Skip to main content

La vida sobrenatural de la Iglesia se estructura en base a 7 sacramentos de orden sobrenatural.

Los que nos ha dejado Nuestro Señor Jesucristo a través de las Escrituras.

La definición tradicional de un sacramento es la siguiente: «Un sacramento es un signo visible, instituido por Cristo, para dar la gracia.»

Dentro de esta definición hay tres puntos importantes:

Un signo visible: Una acción es realizada por un ministro (por lo general un cura).

Por ejemplo cuando un bebé es bautizado en la iglesia el sacerdote derrama agua sobre su cabeza y, al mismo tiempo dice las palabras «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»Eso es un signo visible.

Instituido por Cristo: El Señor Jesucristo dio instrucciones a su iglesia para ofrecer los siete Sacramentos a sus seguidores.

Por ejemplo, su directiva a Sus discípulos en el Evangelio de Mateo (28/19), «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Para dar gracia: La gracia es un don gratuito de Dios de Sí mismo para darnos poder y control en nuestra vida y en las decisiones que tomamos una vez que nos hemos comprometido a él con fe.

Esta es una forma de informar a los católicos a tener en cuenta a la hora de explicarlos a evangélicos y protestantes.

   

BAUTISMO

Nos da el nacimiento a la vida divina: nos hace herederos del cielo

Para los católicos, el sacramento del bautismo es el primer paso en un viaje de por vida de compromiso y discipulado. 

Si somos bautizados como infantes o adultos, el bautismo es la forma de celebrar y promulgar el abrazo de Dios por intermedio de la Iglesia.

El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende:

El perdón del pecado original y de todos los pecados personales.

El nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo.

La incorporación a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y la participación del sacerdocio de Cristo.

bautismo

 

Los pasajes bíblicos que aluden al bautismo son:

Mt. 28, 19
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,”

Mc. 16, 16
“El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.”

Jn. 3, 5
“Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.»”

Hch. 2, 38
“Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo;»”

Hch. 16, 15
“Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir.”

Hch. 16, 33
“En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos.”

Hch. 22, 16
“Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.”

Rom. 5, 3-4
“¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?”

1 Cor. 1, 13-16
“¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?

¡Doy gracias a Dios por no haber bautizado a ninguno de vosotros fuera de Crispo y Gayo! Así, nadie puede decir que habéis sido bautizados en mi nombre.

¡Ah, sí!, también bauticé a la familia de Estéfanas. Por lo demás, no creo haber bautizado a ningún otro.”

1 Cor. 6, 11
“Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

Col. 2, 12
“Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos.”

Tit. 3, 5
“Él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo,”

1 Pe 3, 21
“a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo,”

 

CONFIRMACIÓN 

Fortalece y acrecienta la vida divina: nos convierte en soldados de Cristo

La Confirmación es un sacramento católico del compromiso cristiano maduro y una profundización de los regalos del bautismo.

Es uno de los tres sacramentos de iniciación para los católicos. Con mayor frecuencia se asocia con los dones del Espíritu Santo.

La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para:

–  Enraizarnos más profundamente en la filiación divina.

Incorporarnos más firmemente a Cristo.

Hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociándonos todavía más a su misión.

– Ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras.

confirmacions

     

Los pasajes bíblicos que aluden a la confirmación son:

Sab. 9, 17
“Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?”

Hch. 8, 14-17
“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.

Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.”

Hch. 13, 2-3
“Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.»

Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron.”

Hch. 19, 1-6
“Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde encontró algunos discípulos; les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?»

Ellos contestaron: «Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo.» Él replicó: «¿Pues qué bautismo habéis recibido?». «El bautismo de Juan», respondieron.

Pablo añadió: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Jesús.» Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.

Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar.”

2 Cor. 1, 21-22
“Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.”

Ef. 1, 13
“En Él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa,”

Heb. 6, 1-2
“Por eso, dejando aparte la enseñanza elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin reiterar los temas fundamentales del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios; de la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.”

 

EUCARISTÍA

Alimenta la vida divina.

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.

Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad.

Los católicos creen que la Eucaristía o Comunión, es a la vez un sacrificio y una comida.

Creemos en la presencia real de Jesús, que murió por nuestros pecados.

A medida que recibamos Cuerpo y la Sangre de Cristo, también somos alimentados espiritualmente y y nos aproximamos a Dios.

La Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo:

Acrecienta la unión del comulgante con el Señor.

– Le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves.

– Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

eucaristia

   

Los pasajes bíblicos que aluden a la eucaristía son:

Mt. 26, 26-28
“Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.»

Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados.»”

Mc. 14, 22-24
“Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.»

Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella.

Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos.»”

Lc. 22, 19-20
“Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»

De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.»”

Jn. 6, 30-35
“Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?

Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: «Pan del cielo les dio a comer.»

Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.»”

Jn. 6, 48-58
“«Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.

Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»”

1 Cor. 10, 16
“La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo?

Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.”

1 Cor. 11, 23-29
“Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»

Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre.

Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.»

Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.

Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo.”

   

RECONCILIACIÓN O PENITENCIA O CONFESIÓN

Nos devuelve la vida divina perdida por el pecado.

El Sacramento de la Reconciliación Católica (también conocida de Penitencia o Confesión) tiene tres elementos: la conversión, la confesión y la celebración.

En ella encontramos el perdón incondicional de Dios; como resultado, estamos llamados a perdonar a los demás.

La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Los efectos espirituales de este sacramento son:

– La reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia;

– La reconciliación con la Iglesia;

– La remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales;

– La remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado;

– La paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual

– El acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

confesion

      

Los pasajes bíblicos que aluden a la confesión son:

Mt. 16, 19
“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la Tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos.”

Mt. 18, 18
“Yo os aseguro: todo lo que atéis en la Tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.”

Lc. 15, 18-19
“Me levantaré, iré a mi padre y le diré: «Padre, pequé contra el Cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.»”

Jn. 20, 21-23
“Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.

A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengais, les quedan retenidos.»”

Hch. 19, 18
“Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.”

1 Cor. 5, 3-5
“Pues bien, yo por mi parte corporalmente ausente, pero presente en espíritu, he juzgado ya, como si me hallara presente, al que así obró: que en nombre del Señor Jesús, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de Jesús Señor nuestro, sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu se salve en el Día del Señor.”

2 Cor. 2, 6-11
“Bastante es para ese tal el castigo infligido por la comunidad, por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza.

Os suplico, pues, que reavivéis la caridad para con él. Pues también os escribí con la intención de probaros y ver si vuestra obediencia era perfecta.

Y a quien vosotros perdonéis, también yo le perdono.

Pues lo que yo perdoné -si algo he perdonado- fue por vosotros en presencia de Cristo, para que no seamos engañados por Satanás, pues no ignoramos sus propósitos.”

2 Cor. 5, 18-20
“Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.

Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación.

Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!”

Sgo. 5, 16
“Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.”

1 Jn. 1, 8-9
“Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia.”

    

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS 

Mantiene la vida divina en los sufrimientos de la enfermedad grave o la vejez.

El Sacramento Católico de unción de los enfermos, antes conocida como extremaunción, es un ritual de curación apropiado no sólo física, sino también para el caso de enfermedad mental y espiritual.

La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:

– La unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;

– El consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;

– El perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la Penitencia;

– El restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;

– La preparación para el paso a la vida eterna.

uncion de los enfermos

     

Los pasajes bíblicos que aluden a la unción de los enfermos son:

Mc. 6, 5
“Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos.”

Mc. 6, 12-13
“Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.”

Lc. 13, 12-13
“Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.”

Hch. 9, 17-18
“Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.»

Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado.”

1 Cor. 12, 9
“a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu;”

1 Cor. 12, 30
“¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?”

Sgo. 5, 14-15
“¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor.

Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.”

   

ORDEN SACERDOTAL

Perpetúa los ministros que transmiten la vida divina.

El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confirmada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico.

En el Sacramento del Orden, o la ordenación, el sacerdote es ordenado por votos para dar lugar que sirva a otros católicos trayéndoles los sacramentos (especialmente la Eucaristía), anunciando el Evangelio, y proporcionando otros medios para la santidad.

Comprende tres grados: El episcopado, el presbiterado y el diaconado.

La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones (viris) bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente reconocidas.

A la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación.

Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la Fe a los hermanos (cf. Lucas. 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.

sacerdocio

    

Los pasajes bíblicos que aluden al orden sacerdotal son:

Mt. 18, 18
“Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Lc. 10, 16
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.”

Lc. 22, 19
“Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»”

Lc. 24, 47
“y se predicará en Su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.”

Jn. 12, 20-22
“Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta.

Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.”

Jn. 15, 5
“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.

El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.”

Hch. 6, 6
“los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.”

Hch. 15, 2-6
“Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión.

Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos.

Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos.

Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.

Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.”

Hch. 20, 17
“Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.”

Hch. 20, 28
“Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.”

Hch. 21, 18
“Al día siguiente Pablo, con todos nosotros, fue a casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros.”

1 Tim. 3, 1
“Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de epíscopo, desea una noble función.”

1 Tim. 4, 14
“No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros.”

1 Tim. 5, 17
“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza.”

2 Tim. 1, 6
“Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.”

Tit. 1, 5
“El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené.”

1 Pe. 5, 1
“A los ancianos que están entre vosotros les exhorto yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse.”

    

MATRIMONIO

Perfecciona el amor humano de los esposos y les da las gracias para santificarse en el camino hacia la vida divina.

La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una intima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador.

Para los católicos, el sacramento del matrimonio, o el santo matrimonio, es una señal pública de que uno se entrega totalmente a esta otra persona.

También es una declaración pública acerca de Dios: la unión de amor entre marido y mujer habla de los valores familiares y también los valores de Dios.

Los efectos del Matrimonio son:

Origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo, de modo que el matrimonio válido celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás.

Los cónyuges reciben una gracia propia del sacramento por la que:

– Quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado.

– Se fortalece su unidad indisoluble.

– Se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos.

Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento.

casamiento

    

Los pasajes bíblicos que aluden al matrimonio son:

Gén. 1, 26-28
“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.

Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.

Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»”

Gén. 2, 18-25
“Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.»

Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.

El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada.

Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió.

Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.

De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.

Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»

Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne.

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.”

Mt. 5, 31-32
“También se dijo: ‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.’

Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto en caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.”

Mt. 19, 3-9
“Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?»

Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, ‘los hizo varón y hembra’, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’

De manera que ya no son dos, sino una sola carne.

Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»

Dicenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?»

Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así.

Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio.»”

Mc. 10, 2-12
“Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?»

Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?»

Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.»

Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto.

Pero desde el comienzo de la creación, ‘Él los hizo varón y hembra.’ ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne.

De manera que ya no son dos, sino una sola carne.’

Pues bién, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.»

Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto.

Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»”

Lc. 16, 18
“Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido, comete adulterio.”

Rom. 7, 2-3
“Así, la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido.

Por eso, mientras vive el marido, será llamada adultera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de forma que no es adultera si se casa con otro.”

1 Cor. 7, 1-15
“En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer.

No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido.

Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido.

No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer.

No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia.

Lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra.

No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo.

Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse.

En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer.

En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no la despida.

Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no le despida.

Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente.

De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos.

Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados: para vivir en paz os llamó el Señor.”

1 Cor. 7, 39
“La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor.”

Ef. 5, 3
“La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos.”

Ef. 5, 5
“Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra- participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.”

Ef. 5, 21-33
“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.

Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo.

Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.

Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos.

El que ama a su mujer se ama a sí mismo.

Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.

‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne.’

Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.

En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.”

Heb. 13, 4
“Tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado; que a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios.”

1 Pe. 3, 1-7
“Igualmente, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos para que, si incluso algunos no creen en la Palabra, sean ganados no por las palabras sino por la conducta de sus mujeres, al considerar vuestra conducta casta y respetuosa.

Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios.

Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos; así obedeció Sara a Abraham, llamándole ‘Señor’.

De ella os hacéis hijas cuando obráis bien, sin tener ningún temor.

De igual manera vosotros, maridos, en la vida común sed comprensivos con la mujer que es un ser más frágil, tributándoles honor como coherederas que son también de la gracia de Vida, para que vuestras oraciones no encuentren obstáculo.”

  

LOS SACRAMENTOS SON UN REGALO DE DIOS

Todo es don, todo es regalo.

El Señor nos dio la vida, nos guía en el camino, es un Padre amantísimo para nosotros, Su ternura nos excede.

¿Qué más se podría pedir?

Sin embargo, Él sabe que el camino es largo y muchos los obstáculos.

El enemigo es hábil e incansable.

Va a tratar por todos los medios de impedir nuestro regreso a Aquél de quien procedemos.

Y desde Su Omnipotencia y Sabiduría eternas, el Altísimo supo desde siempre que no podemos resistir solos.

Entonces, en la plenitud de los tiempos, se compadeció de nosotros y descendió de la Eternidad a nuestro tiempo, para iluminarnos el camino.

Porque Él es la Luz del mundo.

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran Luz» (Isaías 9, 1-2).

Y ese Dios enorme, ya Hombre, se dignó caminar nuestros pasos, tomar nuestra lucha, trabajar nuestros trabajos, enseñándonos cómo hacer cada cosa y cómo enfrentar nuestros desafíos.

Siempre como Hombre, pero mirándonos con Sus tiernos ojos de Dios.

No desoyó ninguna súplica, no siguió de largo frente a ningún dolor.

Ninguna hipocresía pudo engañarlo.

Ninguna maldad pudo doblegar Su Amor.

Su Sagrado Cuerpo fue torturado hasta la saciedad, pero ningún clavo o espina pudieron vencer Su pureza y santidad.

Y después de salir vencedor del pecado y de la muerte, quiso legarnos Su fortaleza.

Para que fuéramos puros y santos como Él nos deseaba.

Y nos dejó Su Gracia Santificante por medio de siete Sacramentos.

¡Cuánta Su bondad, cuánta Su generosidad!

Para este Dios amante nada parece ser demasiado ni suficiente.

Gracias, Dios nuestro, por conocer nuestra debilidad y darnos los medios para convertirla en fortaleza que nos acerca a Ti.

Nos pediste ir por el camino angosto, pero con los Sacramentos Tu Misericordia lo ensancha para nosotros.

Gloria y alabanza a Ti, dulce Señor, porque no desdeñas nuestra miseria y pobreza y nos extiendes siempre Tu mano amable y generosa.

¡Perdonas nuestros pecados y los olvidas!

Tu ternura se queda en el Pan y en el Vino para alimentarnos.

Nos llamas a distintas vocaciones para que lleguemos a Ti desde nuestra felicidad.

Y a cada una de ellas las llenas de Ti.

¡Ninguna circunstancia de nuestra vida queda fuera de Tu bendición!

Haz, Señor, que nunca dejemos de aferrarnos a esas cadenas de amor que nos unen a Ti.

Y por favor, recíbenos en Tus brazos amorosos cuando Tu voluntad nos llame a Ti.

Amén.

Fuentes:



María de los Ángeles Pizzorno de Uruguay, Escritora, Catequista, Ex Secretaria retirada

¿Te gustó este artículo? Entra tu email para recibir nuestra Newsletter, es un servicio gratis: