La humildad es la base de la vida espiritual.

Y sin ella nunca avanzaremos en santidad.

En cambio el narcisismo es la base de materialismo.

Y si no nos apartamos del él iremos en sentido contrario a los designios de Dios.

Pero es fácil extraviarse porque entre la humildad y el narcisismo no hay una frontera bien entendida.

Y a veces nuestra práctica de la humildad está llena de narcisismo u orgullo disimulado

En este artículo tratamos sobre lo que es la humildad y como cultivarla.

En este artículo utilizamos el narcisismo y el orgullo como términos intercambiables.

Antes de hablar sobre la humildad, que es la meta de todo cristiano, definamos el narcisismo a través de retratar como son los narcisistas.

 

EL CONTRARIO DE LA HUMILDAD ES EL NARCISISMO

Es el punto máximo del orgullo y de la arrogancia.

Es una epidemia que se ha desatado en el siglo XXI. Es uno de los desórdenes de personalidad que ha crecido más en los últimos tiempos.

Es profundamente destructivo porque apaga la caridad, divide a las personas, rompe las familias y los matrimonios, y conduce al egoísmo.

Ya hay algunos que consideran que más que un trastorno de personalidad es una especie de posesión light.

Los narcisistas son incapaces de ver las cosas desde la perspectiva de otra persona.

Sufren delirios de grandeza y de infalibilidad.

Y son tan altamente competitivos como inseguros.

El narcisismo está en la base del materialismo y de males como el aborto y el abuso sexual.

¿Cómo podemos identificar un narcisista?

  • Los síntomas incluyen estas descripciones
  • Sentirse superior a otras personas.
  • Preocupación por las fantasías de riqueza, poder, fama y alabanza pública.
  • Priorizar la competencia sobre la cooperación.
  • Actitudes cínicas hacia aquellos que actúan desinteresadamente o expresan creencias idealistas.
  • Falta de empatía y comprensión de los motivos ajenos.
  • Incapacidad para ver sus propios defectos o admitir cuando están equivocados
  • Creencia que sus intereses son más importantes que los intereses de otras personas.
  • Hábito de dividir el mundo en ganadores y perdedores.

Y en términos emocionales podemos ver que tienen,

  • Necesidad de atención constante y halagos.
  • Sentimientos frecuentes de envidia y resentimiento.
  • Impaciencia y un temperamento rápido.
  • Extrema sensibilidad a la crítica.
  • Incapacidad de adaptarse al cambio sin sentir rabia o frustración.
  • Sentimientos no reconocidos de inseguridad, vergüenza, vulnerabilidad.
  • Malhumor, a menudo acompañado de signos de depresión.
  • Miedo profundo de estar indefenso o impotente
  • Un deseo obsesivo de venganza contra cualquier persona percibida como un enemigo.
  • Cambios drásticos en el estado de ánimo pasan de un momento encantador a uno intensamente hostil al siguiente.

Y en sus relaciones,

  • Presumen y alardean (y algunas veces mienten) sobre sus logros.
  • Hacen todo lo posible para evitar asociarse con personas que consideren debajo de ellos.
  • Dominan las conversaciones interrumpiendo constantemente y negándose a permitir que otros elijan los temas de discusión.
  • Insultan o degradan a otras personas como una forma de verse mejor.
  • Gratifican a quienes los adulan, y critican o denigran a quienes los critican.
  • Reacciona con indignación y ofensa cuando se hacn comentarios humorísticos hacia ellos, o si son objeto de burlas.

   

QUE ES LA HUMILDAD

La humildad es el antídoto al narcisismo y la base de nuestra vida espiritual.

Porque el orgullo es nuestro pecado más grave.

Por lo tanto necesita un remedio fuerte y por eso la humildad no es fácil de aceptar y hay que trabajarla arduamente.

Podemos definir la humildad como la virtud moral que evita que una persona vaya más allá de sí mismo.

Frena el deseo ingobernable de la grandeza personal.

Y ordena a las personas en un amor fecundo a sí mismas y respecto a Dios y a los demás.

En términos religiosos, reconoce la total dependencia hacia Dios.

Y en términos humanos, reconoce la igualdad de las demás criaturas con respecto a uno mismo.

La humildad tiene dos opuestos el orgullo, que es la sobre valoración de uno mismo.

Y la inmoderada auto-abyección, que peca por no reconocer los dones que Dios le dio a cada persona.

La palabra humildad viene del latín humilitas, que a su vez viene de humus o sea de la tierra.

Esto implica reconocer que no somos más que polvo que Dios tomó y modeló.

   

TRES MITOS SOBRE LA HUMILDAD

La humildad es mal entendida por muchos que piensan que significa auto desprecio.

Y por eso han fabricado 3 argumentos que son falaces.

1, que las almas humildes carecen de confianza.

Sin embargo las almas seriamente humildes saben que su vida depende de Dios.

Y que no deben valorar las cosas que pasan, si no valorar lo que el Señor les da.

Las personas más humildes son en realidad las que tienen más seguridad, porque apuntan al verdadero foco de la gracia.

En cambio muchas veces el orgullo de las personas orgullosas es consecuencia de una compensación por su inseguridad.

2, que una persona humilde no es atractiva para los demás.

Este es un error porque la persona realmente humilde se orienta hacia los demás y escucha a los demás.

No se enfoca en sí misma ni intenta verse bien ante los demás.

Y en este sentido va a ser más valorada por los otros porque los atiende y entiende.

3, que las personas humildes tienen una falsa humildad.

A veces puede suceder, pero esto es fácilmente reconocible cuando la persona proclama orgullosamente su humildad.

El verdaderamente humilde no está buscando elogios, sino que se demuestra humilde porque cree que eso es lo correcto.

Y esconde su humildad.

   

LA ESCRITURA Y LOS SANTOS RESPECTO A LA HUMILDAD

Veamos cómo conceptualizan la humildad los santos.

La humildad es un tipo de llave que elimina el orgullo y nos hace capaces y en forma para recibir la gracia.

Santiago escribe: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (Santiago 4: 6).

La humildad parece ser una contradicción y, sin embargo, Jesús era manso y humilde de corazón (Mateo 11:29).

“Se vació a sí mismo, tomando la forma de un siervo, y se hizo a semejanza de los hombres” (Filipenses 2: 7)

El mundo no valora ni comprende el poder de la humildad, pero nosotros sí, porque fue lo que Jesús usó para salvarnos.

“Así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28).

“Fue el orgullo lo que cambió a los ángeles en demonios; es la humildad lo que hace a los hombres ángeles”. (San Augustín)

De modo que el diablo prefirió abandonar el Cielo por la eternidad en el Infierno en lugar de humillarse ante su creador.

La humildad habría protegido a Adán y Eva de pensar que podrían desobedecer a Dios y llegar a ser como él.

A San Juan María Vianney, el diablo le dijo:

“Puedo hacer todo lo que haces, también puedo hacer tus penitencias, puedo imitarte en todo.

Sin embargo, hay una cosa que no puedo hacer, no puedo imitarte con humildad.

Es por eso que te derroto”, respondió el santo.

La humildad como virtud es el buen hábito por el cual una persona tiene una estimación modesta de su propio valor y se somete a los demás, de acuerdo con la razón.

Santo Tomás dice: “… la humildad es una cualidad por la cual una persona que considera sus propios defectos tiene una humilde opinión de sí mismo y voluntariamente se somete a Dios y a los demás por el amor de Dios…

La virtud de la humildad consiste en mantenerse dentro de los propios límites, no llegar a las cosas que están por encima de uno, y someterse a su superior”.

   

FUNDAMENTOS DE LA HUMILDAD

La humildad significa reverenciar la verdad acerca de nosotros mismos.

O sea, ni valorarnos excesivamente ni despreciarnos demasiado.

Sino reconocer los dones que Dios nos proveyó.

También es aceptar la verdad respecto a los demás.

Y la verdad significa que uno no tiene todos los dones que Dios ha dado para la creación.

Tiene algunos dones, pero no los adquirió pos sí mismo, sino que fueron una donación de Dios.

Dios te dio una serie de dones y luego suscitó una serie de acontecimientos en tu vida que te ayudaron a desarrollar los dones y las habilidades prácticas que Ellos suponían.

Sólo el pueblo de Dios en su conjunto tiene la completitud de los dones.

   

LA HUMILDAD ANTE DIOS

Somos pequeños y pobres, nada más que polvo y agua amasados por la gracia de Dios.

Él fue el que encendió la misteriosa chispa de la vida en nosotros.

Y por lo tanto debemos reconocer que somos totalmente dependientes de Él.

Él nos sacó del polvo en un acto puramente gratuito.

Y por lo tanto le debemos la existencia, a pesar que nuestros padres fueron el conducto ejecutor de ese acto de gracia.

La humildad también significa reconocer que carecemos de significado o propósito si no fuera por Dios.

Y que Dios no solamente nos ha dado una dirección, sino que nos ha revelado el significado de nuestra vida humana a través de las escrituras y el magisterio de la Iglesia.

Esto difiere radicalmente con los ateos que consideran que la vida no tiene significado, propósito o sentido.

Ellos consideran que todo ha sido fruto del azar y que cada uno de nosotros es dueño de su destino.

Sin embargo los cristianos creen que podemos aprender lo que Dios quiere de nosotros, si obedecemos lo revelado en las escrituras y se lo preguntamos.

Debemos buscar humildemente el proyecto que Dios tiene para nosotros y por el cual Él nos creó individualmente.

Esa constituye la verdad para cada uno.

Es un reconocimiento que no somos nada sin Él. Y que ningún buen fruto en nosotros puede suceder sin Su gracia.

Por lo tanto los dones que Dios nos ha dado deben ser estimados por sobre todas las cosas.

También debemos diferenciar la humildad hacia Dios y la humildad hacia los demás.

   

HUMILDAD HACIA LOS DEMÁS

El primer acto de humildad hacia los demás y hacia Dios es admitir que somos pecadores.

Que por el pecado original somos atraídos por lo malo y resistimos lo que es bueno.

Que nuestra voluntad es caprichosa, obstinada e inconsistente.

Y que la oscuridad en nuestra mente se aparta del sentido común y la verdad.

Para solucionar esto debemos buscar la verdad.

Y parte de la verdad es que nuestros prójimos tienen también dones que Dios les ha dado y que deben ser respetados.

Algunos dones son similares a los nuestros y otros son diferentes y complementarios.

Cada uno de nosotros no tiene el repertorio completo de dones, sino que tiene una parte de ellos.

Pero juntos los tenemos todos.

De modo que esto nos debería llamar a cultivar respeto mutuo y la humilde sumisión.

Porque en definitiva es reconocer nuestra humildad hacia Dios, que quiere que todos seamos parte de uno, que es su creación.

La verdadera humildad entonces significa humillarnos ante los demás porque Dios está en ellos.

Y hay que cuidar que no se trate de humildad por un mero respeto, adulación humana o por los logros mundanos que tuvieron.

Ni tampoco se relaciona con la falsa humildad expresada en la noción moderna de “¿quién soy yo para juzgar?”.

La cual es una manifestación de tolerancia que evita buscar la verdad y conformarse respecto a ella, siendo una especie de pereza moral.

La verdadera humildad significa estar dispuesto a ser corregido por los demás y a corregir a los demás en base a la verdad.

Y no la falsa tolerancia del lenguaje políticamente correcto.

   

HUMILDAD RESPECTO AL CONOCIMIENTO

Hoy el conocimiento se considera un derecho. La prensa habla de “derecho a saber”.

Pensamos que tenemos derecho a saber cualquier cosa, sin embargo hay una curiosidad que es pecaminosa.

En algunas áreas no lo es tanto por ejemplo en temas políticos y sociales.

Pero cuando llega al derecho a saber sobre las vidas privadas ahí sí es pecaminoso, porque atenta contra el misterio de la vida de cada uno.

Hay cosas que no nos incumben y no debemos inmiscuirnos en la vida de los demás, porque nos lleva al chisme.

Aunque lo hacemos porque en el fondo pensamos que el conocimiento nos da poder y control sobre los demás.

Pero Dios, sabiendo esto, pone un velo de misterio sobre algunas cosas que deberíamos respetar.

Hay cosas demasiado grandes para nosotros y debemos acercarnos a ellas con la humildad, de que si Dios quiere que la sepamos, Él nos conducirá hacia ello.

Pero debemos admitir también que esto es difícil de calibrar.

Y a veces nos podemos negar a conocer determinadas cosas por miedo o falsa humildad.

   

HUMILDAD POR EXCESO Y POR DEFECTO

La virtud es un término medio entre el exceso y el defecto.

Y por lo tanto la virtud de la humildad está en el término medio.

Veamos dos excesos de la humildad.

Demasiada obsequiosidad, que pueden servir para mimar el orgullo en otros a través de la adulación o alentar sus pecados de tiranía, arrogancia y arbitrariedad.

Demasiada abyección de uno mismo, en la que uno desdeña los dones de Dios.

Despreciar los dones no está al servicio de la verdad y deshonra al dador.

También puede limitar la utilidad de uno para los demás al ocultar o limitar lo que Dios quiere que se comparta y se use para otros.

Dos santos han puesto el justo término sobre la humildad.

La Madre Teresa de Calcuta manejaba una lista de maneras de cultivar la humildad para las Misioneras de la Caridad

Habla lo menos posible sobre ti.

Mantente ocupada con tus propios asuntos y no con los de los demás.

Evita la curiosidad (se refiere a querer saber cosas que no deberían interesarte).

No interferir en los asuntos de los demás.

Acepta pequeñas irritaciones con buen humor.

No pienses en las fallas de los demás.

Acepta censuras incluso si no parecen correctas.

Cede a la voluntad de los demás.

Acepta insultos y lesiones.

Acepta el desprecio, ser olvidada y desatendida.

Sea cortés y delicada incluso cuando te provoque alguien.

No busques ser admirada y amada.

No te protejas detrás de tu propia dignidad.

Cede en discusiones, incluso cuando tengas razón.

Elige siempre la tarea más difícil.

Santo Tomás enumera conductas de humildad pensando en la vida monacal.

Ser humilde de corazón, pero también mostrarlo en la propia persona, con los ojos fijos en el suelo; uno debe reprimir el aspecto arrogante.

Hablar pocas y sensatas palabras y no ser fuerte de voz; uno no debe ser inmoderado en el habla.

No ser movido fácilmente a la risa; uno debe controlar la risa y otros signos de alegría sin sentido o degradantes.

Mantener el silencio hasta que se le pregunte; uno no debería tener prisa para hablar.

No hacer nada excepto como lo exhorta la regla común del monasterio o comunidad; en el trabajo uno rara vez debería apartarse de la manera ordinaria.

Creer y reconocerse a uno mismo como un pecador más grande que todos; a este respecto, uno debe considerar la propia pecaminosidad primero.

Suponerse insignificante e inútil para la mayoría de los propósitos; uno debería considerarse menos que plenamente capaz de grandes cosas.

Confesar el pecado de uno; uno debe experimentar su pecaminosidad con compunción.

Abrazar la paciencia obedeciendo bajo circunstancias difíciles y contrarias; no se debe disuadir a causa de las dificultades de la obediencia.

Someterse a un superior; uno debe regular su propia voluntad de acuerdo con el juicio de un superior legítimo.

Evitar el deleite excesivo en el cumplimiento de los propios deseos; uno no debe insistir en la propia voluntad.

Temer a Dios y estar siempre atento a todo lo que Él ha ordenado.

Para algunos estos actos descritos de humildad pueden ser muy pesados.

Por lo tanto quizás sea bueno comenzar de a poco, hasta llegar a cultivar grados más altos de humildad.

Deberíamos orar por la gracia de la humildad, por comprender que no somos nada y que nuestro bienestar procede únicamente de Él.

Reconoce tu nada meditando sobre la grandeza de Dios.

Desconfía de ti mismo, porque los santos dicen que cada pecado que cometemos es debido a nuestro orgullo y confianza excesiva en nosotros mismos.

La desconfianza en uno mismo es indispensable para el combate espiritual y para vencer nuestras pasiones desordenadas.

Piensa mejor de los demás, porque cuando estamos orgullosos inevitablemente pensamos que somos mejores que otros.

Thomas Kempis dice “no pienses que eres mejor que los demás, no sea que te consideren peor delante de Dios, que sabe lo que hay en cada hombre”.

Obedece a tus superiores legítimos, porque la desobediencia es una rebelión, como la de satanás y sus ángeles caídos.

Y quizás lo más difícil es aceptar humillaciones, aunque son la forma más efectiva de aprender humildad.

Muchos piden a Dios que los haga humildes, pero pocos quieren ser humillados.

Por lo tanto debemos también aceptar los medios para crecer en humildad.

Tenemos que ser conscientes que no poseemos nada por nosotros mismos salvo el pecado.

Este dolor de la humillación nos debe llevar a la verdadera humildad y no hacia la humildad superficial.

Fuentes:


Equipo de Colaboradores de Foros de la Virgen María

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