Algo que los cristianos deben comprender y saber explicar.

Nos hemos acostumbrado demasiado a la idea iluminista que la Edad Media fue una época bárbara y oscurantista.

Poblada de prejuicios, pero no fue así; la gente pensaba con ‘otra cabeza’.

Sin embargo no debemos idealizarla como un símbolo de perfección.

Sino que tuvo ciertos elementos que buenos que luego se perdieron.

Pero tuvo también tuvo carencias, que no se pueden ocultar.

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Debido a que vivimos en una sociedad secular y militantemente anticristiana (especialmente los universitarios), a menudo nos encontramos con personas que tratan de socavar a la Iglesia atacando los períodos y hechos históricos donde la fe predominaba.
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Y este es el caso de la Edad Media, que fue la época de la Cristiandad.

Para comprender mejor la Edad Media leer esta excelente serie:

 

LA EDAD MEDIA TIENE MALA PRENSA

Debido a la caricatura que los intelectuales laicistas contemporáneos están haciendo del período medieval es difícil entender el proceso del pensamiento de la mente de la gente de era época y de su cultura.

El Cristianismo, entre los años 500 y 1500 fue un tiempo y lugar con una visión del mundo profundamente diferente de la nuestra, y dentro de esos mismos 1000 años esa visión cambió profundamente.

La idea del Renacimiento como una gran apertura de la mente humana, que había sido acallada desde la caída de Roma, es radicalmente y demostrablemente falsa.

El mundo pre-moderno estaba imbuido de una maravilla natural que cantaba a la presencia de Dios y era el campo de batalla donde las invisibles huestes de los ángeles y los demonios peleaban por cada alma.

El trabajo del intelectual era desplegar la majestad y el misterio de la creación de Dios con el fin de comprenderla mejor, y a Dios con más plenitud.

El gran error modernista es pensar que esas personas eran menos inteligentes que nosotros.
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Es decir, que su mente era simplemente más débil que la nuestra, o estaban sumidos en la superstición, o encadenados por una Iglesia dictadora; esto es ideología pura.

Nada de eso tiene raíz alguna en la historia real. Es simplemente el pensar del hombre moderno -y del progresista, en particular- que cree que sus antepasados eran más tontos que él; la soberbia.

Es sencillamente una mentira, que significa borrar los logros de los intelectuales católicos y halagar la vanidad de los que vinieron después.

También es un componente esencial del engaño progresista, aquel en el que nosotros siempre tendemos a mejorar hacia la perfección social, política, económica, física o intelectual.

Chesterton lo vio claramente cuando escribió:

“El mundo es lo que los santos y los profetas vieron que era: no sólo mejora o empeora; hay algo que el mundo hace, se tambalea…

La vida en sí misma no es una escalera, es un sube-y-baja“.

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SUPERIORIDAD DE LA EDUCACIÓN

En términos de poder intelectual puro, las clases educadas de la alta Edad Media eran probablemente más inteligentes que esas mismas clases de hoy.

Ellas obtenían una más vasta gama de aprendizaje que la hiper-especialización del intelectual moderno.

Hazañas prodigiosas de la memoria eran más comunes que extraordinarias. La mayoría hablaban y leían en varios idiomas.

Era un pobre académico aquel que no había memorizado la mayor parte de la Biblia, los Padres, y Aristóteles.

A la luz de las velas, sobre pergamino, con plumas, tinta, y muy pocos libros, consiguieron logros intelectuales sorprendentes.
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Que avergonzarían a los mejores y más brillantes, que hoy trabajan en la comodidad de grandes espacios climatizados.
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Con muchísima información a su disposición y un gran aparato en el cual procesar todo.
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Respaldados con generosas subvenciones, un título, asistentes graduados, en una burbuja intelectual compuesta por una capa espesa e impenetrable epistemológicamente.

Lo que ha aumentado entre entonces y ahora son los objetos, los hechos y la tecnología, pero no inteligencia.

 

ACUMULACIÓN DE HECHOS NO ES LO MISMO QUE EXPLICACIÓN

Los hechos crean hechos a medida que avanza el aprendizaje, y la acumulación de hechos y la diversidad de opiniones crecen con el tiempo.

Eso no es lo mismo que inteligencia, y podemos apreciar que la gran mayoría de hechos falsos y opiniones contradictorias crea un ruido molesto que obliga a la gente a dominar numerosos puntos hiper-especializados con el fin de separar la paja del trigo.

La ciencia es ejercida, por algunos, como un garrote que afirma una verdad momentánea, basada en las mejores herramientas del momento, como hecho incontrovertible e incontestable.

Hay poco lugar para la duda o la humildad cuando un intelectual moderno empieza exigiendo subvenciones y titulares proclamando un hecho, a partir de que “el género es una construcción” hasta “los niños religiosos son menos altruistas que los niños ateos”.

Algunos de nuestros “hechos establecidos” hoy, un día serán vistos tanto como tontos.

Muchos de los que afirman estos hechos “incontrovertibles” parecen no darse cuenta de esto, y creen que vamos en subida permanente en términos de conocimiento y perfección.

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LUCES Y SOMBRAS DE LA TECNOLOGÍA

El auge de la tecnología va mano a mano con esta acumulación de hechos; conforme la nueva maquinaria aumenta nuestra capacidad de procesar y recopilar hechos.

La era de las máquinas comienza a cambiar la naturaleza de la humanidad misma, exigiendo la necesidad de más y nuevas especialidades.

Trae consigo mejoras innegables para la vida en las áreas de comodidad, salud y productividad, pero esas mejoras tienen su propio aguijón en la cola.

Podemos viajar más rápido y mejor, pero más que nunca, más personas mueren a causa de los viajes.

Podemos extraer energía de un átomo para abastecer a una ciudad, o acabar con ella.

El Holocausto es inconcebible al margen de los avances tecnológicos.

Los hombres hicieron la guerra antes de la era de las máquinas, y algunas de esas guerras cobraron miles de vidas.

Hoy en día éstas pueden, y han cobrado millones. Así que no estemos demasiado orgullosos de nuestros logros.

Nuestra capacidad para crear nuevas maravillas habla del genio de la mente humana, pero va acompañado por nuestra capacidad para crear nuevos horrores, ya que la mente humana con frecuencia es regida por el pecado en este mundo caído.

Aparte de la penicilina y logros médicos similares, no se puede pensar seriamente en algún progreso que no ha traído su parte de nuevos problemas en el mundo, desde los viajes en avión a la computadora personal.

Ninguna persona viviente del siglo XIV podría siquiera concebir que 224 almas pudieran ser asesinadas al mismo tiempo por su forma de transportarse, o por su identidad, riqueza, o reputación por alguien usando un dispositivo para escribir que puede comunicarse con millones de máquinas similares al instante.

Sócrates pensaba que la tecnología radical y peligrosa llamada “escritura” nos haría débiles de la mente.

¡Y ni siquiera usó Twitter!

 

OTROS DEBATES PERO MÁS PROFUNDOS

Leemos acerca de los intelectuales medievales debatiendo solemnemente sobre el sistema ptolemaico, la brujería, los humores, u otras cosas que parecen extrañas y desacreditadas a nuestros ojos, y suponemos que esos hombres eran estúpidos.

Este tipo de pensar modernista es un enorme fracaso intelectual. En todo caso, ¿la experiencia no nos sugiere que no somos ni menos ni más inteligentes?

Un completo analfabeto de la era pre-moderna podía escuchar y entender largos y teológicamente detallados sermones, y jugar con giros lingüísticos complejos.

Los ejercicios dados a los niños pequeños en algunas escuelas podían retar la capacidad de muchos de nuestros estudiantes universitarios.

Más cerca de nuestros días, miles de personas acudieron a escuchar los debates Lincoln-Douglas en 1858, que duraban horas y se llevaban a cabo con lenguaje retórico, complejo y elevado.

Incluso la generación de nuestros padres lo hizo mejor, al salir de la escuela secundaria con el dominio de muchos temas fundamentales.

Sabían su civismo (70% de los estudiantes universitarios modernos reprobaría una prueba de educación cívica básica), tendían a lograr maravillosas hazañas de memorización, cuando los estudiantes contemporáneos olvidan cosas dichas cinco minutos antes, y tienden a derrumbarse cuando son expuestos a otros puntos de vista.

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“TIENE QUE HABER UNA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA”

Esto abre una paradoja: a medida que la acumulación de datos continúa creciendo, nuestra capacidad para procesar los datos de forma inteligente continuará disminuyendo.

Frente a un superávit de conocimiento (en gran parte superfluo o francamente falso), la información útil se ahoga.
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La relación señal-ruido del mundo moderno es mucho menor de lo que era en cualquier momento en el pasado.

Nuestra hipótesis principal frente a algo peculiar o inexplicable es: “Tiene que haber una explicación científica.”

Los materialistas modernos llevan esto aún más lejos hacia al insistir que incluso realidades que, obviamente, no se pueden reducir a materialismo puro: amor, sacrificio, libre albedrío, fe, Dios, el alma humana, conciencia, y así sucesivamente – son meramente mecánicas o inexistentes.

Eso es un nivel de fundamentalismo cientificista tan radical al que ya no se le puede hallar ninguna lógica o razón.

 

EL SENTIDO QUE DIOS LE DABA A LAS COSAS

La mente medieval sabía que Dios existía, y por lo tanto las cosas tenían sentido.

Pero algo inexplicable no necesariamente tenía sentido porque “Dios lo hizo” (o el diablo).

Había explicaciones naturales perfectamente racionales para muchas cosas misteriosas, desde la floración de las plantas hasta la locura humana y el movimiento de las estrellas.

Eran racionales no porque eran explicadas por un proceso mecánico sin sentido, sino porque fueron creadas por Dios, y por lo tanto reflejaban el orden, el amor y el poder de la mente de Dios.

Y cuando las cosas se descomponían -cuando el mal se abría paso en el mundo en la forma de enfermedades, guerras y desastres- eso también se entendía a la luz de Dios.
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Que creó un mundo perfecto, permitiéndonos entonces la libertad de hacer con ello lo que quisiéramos.
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Elegimos el pecado, y el mundo cayó.

Por lo tanto, este hombre medieval, contemplando las maravillas y horrores de su mundo – que era tanto más maravilloso y, en la mayoría de los casos, menos horrible que el nuestro – sabía que todo tendía hacia un propósito, un fin.

El significado era inherente a la vida – en la alegría o la tristeza – no porque el mundo podría ser abierto para revelar sus secretos, sino porque el mundo se originó de la mano de un Creador perfecto y racional.

Que algunos piensen que este hombre medieval era un tonto por sostener tales puntos de vista, dice mucho sobre nosotros, y nada en absoluto sobre él.

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EL CASO DE LA INQUISICIÓN

Este temperamento moderno halla justificaciones de la barbarie en instituciones medievales. Y a menudo nos encontramos pidiendo disculpas por la Inquisición.

Vemos los inquisidores como tíos torpes en reuniones familiares; nos alejamos de ellos.

Aceptamos la historia contada por los que no siempre tienen el mejor interés de la Iglesia en mente.

Cuando nos enfrentamos a acusaciones sobre la Inquisición, consentimos.

Lo hacemos por miedo, vergüenza, porque no conocemos nuestra propia historia.

Sin embargo debemos llegar a apreciar lo que los hombres de la antigüedad hicieron para preservar la verdad.

La Inquisición no fue creada con el fin de perseguir a los herejes.
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Más bien estaba destinado a proteger los derechos de las personas acusadas de herejía
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En la era pre-moderna, la herejía era vista como no sólo una ofensa contra Dios, sino como un acto de traición contra el Estado. 

Por esta razón el Estado ejecutaba herejes, no la Iglesia.

El papel de la Iglesia era llevar a cabo la investigación con el objetivo de proteger a los inocentes. Este proceso de investigación se llamó la Inquisición.

La Inquisición fue esencialmente una corte teológica. Hubo tres inquisiciones principales: la Inquisición Medieval (en contra de la herejía albigense), la Inquisición Española (formado a finales de los años 1400) y la Inquisición Romana (más tarde la Congregación de la Doctrina de la Fe).

La Inquisición medieval y la española se asocian más fácilmente con el término “Inquisición”.

La mayoría de los escritores anti-Inquisición tienen tres principales objeciones a la Inquisición:
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A) los inquisidores con frecuencia torturaban a los acusados para obtener confesiones falsas;
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B) La Inquisición daba la oportunidad a venganzas personales;
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C) La Inquisición fue responsable de la muerte de millones de víctimas. 

 

Objeción A: La tortura se utilizaba con frecuencia para obtener confesiones

Esta primera objeción es quizá la objeción más generalizada en contra de la Inquisición.

Películas, programas de televisión y obras historias populares sugieren que los inquisidores torturaban al acusado para obtener confesiones falsas, y luego utilizaban estas confesiones para ejecutar a los prisioneros.

Sin embargo, el registro histórico muestra que este no era el caso.

Aunque se permitía la tortura durante la inquisición, se utilizaba muy poco.

Reglas estrictas acompañaban la disposición que permitía la tortura.
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La tortura no podría poner en peligro la vida de los acusados, ni podría dejar una marca permanente (ni, según algunas fuentes, que el sospechoso sangrara).

Los inquisidores en realidad no infligían la tortura; autoridades civiles los hacían, con los inquisidores allí para asegurarse que las autoridades civiles no dañaban el sospechoso.

Una vez que un sospechoso indicaba su deseo de confesar, todas las torturas cesaban.
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La confesión era escrita como el sospechoso la daba, y se le leía de nuevo a él dentro de las veinticuatro horas.
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Si el sospechoso accedía a la confesión, la firmaba, y el juicio terminaba.
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Si él no estaba de acuerdo con la confesión, o revertía y se negó a retractarse de sus enseñanzas, no podía ser torturado de nuevo.

La tortura era un último recurso, cuando no había pruebas abrumadoras de que un sospechoso no confesaba la culpabilidad.

Una confesión auténtica era necesaria para cualquier veredicto.

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Objeción B: La Inquisición era en gran parte una herramienta para venganzas personales

Otra afirmación que los defensores anti-Inquisición hacen es que incluso si las torturas eran pocas y distantes entre sí, la corrupción humana, siendo lo que es, permitía a la Inquisición ser una herramienta de venganza y venganzas personales. 

Tiene sentido que este fuera el caso, ya que vemos la corrupción en la mayoría de las instituciones humanas.

Al examinar los registros históricos, sin embargo, muestran que no sólo no era el caso, sino que se establecieron procedimientos de la Inquisición para evitar este tipo de abusos.

Los inquisidores no sólo recogían informes de herejías locales, sino que también recogían información sobre los herejes, incluyendo listas de enemigos de los herejes y otras fuentes, normalmente proporcionadas por los acusados.

Si alguno de esos enemigos testificaba en contra del acusado, la evidencia era considerada como poco fiable. 

Se requerían dos testigos confiables para proceder con el juicio y la falta de pruebas desestimaba muchos casos, en estas primeras etapas.

Si el juicio procedía y el sospechoso era declarado culpable de herejía, tenía el derecho de apelar al Papa para un nuevo juicio. 

Todas estas disposiciones protegían al sospechoso de abuso por parte de los inquisidores durante el juicio.

Si un inquisidor mostraba signos de abusar de su posición, se enfrentaba a un despido inmediato.

La Iglesia no toleraba tal abuso.

 

Objeción C: Hubo millones de víctimas de la Inquisición

Incluso si no hubo otros motivos siniestros, el alto número de muertos, millones de personas, debería ser suficiente para justificar la condena de la Inquisición. 

Los informes de un número muy elevado se lanzan con frecuencia en las narrativas históricas populares.

Sin embargo, al igual que con las dos objeciones anteriores, las reclamaciones contra la Inquisición no se basan en la historia.

Se produjeron ejecuciones, como se señaló anteriormente, por las autoridades civiles; sin embargo, fueron sorprendentemente raras, sobre todo teniendo en cuenta el número de ejecuciones llevadas a cabo por otras razones en Europa.

Bernard Gui, el más famoso inquisidor de la Inquisición medieval, presidió 930 casos de herejía durante sus diecisiete años como gran inquisidor (1306 a 1323); de esos 930 casos, sólo en cuarenta y dos terminó con ejecuciones, alrededor del 5% de sus casos.

Torquemada, el famoso inquisidor durante la primera Inquisición española, tuvo un récord aún más bajo: ejecutó sólo el 1% de los herejes.
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El número de muertos de la Inquisición es en gran medida una calumnia, exagerada.

Si alguien trata de atacar a la Iglesia invocando el fantasma oscuro de la Inquisición, debemos acercarnos con caridad y comprensión, dejando las cosas claras, para que, una vez que se hable del registro histórico.

Del mismo modo, también deberíamos actuar con serenidad, caridad y firmeza para explicar cómo era la cultura medieval y desacreditar las caricaturas modernistas que se hacen sobre ella.

Fuentes:

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