Los estigmas parecen representar un signo de lo que sufrió Cristo durante la pasión.

Y por tanto constituyen un dato teológico.

Se inscriben en el tipo manifestaciones de sangre más comunes asociadas a la fe.

Desde Francisco de Asís (primer santo de la historia en que se ha podido comprobar este fenómeno) hasta el Padre Pío de Pietrelcina (uno de los últimos) se han dado unos 300 casos con estigmas.
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En la mayoría con comprobación científica.

Estas llagas se manifiestan en las manos, los pies, el costado y la cabeza de ciertos Santos como signo de su participación en la pasión de Cristo.

Los estigmas pueden ser visibles o invisibles; sangrientos o no; permanentes, periódicos (generalmente resurgiendo en días o temporadas asociadas con la pasión de Cristo) o transitorios.

Los estigmas invisibles pueden causar tanto dolor como los visibles. Los estigmas pueden permanecer muchos años, como el caso del Padre Pío, quien los llevó por 50 años y fue el primer sacerdote que se conoce estigmatizado.

San Francisco tenía los estigmas pero no era sacerdote.

Al morir sus estigmas desaparecieron milagrosamente.

Otros estigmatizados: Santa Rita de Cascia, Sta. Teresa Neuwman, Sta. Gema Galgani, Sta. Faustina (estigmas invisibles) y muchos otros (más de 60 de ellos han sido canonizados).

Además, los estigmas pueden ser don de Dios (como en los santos) o falsificación, o causados por el sujeto por problemas mentales.

En algunos casos de carácter diabólico.

Cierto número de Santos y de piadosos personajes han presentado sudores de sangre también.

Así Santa Lutgarda (1182-1246), cuando meditaba la pasión del Salvador, era a menudo arrebatada en éxtasis.

Entonces su cuerpo se inundaba de sangre, que fluía a la vista de todos, por su cara y sus manos.

Lo mismo hallamos en la bienaventurada Cristina de Stumbeln (1242-1312), Magdalena Morice (1736-1769), María Dominga Lazzari (1815-1848), M. Catalina Putigny (1803-1885), etc.

Por otra parte, cierto número de místicas, como Rosa María Andriani (1786-1845) y Teresa Neumann vertían lágrimas de sangre.

Los místicos son los primeros que nos dicen que han suplicado al Señor de asociarlos a su obra redentora.
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Son los primeros que nos dicen que Cristo los ha escuchado, permitiendo a sus cuerpos ser heridos como fuera herido el suyo.
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Y nos dicen también que ellos han pedido los dolores, pero no la manifestación exterior de los mismos.
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Todo su deseo residía en ser liberados de esos estigmas y todos sus esfuerzos tendían a disimularlos.

san francisco recibiendo los estigmas giotto

   

UN DATO INTERESANTE: CONSIDERAR CUANDO HAN RECIBIDO LOS ESTIGMAS LOS ESTIGMATIZADOS

Dice el padre pasionista Tito Paolo Zecca que

San Francisco de Asís recibió los estigmas cuando todos sus proyectos de santidad –fundación de la Orden, aprobación de la regla primitiva, viaje a Palestina– habían fracasado.
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Se encuentra solo y abandonado.
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La configuración con el Crucificado le consuela, pero al mismo tiempo el sufrimiento de los estigmas se convierte en un bien para su Orden y en un mensaje para toda la Iglesia”.

“Este mismo mensaje y misión de los estigmas puede constatarse en Santa María Magdalena de Pazzi y en santa Catalina de Siena.

En el siglo que acaba de concluir esta misión se constata con claridad en personajes como santa Gemma Galgani (fallecida en 1913), el beato padre Pío de Pietrelcina (1887-1968), y Marthe Robin (mística francesa fallecida en 1981)”.

Se trata de una experiencia de alegría y dolor en la que el Señor es siempre el que toma la iniciativa y los destinatarios de los estigmas consideran esto como una inmensa gracia, de la que no se sienten dignos.

“De hecho piden al Señor que se la quite, pues se avergüenzan. Esta actitud es evidente en el padre Pío”.

La respuesta está precisamente en su misión.
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Es un servicio que la Iglesia necesita
en un momento particular de su historia.
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Es como un signo profético, un llamamiento”

Rhoda estigmatizada

   

LA ESTIGMATIZACIÓN ES EL PRODIGIO SANGRIENTO MÁS IMPORTANTE

Consisten en la aparición espontánea de lecciones que recuerdan las que las torturas de la Pasión imprimieron sobre el cuerpo de Jesús.

Los estigmas revisten la forma de llagas, de yemas, de hemorragias, con o sin erosión de los tejidos, asestados en las manos, en los pies, en la cabeza o en el costado.

Se admite la existencia de estigmas invisibles, consistentes en fenómenos dolorosos de asiento en los mismos lugares, pero sin manifestación externa visible.

La aparición de los estigmas, en la mayoría de los casos, ha sido considerado durante la vida de los estigmatizados como debido a una acción sobrenatural, tanto por los sujetos mismos, como por gran parte de las personas que los rodearon.

Cierto número de ellos fueron objeto de proceso de canonización y los estigmas tomados en consideración como manifestación sobrenatural.

Por eso la Iglesia había instituido las fiestas de la Impresión de los estigmas de San Francisco de Asís (17 de setiembre) y de Santa Catalina de Siena (1° de abril) y la Transverberación del corazón de Santa Teresa (27 de agosto).

En sus oficios ha mencionado las estigmatizaciones de Santa Clara de Montefalco, de Santa Francisca Romana, Elisabet de Reute, Mateo Carreri, Estefanía de Sonsino, Lucía de Narni, Catalina de Racconigi, Catalina de Ricci, Carlos de Sezze y de Santa Verónica Giuliani.

El carácter milagroso de los estigmas en los Santos no ha sido admitido por la Iglesia más que después de encuestas médicas ordenadas por ella, tanto durante la existencia del estigmatizado como después de su muerte.

Por otra parte, la Iglesia admite el carácter sobrenatural de ciertos estigmas y los presenta a nuestra veneración como una manifestación divina, destinada a reavivar nuestra fe y a enseñarnos a condividir los sufrimientos que el Hombre Dios ha padecido en la cruz por nuestra salvación.

Pero ella no se pronuncia absolutamente sobre la naturaleza de los estigmas en el mayor número de los estigmatizados.

El problema se plantea, pues, de esta forma: la Iglesia atribuye un carácter sobrenatural solamente a un pequeño número de estigmas y no se pronuncia más que de acuerdo a la opinión de médicos y sabios.

Entonces, ¿cuándo podrá un médico afirmar que el estigma no es de origen natural?

Y ¿hay estigmas naturales? ¿Cómo se los reconoce?

Y ¿cómo se atienden o se cuidan?

st catalina de siena y los estigmas

   

LA HISTORIA DE LOS ESTIGMAS

Se admite habitualmente que San Francisco de Asís fue el primero en recibir los estigmas en 1224.
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Pero según ciertos autores y místicos, la frase de San Pablo al final de su Epístola a los Gálatas:
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“…porque yo llevo en mi cuerpo los estigmas del Señor Jesús”
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se debería entender literalmente y no en sentido figurado como se hace generalmente.

Por otra parte, en el siglo IV, San Ambrosio escribe:

Jesucristo te ha marcado con su sello imprimiéndote el signo de la Cruz para que te asemejes a Él también en los sufrimientos”.

Finalmente Héfélé, en su Histoire des Conciles, relata que en el sínodo de Canterbury, que tuvo lugar en 1222, se condenó a un impostor que se había impreso en las manos y en los pies las impresiones cruentas de la Cruz.

Tal impostura no se concibe absolutamente sin la existencia de algún estigmatizado anterior.

Finalmente, advirtamos que la Mystique chrétienne de Gorres, en 1836, no registra más que ochenta estigmatizados, mientras que el Dr. Imbert-Goubeyre señala trescientos veintiuno, y en su segunda edición en 1898, cita un corresponsal que le señala omisiones y lo invita a practicar investigaciones en los archivos de los conventos españoles. Y falta hablar del sigo XX.

La historia de la estigmatización no es, por lo tanto, más que esbozada y descubrirá probablemente estigmatizados anteriores a San Francisco.

De todos modos, después de San Francisco contamos con una treintena de estigmatizados en el siglo XIII, veintitrés en el siglo XIV, veinticuatro en el siglo XV, cerca de sesenta en el XVI, ciento veinte en el XVII, treinta aproximadamente en el XVIII, unos cuarenta en el XIX, y el siglo XX no le va en zaga a los precedentes.

santa lutgarde a los pies de jesus

   

LOS EXTRAORDINARIOS DONES DE LA PRIMERA MUJER ESTIGMATIZADA

Santa Lutgarde de Aywières (o Lutgarda o Lugtgardis) fue la primera mujer conocida estigmatizada de la Iglesia.

una de las primeras promotoras de la devoción al Sagrado Corazón.

Tuvo enormes dones y carismas del cielo. Especialmente la vinculación permanente de apariciones de Jesucristo. Que culminó en el intercambio místico de corazones.

Además se le apareció habitualmente la Santísima Virgen y tuvo una aparición de San Juan Evangelista.

Lutgarde nació en 1182 en Tongres, Bélgica.

A los 12 años entró en el convento benedictino de Santa Catalina en St. Trond.

Pronto veremos cómo Jesús tenía grandes planes para Lutgarde, que algún día ayudaría a llevar muchas almas a Él, pero no la obligó a corresponder a Su Voluntad.

Luego, cuando fue elegida Superiora del Convento decidió irse al convento Cistercense de Ayweres para permanecer como una monja oculta.

A fin de perfeccionar su vida espiritual, lo cual fue no sólo aprobado por el propio Jesús sino pedido por él.

En el convento benedictino, una vez algunas monjas fueron hacia ella que estaba a solas en oración en el medio de la noche, y la encontraron llena de un resplandor intenso que cubría todo su cuerpo que les sorprendió por completo.

En otra ocasión, en la Fiesta de Pentecostés, cuando el Veni Creator Spiritus se entonó en coro en la Tercia (oficio diurno), Lutgarde se levantó de repente dos codos del suelo, y fue aparentemente flotando en el aire sobre las alas de un poder espiritual invisible.

Le damos más atención a ella por ser poco conocida.

       

UNA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: LUTGARDE SE CONVIERTE EN UN ALMA VÍCTIMA POR PECADORES Y HEREJES

Fue a través de la Madre de Dios que su vocación especial como víctima por los herejes se le anunció.

La Santísima Virgen María se apareció a Santa Lutgarde en profunda angustia, y la vista de la tristeza de la Virgen atravesó a la monja tan profundamente que ella gritó:

“¿Qué te aflige, oh mi querida Señora, que tu cara esta tan triste y pálida?”

La Virgen dolorosa respondió:
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“He aquí, mi Hijo vuelve a ser crucificado por los herejes y malos cristianos.
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Una vez más le están escupiendo en Su rostro.
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Por lo tanto, si tú aceptas, te pido que hagas penitencia y ayuno durante siete años, para aplacar la ira de mi Hijo que ahora cuelga pesada sobre toda la tierra”

La visión se había ido, y Lutgarde, con el corazón en fuego de deseo de hacer penitencia por un mundo lleno de pecado, comenzó el primero de sus tres ayunos de siete años.

estampita de santa lutgarde orando

UN AYUNO DE COMIDA

Durante estos años vivió de nada solo de pan y de la bebida ordinaria del convento, que sucedió ser cerveza suave.

Ayunos tan extraordinarios como éste, ya se habían conocido en la Iglesia antes de San Lutgarde, y de hecho, la talla común de los antiguos Padres del Desierto había sido un poco mejor que esto y se suele afirmar que sus ayunos eran milagrosos.

En el caso de una mujer – y con una constitución de ninguna manera demasiado fuerte – tal hazaña era evidentemente mucho más sorprendente, y, para disipar cualquier duda en cuanto a su carácter milagroso, Dios presentó pruebas de ello en la siguiente señal.

A San Lutgarde una vez más se le ordenó, bajo obediencia, tomar otros alimentos además de pan, pero era físicamente imposible para ella tragara cualquier otra cosa “incluso una habichuela”, como su biógrafo nos dice.

De hecho, añade que sus ayunos, en lugar de debilitar su salud, sólo aumentaron su fuerza y su poder de resistencia.

Este primer ayuno de siete años fue seguido por otro, y luego un tercer, que sólo diferían en detalles menores.
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El segundo fue también el resultado de una revelación, y su intención, en lugar de ser por los “malos cristianos y herejes” fue por los pecadores en general.

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Además de pan ella puso un poco de verduras en su dieta esta vez.

Santa Lutgarde tenía el carácter de su vocación cada vez más profundamente grabada en su alma por una serie de visiones durante el tiempo de este ayuno.

Las visiones tuvieron lugar casi a diario, y por lo general tuvieron lugar en Misa.

Ella vería a Jesús de pie ante el rostro de Su Padre Celestial, enseñándole Sus heridas, que tenían la apariencia de haber sido recientemente abiertas y estaban llenas de sangre.

Volviendo a Lutgarde, nuestro Señor diría:

“¿No veis cómo me ofrezco enteramente a Mi Padre, por Mis pecadores.

De la misma manera, tendrías que ofrecerte enteramente a Mí por Mi pecadores, y evitar la ira que ha sido encendida en contra de ellos, en retribución por el pecado”.

Su tercer ayuno de siete años la llevó hasta el final de su vida. Su intención fue más específica y más urgente que cualquiera de los otros.

En 1239 o 1240, Cristo se le apareció de nuevo, y le advirtió que Su Iglesia estaba expuesta a los ataques de un enemigo poderoso.

Este ataque resultaría en un daño terrible a las almas, a menos que alguien se comprometiera a sufrir y ganar la gracia de Dios.
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Así San Lutgarde comenzó su tercer y último ayuno.
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Ella murió en su séptimo año, pero su muerte sería serena con la confianza de la victoria.

Incluso en el año que la precedió, ella le contó a Tomás de Cantimpre (uno de sus biógrafos):

“Querido amigo, no te preocupes: este hombre que secretamente desea el derrocamiento de la Iglesia, ya sea que va a ser humillado por las oraciones de los fieles, o de lo contrario partirá de esta vida, y dejará a la Iglesia en paz”.

Al tiempo en que Tomas estaba escribiendo, sin embargo, estas profecías aún no se habían cumplido, a pesar de que pronto iban a ser, y por lo que no se atrevió a nombrar al enemigo que lo más probable fuera el emperador Federico II.

Federico II, culto y escéptico, consumido de orgullo y ambición y dado a una vida de indulgencia, apenas oculta su desprecio por la Iglesia y por la religión Cristiana – de hecho, por todas las religiones y por la misma noción de Dios.

Le habían oído decir que “tres impostores, Cristo, Moisés y Mahoma habían llevado al mundo a la ruina”.

Es de suponer que hombres como él estaban destinados a construir la, de nuevo a través de la incredulidad, el libertinaje, y la guerra.

También se dijo de él que una vez, al ver a un sacerdote que llevaba el Santísimo Sacramento a una persona enferma, había exclamado: “¿Cuánto tiempo más va a durar esta comedia?”.

Con esto podemos ver que él era un candidato probable que buscaba derrocar la Iglesia en ese momento.

   

A LUTGARDE SE LE DA LA HERIDA ESTIGMÁTICA EN EL COSTADO Y UN SUDOR DE SANGRE

Tomas Merton, en su biografía de la santa, informa que ella tenía una particular devoción a Santa Inés, la virgen y mártir romana.
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Un día ella estaba rezando a Santa Inés, cuando
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“de repente una vena cerca de su corazón estalló, y por medio de una herida abierta en el costado, la sangre comenzó a derramarse, empapando su túnica y capucha”.

Luego cayó al suelo y “perdió sus sentidos”.

Ella nunca fue conocida por haber sido herida de esta manera otra vez, pero se sabe que ella mantuvo la cicatriz hasta el final de su vida.

Esto tuvo lugar cuando tenía veintinueve años de edad.

Los testigos de este evento fueron dos monjas, una llamada Margaret, la otra Lutgarde de Limmos, quienes lavaban la ropa de la santa.

Thomas Merton también dice que en muchas ocasiones, esta santa cisterciense, meditando de la Pasión de Cristo caería en éxtasis y la sudaba sangre.

Un sacerdote que había oído hablar de este sudor de sangre buscaba una oportunidad para presenciarlo por él mismo.

Un día él la halló en éxtasis, apoyada contra una pared, con la cara y las manos chorreando de sangre.

Encontrando un par de tijeras, se las arregló para cortar un mechón del cabello de la santa, que estaba mojado con sangre (lo hacía pensando en tener pruebas del evento, y también para tener el mechón de pelo como una reliquia).
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Mientras estaba maravillado con la sangre en el mechón de pelo, la Santa de repente volvió en sí.
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Al instante la sangre se desvaneció; no sólo de la cara y las manos, sino también la sangre que estaba en sus manos.

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Thomas Merton escribe: “En eso, el sacerdote estaba tan sorprendido que casi se derrumbó por el asombro”.

santa lutgarda por goya

   

SU INTERCESIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO: UNA VISIÓN DEL PAPA INOCENCIO III

En julio de 1216, Santa Lutgarde de repente vio al Sumo Pontífice en una visión. Su cuerpo estaba envuelto en una gran llama.

Lutgarde no sabía que el Papa había muerto, ya que la noticia todavía no había llegado a Bélgica, e incluso si lo hubiera sabido, no habría sido capaz de reconocerlo ya que nunca lo había visto.

“¿Quién eres tú?”, preguntó a la figura en la llama.

“Yo soy el Papa Inocencio”.

“¡Qué!” gritó Lutgarde, en completo shock,

“¿Cómo es que usted, nuestro santo padre, está siendo atormentado en tan grande dolor?”

El Papa le reveló sus tres causas por qué se había concebido a sí mismo digno incluso del infierno.
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Pero dijo que tenía la gracia merecida para escapar de ese tormento fundando un monasterio dedicado a la Madre de Dios.
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Sin embargo, él dijo que había sido relegado al purgatorio hasta el Día del Juicio.
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Pero rogó por sus oraciones – y ha añadido que la gracia de aparecer ante ella y darle a conocer su gran necesidad también se había obtenido para él por nuestra Señora.

Lutgarde emprendió alguna penitencia extraordinaria por el alma del gran Pontífice, pero su naturaleza no es revelada a nosotros por su biógrafo.

Tampoco se nos dice las tres causas de este sufrimiento.

Lutgarde le había hecho saber a Tomas de Cantimpre, pero éste decidió enterrarlos en el olvido, por respeto a la memoria de tan eminente Papa.

Una confirmación de su visión puede ser apoyada a través de una visión similar en relación con el Papa Inocencio III tenida por el Beato Simón de Aulne, contemporáneo de Santa Lutgarde.

Famoso por sus dones carismáticos, sobre todo por su conocimiento milagroso de los secretos de las almas.

Este santo hermano laico cisterciense había sido llamado a Roma por el mismo Inocencio III, en el momento del Concilio de Letrán, es decir, poco antes de su muerte.

Y el Papa le había consultado no sólo en cuestiones de política de la Iglesia, sino incluso en asuntos espirituales personales.

Así, podemos encontrar alguna confirmación adicional de este santo personaje.

medalla de santa lutgarde

   

OTRA VISITA DE UN ALMA DEL PURGATORIO

Nuestro siguiente caso es el de un cierto abad que debó su liberación del purgatorio a San Lutgarde.

Este hombre, un noble culto y talentoso de Alemania, entró en la Orden del Císter y llegó a ser abad de Foigny.

Un amante ferviente de la Regla, que sin embargo, había fallado en entender la tremenda importancia de su 73vo. capítulo, y la condena de San Benito de que

“el mal celo de amargura separa a los hombres de Dios y les lleva al infierno”.

Simon (como le llamaban al abad) trató de hacer cumplir la regla en duro, con el disciplinario espíritu de un oficial militar del ejército, en lugar de aplicarlo con la sabiduría y la discreción de un padre amoroso.

Tuvo la desgracia de morir súbitamente en este estado de ánimo, y pronto se dio cuenta de lo poco que hubo del espíritu de Cristo en su camino formando hombres.

Santa Lutgarde lo había conocido antes de su entrada en la Orden, y fue afectada en gran medida por la noticia de su muerte, por lo que ella comenzó a orar, hacer penitencia y ayuno, con fervor rogando a Dios por su liberación.

Pronto recibió una respuesta, de una voz celestial, que fueron acogidas favorablemente sus oraciones, y que todo iría bien con su amigo.

Pero Lutgarde no estaba satisfecha con una declaración tan vaga. No fue suficiente saber que él podría salir del purgatorio en algún momento pronto, ella quería oír que estaba definitivamente en el cielo.

Hasta entonces, no podía descansar, y, volviendo, le suplicó al Sagrado Corazón de quitar cualquier consuelo que Él había destinado para ella, y concederlos todos a la pobre alma sufriendo del abad de Foigny.

Cristo no mantuvo por mas tiempo Su ardiente Caridad en suspenso.

Él se le apareció al poco tiempo y trajo con Él al alma de quien había intercedido con tanta insistencia amorosa.

“Seca tus lágrimas, Mi amada” dijo nuestro Señor a la santa. “Aquí está”.

Lutgarde se arrojó de bruces en el suelo, adorando la misericordia de Dios y bendiciéndolo por Su generosidad.

El alma del abad Simón, exultante y alabando a Dios, agradeció a su benefactora, y ella lo vio entrar al cielo.

No debemos imaginar que estas visiones de almas sin cuerpo pasaron ante la mente (tal vez incluso los ojos del cuerpo) de Santa Lutgarde sin sorprenderla hasta la profundidad de su alma con movimientos de asombro, amor y miedo.

Pero tal vez la experiencia más aterradora fue que sobrenaturalmente fue informada de la muerte de su propia hermana.

De repente, un día, en el aire por encima de su cabeza, oyó un terrible, resonante grito, la voz de una mujer en una gran angustia:
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“Ten piedad de mí, hermana querida, ten misericordia de mí y ora por mí, y para alcanzar misericordia para mí, como lo hiciste para todas esas otras almas”.

Poco después, la noticia de la muerte de su hermana le llega por los medios ordinarios, confirmando lo que había oído.

Luego estuvo el caso del santo sacerdote Jean de Lierre, con cuyo consejo había entrado a Aywieres.

Él no tuvo que apelar a ella desde el purgatorio. Estas dos almas santas habían hecho un pacto entre las dos, en la que mutuamente prometieron que el primero de ellos en morir aparecería al otro a hacer el hecho conocido.

Jean de Lierre había ido a Roma en una misión en nombre de algunos conventos bajo su dirección en los Países Bajos, y murió al cruzar los Alpes.

Él no tardó en cumplir su convenio, se le apareció a Lutgarde en el claustro en Aywieres.

El hecho de que ella no se sorprendió al verlo allí y que, creyendo que estaba vivo, le hizo una señal para entrar en la sala donde se les permitía a las monjas hablar con los visitantes.

Él le respondió, diciendo:
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“Estoy muerto. He dejado este mundo.
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Pero he llegado para mantener mi pacto contigo
, he de informarte de mi muerte como prometí delante de Dios”.

Cayendo de rodillas ante él, Lutgarde de repente vio sus vestiduras llenas de esplendor, ardiendo en blanco y rojo y azul.

Preguntándole el significado de estos colores le dijeron que el blanco significaba la inocencia inmaculada de la virginidad que el hombre santo había conservado toda su vida.

El rojo denotaba los trabajos y sufrimientos en la causa de la justicia, que había absorbido gran parte de su tiempo y energía durante la vida y que había llevado finalmente a su muerte.

El azul mostró la perfección de la vida espiritual, es decir su vida de oración y de su unión con Dios.

estatua de santa lutgarde en praga

   

SU DON DE SANIDAD

Tomás de Cantimpre informa de una mujer que tuvo un hijo, un niño llamado John, que tenía ataques epilépticos.

Una noche, en un sueño, oyó las palabras:

“Ve a la Madre Lutgarde, que vive en Aywieres, y ella librará a tu hijo de su enfermedad.”

En consecuencia, al día siguiente la madre se levantó y tomó a su hijo y se fue a Aywieres.
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Lutgarde dijo una oración, puso el dedo en la boca, al mismo tiempo haciendo con el pulgar la señal de la cruz sobre su pecho, y desde aquel día estaba completamente curado.

Había una buena dama de Lieja llamada Matilda, que tenía dos hijos adultos en el ejército y había perdido a su marido.

Dejando lo que tenía de propiedad a los dos soldados, entró a Aywieres para terminar su vida en paz en el servicio de Dios.

Ella se estaba convirtiendo en una anciana, y era bastante sorda.

Un día, mientras el coro cantaba Vísperas de alguna gran fiesta, alguien hizo una señal a la vieja hermana Matilde, en el sentido de que las monjas estaban cantando muy alto y era simplemente hermoso para escucharlos.

La pobre anciana entendió el significado de la señal, e inclinó la cabeza y se puso a llorar porque estaba tan sorda que no había oído nada.

Lutgarde llegó en ese momento y la vio llorando, y le hizo una señal, preguntando cuál era el problema.

La Hermana Matilde contestó que estaba llorando porque era sorda, y no podía oír el canto.

Esta respuesta despertó la compasión de la Santa.
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Se arrodilló y rezó un poco, luego, levantándose, se humedeció los dedos con saliva y los colocó en los oídos de Matilda.

Y entonces la vieja monja de repente sintió la pared que impedía todo el sonido de su mente romperse con un rugido, y sus oídos se abrieron, oyó el dulce canto en un torrente de un sonido claro y maravilloso.

Dejando escapar un grito de alegría, tanto que su corazón se llenó de acción de gracias a Dios por su bondad y misericordia infinita.

   

LA IDENTIFICACIÓN MILAGROSA DE UNA RELIQUIA DESCONOCIDA

El incidente se refiere al descubrimiento de algunas reliquias en el monasterio de Jouarre, cerca de Meaux, en Francia.

Estaban en una tumba de alabastro en una cripta de la Capilla y el sacerdote que los había descubierto, habiendo fallado por medios ordinarios para averiguar de quién eran las reliquias, le pidió a Santa Lutgarde orar por una revelación concerniente al tema.

Poco después, el santo olvidado se le apareció a Lutgarde y declaró que era Santa Osmanna.
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Una virgen e hija del rey de Irlanda, que había venido a Francia y asumido su morada en Bretaña, en la que había llevado una vida muy santa.

No queriendo confiar simplemente en su propia revelación privada, Lutgarde pidió a la santa irlandesa que confirmara esto apareciéndose también al sacerdote de Jouarre, cosa que hizo, con gran rapidez y generosidad, no sólo una vez sino tres veces seguidas.

padre pio y estigmas

   

ESTIGMATIZACIONES EN OTROS SANTOS

Veamos tres casos.

San Francisco de Asís, 1182-1226

En 1224, a la edad de cuarenta y dos años, San Francisco entrega a Pedro de Catania el cuidado de sus monjes y se retira a la montaña de Alvernia, para vivir allí ascéticamente y en contemplación.

Pasó la noche que precede la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, solo, en oración, no lejos de la ermita.

Al llegar la mañana tuvo una visión que Tomás de Celano describe en Acta Sanctorum de la siguiente manera:

“El percibió a un hombre de Dios, una especie de serafín, que tenía seis alas y se tenía sobre él con las manos extendidas, los pies juntos, como clavado en una cruz.

Dos alas se elevaban por sobre su cabeza, dos se desplegaban para volar y dos finalmente le ocultaban todo el cuerpo.

Al ver eso, el bienaventurado servidor del Altísimo se llenó de admiración, pero ignoró el sentido de esa visión y rebosaba de alegría, cuando consideraba la belleza del serafín, lleno de tristeza cuando pensaba en su suplicio y en sus dolores.

Ahora bien, mientras que reflexionaba con inquietud sobre lo que significaría esa visión, comenzaron a aparecer las marcas de los clavos en sus pies y en sus manos.
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Al lado derecho había una llaga que parecía hecha con un golpe de lanza”.

Después de este relato, Tomás de Celano describe los estigmas:

Sus manos y sus pies estaban clavados en su centro.
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Las cabezas de los clavos, redondas y negras, estaban en el dorso de las manos y de los pies.
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Las puntas algo largas aparecían por el otro lado, encorvándose y sobresalían de la carne, donde salían.
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El costado derecho estaba como perforado por una lanza y la sangre fluía a menudo de la cicatriz”.

San Buenaventura, que era niño a la muerte del Santo, da exactamente la misma descripción según el testimonio ocular, especialmente del papa Alejandro IV.

Más de cincuenta Hermanos, de Santa Clara y sus Hermanas pudieron ver los estigmas, cuando murió San Francisco.

Son el tema de una nota de Fray León y de una carta de Fray Elias de Cortona.

   

Santa Verónica Giuliani, 1669-1727

La Iglesia celebra los estigmas de esta Santa en muchos pasajes de su oficio, el 9 de julio, sobre todo en la lección V:

“Entretanto, Jesús enriqueció a su esposa con los dones más ricos de su gracia.

Como lo atestigua la historia con sus múltiples pruebas, fue decorada de los sagrados estigmas, honrada con la corona de espinas y recibió la gracia de éxtasis casi perpetuos”.

Y en las Laudes, la oración reza así:

Señor Jesucristo, que habéis decorado a la Virgen Verónica con los estigmas de vuestra Pasión, sednos propicio y acordadnos de crucificar nuestra carne para alcanzar también los goces eternos”.

Santa Verónica Giuliani recibió en 1697 los estigmas en las manos, en los pies, en torno de la cabeza en forma de círculo rojo con relieves que parecían espinas, y una llaga en el costado.

Se reprodujeron durante 30 años. Los médicos trataron de curar sus llagas y encerraron sus manos en guantes sellados, pero sin éxito.

Las llagas del costado dieron lugar a experiencias practicadas en 1707 por el padre Capellati, en 1714 por el padre Crivelli y en 1726 por el padre Guelfi, cuyas declaraciones bajo juramento forman parte de las actas de canonización.

El obispo, monseñor Eustachi, había llamado al padre Crivelli, jesuíta renombrado y sabio, para poner a prueba a Verónica.

El padre la hizo llegar al confesonario y le ordenó pedir a Dios que le hiciera conocer lo que él, su confesor, le ordenaría mentalmente.

Después de algunos instantes de oración, ella conoció los mandamientos formulados de pensamiento por el P. Crivelli y que eran:

1 – que la llaga del costado, que entonces estaba cerrada, se abriera de nuevo y sangrara como las de las manos y las de los pies;

2 – que se quedara todo el tiempo que él quisiera;

3 – que se cerrara cuando él la ordenara y esto en presencia de todos los testigos que le plugiera traer;

4 – que sufriera de manera visible, cuando lo estimara conveniente, todos los dolores de la Pasión;

5 – que después de haber sufrido la crucifixión, extendida en su lecho, la sufriera también de pie y en el aire, como se le ordenara, delante de él y de todos los que se agregaran.

Algunos días después el Padre le ordenó que cumpliera la primera orden durante la Misa y pidió insistentemente el favor a Dios.

Esto se realizó. Prohibió que la llaga se cerrara y previno al obispo.

Veintitrés días más tarde, se presentó con el obispo a la reja del coro.

El padre Crivelli pasó unas tijeras a Santa Verónica y le ordenó que cortara sus ropas sobre la llaga del costado.

Ambos comprobaron que la herida estaba abierta y sangraba.

El confesor ordenó que la llaga se cerrara inmediatamente, y ambos testigos vieron cerrarse la llaga, sin rastro alguno de cicatriz.

   

San Padre Pío de Pietrelcina, 1887-1968

Su verdadero nombre era Francisco Forgione. Nació de pobres campesinos de Pietrelcina (Benevento) en 1887.

Muy religioso, entró en la Orden de los Capuchinos, tomando el nombre de Pío.

De tiempo en tiempo había que enviarlo de vuelta a su pueblo natal, a causa de su salud, minada por enfermedades de carácter oscuro, localizadas en los intestinos.

En 1917 fué exceptuado por las autoridades militares, después de un examen radioscópico, por tuberculosis pulmonar.

Caía, por otra parte, a menudo en estados de ausencia, mientras celebraba la Santa Misa.

Pero no se ha comprobado que sufriera de estados epilépticos.

Sus superiores se decidieron a enviarlo al convento de San Giovanni Rotondo, localidad conocida por su salubridad.

Se hallaba allí desde varios meses, cuando el 17 de setiembre de 1918 recibió los estigmas, de los que no habló a nadie.

Pero, tres días más tarde, durante la celebración de la Misa, cayó de pronto de espaldas.
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Los que lo levantaron y lo acostaron en el lecho, notaron entonces que sus manos y sus pies estaban atravesados por llagas sangrientas.
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En el costado izquierdo se veía una herida como la que podría causar un arma punzante.

El padre Provincial llamó al Dr. Luis Romanelli de Barletta, que después de un examen renovado varias veces, redactó una descripción minuciosa de las llagas, que terminaba diciendo:

“He visitado cinco veces al Padre Pío en quince meses y he comprobado modificaciones en sus llagas; pero no he hallado una sola nota clínica que me autorice a determinar su naturaleza”.

El Dr. Ángel María Merla, viejo alcalde socialista de San Giovanni Rotondo, que nunca ponía el pie en la Iglesia, cuidó del Padre Pío durante años y declaró que sus llagas eran realmente, a su parecer, de naturaleza sobrenatural.

Se hizo llamar entonces al Dr. Amico Bignami, profesor de la Universidad de Roma, célebre por sus trabajos en la materia, que permaneció en San Giovanni solamente dos horas.

Este profesor declaró que el Padre Pío estaba sano, en absoluto libre de tuberculosis, perfectamente normal en su sistema nervioso y en su aparato circulatorio.

Que no se trataba de un simulador o de un sujeto psicopático y que la actitud del Padre le había dejado una excelente impresión.

Comprobó la existencia de las lesiones en las manos y los pies, pero juzgó que las heridas en los pies no eran profundas.

Efectuó finalmente el vendaje habitual de las manos, que cerró con un sello de seguridad, esperando obtener de este modo la curación de las llagas en pocos días.

Muchos días después del término fijado, el vendaje fué quitado: las llagas aparecieron sin alteración alguna; fluía de ellas todavía sangre viva y brillante.

Tres meses después, las autoridades eclesiásticas solicitaron al Dr. Jorge Festa de Roma que visitara a su vez al Padre Pío para dar una información exacta sobre sus lesiones y al mismo tiempo sus impresiones científicas.

El doctor hizo la visita en octubre de 1919.

Comprobó la existencia de las llagas en las manos y los pies; pero encontró que ya no correspondían a las primeras descripciones dadas por el Dr. Romanelli.

La membrana que las recubría había desaparecido; las lesiones penetraban en el tejido subcutáneo y secretaban continuamente sangre, a través de una delgada escara.

La herida del costado tampoco correspondía más a la descripción que había hecho el Dr. Romanelli.

Se presentaba en forma de una cinta del largo de dos centímetros aproximadamente, con contornos muy netos.

El color era rosado; la llaga estaba recubierta al centro por una escara de un rojo parduzco.

Aunque la lesión era superficial, manaba gotas de sangre en gran cantidad, a tal punto que al levantar la venda de tela que la cubría y que estaba toda empapada de sangre y habiéndola reemplazado por un pañuelo blanco, el Dr. Festa lo retiró completamente impregnado después de unas diez horas.

Esta emisión sero-sanguínea era continuada.

Más de cinco años después, en octubre de 1925, el Dr. Festa operó al Padre Pío de una hernia que le atormentaba desde unos siete años.

En esta ocasión, pudo nuevamente estudiar los estigmas del capuchino, en condiciones interesantes.
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Comprobó que todos los días alrededor de un vaso de sangre y agua mojaba las vendas que el Padre llevaba constantemente sobre sus heridas.
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No se nota en ellas la menor traza de infección.

El Padre Pío, que presentó también fenómenos de levitación, lectura del pensamiento, etc.

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ESTIGMATIZACIÓN EN PERSONAS PIADOSAS

Veamos algunos casos:

   

Pasidea Grogi, 1564-1615

Ofrecía la misma particularidad que Santa Francisca de las Cinco Llagas de tener las llagas traspasadas, lo que se verificó por el paso de un pequeño bastón.

El orificio de la palma de la mano y del dorso del pie era redondo, del tamaño de un dinero, el del dorso de la mano y de la planta de los pies era puntiforme.

La llaga del costado estaba a la izquierda y medía dos dedos. La cabeza llevaba los estigmas de la corona.

Los estigmas de la Santa Francisca de las Cinco Llagas, 1715-1791 se presentaron en las manos, en los pies y en el costado.

Los de las manos y de los pies ofrecían la particularidad de ser transparentes, de manera que se podía ver a través de ellas.

Se recubrían en seguida con una ligera membrana, que no impedía sin embargo de ver la luz por transparencia.

   

Domenica Lazzari, 1815-1848

Es una de las estigmatizadas del Tirol que dio lugar a ardientes polémicas entre 1830 y 1840.

Los estigmas del dorso de las manos y de los pies, de un diámetro de tres centímetros, tenía a menudo forma de llagas cóncavas cónicas, a menudo un relieve rodeado de líneas irradiantes que sangraban.

Ernesto de Moy, profesor de derecho de la Universidad de Munich, escribe:

“Lo que nos sorprendió mucho, es que la sangre, en lugar de fluir hacia abajo por el costado del tobillo y del talón, se remontaba hacia la extremidad de los dedos y de allí descendía sobre la planta de los pies”.

Edmundo de Cázales, que acompañaba a de Moy, confirma el fenómeno, que también fue comprobado por lord Shrewsbury:

La sangre fluía bajo los dedos de los pies, como si María Dominga hubiera pendido realmente de la cruz.

Ya habíamos oído hablar de esa anulación de las leyes de la naturaleza y tuvimos toda la comodidad de poder comprobarlo con nuestros propios ojos.”

    

Teresa Miollis, 1806-1877

Fué observada por el doctor Reverdit, que a este respecto escribió:

“Resulta que es bien cierto y bien comprobado por mí:

1° que la señora Miollis estaba afectada por una gastro-duode-no-hepatitis crónica, con cirro del píloro, desde los 14 años;

2° que a los síntomas diversos y somáticos vinculados a ese estado patológico, se asocian o se sustituyen a menudo en ella otros, de los que el arte no puede hallar explicación o que la ciencia no sabe cómo atribuir ni atender;

3° que entre estos últimos cabe señalar las estigmatizaciones frecuentes en la palma de las manos, menos frecuentes en el pecho, más raras en el dorso de los pies y en la cabeza, pero que yo he visto y vuelto a ver en cada uno de esos puntos, como otras personas desinteresadas;

4° que el flujo de sangre o hemorragia ocurre sin desnudación de la piel, en el caso más frecuente y del cual no queda rastro alguno sobre el sistema cutáneo.

Que conserva siempre sobre el pecho, sobre la parte posterior del esternón la forma de una cruz.

Que ha brindado el viernes santo de esa última cuaresma, a diecisiete personas que la han visto como yo, la forma de escara en la palma de las manos y de una desnudación viva sobre el dorso de los pies;

que se presenta siempre en forma de gotitas alrededor de la frente.

Que la flictena pemfigoide (pequeño tumor vesicular o en forma de campana) producida como por una quemadura sobre la región precordial, precedida de dolores internos y vivos en el corazón, se ha desarrollado muchas veces y en circunstancias en las que seguramente no se había aplicado ningún rubefaciente ni vesicante, y cuando no existía ninguna otra flictena sobre la superficie cutánea;

6° que las estigmatizaciones con diapedesis o sudor de sangre se produjeron bajo mis ojos, sin que ninguna causa apreciable hubiera podido explicar su origen, ya sea por picadura, presión, etc..

Que ellas se manifestaron indiferentemente antes, durante y después de la época menstrual sin que parecieran experimentar influencia alguna de las medicaciones o régimen prescripto, del estado morboso habitual y de las involuciones o recrudescencias del mismo;

7° que, bien distintamente de los síntomas de la afección orgánica o material existente, los síntomas sobrenaturales o extraordinarios de la estigmatización se manifestaban los días de fiesta o de devoción, y siguiendo las horas de la oración, de la meditación, etc., sin alguna regularidad y sin que pareciera participar en ello la voluntad, sino con el recogimiento fervoroso que acompañaba siempre la oración.
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Otras veces la voluntad no participaba en absoluto, siendo involuntaria la estigmatización o apareciendo hasta contra la voluntad…”

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ESTIGMATIZACIONES PRESUMIBLEMENTE DIABÓLICAS

Tomaremos como ejemplo el caso de la hermana N…., que constituyó el tema de la tesis de doctorado en teología del abate Segaud (Lyon, 1899).

Los hechos se han desarrollado en 1890 y 1891.

Los dolores y los estigmas tenían lugar a veces en el coro de la capilla de la Casa.

Allí, en éxtasis, los ojos fijos sobre una visión invisible para todos los demás presentes, la señora N. permanecía largo tiempo en esa actitud, con los brazos en cruz y la frente sangrando en forma tal que sus compañeras debían secarla con paños.

A menudo también, arrodillada en la barra de hierro de su lecho o en otro lugar, y en éxtasis, se mantenía en posturas asombrosas y naturalmente imposibles, de equilibrio inestable.

La señora N. tenía estigmas en seis regiones diferentes de su cuerpo.

En la cabeza, en la mano derecha, en la izquierda, en el pie derecho, en el izquierdo y en el costado izquierdo del pecho.

En la cabeza: Sobre la región situada inmediatamente sobre la frente, se ve cierto número de manchas sembradas irregularmente a través de los cabellos.

Algunas son simplemente rosadas, otras negruzcas a raíz de la presencia de una costra delgada de sangre seca adherente.

Examinadas con lupa, cada mancha está cubiesrta por una epidermis resquebrajada y aparentemente estriada.

Algunas tienen el largo de una lenteja, otras son casi puntiformes.

En su conjunto, esas manchas o estigmas forman una banda transversal de unos diez centímetros de largo por siete u ocho de ancho.

Nada semejante hallamos en las regiones parietales y occipitales del cuero cabelludo.

En las manos: La disposición de los estigmas es exactamente la misma en ambas manos.

Sobre la cara dorsal, como sobre la palmar de cada mano, el estigma es representado por una placa roja netamente delimitada, regular, de forma rectangular, con el largo más grande en el sentido del eje de la mano.

La dimensión de esta placa roja es de 10 milímetros de ancho por 13 de largo. Su situación es exactamente al nivel del tercer metacarpo, tres centímetros sobre la interlínea articular metacarpofalangial.

El estigma dorsal y el palmar se corresponden con tal precisión, que si una aguja traspasara las manos perpendicularmente, penetrando por el centro del estigma, saldría por el centro del otro.

La superficie de cada estigma es de un rojo de mediana intensidad; tiene algunos desechos de epidermis, muchos de tinte negruzco en caso de una hemorragia reciente.

En los pies: La descripción precedente se adapta en todos sus puntos a los estigmas de los pies, en forma, color, aspecto y situación.

En el costado izquierdo: Un poco atrás del seno, debajo de la axila, al nivel de un espacio intercostal, existe una placa roja, de forma oval, con su diámetro mayor dirigido desde adelante hacia atrás, de la dimensión de una pieza de cinco francos.

Esa placa es más profunda en la zona central que en la periférica.

La presión digital provoca en ella un dolor muy vivo.

Tres meses después de este primer examen que nos diera las comprobaciones citadas, los estigmas nuevamente examinados habían crecido en forma notable y estaban más rojos.

Este del costado medía ocho centímetros de largo por tres de ancho, su forma era la de un rombo muy alargado.

Se distinguía una zona media de un rojo más vivo, recubierta de una epidermis rugosa y pardo-negruzca, indicio de hemorragia y una suerte de levantamiento ampollar de data reciente.

Hemorragias. A través de estos estigmas se producían dos clases de flujos: uno poco abundante e inconstante, compuesto de un líquido amarillento sero-fibrinoso, que mojaba la ropa; el otro más frecuente y marcado, constituido por sangre pura de un rojo vivo.

La cantidad de sangre perdida es muy apreciable, a veces leve, a veces abundante.

Las hemorragias mayores ocurren en los estigmas frontales y en el del costado izquierdo del pecho; las de los pies y de las manos son y fueron raras, muy pronunciadas en los primeros tiempos y reducidas más tarde a un rezumo.

La hemorragia de los estigmas frontales impregna toda la venda de la frente, la atraviesa y fluye sobre las mejillas de la vidente y hasta la losa donde se halla arrodillada.

En el costado izquierdo del pecho, el estigma da también un flujo importante que pasa a través de los vestidos.

Estas hemorragias y los dolores que la acompañan, acontecen durante el éxtasis, pero también fuera de él y a menudo durante el Santo Sacrificio de la Misa”.

Una vez ocurrió también que la vidente las sufrió sentada a la mesa, mientras que un sacerdote extranjero, del que no conocía la presencia, celebraba Misa.

Uno de los comisarios investigadores nombrado por la autoridad diocesana, vio a la vidente el coro de la capilla, las manos juntas en actitud de éxtasis frente a una visión para él invisible.

Durante todo el éxtasis, casi una hora, de su frente manó sangre muy pura que las demás religiosas secaban con un paño, y ella mantenía los brazos en cruz sin rigidez ni cansancio.

Los médicos que examinaron a la estigmatizada, llegaron a esta conclusión:
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“No es posible admitir que la concentración del pensamiento, por fuerte e intensa que se quiera, logre producir tales prodigios.
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Se trata de fenómenos de orden sobrenatural”.

Además la estigmatizada tenía visiones, éxtasis, discernimiento de conciencias, vista a la distancia, etc.

El examen de la causa, muy voluminoso, fue confiado a un teólogo muy versado en esta materia, que concluyó su informe así:

1° La mayoría de los fenómenos ocurridos a la señora N. no se pueden explicar naturalmente. Sobrepasan la fuerza de la naturaleza.

2° Ninguno de los fenómenos citados exige la intervención de Dios: no necesita, para ser realizado, de la omnipotencia divina.

3° Finalmente, en muchos de estos fenómenos hay el indicio, la marca de la influencia diabólica.

Estas tres conclusiones fueron desarrolladas y demostradas en una relación oral de casi cuatro horas ante el Obispo y su Consejo Episcopal, y se juzgó que todos los hechos acaecidos a la señora N. se debían a la intervención del demonio y que en consecuencia debían ser considerados y creídos como tales.

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ESTIGMAS INVISIBLES

Los estigmas invisibles consisten en dolores con asiento en los lugares habituales de los estigmas.
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Son ya primitivos, ya secundarios de estigmas visibles.

Su realidad se ha confirmado de dos maneras: a veces los estigmas invisibles se han tornado visibles con la muerte: es el caso de Santa Catalina de Siena (1347-1380) y el de Nicolás de Ravena (fallecido en 1398), que hiciera estudios de medicina.

A veces el estigmatizado, como en el caso de la Venerable Magdalena Rémuzat (1698-1730), comienza a dudar del origen sobrenatural de sus dolores, y los estigmas se tornan visibles.

   

EXAMEN CRÍTICO DE LAS INVESTIGACIONES

La estigmatización ofrece, pues, caracteres de la mayor complejidad: alcanza a sujetos de todas edades: Magdalena Morice (1736-1769) fué estigmatizada a los ocho años; Delicia de Giovanni (1560-1642) a los setenta y cinco.

Toca a los hombres y mujeres, a religiosos y laicos, a vírgenes y a madres de familia.

Ocurre en enfermos y en sanos que llevan una vida normal y cuyos estigmas fueron descubiertos recién después de la muerte.

Los estigmas ofrecen los aspectos más diversos, desde una simple mancha hasta las llagas traspasadas o los relieves en forma de clavos; desde un simple rezumo hasta las hemorragias abundantes.

Su ubicación es igualmente de las más variadas: a veces en el centro de la mano, a veces en el puño, a veces a la derecha y otras a la izquierda, a menudo en corona alrededor de la cabeza o en forma de interesar todo el cuero cabelludo, como si fuera debida a un gorro de espinas.

Las llagas son redondas, ovales, rectangulares o cuadradas y pueden tener las mismas dimensiones en el dorso y en la palma o en la planta; también a veces la llaga de entrada, correspondiente a la cabeza del clavo, es voluminosa, mientras que la otra es puntiforme.

La llaga principal puede ser palmar o dorsal.

Los estigmas no son, pues, una reproducción exacta de las llagas de Cristo, y por otra parte no parecen ser la reproducción de imágenes de Cristo que los estigmatizados hayan podido tener en la vida.

Por eso numerosos estigmatizados, anteriores al siglo XVII, tienen la llaga del costado a la izquierda, mientras que todos los Cristo de esa época, siguiendo la tradición, tienen la llaga a la derecha.

Del mismo modo, no conocemos un solo Crucifijo, en que la cabeza del clavo sea dorsal, como lo muestran ciertos estigmas, como el de Teresa Neumann, que forman una ancha placa dorsal y un agujero puntiforme palmar.

Recordemos que la mayor parte de los estigmatizados presentan fenómenos complementarios, como éxtasis, levitación, comuniones milagrosas visibles, don de idiomas, lectura del pensamiento, premoniciones o profecías durante su vida y el hecho de que el cuerpo de muchos goza de incorruptibilidad después de su muerte.

Los médicos se han dividido en dos escuelas en el asunto de los estigmas: unos han querido atribuirles siempre un origen sobrenatural, ya sea divino ya sea diabólico; otros un origen natural por acción psíquica.

El origen siempre sobrenatural tiene en su contra el hecho de que la Iglesia, suprema autoridad en la materia, no ha reconocido ese origen más que en número restringido de estigmas, y que ella exige otras pruebas que la sola existencia de los estigmas para formular esa opinión.

Por otra parte, el Dr. von Arnhard, que el Dr. du Prel afirma era muy versado en la literatura oriental, habló a menudo de numerosos estigmas en los ascetas musulmanes, que se dedican profundamente al estudio de la vida de Mahoma.
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Se referirían a las heridas recibidas por el Profeta durante sus batallas.

Los yogi y los ascetas de Brahma serían capaces de producir fenómenos análogos a los estigmas.
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Sin embargo ignoramos si se trata de verdaderas llagas o de simples sufusiones sanguíneas.

La ausencia de estigmatizados anterior al siglo XIII, siempre que sea exacta, se torna incomprensible si los estigmas son naturales: el ardor de fe de los primeros cristianos, su aspiración al martirio, a la que a veces se ha atribuido un carácter morboso, deberían haber engendrado una abundancia de estigmatizados, con el ejemplo del suplicio de la cruz aplicado muchas veces bajo sus mismos ojos.

Más tarde, al acercarse el año 1000, la exaltación religiosa hubiera debido hacerlos abundar.

Finalmente los Flagelantes de la Edad Media poseían todo lo que era necesario como neurosis y fanatismo, para hacer abrir estigmas naturales.

No, se comprende tampoco cómo los protestantes, mucho más nutridos con las Escrituras que los católicos en el inicio, y cuya piedad llegó a menudo al fanatismo, no hayan realizado ninguna estigmatización.

Finalmente, a estas objeciones teológicas, históricas y estadísticas, contra la estigmatización siempre natural, se agregan las debidas a la incertidumbre de las doctrinas médicas.

La medicina nos deja, pues, en plena incertidumbre, aun para el enorme grupo de estigmatizaciones a las que la Iglesia se rehúsa de atribuir un carácter sobrenatural.

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APLICACIONES PRÁCTICAS

Realmente, las estigmatizaciones, ya sean ellas sobrenaturales, ya sean naturales, implican grandes lecciones tanto morales como científicas.

La Iglesia nos enseña a ver en las estigmatizaciones de origen divino:

Una lección de piedad. Nuestro Señor acuerda a algunas almas de elección que, en su amor por Él, en su reconocimiento por la Redención que nos ha dado, desean compartir los sufrimientos de su Pasión, el privilegio de realizarla efectivamente en sus cuerpos.

Corona su amor cumpliendo su deseo y con eso los admite en su obra redentora.

Un testimonio de la solicitud divina. Gracias a la estigmatización, la Pasión redentora de Nuestro Señor, para las almas que comprenden su perpetuo renovarse en el Santo Sacrificio de la Misa, se convierte en otra cosa que el hecho histórico perdido en la lejanía de los siglos, sino en un hecho divino recordado a sus sentidos y a su espíritu por el milagro actualmente presente.

De allí las numerosas conversiones realizadas.

Un acto redentor. Nuestro Señor acuerda a los estigmatizados de participar realmente a los sufrimientos de la Pasión, y así, dada la reversibilidad de los méritos de la Comunión de los Santos, de merecer para los pecadores la gracia de la conversión o la remisión de una parte de la pena que corresponde a sus pecados.

Fuentes:


Equipo de Colaboradores de Foros de la Virgen María

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