El Señor de los Anillos es apreciada como la mejor obra de ficción del siglo XX.

Y es un honor para los cristianos saber que tiene un fuerte trasfondo de fe.

Tolkien, su autor, se caracterizó por su catolicismo tradicional.

Y su búsqueda de la excelencia.

El Señor de los Anillos

Su búsqueda por la excelencia le llevó a manifestar su desprecio por la película animada de Disney, Blanca Nieves.

Y es muy didáctico para todos nosotros saber por qué reaccionó negativamente ante Blanca Nieves.

“Toda mi percepción de la belleza tanto en la majestad como en la simpleza está fundada sobre Nuestra Señora”. J.R.R. Tolkien

 

GENIO CRISTIANO

J.R. R. Tolkien fue un escritor, poeta, filólogo, lingüista y profesor universitario británico, conocido principalmente por ser el autor de las novelas clásicas de fantasía heroica El Hobbit y El Señor de los Anillos.

El gran éxito de sus obras cuando se publicaron en Estados Unidos condujo directamente al resurgimiento popular de dicho género literario.

Esto ha causado que Tolkien sea identificado popularmente como “el padre” de la literatura moderna de fantasía, o más concretamente, de la alta fantasía.

Su mitología la desarrolla en la Tercera Edad del Sol de la Tierra Media, un lugar ficticio poblado por hombres y otras razas parecidas al humano, entre ellas:

Los hobbits, los elfos o los enanos, así como por muchas otras criaturas reales y fantásticas.

El Señor de los Anillos narra el viaje del protagonista principal, el hobbit Frodo Bolsón, para destruir el Anillo Único y la consiguiente guerra que provocará el enemigo para recuperarlo.

Su universo está perfectamente estructurado y es muy recordado por sus lectores con la siguiente frase:

“Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.

Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras”.

J.R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos

En el plano espiritual, Tolkien fue un devoto católico, y así se sintió el instrumento de la conversión de C. S. Lewis del ateísmo al cristianismo.

Sin embargo, se decepcionó cuando éste se volvió anglicano (iglesia a la que Tolkien se refería como “una patética y oscurecedora mezcolanza de tradiciones medio recordadas y creencias mutiladas”), en lugar de católico.

Su incorruptible fe queda plasmada en su frase:

“Fuera de la oscuridad de mi vida, muy frustrada, Yo te recomiendo la más grande obra de amor en la tierra:

El Santísimo Sacramento, en Él encontrarás romance, gloria, honor, fidelidad, y el verdadero camino de todos tus amores en la tierra”.

Y su obra con esta otra:

El Señor de los Anillos es, por supuesto, fundamentalmente una obra religiosa y católica; inconscientemente al principio, pero conscientemente en la revisión”.

Maléfica de Disney, 2004

 

LA IMPORTANCIA DE NO DAR PRODUCTOS MEDIOCRES O VULGARES

Teniendo tan altas convicciones cristianas, estos autores también tenían altos estándares de calidad para el arte que producían.

Un tema reciente en el portal “Atlas Obscura” ha atraído la atención de los fans de la ficción.

Se ha revelado que Tolkien y el célebre apologista cristiano C.S. Lewis (Las Crónicas de Narnia) reprobaron la obra maestra animada de Disney, “Blanca Nieves y los Siete Enanitos” (1937).

Para cualquiera que conozca sobre los temperamentos de Tolkien y Lewis esto no ha de ser sorpresa.

Es imposible imaginar al maestro creador de mundos, Tolkien (famoso por ser un purista cascarrabias), aprobar una obra tan ligera.

Dicho sea de paso que también hizo público su descontento con la obra de su amigo Lewis en las Crónicas de Narnia por no llenar sus expectativas.

Al referirse a Blanca Nieves el legendario creador de la Tierra Media exclamó con sarcasmo:

“Lo raro es que ellos consideran que lo comercializado es casi sacrosanto”.

La situación se vuelve interesante cuando se descubre que Lewis (amigo y admirador de Tolkien) también desaprobó la emblemática obra de Disney, la que calificó como “vulgar” a pesar de otros aspectos positivos en el filme.

Después de todo incluso existe la leyenda urbana que relaciona los nombres de los enanos en la película con los siete pecados capitales, sin que esta haya sido la intención original de Walt Disney o los escritores.

Doc (Sabiondo), representaría a la soberbia, el deseo de recibir altos honores y gloria a cualquier costo, creerse superior a los demás. La humildad es la virtud para vencerla.

Estornudo, la avaricia, el deseo desmedido de acaparar las riquezas materiales, sin importar el daño causado al prójimo. La generosidad es la virtud necesaria para vencerla.

Tontin, la lujuria, el apetito sexual que nos convierte en esclavos y tontos. El autocontrol y la castidad logra el dominio de los apetitos sexuales.

Gruñón, la ira, que genera la dificultad para aceptar contrariedades o vivir en permanente descontento y odio a los demás. La paciencia es la virtud para vencerla.

Feliz, la gula ante la comida y la bebida. La templanza es lo que permite la moderación en el comer y beber.

Tímido, la envidia, el vivir resentido por las cualidades, bienes o logros de los demás. La caridad conlleva a desear y hacer siempre bien a los demás.

Dormilón, representaría la pereza, el desgano por obrar en el trabajo o por responder a los bienes espirituales y hacer el bien a los demás. La diligencia promueve el hacer el bien sin mirar a quien.

Lo cierto que este pensamiento quedó plasmado en un espectáculo llamado “Blancanieves y los siete pecados capitales (oratorio profano)” de 1969 por el grupo de artistas argentinos llamados Les Luthiers.

Ahora bien, ser tan rudo para despreciar la película por esto último puede pasar como extremismo, y tratar de buscar “tres pies al gato” y así es.

Pero independientemente de la leyenda urbana que se ha inventado con el pasar del tiempo, está la opinión que estos escritores que la descalificaron por no ser concisa.

Y no es capricho, o por invención escandalosa, sino desde el trasfondo de sus convicciones de excelencia para la producción literaria.

Ambos como cristianos y artistas comprometidos sabían que el valor argumental debe ir de la mano con el moral y artístico, cuando falta uno de estos aspectos se considera a una obra como mediocre.

Teniendo en cuenta esto, desde ya podemos intuir, si estuvieran con vida, su rechazo ante las nuevas variantes de los cuentos de hadas que han surgido últimamente.

Éstas toman sutiles ataques a la Iglesia o la inmoralidad para envenenar las historias clásicas con el pretexto de “actualizarlas”.

Si no les gustó Blanca Nieves por su contenido ligero y relativo, qué hubieran pensado los más grandes autores de ficción del siglo XX sobre las versiones retorcidas de Maléfica (2014) o La Bella y la Bestia (2017).

Urge promover un resurgir de los valores universales en las historias de entretención.

 

LA IMPORTANCIA DE LA FE EN LOS CUENTOS DE HADAS

Tolkien predicó esto con el ejemplo, con su literatura, él discernió el papel pedagógico y social de los cuentos de hadas.

En un principio este autor batallaba con la idea de conciliar estos escritos con los valores cristianos, fue hasta su encuentro con los poemas cristianos del siglo VIII llamados Chist I, que se convenció de “bautizarlos”.

En estos antiguos poemas de vívida imaginación se replanteaba el adviento del Nacimiento de Nuestro Señor con formato épico.

Fue entonces cuando a pesar de no creer que las historias de hadas y los mitos paganos fueran literatura de verdad, los consideró primordiales en el sentido de identidad nacional, y necesarios para la evolución espiritual.

Para Tolkien, este mundo mítico fue “precursor” de un mundo cristiano en el cual el conflicto entre Dios y el diablo era el aspecto más notable del héroe pagano.

Fue ésta la edad heroica de sus ancestros, una luz espiritual antes de la llegada del cristianismo.

Es por esto que el universo ficticio de Tolkien está regido por Dios, El único.
.
Por debajo de Él, en la jerarquía están los Valar, guardianes del mundo, que no son dioses sino potencias angélicas, sagradas en sí y sujetas a Dios.

Así fundió su mitología en este molde porque deseaba que fuera remota, extraña, y que al mismo tiempo no fuera del todo mentira.

Deseaba que sus relatos mitológicos y legendarios expresaran su propia visión moral del universo; y como buen cristiano, no podía situar esta visión en un cosmos donde no estuviera el Dios que él adoraba.

Los personajes y las tramas del Hobbit, El Señor de los Anillos y el Silmarillion claramente reflejan los principios fundamentales del catolicismo:

El sufrimiento como redención, la resurrección, la humildad que vence a la soberbia, el ennoblecimiento de los humildes, el perdón de los enemigos, el amor al prójimo, la fe, el libre albedrío, el final feliz utópico.

Tolkien creía sinceramente que, en la historia de Cristo, la mitología y la historia se unían y se fusionaban.

En sus escritos encontramos esta frase:

“Porque esta historia es suprema; y es verdad, lo ha verificado el arte. Dios es el Señor, de los ángeles, y de los hombres —y de los duendes”.

Beso final en la trilogía de películas de El Señor de los Anillos, ¿Representación de la boda mística de Cristo con la Iglesia? – “El evangelio no ha derogado las leyendas, sino que las ha santificado, especialmente el final feliz”. J.R.R. Tolkien

Aquí es donde se da la importancia del mito: sólo a partir de la “prefiguración” de historias paganas milagrosas, la imaginación humana podría haber sido preparada para aceptar la verdad y el milagro histórico de Jesucristo.

Este es el llamado actual a los cristianos para generar contenido de calidad, que no excluye la ficción ni el entretenimiento para comunicar el mensaje salvífico del Evangelio.

Los católicos no debemos menospreciar ningún medio para proclamar la Buena Nueva.

Y pudieran haber personas que consideren superfluos estos medios, pero incluso el célebre pensador católico G.K. Chesterton defendió estas artes, y sobre todo, la soberbia de quienes las desprecian sin conocerlas.

En los siglos pasados, la clase educada ignoró la simpleza ordinaria de la literatura vulgar.

Ignoraron, y por lo tanto no lo despreciaron propiamente.

La simple ignorancia e indiferencia no hace honor ni siquiera a la soberbia.

Un hombre no camina por la calle dando una voltereta altiva a sus bigotes ante el pensamiento de su superioridad ante una cierta variedad de peces de aguas profundas.

Los viejos eruditos dejaron todo el submundo de composiciones populares en una oscuridad similar.

Hoy, sin embargo, hemos invertido este principio. Despreciamos las composiciones vulgares, y no las ignoramos.

Estamos en peligro de volvernos mezquinos en nuestro estudio de la mezquindad;

Hay una terrible ley Circense (graciosa por la ironía) en el fondo, que si el alma se inclina demasiado ostentosamente para examinar cualquier cosa nunca se levanta de nuevo”.

Queremos grandes cosas, pero no apreciamos que quizá estén en las menos valoradas, y buscamos grandeza sólo en la pomposidad o buena manufactura que no es garantía de contenido digno.

Pidamos al Espíritu Santo que fructifique la creatividad y el talento de los artistas, especialmente los cristianos, para que nunca falten buenas, hermosas y valiosas obras de arte para la evangelización.

“Señor, Tú que concedes a los artistas inspiración para plasmar la belleza, que de ti procede, haz que con sus obras aumente el gozo y la esperanza de los hombres”.

Fuentes:


Informe Redactado por Marvin Marroquín
Estudios en arquitectura, filosofía, teología y apologética

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