacional de Santa María la Mayor, en donde se celebraba la misa solemne.

Actualmente en el ritual de misa, el Celebrante bendice las candelas diciendo:

Oremos:

Oh Dios, fuente y origen de toda luz,
que has mostrado hoy a Cristo,
luz de todas las naciones,
al justo Simeón;
dígnate bendecir c estos cirios;
acepta los deseos de tu pueblo
que, llevándolos encendidos en las manos
se ha reunido para cantar tus alabanzas,
y concédenos caminar por la senda del bien,
para que podamos llegar a la luz eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Y rocía las candelas con agua bendita.

fiesta de la candelaria

 

SE ASOCIA A LA VIRGEN DE LA CANDELARIA

Tras la aparición de la virgen en Canarias, y a su identificación iconografica con este acontecimiento bíblico, la fiesta empezó a celebrare con un carácter mariano en el año 1497, cuando el conquistador de Tenerife, Alonso Fernandez de Lugo celebró la primera Fiesta de Las Candelas (ya como Virgen María de La Candelaria), coincidiendo con la Fiesta de la Purificación.

No obstante, en algunos países ha aparecido un contrincante importante el 2 de febrero en algunos países. Los Umbandistas celebran la Fiesta de Iemanjá o diosa del Mar, con concentraciones en las playas, donde hacen campamentos, prenden velas, bailan, fuman, “limpian de malos a la gente” (o se los introducen, no queda claro), le ofrecen sacrificios que públicamente es comida y privadamente son gallinas que degüellan, y el envían todo al mar a Iemanjá en barquitos de espumaplast.

Fuentes:

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