Cuando en una parroquia sucede una aparición mariana es profundamente traumático.

Y la primera reacción es negar su autenticidad y hasta ridiculizarlas.

Piensa nomás en apariciones importantes como Lourdes o Guadalupe, todas se iniciaron con una resistencia de los curas.

Y ni que decir de las que vinieron luego del Concilio Vaticano II.

¿Por qué es esto? ¿Exceso de celo por separar la paja del trigo?
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¿Temor de que alguien les diga que son demasiado crédulos?
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¿Culpa reprimida por depositar toda la confianza en una religión con una base enteramente sobrenatural?
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¿Exceso de cientificismo? ¿O la herejía del minimismo mariano?

En este artículo tomamos los argumentos del Padre René Laurentín, el mayor mariólogo de la historia, para explicar este fenómeno.

Y lo hacemos como un homenaje a su trabajo y a los frutos que dio para la iglesia.

 

QUIEN FUE EL PADRE RENÉ LAURENTÍN

El Padre René Laurentín, francés, murió a los 99 años.

El mayor mariólogo de todos los tiempos.

Vivió durante los 100 años de Fátima, una extraña coincidencia de un mariano 100 por ciento.

Sin embargo no estudió a fondo estas apariciones a pesar que fue llamado a hacerlo por la Iglesia portuguesa.

Pero él dijo que no porque había demasiadas pasiones políticas que en su opinión habrían obstaculizado su trabajo.

Pero fue el gran investigador de las apariciones de Lourdes, cuyos estudios pioneros sentaron la metodología para las investigaciones posteriores de todas las apariciones.

Y también fue el primero en aplicar la tecnología médica para investigar las apariciones de Medjugorje, de las que decía

“Estoy absolutamente seguro de que son verdad. María no puede engañar a sus hijos que se pelan las rodillas en el Monte Kizevac”.

Además ha sido partidario de las apariciones de Salta, llegando incluso a destrabar el diferendo entre el Obispo de Salta y los Servidores que apoyan las apariciones a María Livia, en uno de sus varios viajes a Argentina.

Fue consultor destacado del Concilio vaticano II.

No hay que olvidar que el capítulo final del documento conciliar Lumen Gentium fue prácticamente escrito por él.

Pero a pesar de ello nunca se alineó con el espíritu del Concilio que sobrevoló después en la Iglesia.

Sino que denunció que los primeros diez años después de del Concilio la mariología sufrió un eclipse.

Que él sabiamente llamó “el invierno mariano” y cuyos argumentos veremos en este artículo.

Llegó a decir que si las apariciones de Lourdes hubieran sucedido hoy día la Iglesia no las aprobaría.

Demostró con documentos en mano que la devoción mariana se basa, no es un tipo de variación inaceptable de la genuina devoción cristiana, sino en un plan establecido desde el inicio por Dios para guiarnos en la conversión.

Y dijo finalmente que el “invierno mariano” fue disuelto por el pueblo, por el hecho de su devoción a las múltiples apariciones que luego envió el Cielo.

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EL ‘CLAVO CALIENTE’ DE LAS APARICIONES MARIANAS PARA LA IGLESIA

Rene Laurentín dice que las apariciones parecen ser un tema clave en el cristianismo, al punto que la Biblia se estructura sobre las apariciones mismas.

Dios habla y se aparece al patriarca Abraham, a Moisés y a los profetas.
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A Jesucristo, a los apóstoles Pedro y Pablo y a otros cristianos en los Hechos de los Apóstoles.
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En definitiva, de un extremo al otro de las Escrituras.

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Las apariciones de Cristo resucitado son la culminación y el cumplimiento del Evangelio.
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Y, como enseña el apóstol Pablo (1 Cor 15), son el fundamento de la fe.

Las apariciones de la Virgen son el origen de muchos santuarios y peregrinaciones importantes (Guadalupe, Aparecida, La Salette, Lourdes, Fátima).
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Y ocupan por diversas razones, una posición importante en la actualidad.

La literatura sobre las apariciones se ha incrementado en una escala sin precedentes, a partir del debate de los años 80.

Todo esto parece que les reserva un lugar de honor.

Pero aún permanecen en la Iglesia católica como un signo de contradicción (Lc 2,35).

“Cuando el niño aparece, el círculo de la familia aplaude con alegría”, escribió Víctor Hugo.

Cuando la Virgen se aparece, el círculo de la familia (la Iglesia) no aplaude, sino que se ve perturbado e inquieto.

 

LAS APARICIONES SON PELIGROSAS Y DESCONFIABLES

En Lourdes, diez días después de la primera aparición, 21 de febrero de 1858, la policía de la aldea coge a Bernadette Soubirous de la capa y la arrastra para presentarla al comisario de policía Jacomet para tempestuosos interrogatorios, y más tarde los del fiscal imperial Dutour y el juez Ribes.

El estado se movilizó para reprimir, del prefecto al ministro del emperador Napoleón III, que estaba de vacaciones en los Pirineos y que se popularizó por poner fin a las barreras, los procesos y querellas administrativas que se habían multiplicado durante el verano de 1858.

En Pontmain (1871) el General de Charrette amenazó a los niños con su sable.

En Fátima, a los jóvenes videntes se le ordenó que se retractaran, y fueron encarcelados después para prevenir la aparición de 13 de agosto de 1917.

Y así sucesivamente, en una serie abundante de hechos.

En Lourdes, el 2 de marzo de 1858, durante su primera visita a la rectoría, Bernadette fue rechazada con uno de esos tonos de cólera que inflamaban al párroco Peyramale, a pesar de que era un hombre de corazón, sobre todo atento a los pobres.

Los videntes Pontmain fueron amenazados por el obispo de condenación eterna.

Las apariciones, por lo tanto, son el argumento teológico menos científicamente estudiado, el más oculto y controversial.
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Hay buenas y serias razones por las cuales las apariciones desorientan y son combatidas.
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Cuando una aparición reúne a las masas, como en Fátima, Lourdes, la administración civil se moviliza, es normal.
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El hecho es que una reunión masiva y apasionada al parecer perturbe el orden público.

El “principio de precaución”, le invita a ponerles fin, aunque se puede incluso convertirlo a nuestro favor y canalizarlo.

El Estado responde como la naturaleza, de acuerdo con la aguda observación de Jacques Monod, premio Nobel de biología, en su famoso libro “El azar y la necesidad”.

Cuando un caso (una mutación biológica) hace su aparición en un género, intervienen los mecanismos de rechazo para reducir la necesidad, eliminándolo o asimilándolo al orden repetitivo establecido de generación en generación.

Este principio universal también se lleva a cabo en la gestión administrativa y social.

Y las soluciones son similares: la eliminación o integración.

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Por lo tanto, Guadalupe, Lourdes y Fátima se han convertido, después de la marginación inicial y la represión, en instituciones nacionales, tanto en términos de religión como seculares.

Cada vidente de las apariciones que se comunica con el más allá, es inaccesible para los ordinarios medios sensoriales.

Son por lo tanto, para la investigación universitaria, desconocidos.

Y todavía, si se centra en ellas, para reportarlo y encuadrarlo en su nivel, de acuerdo con el método científico, la sociología o en la medicina no tienen en cuenta las supuestas causas sobrenaturales: el Buen Dios o el diablo.

Algunos las definen cómo historias de las cuales es necesario establecer la génesis interna y específica, sobre el plano literario o semiótico: estudio de una tradición folklórica o de una estructura en que se examinan las variantes, pero sobre todo los estereotipos.

Para otros, un número mucho menor (médicos y psicólogos) estos fenómenos que sólo el vidente percibe, son fenómenos psicológicos que deben ser considerados como alucinaciones, sueños o fantasías.

Hasta ahora se ha pasado por alto el hecho de que los estudios de encefalografía han excluido estas tres explicaciones para los éxtasis.

Sin embargo otros definen las apariciones como un fenómeno antropológico y tratan de ponerlos en esta imagen humana, sin detenerse en la referencia personal, incluso trascendente, que constituye el elemento esencial para los videntes.

¿Si las apariciones ocupan un lugar en la historia, de unos cuatro mil años, tal vez el enfoque actual no debería ser simplista, cuando no difamatorio, en la confrontación con los videntes y los grupos humanos que les prestan atención?

El problema es complicado.

La medicina se ha convertido en una ciencia en el siglo XVI, cuando fundó la “etiología”: el estudio de las causas, excluyendo las causas sobrenaturales, divinas o diabólicas, extrañas a nuestro cosmos.

Por esta razón, la mayoría de los médicos (incluso cristianos) se niegan a reconocer no sólo un “milagro” (cosa que no es de gran importancia), sino también el carácter “inexplicable” de una curación.

Un científico, de hecho, por principios, no abdica de su papel frente a lo incomprensible: la búsqueda sin descanso hasta que encuentra la explicación: no existe lo inexplicable, sino sólo inexplicado.

El recurso de un “deus ex machina” es la negación misma del método científico.

En este marco, continúa, incómodamente, el estudio de las supuestas curaciones milagrosas, revisadas por comités científicos en Lourdes o Roma, en vista de las causas de canonización, que requieren un dictamen de los milagros.

A pesar que los exorcistas testimonian extrañas enfermedades inexplicables, dialogan con los médicos, sin que el estudio de estos fenómenos haya sido tratado científicamente.

Las consultas de la Iglesia para dar a los “milagros”, un estatus científico se enfrentaron a esta dificultad, y con la misma complejidad del término “milagro” que los Evangelios llaman “señal” y/o prodigio (“sêmeia kai terata “).







En el 1900 se resolvieron los problemas a partir de principios a priori:

“Nunca he encontrado el alma sobre mi bisturí ” (un cirujano en 1900),

o también: “He estado en el cielo y no he visto a Dios” (Gagarin). 

La ciencia actual, que trata de la relatividad, las relaciones de incertidumbre, etc, ha pasado del racionalismo simplista y el “cientificismo” a la racionalidad más abierta a lo desconocido.
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Sin renunciar a la razón y a la exigencia de no admitir nada que no esté fundado y verificado por la experiencia.

 

LAS APARICIONES NO SON VISTAS CON OJOS BENIGNOS EN LA IGLESIA 

Paradójicamente la Iglesia, que es una de las instituciones más reservada para lo religioso y lo espiritual, es familiar a esos criterios.
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Ahora, en todos los niveles, la pastoral normalmente sofoca las apariciones, causando tensiones y conflictos a menudo duros.
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Hoy en día son numerosos, en Dozulé y San Damiano, en Medjugorje, o Damas/Soufanieh, que la Iglesia ortodoxa local aceptó primero y luego rechazó.

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Esta oposición y reserva de la Iglesia se basan en fundamentos de irrefutabilidad, de los cuales es necesario tener pleno conocimiento y plena conciencia.
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Ante esta imponente constatación: las apariciones no tienen su lugar entre las diversas disciplinas académicas que juegan un papel importante en la Iglesia.

Las apariciones posteriores al Evangelio son ignoradas por la teología dogmática.
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No son el objeto de la “fe divina” sino de “fe humana”, escribió el futuro Papa Benedicto XIV en el siglo XVIII.

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Son extra y sub teológicas, entonces marginales.
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Seamos realistas. La teología fundamental, las ignora.
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No se encuentran entre los “diez lugares teológicos” que son las fuentes de la fe, de acuerdo con Melchor Cano (siglo XVI).
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Ni siquiera se menciona en uno de los “lugares anexos” como “la filosofía, el derecho, la historia,” considerados como herramientas.

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El primer Código de Derecho Canónico (1917) trataba negativamente este ámbito: prohibía cualquier publicación de apariciones que no sean reconocidas y castigaba con la excomunión a los transgresores.

Estos dos cánones fueron suprimidos el 14 de octubre de 1966 y el nuevo código, simplemente no habla más que apariciones.

En resumen, ya no son prohibidas, pero se han convertido en un hecho no-canónico.
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Han bajado en la escala de valores de la Iglesia.
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Y a pesar del interés que les otorgan muchos pastores y creyentes que reconocen los frutos, no han encontrado su lugar.
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Y nunca han suscitado investigación de un calibre digno de este nombre entre los grandes teólogos.

Esto se debe a algunas razones fundamentales.

De acuerdo con el análisis de Karl Rahner, la tradicional marginación de las apariciones no es un reflejo elemental ni un mecanismo simple de rechazo administrativo.

Es causada por razones oficiales y fundamentales: en primer lugar, las palabras de Jesucristo al apóstol Tomás.
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Este discípulo no aceptaba la resurrección de Cristo: “Hasta que no meta mi dedo en sus heridas, no lo creeré.”
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Jesús aparece e irónicamente le invita a hacerlo, y concluye: “Bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29).
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Cristo no es garantía de los videntes, sino de los creyentes.

Es la última de las bienaventuranzas, al término del último Evangelio, el cristiano no ve, cree en la palabra de Dios.

Cualquier excepción parece deplorable, a pesar de que las apariciones tienen un lugar considerable en el Nuevo Testamento.

Esto motiva la legítima oposición de la Iglesia a la doctrina de los grandes místicos y a los impulsos de la imaginación; es necesaria la prudencia.

Pero la “prudencia” no significa “desconfianza” o “pusilanimidad”, “rechazo” o “tergiversación”.
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En cualquier caso, la Iglesia, que considera esencial el Evangelio y los sacramentos, hace una gran reserva sobre la clarividencia de la otra vida.

Opone la certeza divina, fundada en la Palabra y la luz divina, a las apariciones, ya que estas son sólo manifestaciones ocasionales y discutibles del poder divino.

A pesar de estas deficiencias, las apariciones son de gran importancia de hecho, en la Iglesia, en muchos niveles y a muchos títulos.

 

LA BIBLIA ES UN TEJIDO DE VISIONES Y APARICIONES

El Nuevo Testamento comienza con la aparición de un ángel al sacerdote Zacarías (Lc 1,5-23), el mensaje del ángel Gabriel a la Virgen María (Lc 1,25-38) y la de un ángel del Señor a los pastores de Navidad (Lc 2,8-19).

La Transfiguración de Cristo es acompañada por la aparición de Moisés y Elías (Mt 17,3), asiste un ángel a Jesús durante su agonía (Lc 22,43).

Hay más: las manifestaciones visuales de Cristo resucitado a los apóstoles (aunque muy similares a las otras, desde el punto de vista fenomenológico y psicológico) se consideran como el fundamento de la fe de acuerdo con el apóstol Pablo (1 Cor 15,1-53).

Uno puede preguntarse si no existe un cierto forzamiento, como una falta de lógica, entre la devaluación sistemática de las apariciones actuales y la valorización dogmática de Cristo resucitado.

Las apariciones de Cristo también marcan la historia de la Iglesia primitiva: de Esteban (Hechos 7,56) a Pedro, Pablo y otros, según los Hechos de los Apóstoles.

Algunas apariciones de la Virgen han establecido santuarios y peregrinaciones importantes de la Iglesia Católica (con la excepción de Roma).

Guadalupe, en México (más de 10 millones de peregrinos al año), Aparecida en Brasil, Lourdes (5 millones de peregrinos al año), Fátima, y así sucesivamente.

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Sin embargo, las apariciones han continuado en la Iglesia durante los siglos hasta hoy, con una multiplicación sin precedentes en los últimos tiempos.
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Es más, en los tiempos modernos – algo nuevo – muchas apariciones tienen un significado profético, histórico y culturalmente innegable, duradero y significativo.
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Guadalupe es considerada por los historiadores independientes como el fundamento del cristianismo de la cultura y la civilización mestiza del Nuevo Mundo, el continente católico donde reside la mitad de los bautizados de la Iglesia Romana.

La Salette (1846) ha movilizado a grandes espíritus: Pío IX, apoyó el reconocimiento de esta aparición, el Papa León XIII reconoció y apoyó a Melanie en sus tribulaciones, y en su exilio.

Lo mismo que muchos obispos, santos hoy beatificados y canonizados (Don Bosco, San Aníbal Di Francia) y una serie de otras personalidades destacadas del siglo XX: Arthur Rimbaud, León Bloy, Jacques Maritain, Paul Claudel y Louis Massignon.

Lourdes devolvió el valor a la prioridad de los pobres según el Evangelio, en el momento en el cual la capacidad electoral y cívica se medida por los ingresos, de acuerdo con la artificial lema ” Arricchitevi” (Guizot).

Bernadette Soubirous pertenecía a la familia más pobres de la ciudad: la policía había detenido a su padre por la única razón de que “su estado de miseria” le hacía “presunto culpable” del “robo” de harina cometido en la panadería Maisongrosse.

Y luego Fátima profetizó en 1917 el fin del comunismo y la persecución.

Pío XII y Juan Pablo II han sido repetidamente objeto de este mensaje.

Ordenaron a todos los obispos a la vez la consagración pedida por Lucía, y otros compromisos que han asumido sin precedentes haciendo revelar (a través de terceros, es cierto) la visión del sol en el jardín del Vaticano (Pío XII) y el “secreto Fátima” (Juan Pablo II).

Las apariciones han tenido fuerte impacto en la vida pública, en todos los niveles.

Lourdes ha determinado la ruta de la red ferroviaria del sur de Francia.

El gobierno marxista de Yugoslavia, radicalmente opuesto a la de las apariciones de Medjugorje, había proyectado la construcción de un aeropuerto cercano.

Lourdes es un geiser de creatividad, ha promovido a gran escala el viaje de pacientes con parálisis, dependientes de diálisis o de los pulmones, ciegos, locos, etc, con enormes beneficios al ser humano, por las atenciones médicas, movilizando todos los años miles de ambulancias, enfermeras, médicos.

Estas apariciones han adquirido también una marca científica.

El examen de los videntes, a través del uso del electroencefalograma, utilizado por primera vez en Europa en 1984 y luego en América del Norte y América del Sur, ha revolucionado el conocimiento de que había del éxtasis.

Laurentín lo aplicó por primera vez al estudio de los videntes de Medjugorje.

Esta nueva interacción entre la ciencia contemporánea y las apariciones invita a tomar más plenamente las apariciones como un fenómeno humano, no sólo médico.

Sino también psicológico, también relacionadas con el campo del psicoanálisis, la sociología de la religión, la etnología y la historia de la mentalidad.

En el momento ningún fenómeno está siendo excluido de la consideración científica y todos deben ser investigados del modo más completo que sea posible.

¿No sería lo mejor para resolver el contraste entre la importancia de las apariciones (generadoras de una amplia literatura) y su devaluación o exclusión que hemos observado?

Esta tendencia a evitarlas, debida a la ambigüedad del fenómeno, exige superación, sobre todo de la oposición radical en ideología de la Iglesia y del cientificismo que ha quedado superado.

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LO QUE ESTA EN LA BASE ES LA DESCONFIANZA DE LAS DEVOCIONES POPULARES

Hemos hablado de las de la contrariedad que causan las apariciones marianas en muchos ámbitos de la Iglesia, pero el fenómeno es más de fondo.

Seguramente muchos de nosotros hayamos pasado por episodios con algunos sacerdotes y laicos que menosprecian la religiosidad popular atacando las devociones populares en las últimas décadas.

Que hoy por hoy es lo que mueve al pueblo y no las homilías muy sesudas y con muchas citas bíblicas, o el “trabajo social de base”.

Mientras que han sido pocos sacerdotes que las han defendido, especialmente lo han hecho los párrocos más de pueblo.

Para complementar lo dicho por Laurentín traemos otra opinión coincidente.

El cardenal Carlo María Viganó, Nuncio en EE.UU., ha hablado sobre esto y salido a defender la religiosidad popular.

Llegando a proponer que debemos trabajar para revivir la piedad popular y las devociones comunales.

El cardenal Viganó criticó a la “religión pura” y señala al Concilio Vaticano II como el promotor de esto. Veamos lo que dice:

La evaluación negativa de la piedad popular se vio influenciada por causas internas y externas al ámbito eclesial.







Entre las primeras se impuso la existencia de lecturas parciales y selectivas de los textos conciliares y post-conciliares, así como una interpretación parcial e interesada de su doctrina.

Entre las causas últimas se debe registrar la importante influencia ejercida por las teorías de la secularización.

La aceptación de la teología de la secularización en muchos círculos eclesiales implicó el desprecio por el cristianismo expresado por las formas exteriores de piedad popular como es sin duda el ejemplo más obvio.

Se le considera un catolicismo superficial, separado de la vida y el compromiso histórico.

Uno de los resultados del Concilio fue la definición de la Iglesia como pueblo de Dios, que alentó que surgieran pequeños grupos que se consideraban más comprometidos.

Estos “católicos de participación” o “católicos progresistas” adoptaron una actitud de contraposición contra aquellos cristianos que participaban en las expresiones de la piedad popular, y los consideraron como simplones, ritualistas, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y necesitados de purificación.

Al mismo tiempo, acusaron a la piedad popular de matices supersticiosos, de haberse alejado de la realidad, de alienar el compromiso cristiano, de ser incapaz de formar militantes y promover actitudes evangélicas, el desarrollo y la liberación.

Uno de los resultados más evidentes del Concilio fue la reforma litúrgica.

En algunos casos se produjo la promoción de una liturgia excesivamente pragmática, en la que los elementos pedagógicos y didácticos abundaron, en detrimento de su carácter misterioso, lo que llevó al abandono del canto, el silencio y los gestos.

Uno de los objetivos loables era lograr una experiencia religiosa purificada en las motivaciones internas, así como en las formas externas.

Fue promovida una “pureza” sin raíces y una religiosidad abstracta, lo que supuso entre otras cosas la eliminación de las tradiciones religiosas que estaban asociadas con rasgos mágicos, utilitarios o supersticiosos.

La afirmación conciliar de la centralidad de la liturgia y la celebración eucarística llevó a bastantes pastores a suprimir muchas de las prácticas populares.
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Basándose en que la piedad popular se manifiesta, en diversas circunstancias, bajo formas diferentes de las previstas por los textos litúrgicos oficiales.
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Un obispo americano incluso fue tan lejos como para prohibir la Exposición del Santísimo Sacramento.

La reforma hizo hincapié en la mayor importancia que la Sagrada Escritura tenía que tener en la celebración litúrgica.

Como consecuencia, hubo una evaluación negativa de la escasa presencia bíblica en las manifestaciones populares, muchas de las cuales son pobres en la teología y en las citas bíblicas, pero rica en sentimentalismo.

La promulgación de la Constitución Sacrosanctum Concilium en 1963 coincidió con uno de los momentos en los que el movimiento hacia la secularización tuvo mayor fuerza, y esto influyó en la aplicación de las reformas conciliares.

En este contexto, a la liturgia se le dio la tarea de respuesta temporal, con la adquisición de un tono profético, de denuncia de las injusticias sociales y de pecado y la llamada a la participación.

En tanto que la piedad popular fue juzgada en forma negativa, y acusada de efectos anestésicos en relación con los problemas sociales.

Todos estos elementos, que de alguna manera se hicieron presentes durante la reforma post-conciliar de la liturgia, se tradujo en la supresión indiscriminada y arbitraria de numerosas prácticas de piedad popular.

En este contexto, las palabras pronunciadas por Pablo VI en 1973, durante una audiencia pública son elocuentes:

“Voces autorizadas nos recomiendan cautela con respecto al proceso de reforma de las tradicionales costumbres religiosas populares, para protegerlas contra la extinción de los sentimientos religiosos, en el curso de darle una expresión nueva y más auténticamente espiritual.

Un sentido de lo que es verdadero, bello, simple, un sentido de la comunidad, y también de la tradición – que merece respeto – debe presidir las manifestaciones externas de culto, con el fin de preservar el cariño de la gente por ellas”.

Estas devociones populares fueron y siguen siendo importantes. Mediante la eliminación de ellas, nosotros amputamos una dimensión importante de nuestra identidad católica.

Hubo prisa por deshacerse de estas devociones. Y a continuación los gremios y asociaciones parroquiales se apagaron.

La gente dejó de pensar en su iglesia como parte del ritmo de su semana. Las devociones fueron reprimidas con real brutalidad.

Ellas ayudaban a los fieles a permanecer conectados con su Iglesia y no irse. Las diversas cosas se reforzaban entre sí en lugar de restar valor a las demás.

Necesitamos más devociones populares.

Fuentes:

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