Varias leyendas se han creado alrededor de la Virgen de Guadalupe de Ayquina, Chile, la que tiene gran cantidad de fieles.
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El 12 de diciembre de 1646 marca la primera aparición que no se sabe cuántas veces se repitió ni en qué fechas precisas. Aún cuando la tradición indica que se vuelve a aparecer cada año el día de su festividad, que se celebra, por lo menos desde el siglo XVIII, el día 8 de septiembre.

Ayquina es un oasis ubicado a orillas del desierto de Atacama, el más árido del planeta, a 75 kilómetros de la ciudad de Calama. En Ayquina el Carnaval de la Virgen se ha hecho legendario.

Y la aparición premeditada de la Virgen en su sombra agrandándose en las arenas más secas doradas, alguna vez, debe verse.

Ayquina es un poblado que permanece casi abandonado todo el año (censo: 80 vecinos en 1992), pero a comienzos de septiembre llegan miles de personas (unas 50.000 en 1995): quienes desde diversos lugares de Chile, Perú, Bolivia y Argentina acuden a celebrar la aparición milagrosa de una bella señora pequeñita, que se transformó en estatua para cuidar a los pocos del pueblo, que de tanta soledad, andaban como queriendo devolverse a la distancia.

El día 8 de septiembre, a 3.000 metros de altura envuelto entre el desierto y los altos Andes, Ayquina amanece en un solo baile religioso, que interpretan los disfrazados según sus razas, y que han coincidido en la garganta natural para saludar a la Virgen que allí se venera. Los peregrinos llegan tres o cuatro días antes, y los últimos se marcharán el día 9 ó 10. Pero la Fiesta Grande es el 8.

Las cien casas del pueblo que abren sus puertas a los visitantes, son modestas y limpias, de puerta engarzada entre pura piedra pulida, como son los pueblos del desierto, que le hacen lucha a la arena 365 días al año.

 

UNA HISTORIA

Una leyenda cuenta de un niño que pastoreaba los corderos de sus padres en los campos de Ayquina. Un día vino una señora muy bonita y se puso a jugar con el niño. Pero los corderos se le desparramaron por todas partes y se le hizo tarde. Cuando llegó a su casa sus padres lo retaron. Al otro día pasó lo mismo, y todos los días, aunque sus padres lo castigaban, llegaba tarde a su casa, decía que los corderos se le desparramaban y que le hacían andar mucho.

Un día el padre salió al campo detrás del niño para ver qué hacía y vio que su hijo jugaba con un niño que salió de un árbol. Se acercó para retarlo pero de pronto vio a su hijo solo, porque el niñito había desaparecido y no lo volvió a ver. Se extrañó mucho y preguntó a su hijo quién era el niño con quien estaba jugando, pero éste le respondió que no sabía. El hombre se acercó al árbol de donde lo había visto salir y encontró escondida una imagen de la Virgen con el niño.

Llegó también la gente de Turi y reconocieron que era la misma imagen de la Virgen de su iglesia que se había perdido por mucho tiempo. Entonces, en andas se la llevaron a su iglesia. Pero cada noche la Virgen volvía al árbol donde la habían encontrado. Al fin la gente de Turi se conformó y allá mismo en el lugar que fue hallada construyeron una capilla, porque sabían que la Virgen quería estar en ese lugar, y es donde ahora está el templo en el pueblo de Ayquina.

 

UNA VARIANTE

Hora y media de viaje en camión desde Calama, por un largo camino de tierra; prolongada pendiente en el río Salado; las vegas de Turi, y, a la vera del camino Ayquina. En el fondo de una angosta grieta, una pequeña planicie agrupa al poblado, ubicado a unos 300 kilómetros de Antofagasta y a 3.100 metros sobre el nivel del mar.

Allí existe un santuario levantado en homenaje a la Virgen de Guadalupe, construido hace cerca de un siglo y varias veces ampliado. Las casas que lo rodean se elevan por las paredes rocosas, destacándose la escuela básica construida hace 20 años por Rotary Club de Chuquicamata.

Un día cualquiera, en la segunda mitad del siglo pasado, mientras los pastores hilaban la frágil lana en las domésticas pushkas, sentadas al abrigo de los muros rocosos de la quebrada, sus pequeños hijos –compañeros de caminatas y soledades- jugaban corriendo y saltando chilcas, cortaderas y acequias. En un pequeño brazo lateral de la quebrada, precisamente donde está ubicada la iglesia de Ayquina, los niños humanizaban el paisaje con sus gritos y sus risas.

En dicho lugar había una pequeña vertiente rodeada de abundante vegetación herbácea autóctona, entre esas chilcas y cortaderas un hijo de Casimiro de Panire encontró una imagen de la Virgen de Guadalupe.

El niño llevó el hallazgo a su padre, el cual residía en el caserío de Panire.
Casimiro llevó la imagen a su poblado y allí la ubicó en un lugar de honor en un pequeño oratorio. Sin embargo, al despertar al día siguiente, la imagen había desaparecido.

Buscaron la imagen por todos los rincones de la vivienda y en todas las casas de Panire. Desesperaban los vecinos ante el significado que tendría para el poblado y sus vecinos la inesperada perdida de la Virgen. Tímidamente, alguien sugirió que ella podría haber regresado a la vertiente donde fue encontrada anteriormente. Los vecinos dirigieron sus pasos hacia la quebrada. Y una vez allí, Casimiro preguntó a su hijo por el sitio donde había encontrado a la Virgen, a lo que el niño respondió: -Aquí ná.

Efectivamente, allí en medio de los montes se encontraba la imagen. Con ella cuidadosamente protegida, regresaron a Panire. Al día siguiente por segunda vez la Virgen había desaparecido.

Ahora lo extraordinario fue que ella dejó sus pasos nítidamente marcados sobre el blando suelo. Con profundo recogimiento todos los vecinos salieron hacia la vertiente ahora denominada Ayquina procedieron a desmalezar el sitio, desecarlo y emparejar el terreno para luego construir una iglesia, ante el manifiesto deseo de la Virgen de residir definitivamente en la quebrada.

Los pobladores de Panire emigraron al abrigo incierto del volcán al calor de la Virgen, y dieron vida a un nuevo poblado andino. Muchos vecinos han insistido en señalar que, dentro del corazón de la imagen de la Virgen de Guadalupe de Ayquina que actualmente se venera en el interior de El Loa, se encuentra la imagen primitiva.

 

OTRA VARIANTE

Casimiro Saire era un niño pastor, como es la ocupación de la generalidad de los niños todavía en los poblados del desierto. Sus padres, entonces, enviaban a Casimiro todos los días a pastorear los animales de la familia en las hierbas que crecen a orillas de las aguas que corren ocultas en el fondo de las cañadas.

La mañana del 12 de diciembre de 1646, el niño dejó de prestar atención a su antiguo oficio: cuando se encontró en el camino arenisco, como surgida de las arenas desérticas, a una mujercita no más alta que él. Era una Virgen lucísima. Y se hizo su amiga. La Virgen pequeñita era tierna y con voz muy dulce invitaba al pequeño Casimiro a jugar mientras le narraba historias encantadoras.

Otra mañana el niño llevó a sus hermanos para que la conocieran, y pronto todos los otros niños pastores iban a saludar a la virgencita. Cuando se enteraron los adultos, generalmente escépticos ante estas cosas, no creyeron a los niños hasta cuando les escucharon decir bellas narraciones que repetían. Los acompañaron al lugar y, con sorpresa, encontraron en el camino una diminuta imagen en bulto de la Virgen: estaba como creciendo de la piedra silenciosa del desierto. Se dice que los niños la levantaron con gran devoción y bailaron y cantaron alrededor de la imagen.

Todos los vecinos, de origen quechua y aymará con raíces hundidas en el pasado del Sur, entonces católicos recientes, reaccionaron con positivo fervor religioso. Decidieron que lo mejor era instalar la imagen sagrada en las ruinas de una capilla cercana. Allá la dejaron. Pero al día siguiente había desaparecido. El grupo -la familia Saire y el resto de los pastores-, de todos ellos ninguno dudó: la encontraron en la aguada del cañadón. Ahí estaba la imagen y entendieron que era el sitio en que debían levantarle una construcción que la cobijara.

Así nació Ayquina: pueblo Santuario de la Virgen Guadalupe de Ayquina; en recuerdo del primer día en que se apareció, el 12 de diciembre, coincidente con la fecha, un siglo antes, en que se aparece la Virgen Guadalupe en México, cuya influencia religiosa ya se había esparcido al resto de América.

El nombre de Ayquina nos llegó por una formación de voces: el lugar no tenía nombre. Al propagarse por el Altiplano la noticia de la aparición de la Virgen, los pueblos andinos y los otros pueblos de los desiertos cercanos, de Chile, Perú y Bolivia, los peregrinos decían: aquí está o aquí anda, y el sitio pasó a llamarse ayquina. Los días de la festividad, visto desde el aire, Ayquina es una garganta en el desierto llena de personas vestidas de colores, rodeados por un mar de vehículos y más allá la pura arena desértica, desde la que sólo es posible bajar a pie al pueblo, que está como hundido.

Dice don Luis Saire, el descendiente del niño Casimiro:
“-En los primeros tiempos la fiesta se celebraba el 12 de diciembre, pero luego se cambió para el 8 de septiembre, día en que se inauguró su capilla. De mis mayores escuché decir que la imagen verdadera está dentro del bulto actual. Porque es muy chiquita, parece, y se necesitaba una grande, que la viera la gente de lejos. Y, la verdadera que se apareció, decían, la guardaron dentro. Los bailes religiosos se iniciaron en el pasado, pero sólo en este siglo fueron apareciendo otros. Yo creo que los más antiguos son el Baile Llanero, que simboliza la soledad de los pueblos del desierto, y el Baile Mexicano, que traen las gentes en recuerdo de las apariciones del Tepeyac”.

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Ayquina

Virgen de Ayquina


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