¿Crees que lo que dice la Biblia es palabra de Dios?

Si algo de eso crees, entonces deberías leer este artículo.

Que analiza en profundidad lo que nos cuenta Dios en último libro de la Biblia, el Apocalipsis.

Nos dice que pasaremos por un tiempo de ocaso casi total de la fe.

Que reinará el Anticristo en toda la tierra y perseguirá a los pocos cristianos verdaderos que no apostataron.

Pero afortunadamente este período será acortado porque nadie resistiría, y ahí estaremos de cara a la Segunda Venida de Cristo. 

Este análisis es realizado por el padre Alfredo Saenz sj basándose en las impresionantes ponencias del padre Leonardo Castellani

De ello hacemos un resumen aquí. 

 

EL APOCALIPSIS SE REFIERE A LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

El Apocalipsis nos recuerda que este mundo terminará.
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Pero dicho término se verá precedido por una gran tribulación, y una gran apostasía.
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Tras las cuales sucederá el advenimiento de Cristo y de su Reino, que no ha de tener fin.

La llegada del Señor será precedida por cataclismos, primordialmente cósmicos.

En su Discurso Escatológico, el Señor dice que “habrá en diversos lugares hambres y terremotos…, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo” (Mt 24: 7.29).

El sol en la Escritura representa a veces la verdad religiosa; la luna, la ciencia humana; las estrellas figuran a los sabios y doctores.

Pregúntanse los exégetas si aquellos “signos en el cielo” tan extraordinarios, serán físicos o metafóricos.

Castellani piensa que las dos cosas; porque al fin y al cabo el universo físico no está separado del universo espiritual.

Pero más allá de tales señales en la tierra y en el cielo, Cristo dio tres signos troncales de la inminencia de su Segundo Advenimiento:

la predicación del Evangelio en todo el mundo (cf. Mt 24: 14),

-el término del vasallaje de Jerusalén en manos de los Gentiles (cf. Lc 21: 24), y

-un período de “guerras y rumores de guerras” (Mt 24: 6).

Los tres signos parecen haberse cumplido.

El Evangelio ha sido traducido ya a todas las lenguas del mundo y los misioneros han recorrido los cinco continentes.

Jerusalén ha vuelto a manos de los Judíos con la consiguiente implantación del “Estado de Israel”.

Y en lo que toca a las guerras, según dijo Benedicto XV en 1919 “parece establecida como institución permanente de toda la humanidad”.

Estos síntomas están como preludiando el fin que será el Reinado Universal del Anticristo.

Quien perseguirá a todo el que crea de veras en Dios, hasta que finalmente sea vencido por Cristo.

Castellani habla de la falsedad del Progreso Indefinido y que se opone tan directamente a la palabra de Cristo de que el final intraterreno será catastrófico.

El mundo ha vivido ya cientos de millones de años, afirman sus sostenedores, y por lo tanto puede pensarse que seguirá existiendo cientos de siglos más.

La Ciencia y la Civilización convertirán a este mundo en el Edén del Hombre Emancipado.

Por eso, como dice Castellani, “la última herejía será optimista y eufórica, “mesiánica””.

Será como el resumen de todas las anteriores.

La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo “no vuelve más”.

En base a ello, y tras declarar que el cristianismo ha fracasado, el mundo inventa sistemas para solucionar todos los problemas, nuevas Torres de Babel en orden a escalar el cielo.

Y así niega explícitamente la Segunda Venida de Cristo.

Lo que el mundo hace, en el fondo, es negar el proceso divino y providencial de la historia.

“Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre”.

Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del Otro”, como llamó Cristo al Anticristo (Jn 5: 43).

El mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, o por un choque cósmico, sino por una intervención directa del Creador.

El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas –escribe Castellani–, sino que es un poema gigantesco.

Un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía”.

“El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación”.

Como escribe Castellani, “la señal más cierta de la aproximación del Anticristo será cuando la Iglesia no querrá ocuparse de él”.

Para comprender los signos y la narración del Apocalipsis hay que desentrañar quienes son y qué rol juegan los actores principales.

 

LOS PERSONAJES EN EL DRAMA DEL APOCALIPSIS

El libro sagrado nos expone el drama de la secular lucha entre el bien y el mal, ahora llegada a su culminación, y por ende radicalizada.

Detengámonos en los principales personajes que actúan, a veces bajo la forma de símbolos.

 

CRISTO Y EL DRAGÓN

En el telón de fondo aparecen los dos grandes protagonistas.

Ante todo Cristo, el Señor de la Historia.

Porque el Cordero quien abre el libro sellado, manifestando así su dominio plenario sobre los acontecimientos históricos, no es otro que el Señor.

Frente a Cristo, el Dragón, el demonio, el abanderado de las fuerzas del mal.

Escoltado por dos auxiliares: la Bestia del Mar, que será el dominador en el plano político (en la Escritura el mar simboliza el orden temporal).

Y la Bestia de la Tierra, que llevará a cabo la falsificación del cristianismo (la tierra es el símbolo de la religión).

Ambas Bestias en estrecha conexión y alianza.

Consideremos ahora los personajes subalternos.

 

 

LA PRIMERA BESTIA (el Anticristo)

La Primera Bestia es el Anticristo.

Con cierto facilismo se creyó reconocer al Anticristo en los enemigos concretos de la Iglesia que se iban presentando a lo largo de la historia.

Los primeros señalados fueron los emperadores romanos que desencadenaban persecuciones.

De manera semejante, en el bajo Medioevo se lo creyó encarnado en Mahoma.

Esta idea cobra hoy nueva vigencia a raíz de la conjetura de algunos autores, principalmente Belloc, que afirman la posibilidad de que el Islam pueda renacer como Imperio Anticristiano, más poderoso y temible que antes.

Con el advenimiento del Protestantismo se produjo una extraña variación en la exégesis del Anticristo.

Lutero aplicó la terrible etiqueta escatológica al Papado.

Sobre la base de que la Iglesia puede corromperse, y de hecho se corromperá en los últimos días.

Lutero, interpretando dicha tesis de manera herética, creyó ver en el Papa la Gran Ramera de que habla el Apocalipsis.

Castellani parece sostener una suerte de manifestación gradual del Anticristo.

Las Siete Trompetas del Apocalipsis, que simbolizan siete grandes jalones heréticos en la historia de la Iglesia, aludirían a siete sucesivos Anticristos.

Precursores del Último, al cual preparan sin saberlo, acumulativamente.

A medida que se aproximan al “Hombre de Pecado”, las herejías van creciendo en fuerza y malignidad.

-la primera trompeta representaría el arrianismo;

-la segunda, el Islam;

-la tercera, el Cisma Griego;

-la cuarta, el Protestantismo;

-la quinta trompeta sería la Revolución francesa, con su Enciclopedismo;

-la sexta, el enfrentamiento de los Continentes, la guerra como institución permanente.

Y así llegamos a los umbrales del fin, la época en que se atentará directamente contra el primer mandamiento, la época del odio formal a Dios, el pecado y herejía del Anticristo.

 

 

El Obstáculo para la aparición del Anticristo

Antes de la manifestación del Anticristo deberá ser quitado de en medio un misterioso Obstáculo, de que habla San Pablo: “El misterio de la iniquidad ya está actuando.

Tan sólo que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío” (2 Tes 2: 7-8).

¿A qué se refiere el Apóstol?

Hay algo que ataja o demora la aparición del Anticristo. San Pablo lo llama el katéjon, el obstáculo, que se concreta en el katéjos, es decir, un ser obstaculizante.

Hasta que dicho katéjon no sea “quitado de en medio” no se manifestará el Hombre sin Ley.

¿Cuál es este enigmático Obstáculo?

Algunos Padres de la Iglesia pensaron que el Katéjon (lo obstaculizante) era el Imperio Romano ya cristianizado.

En el siglo XIII, Santo Tomás creería ver en la Cristiandad medieval la continuación del Imperio Romano.

De alguna manera ese Imperio, mal o bien, permaneció hasta hace poco.

Sea lo que fuere, las migajas o lo que resta de ese Imperio habrían impedido hasta el presente la aparición formal del Anticristo.

El cual, en su momento, restaurará dicho Imperio, pero a su modo.

Algunos autores han pensado que el katéjon era la misma Iglesia, cuya presencia constituía el último obstáculo para la manifestación del Anticristo.

Así opina San Justino, el primer comentador del Apocalipsis.

También San Victorino aplicó el katéjon a la Iglesia – “la Iglesia será quitada”, dice–, pero en el sentido de que volvería a la oscuridad, a las catacumbas, perdiendo todo influjo en el orden social.

En su novela Juan XXIII (XXIV) escribe Castellani que “Iglesia” se dice en tres sentidos:

Hay la Iglesia que es el proyecto de Dios y el ideal del hombre, y está comenzada en el cielo, la “Esposa”, a la cual San Pablo llama “sin mancha”, una.

Hay la Iglesia terrenal, donde están el trigo y la cizaña mezclados para siempre, pero se puede llamar “santa” por su unión con la de arriba por la gracia, dos.

Y hay la Iglesia que ve el mundo, “el Vaticano”, que trata con el mundo; que está quizá más unida con el mundo que otra cosa, y que desacredita al todo”, tres.

 

La figura del Anticristo

¿Quién será el que asuma ese terrible papel?

Inicialmente los Padres consideraron que se trataba de una persona concreta e individual.

A partir del Renacimiento surgió la idea de un Anticristo colectivo e impersonal.

Ambas cosas son admisibles.

Será, por cierto, una atmósfera, un espíritu que se respira en el ambiente, “espíritu de apostasía”.

Pero también será un individuo, porque San Pablo lo llama “el hombre impío”, “el inicuo”, “el hijo de la perdición”.

El nombre de “Anticristo” lo inventó San Juan. San Pablo lo denominó “Ánomos”, el sin ley (cf. 2 Tes 2: 8). Cristo lo llamó “el Otro” (Jn 5: 43).

Dice el Apocalipsis que la cifra del Anticristo será 666 (cf. Ap 13, 18).

En griego, la palabra “Bestia”, que es el nombre que le da San Juan, se dice “theríon”.

Si esta palabra se vierte al hebreo, y se suman los números de cada letra según su lugar en el abecedario de dicha lengua, el resultado es 666.

¿De qué nacionalidad será el Anticristo?

Dostoievski lo hace ruso, habiéndolo pintado con los rasgos de Stavroguin en su novela Demonios.

Benson lo imagina norteamericano, bajo el nombre de Felsenburgh.

Según algunos Padres y exégetas antiguos, será judío, para mejor emular a Cristo, su antítesis, que también lo fue.

El cuerno pequeño que en la profecía de Daniel crece casi de golpe (cf. Dan 7: 8.20), podría ser el reino de Israel, comenzando el Anticristo por constituirse en Rey de los Judíos.

Esta última adjudicación se ha visto coloreada en la leyenda popular, hasta llegarse a detalles nimios: sería de la tribu de Dan, hijo de una monja judía conversa y de un obispo, cuando no del demonio, directamente.

No tendría ángel de la guarda. Nacería provisto de dientes y blasfemando. Adquiriría con rapidez fantástica todas las ciencias.

En realidad el Anticristo no se presentará como un personaje siniestro, la perversidad encarnada.

Será, por cierto, demoníaco, pero no aparecerá tal, sino que hará gala de humanitarismo y de humanismo.

Se fingirá virtuoso, aunque de hecho sea cruel, soberbio y mentiroso.

Anunciará quizás la restauración del Templo de Jerusalén, pero no será en beneficio de los judíos sino para entronizarse él y recibir allí honores divinos.

Porque el Anticristo no se contentará con negar que Cristo es Dios y Redentor, sino que se erigirá en su lugar, cual verdadero Salvador de la humanidad.

Tratará incluso de parecerse a Cristo lo más posible. Será “el simio de Dios”.

 

El poder y la obra del Anticristo

La eclosión del Anticristo será fulgurante, si bien a partir de modestos orígenes.

Los antiguos escritores eclesiásticos entendieron que en la consumación del mundo, cuando el Orden Romano se encontrase destruido, habría diez reyes.

A quienes la Escritura llama “los diez cuernos”.

El Anticristo será el undécimo rey, que al parecer emergerá históricamente como el superviviente de una lucha entre otros reyes.

Un “cuerno pequeño”, dice el profeta (cf. Dan 7: 8), o sea, un rey oscuro y plebeyo, que quizá crecerá de golpe.

Empezará como “reino pequeño”, señala Daniel (cf. 7; 8), y después logrará el dominio sobre los restantes, convirtiéndose en “otro Reino”, descomunal y distinto de los demás, cabeza de una confederación de naciones.

El Anticristo llevará a cabo una síntesis mundial de todos los adversarios del cristianismo, tanto en el Oriente como en el Occidente.

Una especie de contubernio entre el capitalismo y el comunismo.

En torno a él se reunirán todos los que Castellani llama los ”oneworlders”, o sea “mundounistas”, los que hoy sustentan el Nuevo Orden Mundial.

Una vez que haya tomado las riendas del poder en sus manos, el Anticristo se abocará a su obra, que a los ojos del mundo aparecerá como “benéfica”.

No en vano es el Cuarto Caballo del Apocalipsis, que reemplazará a los tres primeros: al Caballo Blanco, desde luego, que representa el Orden Romano, el Katéjon; y luego al Rojo y al Negro, que simbolizan, respectivamente, la Guerra y la Carestía.

Acabará con la guerra, ante todo, cumpliendo el anhelo más profundo de la humanidad, que es la paz universal.

Una paz sacrílega y embustera, por cierto, la paz del mundo, estigmatizada por Cristo.

El Anticristo solucionará igualmente los problemas económico-sociales, ofreciendo no sólo abundancia sino también igualdad, aunque sea la de un hormiguero.

Corregirá así la plana a su Rival, consintiendo a las tres tentaciones que antaño Jesús se obstinara en rechazar:

-“Di que estas piedras se conviertan en pan”, y dará de comer al mundo entero;

-“tírate del Templo abajo, para que todos te aplaudan”, y adquirirá renombre universal por los medios de comunicación;

-“todos los reinos de la tierra son míos y te los daré si me adorares” (cf. Mt 4, 1-11), y los recibirá.

Tratará asimismo de destruir lo que queda de Cristiandad, pero aprovechando sus despojos.

Perseguirá duramente a la Iglesia y matará a los profetas.

Pero los sustituirá enseguida por profetas mercenarios.

Y, como es obvio, no querrá ni oír hablar de la Parusía.

Porque no hay que olvidar que la figura del Anticristo no es primordialmente política, sino teológica.

Ello se hace evidente por las metas que la Escritura le atribuye:

negará que Jesús es el Salvador Dios (cf. 1 Jn 2: 22); 

será recibido en lugar de Cristo por la humanidad (cf. Jn 5: 43);  

se autodivinizará (cf. 2 Tes 2: 4);

-suprimirá, combatirá o falsificará las otras religiones (cf. Dan 7: 25).

El Misterio de Iniquidad, que el Anticristo encarna, se resume en el odio a Dios y la adoración del hombre.

Porque, paradojalmente, aquel cuya boca proferirá blasfemias contra todo lo divino (cf. Ap 13: 5-6), por otro lado pretenderá hacerse adorar como Dios (cf. 2 Tes 2: 4).

Castellani advierte cómo los tiempos modernos están propagando sin descanso la Idolatría del Hombre y de las obras de sus manos.

 

La sede del Anticristo

Un último aspecto relativo a la Primera Bestia es la cuestión de la sede y ámbito de su gobierno.

Castellani aventura que podrían ser Europa, Norteamérica y Rusia.

Trátase de una Urbe concreta o un conjunto de urbes, que ha logrado conquistar el poder mundial: “La mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que tiene la soberanía sobre todos los Reyes de la tierra” (Ap 17: 18).

San Juan dice que vio escrito en su frente la palabra “misterio” (cf. Ap 17: 5), y testifica el asombro que dicha visión le provocó.

Lleva, sin duda, aquel nombre para indicar que corporiza el Misterio de Iniquidad.

Es la ciudad moderna, desacralizada, laicista y socialdemócrata.

La capital del Anticristo será un gran emporio económico, cabeza de un Imperio sacro falsificado, es decir, de un imperialismo.

San Juan nos la describe como una urbe tecnocrática, encandilante con el resplandor de sus luces, el oro y las joyas que la cubren, poblada de comerciantes.

Mas lo principal de Babilonia, y lo que la hace especialmente ramera es su proyecto de carnalizar la religión, legalizando así los planes del Anticristo.

¿Durante cuánto tiempo reinará en ella?

Casi todos los comentaristas le atribuyen a su gobierno una duración de tres años y medio.

Así parece insinuarlo el profeta Daniel (cf. 7: 25), y lo confirma el Apocalipsis al decir que “se le dio poder de actuar durante cuarenta y dos meses” (Ap 13: 5 cf. también 11, 2).

A su término, la Gran Babilonia caerá de golpe, se desplomará estrepitosamente (cf. Ap 18: 2. 9-24), suscitando el llanto de “los mercaderes de la tierra” (Ap 18: 11).

 

LA SEGUNDA BESTIA (el falso profeta)

Junto al Anticristo, el Apocalipsis nos presenta otro personaje fundamental, un Pseudoprofeta.

Es la Segunda Bestia, el brazo derecho del Anticristo en su fáustico intento.

También él se parecerá a Cristo: “Hablaba como el Dragón, pero tenía dos cuernos como de cordero” (Ap 13: 11).

Si la Primera Bestia salió del mar (cf. Ap 13: 1), ésta surge de la tierra firme (cf. Ap 13: 11), es decir, del ámbito religioso.

Y su propósito será que todo el mundo adore al Anticristo: “Hizo que toda la tierra y sus habitantes adoraran a la Primera Bestia” (Ap 13: 12).

El Apocalipsis lo presenta dotado de poderes taumatúrgicos, con capacidad para realizar “grandes portentos” (Ap 13: 13).

No serán verdaderos milagros, pero tampoco meros juegos de prestidigitación.

La principal labor que llevará a cabo esta Segunda Bestia será la adulteración de la religión.

Las Dos Bestias representarían así el poder político, la primera, y el instinto religioso del hombre, la segunda, vueltos ambos contra Dios.

Lo afirma de manera terminante: “Cuando la estructura temporal de la Iglesia pierda la efusión del Espíritu y la religión adulterada se convierta en la Gran Ramera, entonces aparecerá el Hombre de Pecado  y el Falso Profeta.

Un Rey del Universo que será a la vez como un Sumo Pontífice del Orbe, o bien tendrá a sus órdenes un falso Pontífice, llamado en las profecías el Pseudoprofeta”.

No es que la Iglesia perderá la fe, pero sí se verá gravemente afectada.

Todas las energías del demonio estarán concentradas en pervertir lo que es específicamente religioso.

Al demonio no le interesará matar, sino “corromper, envenenar, falsificar”.

Estima Castellani que el mundo se encuentra ya suficientemente ablandado y caldeado para recibir al Pseudoprofeta del Apocalipsis.

Será la época de la parábola de la cizaña. Cuando llega el tiempo de la siega es cuando la cizaña se parece más al trigo.

Por eso Cristo, al ver el mundo futuro desde aquel montículo de Jerusalén desde donde se divisaba el Templo, profetizó la Gran Tribulación Final, así como la decadencia de la Iglesia en su fervor.

El Apocalipsis nos muestra el Templo profanado, no destruido.

La religión se mantendrá, pero adulterada; sus dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica.

También el Templo perdurará, porque no hay que destruir los templos sino la fe.

El Templo servirá para que allí se siente el Anticristo, “haciéndose adorar como Dios” (2 Tes 2: 4).

Es “la abominación de la desolación”, como dijo Daniel (9: 27) y repitió Cristo (cf. Mt 24: 15).

Castellani se esmera por dejar  en claro que la corrupción de la Iglesia no será total. A ello tenderá sin duda el intento del Pseudoprofeta.

¿Cómo se concretará esta adulteración del cristianismo?

Consintiendo la Iglesia a las tres tentaciones del desierto que en su momento Cristo supo rechazar.

-Una Iglesia abocada a lo temporal, polarizada en ello, en la adquisición de los bienes terrenos, en la distribución abundante de pan. He aquí la primera tentación.

-Una Iglesia en busca de renombre, que emplea sus poderes religiosos para alcanzar prestigio y ascendiente, que reemplaza la contemplación por la agitación burocrática. Tal la segunda tentación.

-Y la tercera: una Iglesia al servicio de los que son poderosos, buscando el reino en este mundo, con los medios más eficaces, que son hoy los satánicos.

El Pseudoprofeta será el que “actúe”, es decir, “ritualice” el proyecto del Anticristo, el que lleve a cabo su “propaganda sacerdotal”.

El Apocalipsis resume su quehacer en tres iniciativas.

-Primero, organizará la veneración colectiva de la Primera Bestia, imponiendo la adoración idolátrica de su icono nefando, so pena de terribles persecuciones (cf. Ap 13: 12.14-15).

-En segundo lugar realizará increíbles prodigios en favor del Anticristo, haciendo llover fuego del cielo, si es necesario (cf. Ap 13: 13), y sobre todo haciendo hablar a la imagen de la Bestia (cf. Ap 13: 15).

-Y tercero, inventará una muerte y una resurrección amañada de la Bestia (cf. Ap 13: 3.12), para que emule la de su Adversario divino.

Dicho triunfo sólo será factible con la ayuda del sector adúltero de la Iglesia.

 

EL PEQUEÑO RESTO

En los tiempos del Anticristo, el señorío del demonio será tremendo y se desatará en todas las direcciones.

En operaciones esotéricas y nefandas de magia y espiritismo.

En el poder abrumador de la “ciencia moderna”, que ya se ha vuelto capaz de arrojar fuego del cielo con la bomba atómica y hacer hablar a una imagen mediante la televisión combinada con la radio.

En la tiranía implacable de la maquinaria política.

En la crueldad de los hombres rebeldes y vueltos “fieras en la tierra”.

En la seducción sutil de los falsos doctores que usarán el mismo cristianismo contra la cruz de Cristo, una parte del cristianismo contra otra, y a Jesús contra su Iglesia.

La opción por Cristo o por el Anticristo se hará universal e ineludible.

La sola profesión de fe cristiana pondrá a los fieles en situación de martirio.

La mayoría caducará, de modo que la apostasía cubrirá al mundo como un diluvio.

Los que resistan serán poco numerosos, los contados 144.000 de que habla el texto sagrado (cf. Ap 7: 4), un pequeño resto, perdido en el océano de las multitudes apóstatas.

Esos pocos “no podrán comprar ni vender” (Ap 13: 17; 14, 1), ni circular, ni dirigirse a los demás a través de los medios de comunicación, ahora en manos del poder político.

Cualquier intento de emigración se tornará impensable, ya que el mundo entero será una inmensa cárcel, sin escape posible. Sólo quedará “refugiarse en el desierto” (cf. Ap 12: 14).

Los que permanecerán fieles serán los que “no se ensuciaron con mujeres” (Ap 14: 4), es decir, con la Mujer, la Ramera.

Hombres límpidos, “en cuya boca no se encontró mentira” (Ap 14: 5), hombres lúcidos y valientes, verdaderos baluartes en medio de un huracán, acosados por la traición y el espionaje.

Lo más dramático serán los tormentos interiores que experimentarán los que se obstinen en su fidelidad.

Se verán sometidos a noches oscuras interminables, a conflictos de conciencia desgarradores, que en muchos casos no se resolverán en esta vida.

Habrá quienes deberán luchar, con sangre en el alma, durante años y años, sin resultado aparente, contra tentaciones supremas, sufriendo “el bofetón de Satanás” (2 Cor 12: 7), sin la ayuda de la gracia sensible.

Porque “el sol se oscurecerá, la luna se volverá color de sangre, y caerán las estrellas del cielo”… (Ap 6: 12-13).

Nadie podría aguantar si Cristo no volviese pronto.

Los primeros mártires debieron luchar contra los emperadores, los últimos contra el mismo Satanás.

Por eso serán mártires mayores.

Ni siquiera serán reconocidos como mártires, agrega San Agustín, ya que se los condenará como delincuentes ante las multitudes, víctimas de la propaganda.

La llamada “opinión pública” estará en favor de esta persecución.

El mismo Cristo dijo que cederían “si fuera posible, los mismos escogidos” (Mt 24: 24).

Más no es posible que caigan los escogidos.

Un ángel ha comenzado a marcar sus frentes con el nombre del Cordero y de su Padre (cf. Ap 14: 1), y Dios ordena suspender los grandes castigos hasta que estén todos señalados, abreviando la persecución por amor de ellos.

Su único apoyo serán las profecías –escribe Castellani–. El Evangelio Eterno (es decir, el Apocalipsis) habrán reemplazado a los Evangelios de la Espera y el Noviazgo.

Y todos los preceptos de la Ley de Dios se cifrarán en uno solo: mantener la fe ultrapaciente y esperanzada.

Los fieles de los últimos tiempos sólo se salvarán por una caridad inmensa, una fe heroica y la esperanza firme en la próxima Segunda Venida”.

Acompañarán en su resistencia a este pequeño resto dos personajes misteriosos, los llamados Dos Testigos  (cf. Ap 11, 1 ss.).

No se sabe de cierto quiénes serán. Para algunos, Enoc y Elías, para otros, Moisés y Elías.

En el Apocalipsis aparecen como dos grandes y santos paladines, que defenderán a Cristo, y tendrán en sus manos poderes prodigiosos.

El Anticristo “les hará la guerra, los vencerá y los matará” (Ap 11: 7). Sus cadáveres quedarán expuestos frente al Santo Sepulcro.

Pero luego de tres días y medio el Señor los resucitará (cf. Ap 11: 11).

 

LA MUJER CORONADA Y EL ARCÁNGEL MIGUEL

En el capítulo 12 del Apocalipsis se habla de otra mujer: “Un signo magno apareció en el cielo.

Una mujer vestida de sol y la luna debajo de sus pies. Y en su cabeza una corona de doce estrellas.

Y gestaba en su vientre y clamaba con los dolores de parto y con el tormento de dar a luz” (12: 1-2).

Los exégetas han aplicado este texto, algunos a la Santísima Virgen, otros a la Iglesia o a Israel.

¿Será aplicable a la Iglesia?

Sin embargo, no parece convenirle plenamente, aunque sí por extensión.

Para otros, figura al Israel de Dios, “que da a luz un hijo varón” (Ap 12: 5).

Así lo interpreta Castellani, en la inteligencia de que dicho texto se refiere a la conversión final de los judíos, preanunciada por San Pablo y los profetas.

¿En qué momento se convertirán los judíos?

Los Santos Padres tienen dos opiniones al respecto.

Según algunos, ocurrirá antes de que aparezca el Anticristo.

Otros, por el contrario, sostienen que los judíos serán los primeros adeptos del Anticristo, a quien reconocerán como al Mesías esperado.

Constituyendo su escolta y guardia de corps, según aquello que dijo el Señor: “Yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero Otro vendrá en su nombre y a ése lo recibiréis” (Jn 5: 43).

Sólo a la vista de la Segunda Venida de Cristo, los judíos se convertirán. “Mirarán a quien traspasaron”, preanunció el profeta Zacarías (12, 10).

Cuando la Mujer estaba por dar a luz, un fiero Dragón rojo se detuvo delante de ella con la intención de devorar a su hijo.

Pero el “hijo varón” (Ap 12: 5), apenas nacido, fue llevado al Trono de Dios para regir a todas las naciones con el cetro mesiánico.

El Dragón, lleno de furia, persiguió a la mujer, más el Señor le dio dos alas como de águila, con que voló al desierto donde sería alimentada durante 1260 días (cf. Ap 12: 13-14).

Al fracasar en su intento, el Dragón “se fue a hacer guerra a los otros de su semilla” (Ap 12: 17).

Del Dragón se dice que “con su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra” (Ap 12: 4).

Para explicar este texto recurre Castellani a un teólogo del siglo V, llamado Teodoreto.

Según el cual las estrellas del cielo que serán arrastradas a la tierra por el Dragón, representan “a los varones brillantes, príncipes no sólo políticos más también eclesiásticos, doctores y religiosos”.

Que en los tiempos finales perderán la fe, y se pondrán al servicio del Anticristo; apóstatas “inmanentes”, los más peligrosos de todos.

A continuación, el texto sagrado describe un combate en las alturas: “Y prodújose una guerra en el cielo. Mikael y sus ángeles salieron a guerrear con el Dragón” (Ap 12: 7).

He aquí otro personaje de este drama sagrado, Mikael, empeñado en lucha grandiosa con el Dragón y sus adláteres de la tierra.

Se juntan aquí dos batallas, muy separadas en el tiempo.

En la primera, que se desarrolla en las alturas, el Ángel arroja al Dragón del cielo a la tierra (cf. Ap 12: 9).

Y allí en la Tierra el demonio recobra el aliento e instaura su reino por medio del Anticristo.

Entonces los que se arrodillen ante la Bestia gritarán: “¿Quién como la Bestia? ¿Y quién podrá luchar contra ella?” (Ap 13: 4).

Grito siniestro, que se enfrenta con el grito de San Miguel.

Cuando la victoria del Anticristo y de su Pseudoprofeta parezca ineluctable, “en aquel tiempo se levantará [de nuevo] Mikael, Príncipe de nuestro pueblo”, como profetizó Daniel (12: 1).

La lucha en el cielo será doblada de una última lucha religiosa sobre la tierra.

En otro artículo hablamos sobre la victoria de Cristo.

Fuentes:

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