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Feliz Navidad - Es hora de volver a la oración de san Miguel Arcángel

María Reina de la Paz de Medjugorje, Mensajes del 2, 18 y 25 de mayo de 2012

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2 DE MAYO DE 2012
Queridos hijos, con amor materno yo les pido: entréguenme sus manos, permítanme que yo los guie. Yo, como Madre, deseo salvarlos de la inquietud, de la desesperación y del exilio eterno…

18 DE MAYO DE 2012
Queridos hijos, también hoy deseo invitarlos: oren junto conmigo por mis Pastores, para que guíen a su rebaño incansablemente en la fe.

25 DE MAYO DE 2012
¡Queridos hijos! También hoy los invito a la conversión y a la santidad. Dios les quiere dar alegría y paz a través de la oración, pero ustedes hijitos, aún están lejos… 

 

Mensaje del 2 de mayo de 2012

”Queridos hijos, con amor materno yo les pido: entréguenme sus manos, permítanme que yo los guie.

Yo, como Madre, deseo salvarlos de la inquietud, de la desesperación y del exilio eterno.

Mi Hijo, con su muerte en la cruz, ha demostrado cuanto los ama, se ha sacrificado a sí mismo por ustedes y por sus pecados.

No rechacen su sacrificio y no renueven sus sufrimientos con sus pecados.

No se cierren a ustedes mismos la puerta del Paraíso.

Hijos míos, no pierdan tiempo.

Nada es más importante que la unidad en mi Hijo.

Yo los ayudaré, porque el Padre Celestial me envía, para que juntos podamos mostrar el camino de la gracia y de la salvación a cuantos no Lo conocen.

No sean duros de corazón.

Confíen en mí y adoren a mi Hijo. Hijos míos, no pueden estar sin pastores, que cada día estén en sus oraciones.

¡Les agradezco!”

Centro María Reina de la Paz Montevideo-Uruguay

 

Comentario del padre Justo Antonio Lofeudo al mensaje del 2 de mayo de 2012

¡Con cuánta ternura la Santísima Virgen se dirige a todos sus hijos para pedirles que, como los niños pequeños hacen con sus madres, le den sus manos y no se suelten de la suya! Lo pide porque simplemente los riesgos son cada vez mayores, porque el camino se vuelve escabroso y es fácil caer y perderse. La oscuridad y la confusión crecen y con ellos la desorientación de las personas, aún de las creyentes. Éste es el tiempo en el que se tienden falsas manos. Lo que es más preocupante y desconcertante es que algunas de esas falsas guías vienen hasta de algunos religiosos y miembros –al menos nominalmente- de la Iglesia, ofreciendo consejos de auto ayuda y falsamente espirituales, que nada tienen que ver con las enseñanzas de Nuestro Señor y que lejos de llevar a Cristo apartan de Él o dan la imagen de un Cristo falso. Y, lo peor, hay que decirlo, es que sus libros se venden en librerías católicas como se vendieron por muchos años libros de otro autor, libros que fueron condenados por la Iglesia.

A este panorama de gran confusión se suman los falsos videntes que pululan por doquier, con ropajes de profetas y mensajes que imitan el tono y las palabras de la Santísima Virgen, pero que no es Ella. El riesgo de caer en la emboscada lo corren quienes están detrás de nuevas revelaciones y se deslumbran ante mensajes, en sí aparentemente buenos, pero en los que el énfasis está puesto en predicciones de calamidades. Es decir, cuando el punto de atracción es el futuro, probablemente por miedo a ese futuro. Queriendo, muchas veces morbosamente, saber qué va a ocurrir en lo inmediato, cuándo será la fecha del Aviso, o de la Señal, no sólo no se ocupan del presente, como manda el Señor, sino que caen en la trampa que tiende el Enemigo.

Nuestra Madre nos ofrece la guía verdadera y segura para salvarnos “de la inquietud, de la desesperación y del exilio eterno”. Se advierte que esos tres males que menciona no están aislados entre sí, sino que suele ser la escala creciente por donde se puede llegar a la condenación. Esto ocurre cuando se comienza con el ánimo perturbado, el corazón en agitación y esa suerte de inquietud permanente, para pasar luego a la desesperación y -cuando Dios es lejano o no está presente en la vida de la persona- desesperar terminando en el exilio eterno, o sea en el mismo infierno.

Pues, para salvarnos de caer en la angustia, en el desasosiego, en la inquietud y en la desesperación y en consecuencias aún peores, la Madre de Dios nos lleva a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. Nos pide unirnos a Él porque fuera o apartados de Él no hay salvación. Claramente nos lo dice el Señor: “Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden” (Jn 15:5-6). Permanecer en Cristo es, como lo pide nuestra Madre, estar unido a Él.

Ignorar a Cristo es ignorar y despreciar la salvación, es hacer vano su sacrificio. Jesucristo dio su vida para liberarnos de todo mal. La muerte del Señor en la cruz, por la que viene nuestra salvación, es también muerte ejemplar porque a través de ella, Jesucristo nos muestra cuánto nos ha amado y cuánto nos ama. Su muerte en la cruz -que voluntariamente aceptó porque así lo quería el Padre- es la mayor evidencia posible de hasta qué extremo nos ama Dios.

El Señor derramó toda su sangre para que nuestros pecados fueran cancelados. Y los pecados son cancelados en la medida de nuestro arrepentimiento y de nuestra aceptación del sacrificio redentor. De nuestra aceptación de Jesucristo como nuestro único Salvador. Por eso, no unirse a Él en las oraciones y en la participación del sacrificio de la Santa Misa, no recurrir al sacramento de la confesión es cerrarse, por propia voluntad o negligencia, la puerta del Paraíso, es excluirse de la eternidad con Dios, es ir hacia el exilio eterno.

No hay nada más importante en la vida que salvar la vida para la eternidad y la salvación propia implica necesariamente la salvación de otros. La salvación no es una simple aventura personal. Como cuando se dice: “Yo me salvo y basta”. Porque la salvación implica un camino hacia Dios y en ese camino hay otros a quienes amar y ayudar y con quienes compartir la marcha.

El Papa Pío XII había quedado vivamente impresionado por una frase pronunciada por la Santísima Virgen en Fátima: “Muchas almas se pierden porque no hay quienes rueguen y hagan sacrificios por ellas”. Para que las almas no se pierdan la Santísima Virgen insiste en la profundización de la conversión de los hijos que la escuchan. Esos hijos somos nosotros. Por eso, nos pide orar y sacrificarnos por aquellos que aún no conocen el amor de Dios. Por eso, de distintas maneras, nos dice: “Ayúdenme”. Mientras tanto, nos asegura que Ella nos ayuda. “Yo los ayudaré, porque el Padre Celestial me envía para que juntos podamos mostrar el camino de la gracia y de la salvación a cuantos no Lo conocen”.

Nosotros, unidos a Ella, para poder estar unidos a Cristo, y juntos, en esta obra de corredención, mostrar, en momentos de gran confusión, por dónde pasa el camino que lleva al Dios verdadero.

El celo por la salvación de la almas debe estar íntimamente unido al amor de Dios en todo cristiano y particularmente en todo pastor. El egoísmo, la dureza del corazón cierran la visión al drama que está por delante. Nada menos que el drama de la salvación eterna. Este llamado “no sean duros de corazón”, “no hay tiempo para perder”, como el otro “ustedes aún están lejos”, debe hacernos recapacitar a todos y mucho.

Esta parte del mensaje concluye con la exhortación a confiar en Ella, en total abandono, y en adorar a su Hijo. Esta mención breve y al final del mensaje es de suma importancia. Confiar en Ella, abandonarse a su guía y adorar al Señor.

Al Corazón del Señor no sólo lo ofenden los ultrajes y los sacrilegios que se cometen contra él sino también -como lo expresa la oración de reparación que el Ángel de la Paz le enseñó a los pastorcitos de Fátima- las indiferencias.

La presencia de Dios exige de nosotros la adoración. Por eso, ante la presencia del Señor en la Eucaristía nuestra inmediata respuesta debe ser la adoración. Adoración del corazón, adoración espiritual pero también gestual. En el gesto, en la actitud debe reflejarse el sometimiento amoroso a quien es nuestro Creador y Salvador.

La más íntima unión con Cristo, a la que nos urge nuestra Madre porque “nada hay más importante”, esa unidad que no admite más demoras, adviene en la Eucaristía, sea durante el sacrificio de la Misa sea en la adoración ante el Santísimo.

La Santa Misa es en sí mismo el acto más sublime de adoración y en ella hay momentos particulares de adoración (que incluso se manifiestan con gestos corporales como el arrodillarse) como son la consagración del pan y del vino y la elevación del Cuerpo y del cáliz con la Sangre del Señor. El momento culminante es el de la comunión sacramental, encuentro personal entre Dios presente en la Sagrada Hostia y el comunicante. Tal encuentro exige adoración. Más aún, la adoración debe preceder la comunión sacramental. Tanto el Beato Juan Pablo II como nuestro actual Papa, Benedicto XVI, han recordado las palabras de san Agustín: “Que nadie coma de esa carne (es decir, que nadie comulgue) sin antes adorarla… porque si no la adorásemos pecaríamos”.  La unión con Cristo es, necesariamente y primero, unión de adoración.

Como leemos al final del mensaje, la Santísima Virgen, que reclama de nosotros seguimiento, no excluye de la guía a los pastores, sacerdotes y obispos. Más aún, dice que sin pastores el pueblo de Dios no puede avanzar. Pues está diciendo poco más o menos “si ustedes no rezan (y agrega muchas veces “si no ofrecen sacrificios”) no tendrán buenos pastores que los guíen”.

También los pastores, como hijos de la Santísima Virgen, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes, debemos abandonarnos a su guía. El Beato Papa Juan Pablo II había consagrado su persona y su pontificado a la Santísimo Virgen, haciendo suyo el lema “Totus tuus”. Benedicto XVI, en el mismo año sacerdotal, fue a Fátima y delante de la imagen de la Capelinha, donde apareció la Virgen por vez primera, consagró a todos los sacerdotes con estas palabras que en el presente mensaje tienen especial resonancia: 

“Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que, sin Jesús,no podemos hacer nada (Cf. Juan 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo… Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (Cf. Mateo 5,13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno… 

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores  que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.

Guiados por ti queremos ser apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar  y ofrecer a todos los que nos lo pidan  el sacramento de la Reconciliación… Madre nuestra desde siempre,  no te canses de “visitarnos”, consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan. Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal…”. 

 

Mensaje extraordinario dado por la Virgen a Iván el día 18 de mayo de 2012 en el Podbro

«La Virgen ha venido esta noche muy contenta y feliz. Y al inicio, como en cada encuentro, nos ha saludado a todos con su saludo materno: “Sea alabado Jesús, queridos hijos míos.” Luego la Virgen ha extendido los brazos y ha orado aquí sobre todos nosotros un largo tiempo. Ha orado especialmente por los enfermos aquí presentes. Luego, en particular, nos ha bendecido a todos con su bendición materna y ha bendecido todo lo que ustedes han traído para la bendición. Después la Virgen oró  particularmente por los Sacerdotes, los Obispos, el Santo Padre, luego nos dijo

“Queridos hijos, también hoy deseo invitarlos: oren junto conmigo por mis Pastores, para que guíen a su rebaño incansablemente en la fe.

La Madre ora junto con ustedes: oren, queridos hijos, con la Madre.

Gracias, queridos hijos, porque también hoy han respondido a mi llamada.”

Iván encomendó a todos los presentes, todas sus necesidades, sus intenciones, sus familias, y en particular a los enfermos. Luego siguió una breve conversación entre él y la Virgen, después de esto la Virgen se marchó en el signo luminoso de la luz y de la cruz con su saludo: “Vayan en paz, queridos hijos míos.”

Me gustaría subrayar una vez más que la Virgen ha orado por un tiempo prolongado especialmente por los Sacerdotes, Obispos y por el Santo Padre y nos invita a orar por esta intención.»

 

Mensaje del 25 de mayo de 2012

“¡Queridos hijos! También hoy los invito a la conversión y a la santidad.

Dios les quiere dar alegría y paz a través de la oración, pero ustedes hijitos, aún están lejos, apegados a la tierra y a las cosas terrenales.

Por eso los invito nuevamente: abran su corazón y su mirada hacia Dios y hacia las cosas de Dios, y la alegría y la paz reinarán en sus corazones.

Gracias por haber respondido a mi llamado.”

Centro María Reina de la Paz Montevideo-Uruguay

 

Comentario del padre Francisco Ángel Verar al mensaje del 25 de mayo de 2012

El mensaje de este mes se puede tomar como una preparación para el XXXI Aniversario de la primera aparición de la Madre y particularmente, como componente espiritual para vivir su Novena de Reina de la Paz que inicia el 16 de junio. Obsérvese que la Madre comienza diciendo este mes: “¡Queridos hijos!: También hoy los invito a la conversión y a la santidad,” y es sabido que estos dos conceptos están estrechamente relacionados, pero además son diferentes.

La “conversión” es siempre la primera etapa del proceso de transformación interior y la “santidad” es la meta, la cima. Con esta doble llamada la Madre habla, tanto a aquellos que acaban de descubrir sus mensajes, como a aquellos que por años los escuchan y se han detenido, y de esta manera especifica además la razón de su venida; precisamente en este mes que prepara el Aniversario de la Primera Aparición.

Recuérdese que la “conversión” es el primer y fundamental mensaje que la Madre trae a Medjugorie. Es siempre una exhortación continua a cambiar el modo propio de vida ¾desde y¾con la gracia de Dios y el esfuerzo humano. Y es sabido, que quien descubre Medjugorje y no se esfuerza por cambiar su modo de ser, ¾según el modelo de Cristo el “Hombre Nuevo” (Ef 2: 15)¾, nada entiende, toda vez que la Madre no viene a la tierra a hacer turismo, o realizar signos extraordinarios, sino a invitar a la humanidad a la “conversión”, que teológicamente significa: volver a Dios y vivir según su proyecto de vida hasta alcanzar la santidad. Que no es otra cosa, que encarnar el atributo más íntimo de la Santísima Trinidad: la “divinización” del hombre, o sea: vivir la plenitud de la vida cristiana y la perfección caridad” (LG 40).Por lo tanto, en este mensaje, la Madre pide a todos sus hijos: no descuidar la conversión personal hasta conquistar en plenitud la santidad. No se puede ser santo a medias, porque el mismo concepto excluye la posibilidad. La santidad es una: la de Dios y lo mismo que manifiesta al hombre que trabaja incansablemente en su conversión.

La segunda parte del mensaje dice:“Dios les quiere dar alegría y paz a través de la oración, pero ustedes hijitos, aún están lejos, apegados a la tierra y a las cosas terrenales.” Esta segunda exhortación en el mensaje de este mes, se puede dividir en dos partes: La primera hace referencia a dos gracias especiales que el hombre busca y que además Dios concede: “la alegría y la paz”; y la segunda, alude a una circunstancia que la Madre observa desde el cielo en los discípulos de Su Hijo: “el apego a las cosas terrenales”.

Seguramente no existe en la tierra un ser humano que no busque en su corazón la felicidad y la paz, a menos que no tenga uso de razón o psíquicamente esté enfermo, porque la alegría y la paz son anhelos intrínsecos del hombre, y cuando éste no logra obtenerlos se sentirá fracasado, frustrado y triste. Pero aún, ni con estos sentimientos seguramente, perderá del todo el anhelo de estas aspiraciones; a no ser que tenga pocas horas de vida. Pero aún en tales circunstancias, si el hombre ha aprendido a vivir con Dios, la alegría y la paz nunca se perderán. Y de esta manera la Virgen quiere que cada uno de sus hijos viva en la tierra, y el medio para obtener estas dos realidades señala una vez más la oración. Pero ¿de qué oración se trata?
La oración es siempre una experiencia de fe, y precisamente de alegría y paz en Dios. San Pablo dice en Romanos 14:17 que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” y probablemente lo decía, por lo que él experimentaba en su oración. Y adviértase que Jesús también dice, que al momento de orar hay que “entrar en la habitación y después de cerrar la puerta hablar con el Padre, y el Padre que escucha en lo secreto sabrá recompensar” ( Mt 6:6 ) Pero, ¿de qué recompensa se alude? Justamente: de haber encontrado a Dios y Dios es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”.

La gente pierde hoy fácilmente la paz y la alegría del corazón, no tanto por los problemas económicos, sentimentales o los conflictos interiores y familiares, sino porque no oran como deben; porque no experimentan a Dios. Obsérvese que para la Virgen la alegría y la paz verdaderas, tienen su origen y desarrollo sólo en Dios. Luego, ello se conquista cuando el hombre sabe colocarse cada día delante de su Creador. Escribió el Profeta Jeremías: “Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, ¡Señor, Dios de los ejércitos” Jr 15:16

El segundo aspecto de la exhortación es que la Madre evidencia el porqué el hombre pierde con facilidad la alegría y la paz:“por el apegado a las cosas terrenales”.  Y dice además, que “todavía están lejos”. Y estas palabras no deben desanimar a los cristianos, porque en el fondo lo que busca María es que se vuelva retomar la práctica de la oración. ¿Cómo las cosas terrenales pueden apartar a los creyentes de lo espiritual?

El tema lo desarrolla magistralmente san Pablo en la carta a los Romanos capítulo 8. Dice textualmente que: “los que viven según la carne, desean lo carnal; más los que viven según el espíritu lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la Ley de Dios, ni siquiera pueden; así los que viven según la carne, no pueden agradar a Dios.” Rm 8: 5-8. Lo que evidencia San Pablo es que no se puede estar en dos aguas, toda vez que cuando se vive en lo material se deseará las cosas materiales, y por el contrario, cuando se vive lo espiritual se deseará la vida espiritual. Para muchos los mensajes de la Virgen suenan  pesados, conservadores, fuera de la realidad contemporánea… pero a la luz de cuanto el Apóstol Pablo subraya, es manera como se está viviendo, de la vida material, de la vida según la carne y es eso lo que impide optar por lo espiritual. Y ténganse en consideración que aquí “carne” no es el equivalente a lascivia sino a lo que es mundano.

La tercera parte del mensaje reza: “Por eso los invito nuevamente: abran su corazón y su mirada hacia Dios y hacia las cosas de Dios, y la alegría y la paz reinarán en sus corazones” Esta tercera exhortación es el preámbulo para ir al encuentro con Dios a través de la oración. Nótese que la Virgen enfatiza que hay que abrir el corazón y la mirada a Dios. Para María abrir el corazón y la mirada a Dios es abandonarse, dejarse poseer por Él, dejarse conquistar de Él. El preludio de la oración es eso: abandono, entrega, donación, rendirse a la gracia. Este ejercicio no es cosa de un día o de un momento en la vida. Cada vez que se ora así se debe proceder antes de proferir palabras a la Trinidad Santísima.

Quizá, de las oraciones contemporáneas la que mejor expresa dicha actitud frente al Creador y que puede iluminar cualquier forma de orar, es la del Beato Carlos de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí, y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo. Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.”

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Escrito por en jun 2 2012. Archivado bajo María Reina de la Paz: Medjugorje, MENSAJES Y VISIONES and Tagged with:, Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Los comentarios y pings están cerrados por el momento.

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