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La discusión del Sínodo de la Familia es sólo la punta del iceberg.
Esta semana el mundo se ha visto conmocionado con el resumen de la discusión de la primera semana del Sínodo de Obispos sobre la Familia, que destaca los valores de la relación de parejas homosexuales. Ver aquí. Esto hizo levantar la voz de cardenales y obispos conservadores, al punto que el cardenal Burke ha sugerido que hay una trama conspirativa detrás.

 

punta del iceberg

 

Los medios de comunicación del sistema se congratulan que hay una apertura en la Iglesia hacia la aceptación de la homosexualidad. Otros son más realistas y lo consideran un primer paso para el abandono de un lenguaje duro contra la homosexualidad. Y la mayoría de los medios católicos dicen que aquí no pasó nada, porque la doctrina no se ha cambiado, sin advertir que esto es como las leyes que aprueba un parlamento, una cosa es lo que dice la ley y otra como se la reglamente para ponerla en práctica.

Lo cierto es que aquí sí ha pasado y está pasando algo. Por primera vez en un evento masivo, cardenales y obispos han reconocidos valores – y no solamente los de la dignidad de las personas – en las uniones homosexuales; y si bien es cierto que no han  legitimado el ‘matrimonio’, sí han legitimado las uniones homosexuales y la crianza de niños en tales parejas.

Se puede estar de acuerdo o no con que la Iglesia Católica cambie el discurso respecto a la homosexualidad (difícilmente cambie la doctrina en esta instancia), es legítimo. Pero no se puede decir que acá no pasó nada.

Sí que pasó y está pasando.

Está claro que el Sínodo muestra que hay una lucha de poderes en la interna vaticana. Eso ya se sabía, pero la mayoría hacía la vista gorda; pero ahora no pueden hacerla. Así como tampoco debemos magnificarla aquellos que sí la vemos, sino tomarla como parte de una confrontación más global y universal, que hay que asumir.

La Iglesia está inmersa en una realidad sobrenatural, universal, donde el bien está en batalla contra el mal, y por otro lado, el “poder de este mundo” se está haciendo tan global, penetrante y agresivo, que cuesta creer que la lo que sucede dentro de la Iglesia Católica no reproduzca esa batalla universal y planetaria.

Se vive un momento decisivo en Roma, y no solamente por esta discusión del Sínodo, que es la punta del iceberg.

Lo que se dirime estos días, puede acabar siendo determinante para la Iglesia, aunque nada cambie oficialmente en el discurso vaticano sobre la homosexualidad. Porque, como sucedió en el Concilio Vaticano II, la implementación de los resultados puede ser parcialmente distinta de las reales conclusiones, y es por eso, que luego del Concilio, se produjeron las desviaciones que todos vimos, la estampida de sacerdotes y religiosos fuera de la Iglesia, el vaciamiento de las parroquias, etc.

Es claro que el Sínodo muestra un forcejeo entre poderes.

Y lo primero que conviene dejar claro, es que, posiblemente, no se entienda lo que ocurre si no se ilumina el escenario desde una altura que supere lo mediático y que contemple la situación en la perspectiva de los intereses más escondidos. Intereses que son, con seguridad, del más alto nivel geopolítico y ligados por tanto a la contienda trascendente que se libra más allá de nuestro alcance. Para ser precisos, fuera del alcance de nuestros sentidos, pero no del de nuestras oraciones.

Pudiera estarse dirimiendo la orientación inmediata de la Iglesia, porque del análisis se desprende, por muy ingrato que resulte avisarlo, la existencia de un engranaje interno que busca cambiar el discurso de la Iglesia en lo inmediato sobre la homosexualidad y probablemente luego la doctrina, y luego una serie de otros discursos de la Iglesia para conformarla de acuerdo a los requerimientos del ‘mundo’ y al ‘nuevo orden mundial’.

El Sínodo está mostrando una batalla.  Donde una estructura de apostasía que abarca desde las “teologías” deformes hasta jerarquías contaminadas y las redes desobedientes, está a la espera.

Se trata de un fenómeno más amplio de lo que se piensa, y dotado de insospechada capacidad de arrastre debido la explotación que hace del optimismo eclesiástico convencional y “anti-apocalíptico”.

Muestra la sumisión apenas disimulada al mundo, a la carne y a su príncipe tenebroso, disfrazado de belleza, que se agita con impaciencia, debilitando la resistencia que ella podrá oponer, en su momento, a la mentira programada que está por debajo.

Tal podría ser, en síntesis, el argumento real de un drama vaticano que la conciencia católica no consigue entender del todo. Aunque tenga sus ojos desconcertados puestos en Roma, parece una realidad inaccesible para las mayorías; porque las mayorías no han recibido suficiente aviso de los verdaderos signos de los tiempos.

Estamos en medio de una batalla más profunda, que es mucho más importante que la aceptación de la homosexualidad y la comunión a los divorciados vueltos a casar.

Pero confiemos, porque las oportunidades que da el Espíritu Santo son siempre providenciales, porque a la mirada del Paráclito no se le oculta ningún recodo de la creación ni de la historia.

Fuentes: J.C. García de Polavieja P.,Signos de estos Tiempos

 

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