El Martes de carnaval o sea el día anterior al Miércoles de Ceniza Jesús pidió la Fiesta a Su Santa Faz.

Se lo reveló hace ochenta años a la beata María Pierina De Micheli (1890 -1945).

Pío XII aprobó la fiesta, pero lamentablemente ha caído en el olvido.

Esta devoción al santo rostro puede recorrerse a través del cordón que une a la mística del siglo XIII Santa Matilde.

Al venerable Leo Dupont (1797-1876), llamado “el apóstol de la Santa Faz”.

A la Sierva de Dios Sor Marie de Saint-Pierre (1816-1848).

Y en la época de Santa Teresita, en el siglo XIX, las revelaciones celestiales con la Santa Faz en el centro se multiplicaron y culminar con los mensajes a la Hermana Maria Pierina.

Esta devoción nos recuerda la necesidad de reparar los ultrajes causados a la Santa Faz.

Que durante la Pasión fue abofeteado, escupido, arañado, coronado de espinas.

Y a lo largo de los siglos ha seguido sufriendo todo tipo de ofensas.

La contemplación del rostro, fin último del hombre, es la eterna recompensa para el justo.

Y por eso legiones de almas del cielo han alimentado una gran devoción a la Santa Faz.

De Su voluntad de instaurar la fiesta a su Santa Faz le habló Jesús en 1938 pidiendo la fiesta para el martes de Quincuagésima, o sea el día anterior al inicio de la Cuaresma.

El resto es la historia que contamos aquí.

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Veamos la historia.

El 11 de septiembre de 1890 nació en Milán (Italia) Josefina De Micheli.

A la edad de 12 años, un Viernes Santo, esperando el turno para besar el crucifijo oyó una voz interior que le dijo:

“¿Nadie me da un beso de amor en el Rostro para reparar el beso de Judas?”.

Llegado el momento, como ella misma lo relata, le dio un fuerte beso con todo el ardor de su corazón.

Con el pasar de los años, esta devoción fue creciendo.

Maria Pierina de Micheli

En una extensa carta que la Madre Pierina escribió al Papa Pío XII brota una piedad apasionada:
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“Humildemente confieso que siento una gran devoción por el Divino Rostro de Jesús, devoción que me parece que me la infundió el mismo Jesús.”

Con la bendición y el aliento de Pío XII, acuña y difunde la medalla que la Santísima Virgen le había pedido.

La Madre Pierina comunica al Papa que, el 31 de mayo de 1938, mientras oraba en la Capilla de Milán, tuvo una visión.
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En la que la Virgen María le mostraba un escapulario formado por dos retazos de tela blanca.
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Uno con la imagen del Divino Rostro y a su alrededor el texto “Illumina, Domine, vultum tuum super nos” (Ilumínanos con tu rostro oh Señor).
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Y sobre el otro lado una Hostia resplandeciente y a su alrededor el texto “Mane nobiscum Domine” (Estás con nosotros Señor).

Ese escapulario, reemplazado luego por la medalla, será,

“Un arma de defensa, un escudo de fortaleza, una prenda de amor y misericordia que Jesús quiere dar al mundo.

Promete a los que la lleven y hagan los días martes una visita al Santísimo Sacramento,

“Ser fortificados en la fe, prontos a defenderla y a superar todas las dificultades internas y externas”

Y además “una muerte serena bajo la mirada de su Divino Hijo”. 

Esta religiosa italiana del Instituto de la Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires (Argentina), fue beatificada el 30 de mayo de 2010 en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma.

 

 

JESÚS HABLA A LA MADRE MARIA PIERINA

“Deseo que mi Rostro, el cual refleja la íntimas penas de mi alma, el dolor y el amor de mi Corazón, sea más honrado. Quien me contempla me consuela.” (primer viernes de Cuaresma de 1936)

A los 12 años, en la Iglesia Parroquial San Pedro in Sala, Milán, un Viernes Santo, oyó una voz que le dijo:

“¿Ninguno me da un beso de amor en el rostro, para reparar el beso de Judas?”

En su simplicidad de niña, creyó que todos habían oído esa voz y experimentó gran pena al ver que continuaban besando las llagas y no el Rostro de Jesús.

Dentro de su corazón exclamó: Te doy yo el beso de amor.

¡Oh, Jesús, ten paciencia!

Y llegado su turno, le imprimió con todo el ardor de su corazón, un beso en el Rostro.

Ya siendo novicia, durante la adoración nocturna, en la noche del Jueves al Viernes Santo de 1915, mientras ora delante del crucifijo, oye que le dice: “Bésame”.

Sor María Pierina obedece, y sus labios, en lugar de posarse sobre un rostro de yeso, sienten el contacto del verdadero Rostro de Jesús.

Cuando la Superiora la llama, ya es de día: tiene el corazón lleno de los padecimientos de Jesús y siente el deseo de reparar los ultrajes que recibió en el Rostro y que recibe cada día en el Sacramento del altar.

En este mismo Colegio, el nuestro, sucede otra aparición cinco anos después.

En 1920, el 12 de abril me encontraba en Bs.As. en la Casa Madre. Tenía una gran amargura en el corazón.

Fuí a la Iglesia y prorrumpí en llanto lamentándome con Jesús.

Se me presentó con el Rostro ensangrentado y con una expresión de dolor tal que conmovería a cualquiera.
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Con una ternura que jamás olvidaré me dijo: “Y Yo, qué he hecho?”

Comprendí… y a partir de ese día el Divino Rostro se convirtió en mi libro de meditación, la puerta de entrada a su Corazón...

De tanto en tanto, en los años siguientes –continúa la carta- se me aparecía ya triste, ya ensangrentado, comunicándome sus penas y pidiéndome reparación y sufrimientos, llamándome a inmolarme ocultamente por la salvación de las almas.

Entre 1920 y 1940, el pedido de Nuestro Señor se sucede en reiteradas apariciones:

“Quiero que mi Rostro, que refleja las penas más íntimas, el dolor y el amor de mi Corazón, sea más honrado.

Quien me contempla, me consuela”.

La Madre Pierina, que es siempre la fiel confidente, se hace portavoz de este ruego.

Y poco a poco, la devoción al Divino Rostro se va consolidando de un modo concreto gracias a la intervención milagrosa de la Sma. Virgen.

Que ordena y dispone: un escapulario, una medalla, los medios para costearla, y una fiesta después del martes de quincuagésima para honrar la Santa Faz.

El Martes de Pasión de 1936, Jesús le vuelve a decir:
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“Cada vez que se contemple mi Rostro, derramaré mi amor en los corazones y por medio de mi Divino Rostro, se obtendrá la salvación de tantas almas.”

En 1937, mientras oraba y “después de haberme instruido en la devoción de su Divino Rostro”, le dijo:
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“Podría ser que algunas almas teman que la devoción a mi Divino Rostro, disminuya aquella de mi Corazón.
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Diles que al contrario, será completada y aumentada.
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Contemplando mi Rostro las almas participarán de mis penas y sentirán el deseo de amar y reparar.
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¿No es ésta, tal vez, la verdadera devoción a mi corazón?”

Estas manifestaciones de parte de Jesús se hacían siempre más insistentes.

En mayo de 1938, mientras reza, se presenta sobre la tarima del altar, en un haz de luz, una bella Señora: tenía en sus manos un escapulario, formado por dos franelas blancas unidas por un cordón.

Una franela llevaba la imagen del Divino Rostro de Jesús y escrito alrededor: Ilumina Domine Vultum Tuum super nos (Ilumina, Señor, Tu rostro sobre nosotros).

La otra, una Hostia circundada por unos rayos y con la inscripción: Mane nobiscum Domine (Quédate con nosotros Señor).

Lentamente se acerca y le dice:

“Escucha bien y refiere al Padre Confesor.

Este escapulario es un arma de defensa, un escudo de fortaleza, una prueba de misericordia que Jesús quiere dar al mundo en estos tiempos de sensualidad y de odio contra Dios y la Iglesia.

Los verdaderos apóstoles son pocos.

Es necesario un remedio divino y este remedio es el Divino Rostro de Jesús.

Todos aquellos que lleven un escapulario como éste y hagan, si es posible, una visita cada martes al Ssmo. Sacramento, para reparar los ultrajes que recibió el Divino Rostro de Jesús durante su Pasión.

Y que reciban cada día la Eucaristía.

Serán fortificados en la fe, prontos a defenderla y a superar todas las dificultades internas y externas.

Además, tendrán una muerte serena bajo la mirada amable de mi Divino Hijo.”

En el mismo año, Jesús vuelve a presentase todavía chorreando sangre y con tristeza:

“¿Ves cómo sufro?

Y sin embargo, de poquísimos soy comprendido.

¡Cuántas ingratitudes de parte de aquellos que dicen amarme!

He dado mi corazón como objeto sensibilísimo de mi gran amor por los hombres.

Y doy mi Rostro como objeto sensible de mi dolor por los pecados de los hombres.

Quiero que sea honrado con una fiesta particular el martes de Quincuagésima, fiesta precedida de una novena en que todos los fieles reparen conmigo, uniéndose a la participación de mi dolor.”

En 1939, Jesús de nuevo le dice:

“Quiero que mi Rostro sea honrado de un modo particular el martes.”

Mientras tanto continúa la entrega o la inmolación oculta de la Madre Pierina.

Como lo describe en su diario el día 5 de septiembre de 1942: Anoche en la Capilla le dije a Jesús: Jesús quiero ser tu gloria y tu alegría.

Y Jesús me respondió.

“Ven. Te necesito. Hoy he buscado el gozo en tantos corazones y me fue negado”.

Dime Jesús: ¿Qué debo hacer para suplir los rechazos que tuviste?

Jesús, envuelto en ternura, me respondió.

“¿Quieres gozar las dulzuras de la unión conmigo o sentir la pena de mi corazón por los pecados de los hombres?”.

Lo que Tú quieras, Jesús.

Y mi alma instantáneamente participó del dolor de su corazón, dolor imposible de traducir en palabras.

Jamás, como en ese instante, comprendí qué cosa era el pecado…

Oh, Jesús! Que no te ofenda yo jamás… repara por mí, por los otros, como quieras… Tómamelo todo!

Cuando volví en mí, se había cumplido el tiempo y me dispuse a retirarme.

Entonces Jesús me dijo:

“¡Quédate un poco más conmigo! ¡Ya me dejas solo…!”.

Al responderle yo que había pasado el tiempo que me indicara mi director espiritual, su Rostro se iluminó.

“He aquí mi gloria!”–me dijo- “¡La obediencia!”

Maria Pierina logra hacer acuñar una medalla en lugar del escapulario.

El 7 de abril de 1943, la Virgen se le presenta y le dice:

“Hija mía, tranquilízate porque el escapulario queda suplido por la medalla con las mismas promesas y favores: falta solo difundirla más.

Ahora anhelo la fiesta del Santo Rostro de Mi Divino Hijo: díselo al Papa pues tanto me apremia.”

La bendijo y se fue.

La medalla se difunde con entusiasmo.

¡Cuántas gracias se han obtenido!

Peligros evitados, curaciones, conversiones, liberación de condenas…

Invitamos a todos a llevar la medalla y rezar, diariamente, 5 Glorias al Santo Rostro de Nuestro Señor.

 

BIOGRAFÍA DE MARÍA PIERINA

La Madre María Pierina, llamada por sus padres Josefina Francisca María, nace en Milán el 11 de septiembre de 1890.

Como tantas veces sucede en las familias católicas, (el caso más similar es el de Sta. Teresita del Niño Jesús de la Santa Faz) también en la suya la vocación religiosa fue compartida por varios hermanos.

En primer lugar, el hermano mayor, Ricardo, se consagra sacerdote cuando ella tiene 9 años.

Al año siguiente, su hermana Angelina, ingresa en el convento de las Sacramentinas.

Luego lo hará su hermana María, como religiosa ursulina. Precisamente en esta última ceremonia de toma de hábito es cuando ella siente el llamado al estado religioso.

Tenía entonces 19 años.

El paso se concreta el 15 de octubre de 1913, fiesta de Sta. Teresa de Jesús. Con 23 años ingresa a la Congregación de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires, que era una pequeña comunidad recientemente fundada por la Madre Eufrasia Iaconis.

Desde el día de su ingreso a la comunidad, guarda una amistad profunda y verdadero sentimiento filial hacia la Madre Estanislada, que será su maestra, superiora y siempre confidente.

Así lo muestran las doce cartas que se han conservado, fruto de una singular comunión.

Definitivamente en Italia, es elegida Superiora de la Casa de Milán en 1928, Superiora de la Casa de Roma en 1939 y, diez años después, Superiora Regional.

En el desempeño de sus tareas demuestra que es una mujer sumamente capaz, de una personalidad avasallante, con una actividad afiebrada, que sabe conjugar siempre con una intensa vida interior.

Finalmente, después de innumerables fatigas nunca evitadas, llega el “no puedo más”.

Cuando la Segunda Guerra Mundial apenas había terminado y Roma estaba ocupada por las tropas de los aliados, el 26 de julio de 1945 en Centonara D’Artó, a los 55 años, bendiciendo a sus Hermanas y con los ojos fijos en el Divino Rostro, muere esta Hija de la Inmaculada.

Que según tantos testimonios fue una persona serena, dulce, afable, dueña de sí misma en todo su comportamiento, siempre sensible para percibir los problemas ajenos, y también confiada para buscar su solución.

Fuentes:

 

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